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Paradojas y crisis del Gobierno de Trump

Fuentes: La izquierda diario

La Administración de Trump lleva acumulados siete meses, una ristra de fracasos, apenas contadísimos «éxitos» y un telón de fondo ajado por la crisis política. El fiasco de la derogación del Obamacare debe señalarse entre los traspiés más resonantes. Era la piedra basal del «billón» de dólares en obras públicas que dispararía el crecimiento del […]

La Administración de Trump lleva acumulados siete meses, una ristra de fracasos, apenas contadísimos «éxitos» y un telón de fondo ajado por la crisis política. El fiasco de la derogación del Obamacare debe señalarse entre los traspiés más resonantes. Era la piedra basal del «billón» de dólares en obras públicas que dispararía el crecimiento del PBI norteamericano desde el mediocre 2% promedio actual hasta un chispeante 4%. La táctica Kissinger invertida (aliarse a Rusia para aislar a China) acabó en el «Rusiagate», mientras la amenaza de un incidente nuclear con Corea del Norte, expone a una administración Trump tan exaltada como necesitada de colaboración asiática. El discurso contra la élite financiera que prometía volver a las épocas del New Deal separando las operaciones de la banca comercial de aquellas de la banca de inversión, terminó acumulando a los Goldman Sachs boys en el gabinete. Una tropa que al parecer se parapeta para dar de baja a la ley Dodd Frank, una regulación ligth instaurada por Obama luego de la crisis de 2008. La promesa de campaña que aseguraba el retiro definitivo de las tropas norteamericanas de Afganistán fue trocada hace pocos días por un incremento de efectivos, sugerido por el ala militar del gobierno. La suspensión del proyecto para aplicar un impuesto transfronterizo, el terreno de promesa en el que aún navega el aumento del presupuesto militar y la omisión de las sugeridas imposiciones faraónicas a bienes chinos y mexicanos, abultan la lista por solo mencionar los ejemplos más transcendentes.

El lado de los «éxitos» luce escueto incluyendo una débil -por ahora- restricción a la inmigración, la retirada de Estados Unidos del -inactivo- Tratado Transpacífico prometida en épocas de campaña por todos los contendientes, la eliminación de regulaciones ambientales a la industria carbonífera y de las prohibiciones para explotaciones petroleras en las costas -gran servicio a las corporaciones- así como restricciones comerciales en el mercado de la madera, los lácteos canadienses o los biocombustibles argentinos.

En un panorama ilustrado por la primacía de la impotencia gubernamental, las declaraciones de Trump tras los sucesos de Charlottesville, precipitaron la salida del estratega/ideólogo ultranacionalista Steve Bannon, abonando una tendencia que ya marcaba el ritmo durante los últimos meses. En el gabinete se afianzan simultáneamente la élite militar y el ala financista «globalista» -así la denomina Bannon- proveniente de Goldman Sachs, junto al «yerno» Kurcher y «la hija» Ivanka, a la vez que asciende la figura del vicepresidente ultraconservador republicano, Michael Pence. Todos ellos escoltando a un Trump investigado por la justicia y con una aprobación popular baja y en descenso.

La carga simbólica del antirracismo

Es notable como los asuntos de la inmigración y el racismo dieron lugar tanto a uno de los primeros cimbronazos de la administración Trump 1 como al reciente y al parecer uno de los más duros golpes. Resulta que el «antirracismo» y la «antidiscriminación» son las caras friendly del globalismo . Extranjeros empleados, consumidores, ejecutivos y contrapartes internacionales, son los actores principales del entramado global tejido por las corporaciones durante las últimas décadas. El capital norteamericano salvó el pellejo y restauró su dominio absorbiendo mano de obra foránea utilizada a la vez para disciplinar, abaratar y devastar a la fuerza de trabajo norteamericana. Tanto fuera como dentro de territorio estadounidense la mano de obra «multinacional» es un núcleo duro inescindible del proceso «globalizador». El «antirracismo» es el tributo necesario y «progre» que las corporaciones le rinden al objeto de su explotación. Si los decretos xenófobos de febrero produjeron el primer cortocircuito de Trump con un amplio arco de empresas norteamericanas «globales», sus declaraciones racistas tras Charlottesville precipitaron la desintegración de sus dos concejos económicos asesores 2 . El costo de sostenerlo amenaza a menudo volverse más elevado para el núcleo duro de las corporaciones estadounidenses que el beneficio incierto de una prometida y profunda reducción impositiva. Promesa que si le garantizó el relativo alineamiento pos electoral de gran parte de las empresas dominantes, muchos dudan -tras las peripecias parlamentarias- de sus posibilidades reales de materialización.

Hay allí un combate profundo entre «globalización» y «nacionalismo» que en última instancia representa nada más ni nada menos que las fuerzas en pugna que dieron origen a esta atípica administración republicana. En un sentido ni Trump pudo hasta ahora ser tan «revolucionario» como un amplio arco de analistas supuso ni parece estar dando paso a una administración tradicional. Como mínimo dos hechos prueban la agudeza de la crisis política que ahoga al Estado norteamericano. Por un lado, el Partido Republicano en la Casa Blanca y con mayoría en ambas cámaras, prácticamente no puede legislar. Por el otro el ascenso de tres militares en puestos claves es síntoma de aguda crisis de representación política. Es probable que las élites militares y financieras que se acomodan en la Casa Blanca tengan por objeto limitar la incontinencia trumpista conteniendo a la vez a Trump. Es decir un nuevo engendro en procura de absorber con mayor realismo los elementos diversos de una situación transitoria que combina la escasa capacidad de fuego del «nacionalismo» insurgente con una crisis profunda que no admite la continuidad tout court de las estructuras tradicionales. En última instancia este ornitorrinco -que en parte recuerda las peripecias del gabinete que comanda al Brexit- expone a Donald Trump como el hijo predilecto de una realidad particularmente preñada de dualismos.

Las imágenes múltiples de una crisis

La convulsión de 2007/8 y sus derivaciones, resulta en sí misma una singularidad que puede diseccionarse en diversas imágenes. Como es sabido, la amenaza de catástrofe inicial fue disipada tras la intervención de los principales Estados. Pero el desvío se tradujo en cerca de diez años de crecimiento económico extremadamente débil especialmente focalizado en los países centrales. Las aristas de esta bipolaridad son múltiples 3 .

Una primera imagen muestra el rescate a bancos y grandes empresas coexistiendo con el deterioro progresivo de las condiciones de existencia de amplias franjas de la población que incluyen tanto legiones de trabajadores como fracciones marginalizadas del capital representadas por pequeñas y medianas empresas. Esta dualidad se plasma en el repudio a las «élites» y en el ascenso de movimientos políticos «populistas» a derecha e izquierda, en el rechazo a la «globalización» y la defensa del «interés nacional» que tuvieron por ahora sus máximos exponentes en las figuras de Trump y el brexit.

Una segunda imagen expone que amén del rescate de aquellas «élites económicas», el proceso de internacionalización financiera y productiva -la mayor «empresa» del capital durante los últimos 40 años- sufre una pérdida de dinamismo 4 . Cuestión que se pone de manifiesto con especial énfasis en el débil incremento de la inversión en los países centrales y en una disminución del ritmo de crecimiento del comercio internacional.

En una tercera imagen puede observarse a la vez que aún cuando el comercio internacional perdió fuerza, está lejos de hallarse dislocado, tampoco se perciben quiebras masivas de empresas, ni un crecimiento agudo de la desocupación en los países centrales, más allá de los niveles heredados de los años particularmente críticos. Esta tercera imagen muestra que si la «empresa neoliberal» con la que el capital se sobrepuso a la crisis de los años ’70 pierde impulso y en gran parte se encuentra asediada por «la política», aún no está quebrada y no existe -al menos por el momento- «emprendimiento» de reemplazo. Esta dualidad posee un fuerte poder explicativo sobre las actuales condiciones del gobierno Trump y las particularidades de su gabinete.

Pero también se dibuja una cuarta imagen en los límites de las complejas relaciones entre Estados Unidos y China. Si China resultó un destino privilegiado del capital sobrante norteamericano, la «cooperación» binacional profundizó sus grietas hacia 2014 . La imposibilidad de mantener el modelo exportador, la sobreacumulación de capitales y las tensiones financieras internas, aceleraron las tendencias nacionalistas del Gigante Asiático que intenta abandonar su rol receptor de capitales para convertirse en competidor mundial por los espacios de acumulación. Pero aún se trata de un proceso lento, complejo y de final incierto. El lugar de «guardián de una economía global abierta» que Xi Jinping agitó contra el «America First» de Trump, es un juego retórico. La imposibilidad de continuar siendo lo que era sin conseguir aún transformarse en algo nuevo, dice mucho del lugar del Estado chino en la arena internacional. Se trata de otro factor que de manera particularmente lenta y contradictoria, limita la continuidad conservadora de las políticas norteamericanas de los últimos años.

Nacionalismo vs. globalización

Sin duda la colisión entre nacionalismo y globalización constituye uno de los grandes campos en disputa del período próximo y las conjeturas abundan. La dicotomía -y su posible devenir- exige observar tanto las múltiples aristas económico-políticas de la crisis como sus eventuales dinámicas.

En primer lugar es preciso aclarar que el concepto «globalización» es lo suficientemente difuso como para admitir acepciones incluso contradictorias. Apelamos a él a falta de expresión mejor para dar cuenta del contundente proceso de internacionalización financiera y en particular productiva del capital durante las últimas décadas al calor del desarrollo de aquello que se conoce como «neoliberalismo». Cabe aclarar que si por un lado y en términos abstractos el proceso de internacionalización no tiene nada de novedoso como parte inseparable del movimiento histórico del capital, por el otro y en términos concretos, no existen antecedentes del entramado casi ininteligible de asociaciones de capitales y formación internacional de cadenas de valor tal como se presenta en la actualidad. Sin embargo y a pesar de esta reconfiguración, en modo alguno se ha perdido la base nacional de aquellos capitales invertidos transnacionalmente para los cuales el poder del Estado representa el vehículo garante de sus ganancias y ventajas externas -e internas. Cuestión que queda patentada de manera prístina en cada uno de los acuerdos y tratados comerciales. No por casualidad aquellos pactos se volvieron el objeto de furia de amplias mayorías perdedoras del proceso globalizador.

En este contexto surgen al menos dos cuestiones fundamentales. La primera de ellas está asociada a la necesidad del capital más concentrado de salvaguardar el poder del Estado para lo cual el consenso resulta un factor de primer orden. Y, tal como señala David Harvey 5 , la construcción del consenso implica el cultivo del nacionalismo. No es casual que hasta los más fanáticos globalistas machaquen desde hace tiempo sobre la necesidad de frenar un proceso globalizador al que consideran de algún modo «sitiado» por la política.

Las negociaciones de Trump -bastante pobres por el momento- con Carrier, Ford e incluso las promesas de Apple o las de la china Foxconn de crear puestos de trabajo manufactureros en Estados Unidos, constituyen ensayos de una respuesta muy limitada a este asunto. En el mismo sentido operan los aranceles puntuales a la importación que responden a demandas específicas de los productores norteamericanos que en muchos casos se arrastran desde los años ’80, asociadas por lo general a estados soporte de Donald Trump. Las negociaciones en curso del TLCAN que no prometen logros demasiado significativos, junto a la promesa de cerrar el Gobierno si el Congreso no vota los fondos para construir el «muro», contienen del mismo modo una fuerte carga simbólica como respuesta a dos promesas centrales de campaña destinadas a contener a los «perdedores» de la globalización.

El segundo aspecto exige observar que aquel anhelado proteccionismo resulta esencialmente contradictorio con los intereses de los sectores más concentrados e internacionalizados del capital. Se trata de las fracciones que le vienen marcando el terreno al gobierno Trump tanto en materia de cuestiones raciales como en políticas comerciales. Las negociaciones del TLC están limitadas por aquella contradicción. Entre las últimas balas de la administración Trump figura la negociación parlamentaria de una reducción impositiva. Un éxito necesario para contener a un amplio sector de las corporaciones que luego de la contienda electoral se alineó parcialmente con su gobierno a la espera de algún beneficio significativo. En el estado actual de cosas es muy probable que la reforma termine siendo parcial y negociada con los demócratas y resulta bastante impensable que incluso beneficiando a las ganancias generadas en el extranjero, el núcleo de las corporaciones tenga alguna intención de «retornar» a Estados Unidos.

La paradoja es que mientras el retorno del empleo y el consumo a Estados Unidos constituye la demanda principal de los «perdedores» de la globalización -fundamento de su versión del «nacionalismo»-, el espíritu «nacionalista» de las grandes corporaciones está asociado a una disputa más agresiva por su lugar en el mundo y podría terminar redundando en el impulso de un tipo de «globalización» con mayor primacía del unilateralismo. Por último resulta particularmente complejo imaginar en la actualidad las medidas proteccionistas6 que podrían ayudar a la «economía norteamericana», debido a que las empresas dedicadas al comercio internacional forman parte de complejas cadenas de suministro mundiales. Cualquier restricción a las importaciones que beneficie a determinados productores perjudicaría concomitantemente a las industrias que usan esos productos como insumos. Si por ejemplo, para beneficiar a los productores internos, un arancel aumentara el precio del acero, afectaría a la vez a consumidores de dicho insumo como John Deere o Caterpillar. Se trata de elementos parciales de una contradicción profunda que en un escenario de crecientes tensiones geopolíticas y dado el lento aunque persistente declive de la hegemonía norteamericana, es probable que gobierne gran parte del escenario en el período próximo.

Notas:

1 Ver Bach, Paula, La globalización: más allá y más acá de Donald Trump, La Izquierda Diario, 18/2/2017.

2 Cassidy, Jhon, Why didn’t more c.e.o.s have the guts to publicity break with Trump?, The New Yorker, 16/8/17 y Ryan, Greg,GE’s Immelt: I quit Trump council before president disbanded it, Boston Business Journal, 16/8/17.

3 Para mayor desarrollo ver Bach, Paula, Las contradicciones del programa nacionalista de Donald Trump, La Izquierda Diario, 19/5/17.

4 World Economic Outlook, International Monetary Fund, Octubre 2016.

5 Harvey, David, Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, Traficantes de sueños, 2014, Madrid.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda/wp-content/uploads/2017/08/21_23_dosier.pdf