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Nubes de tormenta en el G20

Fuentes: Rebelión

  La crisis financiera del 2008 está lejos de terminarse; no sólo fue una crisis que atacó con furia a los países desarrollados por su excesiva dependencia en la economía de servicios, sino que, como un típico virus electrónico, se ha extendido a través de los órganos vitales del paciente causando estragos imposibles de predecir […]

 

La crisis financiera del 2008 está lejos de terminarse; no sólo fue una crisis que atacó con furia a los países desarrollados por su excesiva dependencia en la economía de servicios, sino que, como un típico virus electrónico, se ha extendido a través de los órganos vitales del paciente causando estragos imposibles de predecir al comienzo de la misma. Eso hace a la crisis financiera una ‘permanente emergencia económica’ para usar las palabras de Slavoj Žižek. [1]

Los últimos dos años han sido de intenso aprendizaje, tanto para la izquierda destinada a la oposición sempiterna, como para los neoliberales en el poder. Pero la furtividad de la crisis ha engañado a un sector mayoritario de la opinión pública, que ha sido sedada por los medios de comunicación y sus políticos aliados en la marionetismo del poder. No sólo la crisis no ha terminado, sino que se deteriora rápidamente. Se cierra el ciclo neoliberal que comenzaría a finales de los 70s, precisamente impulsado por otra crisis, la del Keynesianismo y su verdugo: la Stagflation.

A la larga lista de arranques de sinceridad que sucedieron a la crisis del 2008, ahora debemos agregar los del hombre al frente del Banco Mundial; como Ben Bernanke en el 2008, Robert Zoellick ha salido a la defensa de un sistema monetario internacional más justo y más real. Zoellick ha dicho que la subida estrepitosa del precio del oro no debe ignorarse, que ‘es un elefante en el cuarto’, y que se debe primordialmente a la debilidad de las monedas del mundo occidental. Lo interesante es que, palabras más palabras menos, sus declaraciones reflejan una intensa preocupación por el estado del sistema financiero global, y el ocaso del dólar como moneda referencial. Zoellick dice haber sido malinterpretado por aquellos que leyeron entre líneas en su artículo del lunes en el Finantial Times, [2] que su llamado era a volver al sistema de anclaje de las monedas con el oro previo a la Segunda Guerra Mundial; modificado por Maynard Keynes y Cordell Hull en Bretton Woods como un sistema de fijas, pero ajustables tasas de cambio. La cosa con el famoso anclaje moneda/oro de Bretton Woods, es que el dólar se mantuvo atado al oro a razón de 1/35 de una onza troy, mientras que las demás monedas fueron atadas al dólar. Este acuerdo duraría lo que duró la recuperación de las economías europeas, unos veinte años. Los norteamericanos, sumidos aún en la embriaguez de la victoria absoluta de 1945, se embarcaron en su proyecto del siglo americano, con la venia de sus aliados. Para 1971, la Pax Americana se tambaleaba entre los arrozales del Mekong delta y el río rojo; Kissinger era despachado urgentemente a pactar con el Vietcong y Nixon le daba el tiro de gracia al anclaje dólar/oro que estaba desangrando Fort Knox. Así llegaba a su fin Bretton Woods.

La inestabilidad que causó el Nixon shock, como es popularmente conocido, se debió a que países como Alemania y Suiza se negaran a financiar con un dólar premeditadamente devaluado la guerra de Vietnam y las aventuras imperiales de los Estados Unidos. Viendo como la administración Nixon imprimía dólares y como el déficit comercial se agrandaba, comenzaron a retirar sus depósitos de la reserva federal en oro, desvaciando las arcas norteamericanas. De ahí en adelante, las sucesivas administraciones norteamericanas han usado su poder militar para imponer el dólar como moneda referencial, recordándole a sus aliados occidentales que sin EUA Hitler y los Nazis hubieran conquistado el mundo. El hecho es significativo, porque fueron los tradicionales aliados de la posguerra, los que en varias ocasiones desafiaron la hegemonía económica de EUA. Primero Alemania, luego Japón, el crecimiento económico de ambas naciones le demostró a los norteamericanos que sólo a través de la supremacía militar podía el mundo tolerar su hegemonía económica. Cuando ambos países volvieron a amenazar la economía norteamericana a principio de los 80, con monedas competitivas y un superávit en la balanza comercial, Reagan y sus neoliberales impusieron el Acuerdo de Plaza, destinado a depreciar el dólar y hacerlo competitivo una vez más. Dos años después, en 1987, alemanes, franceses y japoneses, cansados de financiar el déficit norteamericano a través de la compra de bonos e importar la inflación a sus países, idearon el acuerdo de Louvre; el acuerdo duró menos de dos años.

Las aventuras militares se han sucedido casi sin parar desde principio de los 80s hasta nuestros días; con el interregno de Bill Clinton los EUA pareció retomar el camino de la disciplina fiscal y la política del sentido común, tan sólo para caer en manos de otro fanático más: George W. Bush. De nuevo las aventuras guerreristas y el fantasma del déficit aparecieron; agravadas por el 11 de septiembre y la crisis financiera del 2008 estos problemas se encuentran en una etapa de completo descontrol. Acuerdos como Plaza o Louvre ya no son posibles. La razón es sencilla, los nuevos actores que desafían la hegemonía económica de los EUA no son los viejos aliados de la posguerra, maniatados con un sinfín de bases militares y la gratitud de haber sido salvados de los fantasmas del nazismo y el comunismo. Dichos fantasmas ya no existen, y el que han tratado de crear, el extremismo musulmán, sólo existe en la mente de los paranoicos de la CIA, el MI6, DGSE, el Mossad, y por supuesto, CNN.

Los BRICs (Brasil, Rusia, India y China) se han alzado triunfantes luego del 2008; sus economías han vuelto a niveles de producción previos a la crisis financiera y hasta se dan el lujo de enfocarlas en los mercados internos cuando los internacionales se encuentran en estado de depresión. Esto ha ocasionado una guerra de monedas y un incremento en el déficit de la balanza comercial de los países desarrollados. Sólo Alemania y Japón se encuentran en un lugar privilegiado; a pesar de que debido a los ‘bailouts’ de la banca en 2008 han tenido que reajustar su gasto fiscal, verbigracia, hacer que los más pobres paguen con impuestos la demencia y las apuestas del sector financiero, su situación no es tan peligrosa como la de EUA, Reino Unido, Francia y los más pequeños de la unión europea.

Lo que ocurre en estos momentos es un factor importante de reflexión y contemplación, el neoliberalismo da sus últimos espasmos de agonía; pero lo que viene no tiene que ser necesariamente mejor. Los bancos siguen haciendo negocios como siempre y los pobres siguen pagando el hueco fiscal producido por proyectos imperiales y los impuestos para mantener a los ricos. La única esperanza es que la movilización ha comenzado; y por supuesto acrecentará su tamaño conforme los cortes y la ‘disciplina’ fiscal hacen estragos en la vida de los sectores más desposeídos, los Sans-Culottes. Un sinfín de preguntas quedan sin responder, una de las más relevantes es ¿dónde está la izquierda?



[1] Žižek, S (2010). A Permanent Economic Emergency. New Left Review (64).

[2] Zoellick, R. (Nov 7, 2010) The G20 Must Look Beyond Bretton Woods II. Finantial Times.

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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