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Parches en Wall Street y crisis capitalista

Fuentes: Rebelión

El Senado de EE.UU. acaba de aprobar nuevas regulaciones sobre las instituciones financieras. La medida está acorde con el diagnóstico del establishment económico (FMI, BIS, consultoras, departamentos de economía de las grandes universidades, etc.) y de la dirigencia política (por caso, gobiernos del G20) sobre las causas de la crisis. La crisis se habría debido […]

El Senado de EE.UU. acaba de aprobar nuevas regulaciones sobre las instituciones financieras. La medida está acorde con el diagnóstico del establishment económico (FMI, BIS, consultoras, departamentos de economía de las grandes universidades, etc.) y de la dirigencia política (por caso, gobiernos del G20) sobre las causas de la crisis. La crisis se habría debido a la codicia de Wall Street y a la falta de regulación estatal. Esta explicación, que ha popularizado Krugman, es compartida por sectores del progresismo, e incluso de la izquierda. La liberalización de los mercados, realizada en época de Reagan, habría llegado demasiado lejos y es hora de ajustar las clavijas. Con alguna dosis de intervención estatal, nuevas crisis serían evitables. La discusión ahora es acerca de cuánta medicina reglamentaria es necesaria para que el capitalismo funcione sin sobresaltos.

El propósito de esta nota es discutir esta idea. Para eso, el escrito se ordena de la siguiente manera. En primer lugar, presentamos un resumen de las medidas, y explicamos brevemente su significado, en relación con la forma en que operan los bancos y algunos mercados financieros. En segundo término, analizamos la reforma financiera en el contexto de la relación entre mercados y  Estado; y su conexión con la especulación y la crisis. Por último, ofrecemos algunas razones de por qué pensamos que estas medidas no eliminan las causas de las crisis generales del capitalismo.

Las medidas

En primer lugar, se establece que los reguladores estatales tendrán más autoridad para inspeccionar la situación de las entidades financieras, y sus activos, desde hipotecas a títulos complejos. Para este fin se crea un consejo de reguladores federales, liderado por el Secretario del Tesoro. Se dispone también la creación de una agencia de protección al consumidor de servicios financieros y bancarios, que va a funcionar dentro de la Reserva Federal, aunque con relativa autonomía. Además, se establece que las instituciones financieras deberán mantener más capital como reserva y reducir su apalancamiento. También se determina que derivados que hasta ahora se comercializaban de manera descentralizada, como los swaps (de intereses, de default, etc.), lo harán a través de mercados centralizados. Los bancos deberán separar las divisiones que operen con derivados. Y tendrán limitaciones a las operaciones con su propio capital (equity); solo podrán invertir en títulos del Tesoro, en obligaciones de agencias gubernamentales y emisiones municipales. También se establece que el Estado podrá hacerse cargo de una empresa financiera que colapse, como sucede actualmente con respecto a los bancos.

Apalancamiento y crisis bancaria

El sentido y contenido de la reforma se vincula con las explicaciones dominantes sobre las causas de la crisis. Y con las tensiones por hacer prevalecer los diversos intereses de las fracciones del capital. Para avanzar, necesitamos explicar brevemente cómo funcionan los bancos, y algunas cuestiones conexas.

Un banco es una institución cuya primera operación básica consiste en recibir dinero, pagando un interés, para prestarlo con un interés algo más alto, sea otorgando préstamos o invirtiendo en títulos. Su otra operación básica consiste en operaciones monetarias como pago o cobro de facturas, organización de operaciones de préstamos, recaudación de fondos para empresas, guarda de dinero, y similares.

Los depósitos de cuenta corriente y a plazo, y los préstamos tomados, constituyen el pasivo del banco. Los créditos otorgados y los títulos en los que el banco invirtió el dinero constituyen su activo, junto a la reserva monetaria, o encaje. Con el encaje el banco hace frente a los requerimientos cotidianos de liquidez por parte de los depositantes.

A estos dos grandes ítems del balance (activo y pasivo) se suma un tercero, que se ubica como un renglón separado del lado del pasivo. Se trata del capital propio de los accionistas (equity) y representa la riqueza neta del banco. En otras palabras, es el valor de los activos que son financiados por los propietarios del banco, y no por los depositantes, u otras fuentes. En el balance surge de la diferencia entre el activo y el pasivo. Según las recomendaciones del Banco de Pagos Internacionales (BIS), adoptadas por los gobiernos, los bancos están obligados a mantener una cierta relación capital propio/activos. En términos generales, es del 8% sobre el conjunto de activos (la cuestión es un poco más compleja, pero por ahora lo dejamos así). Para fijar conceptos, ofrecemos un ejemplo numérico (en millones de dólares) de un banco hipotético.

ACTIVO

PASIVO
Encaje                             5 Cuentas corrientes                       6
Créditos otorgados     90 Cuentas a plazo                           80
Títulos                          75 Préstamos tomados                   70
Total                           170 Total                                           156
  CAPITAL PROPIO                    14

 

Este banco tiene activos por 170 millones, pasivos por 156 millones, y capital propio de 14 millones.

Veamos ahora las ganancias del banco. Un negocio fundamental del banco consiste en tomar dinero a una tasa, y prestarlo a una tasa superior. De manera que una parte muy importante de su ingreso proviene de esta diferencia, o spread, entre tasas de interés. La segunda fuente importante de ingresos se deriva del cobro de comisiones por las operaciones que realiza para sus clientes.

Con sus ingresos el banco paga a sus empleados, afronta otros gastos, y paga impuestos. El neto que surge de descontar estos gastos del ingreso constituye su ganancia.

A su vez, la rentabilidad del banco se mide por la relación entre el beneficio y el capital propio; es lo que se conoce, en inglés, como ROE (return on equity). Observemos que cuanto más se apalanque el banco, más alto puede ser el ROE. Por eso los bancos acostumbran tener un alto ROE, aunque una baja rentabilidad en relación al conjunto de activos que posee (ROA, return on assets, que es la relación ganancias/activos).

Por otra parte, si los créditos otorgados no se pueden cobrar, el banco deberá ponerlos en la categoría de «non performing«, y eventualmente plasmar esa pérdida en su balance. Algo similar ocurre si los títulos que posee el banco en su activo se desvalorizan. Por ejemplo, si los deudores hipotecarios no pueden pagar, caen los precios de los títulos respaldados en hipotecas que posee el banco. Pero al disminuir el valor del activo, baja el capital propio del banco. Si la baja continúa y se profundiza, llega un punto en que el banco no puede seguir operando, y debe capitalizarse. Sin embargo, si los inversores advierten que el banco está en situación de insolvencia, pueden negarse a invertir. Entonces los accionistas se desprenderán rápidamente de las acciones (tratan de salvar algo, antes de que licue por completo su capital), precipitando la caída. Es lo que sucedió con Lehman y otros grandes bancos, que sufrieron una implosión bursátil. En los años treinta, en cambio, los bancos caían por retirada precipitada de los depósitos. En los 2000 los bancos tenían seguros de depósitos, pero colapsaban por falta de capitalización. Es una opinión generalizada que en esto incidió un alto nivel de apalancamiento.

Indudablemente, en vísperas de la crisis de 2007, el nivel de apalancamiento de los bancos de EUA había llegado a un altísimo nivel. Según el Informe del Presidente de EUA de 2009, antes del estallido de la crisis los bancos de inversión estaban apalancados en una proporción de aproximadamente 25 a 1. Esto significa que de cada US$ 100 de activos, US$ 96 estaban fondeados en deuda, y solo US$ 4 en capital propio. En consecuencia bastaba una caída del 4% en el valor de los activos para eliminar todo el capital de estos bancos. Este grado de apalancamiento, por otra parte, permitió que los bancos, especialmente los de inversión, obtuvieran elevados ROE durante el boom. Entre 1995 y 2005 el ROE promedio de Morgan, Merril Lynch, Goldman Sachs, Lehman y Bearns osciló entre el 14 y 20% (cálculo propio en base a Fortune 500). Para tener una medida de comparación, el ROE promedio en los países adelantados, del sector financiero no bancario y del sector bancario, osciló, en el período 2001-2007, entre el 11 y 13% (BIS, Informe anual 2010).

Señalemos todavía otra forma de apalancamiento, que también agravó la crisis bancaria. Una forma de aumentar las ganancias bancarias fue tomando préstamos a muy corto plazo, por los que pagaban una baja tasa, para invertir en títulos de largo plazo, que rendían una tasa más alta. Los bancos tomaban muchos préstamos que debían renovar semanalmente, o aún en plazos más cortos. Al momento del estallido de la crisis los bancos de inversión estaban fondeando más de un cuarto de sus balances con deuda que se renovaba cada 24 horas, a través de operaciones «repo» (en la práctica son préstamos asegurados con títulos gubernamentales).  Asimismo los bancos mantenían títulos respaldados por hipotecas en instituciones (o «vehículos») que formalmente estaban por fuera de las instituciones (de hecho, especie de fideicomisos), que también se fondeaban con papeles de muy corto plazo (commercial papers) que compraban fondos monetarios y otros inversores. Toda esta operatoria era redituable, pero riesgosa, ya que cuando estalló la crisis los mercados monetarios «se secaron», y los bancos no tenían manera de conseguir fondos.

En base a esta experiencia, la reciente reforma financiera obliga a los bancos a disminuir el apalancamiento. Muchos piensan que con esto se elimina una de las causas principales de la crisis.

Operaciones con capital propio

Las operaciones con capital propio (proprietary trading) consisten en la utilización del dinero propio del banco para obtener beneficios, y están conectadas con el apalancamiento.

Tradicionalmente las operaciones con capital propio se asociaron a los bancos de inversión. Esto se debe a que estos bancos, que se encargan de recaudar capital para empresas, «hacen mercado». «Hacer mercado» quiere decir que toman posiciones. Por ejemplo, un banco de inversión que actúa como agente de colocación de acciones para una empresa, puede comprar esa acción a cierto precio, con la intención de revenderla luego y ganar haciendo una diferencia. Así este banco está proveyendo de liquidez al mercado, y al hacerlo puede utilizar su propio capital. Algo similar ocurre con los departamentos de los bancos que operan en mercados como el de acciones, o el cambiario. El banco que actúa en el mercado bursátil, por ejemplo, puede estar comprando la acción que está vendiendo su cliente, con el objetivo de venderla a otro precio cuando aparezca el comprador. De aquí hay entonces un paso a lanzarse a todo tipo de inversiones, utilizando el capital propio.

Esto es lo que sucedió en los últimos años. A medida que, en los años 2000, crecía el boom de los títulos hipotecarios, los bancos comprometieron crecientes porciones de su propio capital en operaciones especulativas. Lo cual era altamente riesgoso, ya que una caída de los títulos o de los créditos otorgados por los bancos, afectaría directamente al capital propio. Así Lehman perdió, en el año y medio que precedió a su quiebra, unos US$ 32.000 millones por proprietary trading especulando en títulos inmobiliarios y en derivados. Téngase en cuenta que el capital en acciones ordinarias de Lehman era de US$ 18.000 millones. Como ya hemos explicado, esto fue decisivo para precipitar el colapso de éste, y otros bancos.

Por lo tanto, al disponer la reforma financiera que el banco utilice su capital solo para comprar títulos gubernamentales, se intenta limitar este tipo de peligros. También se busca impedir algunas estafas que realizaban los bancos. Por ejemplo, se descubrió que Goldman Sachs armaba paquetes con títulos riesgosos, y los vendía a sus clientes. Paralelamente Goldman utilizaba su capital propio para sobre vender esos títulos; esto es, especulaba con que cayera su valor. En definitiva, operaba contra sus clientes.

La idea de impedir que los bancos operen con su propio capital ha sido alentada por un ex presidente de la Reserva Federal, liberal ortodoxo, Paul Volcker. Volcker ha comparado la operatoria de los bancos con su capital con la actividad de los fondos de cobertura (hedge funds), que se caracterizan por realizar apuestas altamente riesgosas, utilizando dinero de clientes muy ricos. El planteo de Volcker es que, o bien se es un banco, o un fondo de cobertura; pero es inadmisible que haya hedge funds banks. La reforma financiera aprobada, si bien no elimina completamente la operatoria con capital propio, la limita en forma significativa.

Mercado de derivados centralizado

Hasta ahora los mercados de swaps funcionaron de manera descentralizada. Esto significa que las operaciones se acuerdan entre las partes, en los términos convenidos por ellas (sumas involucradas, precios, plazos temporales). Antes de seguir, explicamos qué es un swap a través de dos tipos característicos.

Uno de ellos es el swap de interés variable contra interés fijo. Aquí, las dos partes convienen un valor nocional, sobre el que se calculan los montos a pagar, e intercambian flujos, según varían las tasas de intereses. Por ejemplo, si aumenta la tasa de interés, la parte que se comprometió a pagar la tasa variable deberá transferir la diferencia a su contraparte. Inversamente, si baja la tasa de interés.

El otro caso típico de swap son los CDS (credit default swap), por el cual una parte vende protección a la otra parte ante la eventualidad de que un título (también puede ser una empresa) entre en default. La parte que vende protección se compromete a pagar el valor y los intereses del título si el emisor del mismo deja de pagar. A cambio, la parte que vendió la protección recibe una cierta cantidad de puntos porcentuales de los intereses que paga el título.

Pues bien, la reforma financiera dispone que todas estas operaciones se hagan a través de un mercado centralizado, o Clearing. Al operar de forma centralizada, existe un único precio, conocido por los operadores. Con esto se busca dar transparencia a estos mercados. Además, la Cámara garantiza las operaciones; esto significa que si una de las partes defecciona, la Cámara asume el compromiso de cumplir con la otra parte. En contrapartida la Cámara exige que las partes depositen garantías al momento de cerrar el swap. Ejemplos de mercados centralizados son los mercados de futuros (cambiarios, de materias primas, etcétera) o bursátiles.

La reforma financiera también prohíbe a los bancos operar en derivados. De ahora en más deberán hacerlo a través de sucursales, con capital por separado.

Regulaciones y mercado en perspectiva

Para el análisis de las medidas adoptadas es conveniente tener una cierta perspectiva histórica de la relación entre mercado y regulación estatal. Podemos decir que la misma ha sido pendular. Por ejemplo, en los primeros años de la crisis de 1930, la regulación financiera era escasa, y el Estado tenía poca disposición a intervenir en la economía para salvar a los bancos. La idea prevaleciente era que durante las crisis los capitales más débiles, o menos productivos, debían caer; que la deflación, y el sostenimiento del valor del dinero, ayudarían a «depurar» el sistema económico; y que esto contribuiría a reforzar la disciplina del trabajo, y la sujeción a las leyes del mercado. Esta orientación se conoció con el nombre de «liquidacionismo». Así, por ejemplo, dado que los depósitos no estaban asegurados, no había forma de evitar las corridas bancarias. Más de 9000 bancos cayeron entre 1929 y 1933, sin que la Reserva Federal interviniese.

Sin embargo, y ante la profundidad de la crisis, en 1933 se produjo el giro hacia una política intervencionista. Además de la devaluación del dólar, se estableció el seguro de depósitos, y se adoptaron medidas de control sobre la futura operatoria de los bancos. En las décadas siguientes estas medidas continuaron aplicándose. Sin embargo los bancos y otras instituciones financieras fueron encontrando medios para eludirlas, y ampliar su fuerza. Por ejemplo, el crecimiento del mercado de eurodólares se debió, en buena medida, a que los bancos estadounidenses eludían, en la década de 1960, las regulaciones que impedían la salida de fondos de EUA. Para eso abrían sucursales en Europa, que aceptaban depósitos en dólares. En el fondo de esta expansión estaba el impulso a la internacionalización del capital, y el desarrollo de la acumulación capitalista, que no puede ocurrir sin el crédito.

La crisis capitalista de los años 1970 se produjo, por lo tanto, en el marco de un capitalismo con fuerte intervención estatal. Desde mediados de esa década, la respuesta del capital más concentrado consistió en volver a mucho de lo que sucedía antes de las regulaciones de 1930. Por ese entonces el establishment económico pasó exigir la liberalización de los mercados. En el fondo se pedía que la ley del valor impusiera su rigor; que se eliminaran los capitales improductivos; que se diera paso a una mayor centralización del capital, y al ataque en toda la regla contra los sindicatos y el trabajo. A su vez, el aumento de la desocupación, producto de la crisis, contribuyó a disciplinar a la clase trabajadora. Esta ofensiva -popularmente conocida como la reacción neoliberal- contribuyó al restablecimiento de las ganancias del capitalismo, y a la extensión de las relaciones capitalistas a nivel planetario. Pasadas más de tres décadas, la política oficial ahora se inclina hacia un mayor grado de control estatal. La posición de Volcker, adalid del neoliberalismo hace unos años, es representativa de este cambio de humor.

La pregunta que es dable formularse por lo tanto es si estos movimientos pendulares de largo plazo obedecen simplemente a cambios en las modas, o responden a impulsos más básicos, anclados en las relaciones sociales.

Nuestra respuesta es que estos giros reflejan una contradicción que es inherente al modo de producción capitalista. Es que por un lado el funcionamiento de los mercados, y las leyes de la competencia, demandan un cierto grado de intervención del Estado. Por ejemplo, el Estado es imprescindible para que haya moneda; para sostener y amparar la propiedad privada del capital; y para garantizar el acceso al mercado en igualdad de condiciones para todos los capitales. Esto explica, por ejemplo, que el gobierno de EUA haya intervenido, a comienzos del siglo XX, para desarticular el monopolio de la Standard, cuando amenazó seriamente los intereses de capitales que estaban por fuera del grupo.

Sin embargo, la intervención estatal también puede trabar y entorpecer los mecanismos del mercado y de la competencia, que son los que, en última instancia, habilitan a que actúe la ley del valor trabajo. Por este motivo a períodos de aumento relativo del intervencionismo, le sucedan otros de mayor liberalización. Esto explica también que durante las etapas de auge y euforia, se hace más intensa la presión por quitar regulaciones, o por eludirlas (precisamente cuando más harían falta esos controles). Y durante las fases en que suceden a los mayores hundimientos de los valores, aumentan las presiones para, «ahora sí», imponer controles y límites a las burbujas y el apalancamiento (precisamente cuando menos falta hacen esos controles).

Las reformas financieras aprobadas deberían examinarse entonces con esta perspectiva general. Además, está pendiente todo lo que hace a la reglamentación y manera concreta de aplicar la reforma. En torno a esta «letra chica», se librarán las luchas entre las fracciones del capital para mejor posicionarse en la lucha competitiva.

Explicación superficial de la crisis

En el fondo de muchos de los argumentos y razonamientos que circulan hoy encontramos una explicación de las causas de la crisis desesperadamente superficial. La historia que se cuenta es del siguiente tipo.

Todo se habría iniciado en los primeros años de la década de 2000, cuando se produjo un exceso de ahorro, y por lo tanto una gran liquidez, a nivel mundial, que se hizo sentir en EUA. Por esa época fondos provenientes de Asia y de Medio Oriente buscaron refugio en EUA. A esto se sumó que las empresas tuvieran también excesos de ahorros líquidos. De conjunto, estos ahorros permitieron que hubiera una baja tasa de interés (coincidente con la política de la FED en ese momento) y  proveyeron el combustible para la expansión del crédito y de las finanzas. Las bajas tasas de interés también fomentaron el aumento de los precios inmobiliarios y de diferentes tipos de activos financieros. A su vez, la suba de estos activos posibilitó un creciente apalancamiento financiero (los títulos se entregaban como colaterales para pedir más préstamos, que empujaban nuevas alzas de los activos, etc.). Al mismo tiempo se crearon nuevos y complejos instrumentos financieros que generaron la impresión de que el riesgo se dispersaba, y las inversiones eran seguras; lo que metía más combustible a la burbuja. Todo esto llevó a la sobreexpansión de la construcción de viviendas, y a la burbuja inmobiliaria; que fue alimentada por la codicia de los banqueros y la falta de controles.

Pues bien, en este relato falta explicar un hecho esencial. ¿Por qué diablos es que los fondos líquidos no se invertían en Asia? ¿Por qué las empresas de EUA, y otros países del G-7 tenían liquideces que no reinvertían productivamente? ¿Por qué la inversión se mantuvo relativamente baja en la recuperación de la recesión de 2001? No hay respuestas en el relato oficial para estas cuestiones.

Desde el punto de vista del marxismo, en cambio, estas cuestiones se pueden explicar por una situación de sobreacumulación de capital, ocurrida en EUA a principios de los años 2000; o en países asiáticos en torno a 1997-1998. Lo que destacamos con esto es que la explicación de la crisis no puede prescindir de los problemas asociados a la acumulación y a la rentabilidad de los capitales. La especulación y el apalancamiento son manifestaciones -aunque a su vez reactúan y agravan los problemas- de esas cuestiones. Es utópico pretender eliminar las crisis combatiendo el fenómeno «de superficie».

Volverán a producirse booms, especulaciones y cracks

Las medidas adoptadas en EUA no eliminarán futuras burbujas, sobre inversiones y cracks. Sí pueden cambiar o eliminarse ciertas maneras y dinámicas en que opera la especulación; o en que se dan los booms. Pero la posibilidad de burbujas, de sobrevaloración de activos, de manías inversoras y sobreacumulación, y sus colapsos posteriores, es inherente al mercado capitalista.

Destaquemos, además, que los banqueros ya están tomando medidas para resarcirse de los mayores costos que pueda ocasionarles la reforma. The New York Times (16/07/10) informa que los bancos están anunciando a sus clientes que aumentarán las comisiones por diversas cuentas, o anularán descuentos. Significativamente, la agencia de protección del cliente va a funcionar en el ámbito de la Reserva Federal; todo un símbolo de la influencia que seguirán teniendo los bancos en su propia regulación.

Más en general, digamos también que el personal encargado de regular la actividad financiera desde el Estado proviene, casi invariablemente, de la actividad financiera. Y vuelve a ella cuando termina sus funciones públicas. De esta manera ese personal «altamente especializado» siempre está empapado de las necesidades del capital financiero; aunque sea pasible de sentir la influencia del resto de los capitales.

Lógicamente, es posible que la limitación del proprietary trading, o del apalancamiento, genere alguna mayor seguridad en la actividad bancaria. Aunque en contrapartida los bancos aumentarán el spread de tasas y las comisiones para mantener sus ganancias; y también deberá tenerse en cuenta que los bancos que operan a cuenta de clientes, y hacen mercado, están siempre a un paso de borrar la diferencia entre actuar con capital propio o prestado.

Sin embargo, y por encima de estas cuestiones, lo más importante es tener presente que los bancos, cualquiera sea la reglamentación que se les aplique, ineludiblemente deberán seguir prestando a empresas o consumidores. Por eso, cuando estalle la próxima crisis de acumulación, y las empresas quiebren y despidan trabajadores, los créditos no se podrán devolver, y los bancos sufrirán las pérdidas de todas maneras. Entonces nuevamente el Estado correrá a salvarlos, y nuevamente se iniciará una ronda de discusiones sobre más o menos regulación… hasta la siguiente crisis.

Más aún, ya en estos momentos todo el sistema bancario está en peligro ante la posibilidad de que se produzca el default de la deuda griega, de otros países europeos, o de Dubai. Aunque muchos de esos bancos acreedores no hayan invertido su propio capital en estos títulos; y aunque tengan un bajo nivel de apalancamiento, nada los salvará del golpe de desvalorización, en caso de que ocurra el default.

Los bancos tampoco serán inmunes a futuros cambios de tasas de interés, que la mayor parte de las veces están vinculados a problemas de la acumulación. Dado que los bancos invierten en títulos de largo plazo, y toman dinero a corto plazo, cuando cambian las condiciones de fondeo (por ejemplo, cuando aumentan las tasas de interés que deben pagar para retener a los depositantes), sufren pérdidas por «descalce».

Los que quieren arreglar al capitalismo con reformas suponen que, de todas formas, los reglamentos y supervisiones estatales acabarán con la especulación. Pero la realidad es que los bancos y las instituciones financieras no bancarias la mayor parte de las veces encuentran formas de eludir esas reglamentaciones y obstáculos. Las maniobras que realizaron en los últimos años para eludir las reglamentaciones de Basilea sobre capital bancario, lo demuestran. A fin de aumentar la escala de sus operaciones, y el apalancamiento, generaban los «vehículos especiales» que mantenían los títulos respaldados por hipotecas por fuera de sus balances. En consecuencia, en los hechos, pasaban por alto la necesidad de mantener una cierta cantidad de capital propio en relación a los activos riesgosos, que exige Basilea.

Pero además, cuando aumentan los precios de los activos, y las ganancias florecen, los capitales líquidos se escurren por todos los poros de la economía, para seguir alimentando la fiesta (que, naturalmente, se asienta en la extracción de plusvalía). En todo caso, es posible que si la tasa de ganancia de los bancos es relativamente baja, muchos capitales líquidos no se vuelquen al sector. Pero usarán otros canales, como los fondos de cobertura, de inversión, etc., para participar y alimentar el auge y la especulación.

Destaquemos también que estos capitales provienen de todos los rincones del universo capitalista. Muchas veces son fondos líquidos (por ejemplo, por amortización) de empresas productivas de diversos sectores; otras veces son fondos de pensión, o de las empresas de seguros. Por eso se trata de una cuestión del conjunto del capital, no de una fracción.

La mecánica se repite una y otra vez. Cuando cunden las olas de optimismo, los capitales dinerarios se dirigen a las ramas o sectores que prometen mayores ganancias; lo que lleva a la baja de las tasas de interés que se cobran por los préstamos a las empresas involucradas en esas actividades. La suba del precio de los activos, a su vez, da lugar al apalancamiento, y alimenta el boom. Lo que impulsa aún más la manía inversora de empresas, deseosas de mantenerse en los mercados y resistir la lucha competitiva. Esto se prolonga hasta que estalla la crisis y todo revierte a la baja, destruyéndose enormes sumas de capital, provocando devastación de fuerzas productivas, y penalidades a los trabajadores.

Veamos todavía la cuestión a través del prisma de los mercados financieros. Como hemos explicado, pareciera que es toda una «solución» a los males de la especulación con derivados crear un Clearing y centralizar estas operaciones. Pero los mercados de futuros o bursátiles son centralizados, y las burbujas y movimientos especulativos se suceden en ellos con toda regularidad. ¿Por qué debería cambiar el asunto con respecto a los mercados de swaps?

En conclusión, la reforma financiera está acorde con el diagnóstico dominante sobre las causas de la crisis, y encaja en la idea de «domar a los mercados» para impedir nuevas crisis. Pero no existe ninguna base objetiva para poder sostener que eliminará las contradicciones de fondo del sistema capitalista, que darán lugar a futuras crisis de acumulación.

Fuente: http://rolandoastarita.wordpress.com/2010/07/18/parches-en-wall-street-y-crisis-capitalista/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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