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Metas del Milenio ¿en el limbo?

Fuentes: Rebelión

Las palabras del saliente secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, estaban cargadas de pesimismo, pero también de objetividad cuando afirmó en noviembre pasado, ante la Asamblea General que «aún estamos muy lejos de donde debemos. Hemos establecido los fundamentos para el desarrollo, pero nada más que eso, pues ninguna zona del mundo esta […]

Las palabras del saliente secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, estaban cargadas de pesimismo, pero también de objetividad cuando afirmó en noviembre pasado, ante la Asamblea General que «aún estamos muy lejos de donde debemos. Hemos establecido los fundamentos para el desarrollo, pero nada más que eso, pues ninguna zona del mundo esta hoy en camino de alcanzar todas las Metas del Milenio».

El máximo representante del organismo internacional, que acaba de dejar el cargo tras 10 años de ejercicio, se refirió en varias ocasiones a este tema que, al parecer, se encuentra en un túnel sin salida. Hace seis años, en septiembre de 2000, la Asamblea General de Naciones Unidas integrada entonces por 189 países, adoptó una serie de compromisos a los que denominó Metas del Milenio y que debían cumplirse para el 2015.

Entre los objetivos se encuentran reducir a la mitad el porcentaje de personas hambrientas y de las que tengan ingresos inferiores a un dólar al día; que todos los niños puedan terminar la primaria; reducir en dos terceras partes la mortalidad en menores de cinco años y en tres cuartas partes la mortalidad materna, con respecto a las cifras de 1990.

Asimismo, detener y reducir la propagación del VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades graves; disminuir a la mitad el porcentaje de personas que carecen de agua potable; garantizar el medio ambiente; mejorar la vida de millones de personas que viven en tugurios; adoptar políticas de desarrollo sostenible y fomentar la asociación mundial para el desarrollo.

En la importante y ya famosa reunión de 2000, la ONU adelantaba que para alcanzar esos logros sería necesario atender las necesidades especiales de los países menos adelantados con mejoras y cancelaciones de la deuda externa por parte de los desarrollados, concesión de asistencia oficial para el desarrollo y propiciar medidas para un comercio justo de mercancías y aranceles.

Se exponía, además, la necesidad de elaborar estrategias para mayores empleos; cooperación con las compañías farmacéuticas para tener acceso a los medicamentos y aprovechar las nuevas tecnologías, todo esto con ayuda de las naciones desarrolladas.

Pero en la práctica qué ha ocurrido en estos seis años. Un reciente estudio de las Naciones Unidas asegura que el 1% de las personas más ricas del planeta posee el 40% de la riqueza global, mientras que la mitad más pobre solo es dueña del 1%.

El informe, que cubre todos los países del mundo incluyendo el hogar, activos y pasivos financieros, tierras, edificios y otras propiedades, asegura que la riqueza está concentrada en Norteamérica, Europa y la parte asiática del Pacífico.

En contraposición a esa opulencia concentrada en unas pocas naciones, organismos internacionales indican que más de 1.000 millones de personas en el planeta sobreviven con menos de un dólar al día, y otros 2.700 millones con menos de dos dólares diarios, mientras 11 millones de niños y niñas mueren cada año a causa de enfermedades completamente prevenibles, como malaria, diarrea o neumonía.

La concentración de las riquezas se hizo más patente a partir de la década del 80 del pasado siglo cuando las naciones poderosas y los organismos internacionales financieros como el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), implantaron agresivas leyes neoliberales, con la globalización de capitales y libre comercio.

Esas medidas capitalistas afectaron directamente a millones de habitantes en países, tanto desarrollados como subdesarrollados, que vieron disminuir sus posibilidades de subsistencia, pues hasta en Estados Unidos, la nación más rica del mundo, 45 millones de personas se hallan en la pobreza.

Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) una de cada tres personas que viven en el mundo en condiciones de pobreza extrema se encuentran radicadas en Africa subsahariana y de mantenerse esa tendencia, para el 2015 la proporción se elevará al 50%.

En América Latina la situación es preocupante pues según datos de organismos regionales, el 44% de la población, o sea, 227 millones de personas, viven bajo la línea de pobreza y son pocos los países de la región que se pudieron escapar de las políticas neoliberales impuestas en las décadas de 1980 y 1990, y que propugnaron el traspaso de innumerables expresas y servicios públicos a manos del capital privado.

El desamparo de las grandes mayorías resultó total al limitárseles aun más los accesos al empleo, a la vivienda, salud, educación y a la posibilidad de poder obtener la alimentación necesaria. Algunos ejemplos son elocuentes. En Nicaragua el 82% de los habitantes subsisten en condiciones de pobreza; en Honduras el 80 % y en Guatemala el 60% con desnutriciones infantiles que se estiman entre 35 y 40% de los menores.

Rómulo Emiliani, obispo auxiliar de San Pedro Sula, 280 kilómetros al norte de Tegucigalpa, Honduras, denunció que las causas de esa situación están en el sistema económico, político y social establecido, «que ha marginado secularmente a millones de personas del gozo equitativo del Bien Común, lo cual se ha consolidado como un tumor maligno que esta matando el bienestar y la esperanza de nuestros pueblos».

La octava meta de la ONU, la de fomentar una asociación mundial para el desarrollo, ha sido completamente desoída pues los países ricos no han hecho absolutamente nada por permitir el acceso a sus mercados, sin tarifas ni cuotas, a las exportaciones del mundo en desarrollo, ni por aliviar o cancelar la deuda de los países pobres, ni tampoco han aumentado la asistencia oficial al desarrollo.

Por el contrario, los países desarrollados en vez entregar el 0,7% de su PIB a los más pobres, acordada hace 35 años por Naciones Unidas, han disminuido la cifra a 0,2%, y el mayor incumplidor ha sido Estados Unidos.

Pese a estos inconvenientes, por América Latina recorre en los últimos años una ola de reivindicaciones sociales y de gobiernos progresistas y nacionalistas que han apostado por mejorar las condiciones de vida de sus habitantes y muchos han rechazado las pretensiones estadounidense de crear el Area de Libre Comercio para las Américas (ALCA) que prácticamente fue enterrado en la IV Cumbre de las Américas efectuada en Argentina.

Contra el ALCA se ha erigido la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), auspiciada por Venezuela y Cuba, que se opone a las políticas neoliberales y de privatizaciones y que en poco tiempo ha logrado alfabetizar a millones de latinoamericanos, llevar la salud a recónditos lugares de la región y mejorar la vida de numerosos pobladores, principalmente venezolanos.

A esta iniciativa política, social y económica se ha sumado Bolivia, se benefician con ella varias islas del Caribe y los recién electos presidentes de Ecuador y Nicaragua han declarado que también se incorporarán el próximo año.

Además, se han reforzado las posibilidades de unión latinoamericana a través del Mercada Común del Sur (MERCOSUR), cuyos representantes (Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y ahora Venezuela) fueron los que rechazaron las pretensiones de Estados Unidos de crear el ALCA.

Aun hay tiempo para que las Metas del Milenio puedan alcanzarse. La experiencia venezolano-cubana y las políticas sociales impulsadas por Brasil, Argentina y Uruguay lo están demostrando. Las Naciones Unidas y su nuevo secretario general Ban Ki Moon deberán jugar un papel determinante en el apoyo a esas iniciativas económico-sociales en beneficio de la humanidad.