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Microcréditos

Fuentes: Elcorreodigital.com

La reciente concesión del Premio Nobel de la Paz a Muhammad Yunus por su trabajo de extensión de los microcréditos en el mundo ha generado una auténtica avalancha de elogios desmedidos hacia este polémico instrumento financiero. Esta reacción demuestra hasta qué punto se instala entre nosotros un ‘pensamiento débil’ sobre cuestiones de una enorme trascendencia […]

La reciente concesión del Premio Nobel de la Paz a Muhammad Yunus por su trabajo de extensión de los microcréditos en el mundo ha generado una auténtica avalancha de elogios desmedidos hacia este polémico instrumento financiero. Esta reacción demuestra hasta qué punto se instala entre nosotros un ‘pensamiento débil’ sobre cuestiones de una enorme trascendencia mundial y complejidad técnica, especialmente en materia de lucha contra la pobreza y políticas globales de desarrollo, precisamente cuando la comunidad internacional ha reconocido el fracaso de las políticas de cooperación que ha venido realizando desde hace décadas y la necesidad de someterlas a una profunda reorientación (Acuerdos de Marrakech de 2004, Declaración de París de 2005 y los propios Objetivos del Milenio de 2000). El endeudamiento masivo de la población más pobre por el que apuestan los microcréditos no puede presentarse como la solución a los problemas de la pobreza y el subdesarrollo en el mundo, y mucho menos como una muestra extrema de libertad y progreso. Más bien parece que asistimos a un proceso de extensión de la economía bancaria y financiera entre los sectores más pobres, curiosamente los que han estado excluidos de ella hasta la fecha.

Difundir la idea de que los pobres pueden gastar indefinidamente más de lo que realmente tienen genera una falsa comprensión de las verdaderas causas de los desequilibrios sociales y económicos en el mundo y la manera de abordarlos, pero también de la arquitectura global por la que se avanza. El discurso emergente sobre los microcréditos se cimienta en la idea de que es el mercado, en este caso el mercado bancario, el que se tiene que encargar de la pobreza, siendo el mejor instrumento para reasignar óptimas condiciones de vida para los pobres del planeta. De esta manera las políticas mundiales de cooperación y ayuda se transforman en una simple inserción de los países en desarrollo en un liberalismo económico asimétrico que ha generado colosales desigualdades en el reparto de los ingresos y en el acceso a los bienes públicos esenciales.

El argumento de que contra la pobreza no hay nada mejor que créditos pretende encubrir las verdaderas causas de la pobreza y el subdesarrollo en el mundo, haciendo que los pobres sean responsables últimos de su situación. Al mismo tiempo, sirve para anular las políticas de cooperación internacional, transformándolas en políticas de bancarización: la pobreza inmensa se convierte en deuda eterna, ya que a mayor número de pobres, mayor número de créditos concedidos. De esta forma se garantiza una clientela prácticamente ilimitada que permite engrasar un sistema capitalista que habrá entrado así incluso en los sectores más pobres del planeta. La transformación de pobreza en deuda, defendida por los partidarios de los microcréditos, se apoya en un darwinismo social según el cual aquéllos que estén en situación más precaria y vulnerable lo están porque no han querido o podido endeudarse. Es el avance de una cultura basada en el dinero, donde todo tiene un precio, que genera una ‘monetarización de la pobreza’ que rompe las redes de solidaridad tradicionales, y que trata de convencer a los destinatarios, los habitantes de los países pobres, de que su supervivencia es su mejor inversión. Los microcréditos tratan con ello de desviar la responsabilidad que los Estados y la comunidad internacional tienen en el desarrollo social básico de los habitantes, y de transferirla a los ciudadanos, haciéndolos culpables de su supervivencia. De esta forma se anula el papel que los Estados, los gobiernos y la comunidad internacional desempeñan en el desarrollo de los más pobres. La solidaridad y responsabilidad internacional se transforma así en individualismo y privatismo; en definitiva, se asciende un peldaño más hacia la construcción de sociedades abandonadas a un liberalismo extremo, en oposición al reconocimiento de que la sociedad mundial tiene que avanzar sobre la base de que los Estados asuman y garanticen unos mínimos vitales para todos sus habitantes por el mero hecho de serlo.

Hasta la fecha, ningún país, agencia de cooperación ni institución de microfinanzas ha podido demostrar de forma empírica el impacto positivo de los microcréditos en la reducción de la pobreza en amplias capas de la población más pobre, hasta el punto de que los datos y las cifras que manejan parten de la apreciación -sumamente estrambótica- de que todo aquel que solicite un microcrédito abandona automáticamente su situación de pobreza por el solo hecho de pasar a ser deudor. En el caso concreto de las mujeres, hay que desmantelar el mito de que sean ellas las que gestionan los microcréditos. En una proporción muy alta de casos, las mujeres solicitan los microcréditos porque tienen mayor facilidad para acceder a ellos, teniendo en cuenta que son ellas las que van a trabajar para su devolución y que son mucho más responsables que los hombres para afrontar las deudas asumidas. Pero, en realidad, son los hombres quienes deciden directamente sobre su empleo y gestión, como evidencian los datos procedentes del Grameen Bank. Por otro lado, estos créditos aumentan la situación de angustia y de sumisión, pues las mujeres deben hacer un mayor esfuerzo y trabajar aún más de lo habitual para sacar adelante a sus familias. Así, buena parte de los microcréditos otorgados a las mujeres de escasos recursos suponen una extensión de sus actividades domésticas y familiares, lo que se refleja en la naturaleza de los proyectos que ponen en marcha, esencialmente vinculados a la cocina, la costura y las labores del hogar, como demuestran los informes de Pronafim, una institución de microfinanzas mexicana. Justo lo contrario de lo que ampliamente se ha difundido sobre las supuestas bondades que las microfinanzas tienen para las mujeres.

En este contexto, los microcréditos tienen un papel residual de cara a dar respuesta a los compromisos asumidos por los gobernantes mundiales en materia de lucha contra la pobreza y conseguir que éstos se lleven a cabo. Éstos son acuerdos mundiales de naturaleza política, que deben tener respuestas de carácter político en cada uno de los Estados firmantes y por parte de cada uno de sus dirigentes. Sostener en cambio que los microcréditos van a ser la panacea para la consecución de los Objetivos del Milenio significa desconocer el significado de este acuerdo y ofrecer excusas para su incumplimiento, en mayor medida cuando estos objetivos no consideran el endeudamiento de las personas destinatarias en sus 8 objetivos, 18 metas y 48 indicadores para llevarlos a cabo, como bien señala el informe Sachs.

Los microcréditos se nos presentan como instrumentos repletos de virtudes y de éxitos, aunque esto aún esté por demostrar, tal y como evidencian los informes del Consultative Group to Assist the Poor (CGAP), entidad internacional especializada en microfinanzas. Su pretendida capacidad instrumental para eliminar la pobreza parece más encaminada a vaciar las responsabilidades políticas e institucionales que existen en su mantenimiento que a ofrecer transformaciones sustanciales que mejoren el acceso a bienes públicos globales por parte de los más desfavorecidos y aumenten el compromiso activo de los gobiernos y países más ricos con su eliminación.

Cierto es que el mayor éxito de los microcréditos se ha situado, hasta la fecha, en la articulación de propuestas alternativas que permitan proporcionar mecanismos financieros nuevos a disposición de los sectores más desfavorecidos y los países del Sur. Sin embargo, es necesario todavía un trabajo mucho mayor en la puesta en marcha de fórmulas solidarias, avanzadas y capaces realmente de apoyar a sectores alejados del acceso a la financiación, sin la gravosa carga de la deuda que estos grupos sociales no pueden asumir como una nueva y pesada losa en su ya esforzada vida. Sin duda, deberían explorarse nuevas fórmulas de economía social, formas comunales de producción, sistemas avanzados de cooperativas y sociedades productivas, medidas para fomentar el empleo público desde las administraciones descentralizadas, las aldeas y los núcleos rurales. En definitiva, hacen falta fórmulas nuevas para generar riqueza y desarrollo que no pasen necesariamente por el endeudamiento y el empobrecimiento generalizado como único designio hacia el que todos avanzamos irremediablemente.

CARLOS GÓMEZ GIL es profesor de la Universidad de Alicante e investigador de BAKEAZ

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