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Pese a ser uno de los teóricos más conocidos nunca recibió el premio Nobel

Muere Galbraith, uno de los economistas más influyentes y populares del siglo XX

Fuentes: La Vanguardia

John Kenneth Galbraith, economista progresista, seguidor de Keynes, estratega de los demócratas y escritor prolífico, falleció el sábado a los 97 años. Llegó a ser uno de los economistas más influyentes del mundo tras la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, aunque nunca le concedieron un premio Nobel.

John Kenneth Galbraith, que murió el sábado a los 97 años, llegó a ser el economista más influyente del mundo en los años del consenso keynesiano después de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Pero, en un indicio del giro conservador que efectuó la teoría económica en los setenta y ochenta, así como el triunfo de las matemáticas sobre la economía política, muchos obituarios a Galbraith ayer ni tan siquiera lo consideraban un economista.

«Sus ideas habrían tenido mas relevancia si hubiese tenido discípulos capaces de probarlo con modelos matemáticos», sentenciaron los necrólogos de The New York Times. Hace tres años, cuando crecieron las presiones para que a Galbraith le fuese concedido un premio Nobel antes de morirse, Milton Friedman respondió que Galbraith «no puede ganar un premio Nobel de Economía porque no es economista».

Galbraith murió por causas naturales a las 9.15 h de la mañana en un hospital de Cambridge (Massachusetts), donde había ingresado hace dos semanas, sin haber ganado un premio Nobel, pese a su enorme popularidad. Hasta su amigo Paul Samuelson tildaba a Galbraith de «el economista más querido por gente que no es economista».

Nacido en Canadá en el año 1908, John Kenneth Galbraith se licenció en la Universidad de Toronto pero hizo la mayor parte de su obra en Harvard. En realidad, era precisamente la capacidad de Galbraith para convertir las ciencias económicas en filosofía social, así como la elegancia de su prosa, lo que le convirtió en la conciencia de la elite wasp de la posguerra y estratega económico de los demócratas cuando el centro ideológico de Estados Unidos aún era Boston (Massachusetts) y no Houston (Texas).

Sus dos libros clásicos, El Gran Crash de 1929 un corto ensayo sobre el desplome bursátil y la depresión de los treinta- y La sociedad opulenta (1958), criticaron, respectivamente, el laissez faire de la preguerra y el desencanto poskeynesiano de la sociedad del consumo, el despilfarro de la nueva era de publicidad y marketing y la desigualdad social. Su ingeniosidad a la hora de acuñar frases que resumían en dos o tres palabras tendencias socioeconómicas aumentó su influencia.

La frase «opulencia privada, sordidez pública» pareció resumir una verdad intuitiva, aunque los números de los econometristas ya al mando en las facultades insistían científicamente en que todo era como debía ser. En el Cultura of contentment (1992) hizo una crítica pesimista a una sociedad democrática en la que el bienestar de la mayoría había marginado políticamente a una minoría desfavorecida.

Galbraith había escrito discursos para Roosevelt, en la estela del New Deal, pero se convirtió en la auténtica eminencia gris de las administraciones demócratas de la posguerra de Truman, Kennedy y Johnson, asesorando a Kennedy mientras los dos comían estofado de langosta en el restaurante preferido de ambos en Boston.

Con una presencia imponente – medía dos metros- y con un humor irónico y cáustico, Galbraith se convirtió en un abogado elocuente de los menos poderosos y azote de los más. Casi 50 años después de que los escribiera, sus comentarios en La sociedad opulenta parecen más relevantes que nunca: «Los americanos adinerados hace tiempo que saben que es aconsejable, y además más estiloso, suprimir las manifestaciones más vulgares de la opulencia» escribió, y en una sección que causaría conmoción en la Comisión Europea hoy en día afirma que «la idea de que la inseguridad económica es esencial para la eficiencia era un error grande. En realidad, los años de mayor seguridad han coincidido con avances inéditos en la productividad».

Galbraith se atrevía a desafiar a los economistas de verdad porque había visto lo que los ortodoxos habían hecho en los años treinta: «Conforme perdemos a más economistas que vivieron los años de la Gran Depresión, perdemos más conexiones con aquellos tiempos, y esto me entristece», destacó ayer William Olley, de la Universidad de Western Illinois.