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Veintisiete meses de ocupación estadounidense

¿Qué hacemos en Iraq?

Fuentes: Le Monde Diplomatique

Traducido para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

En Iraq no pasa un solo día sin que haya muertos: militares de la coalición, pero también diplomáticos -como el representante de Egipto salvajemente asesinado- y, sobre todo, civiles inocentes. Esta guerra querida por el presidente de Estados Unidos lleva el caos a la región y sirve para justificar lo injustificable, como los atentados de Londres el pasado mes de julio. También es una guerra contra el pueblo estadounidense.

Iraq no es un país liberado, sino un país ocupado. Esto es una evidencia. La expresión «país ocupado» se nos hizo familiar durante la Segunda Guerra Mundial. Entonces hablábamos de «Francia ocupada por los alemanes», de «Europa bajo la ocupación alemana». Después de la guerra hablamos de Hungría, de Checoslovaquia y de Europa del este ocupada por los soviéticos. Los nazis y los soviéticos ocuparon muchos países. Nosotros los liberamos de estas ocupaciones.

Ahora nosotros somos los ocupantes. Es cierto, hemos liberado a Iraq de Sadam Husein, pero no de nosotros. Lo mismo que en 1898 liberamos a Cuba del yugo español pero no del nuestro. La tiranía española fue vencida pero los estadounidenses transformaron la isla en una base militar, a imagen de lo que hacemos en Iraq. Las grandes empresas estadounidenses se implantaron en Cuba, como se implantan en Iraq Bechtel, Halliburton y las empresas petrolíferas. Los estadounidenses redactaron e impusieron, con cómplices locales, la Constitución que debía regir Cuba, exactamente igual que nuestro gobierno ha elaborado, con la ayuda de grupos políticos locales, una Constitución para Iraq. Esto no tiene nada de liberación. Es una ocupación en toda regla.

Y es una ocupación sucia. Ya el 7 de agosto de 2003 el New York Times informaba de que el general estadounidense Ricardo Sánchez «estaba preocupado» por la reacción iraquí frente a la ocupación. Los dirigentes iraquíes pro-estadounidenses le comunicaron un mensaje que él nos retransmite: «Cuando usted arresta a un padre en presencia de su familia, le cubre la cabeza con un saco y le obliga a arrodillarse, a los ojos de su familia está cometiendo un grave atentado contra su dignidad y su respeto«. Observación particularmente perspicaz.

Ya el 19 de julio de 2003, mucho antes del descubrimiento de casos de tortura en la prisión de Abu Ghraib en Bagdad, la cadena de noticias CBS informaba: «Amnistía Internacional examina cierto número de casos de supuestas torturas cometidos en Iraq por las autoridades estadounidenses. Un de ellos es el caso de Khraisan Al Aballi. Su casa fue arrasada por los soldados estadounidenses que desembarcaron en ella disparando contra todos los rincones; lo detuvieron lo mismo que a su anciano padre de 84 años. Alcanzaron e hirieron a su hermano…Se llevaron a los tres hombres…Al Aballi dijo que sus interrogadores lo mantuvieron completamente desnudo y despierto durante una semana, ya fuera de pie, ya fuera de rodillas, con los pies y las muñecas atados y la cabeza recubierta con un saco. Dijo haber declarado a sus raptores: «no se qué quieren; no tengo nada». «Les pedí que me mataran», dijo Al Aballi. Ocho días después lo dejaron ir acompañado de su padre…Los oficiales estadounidenses no respondieron a las múltiples demandas que hizo para discutir este asunto«.

Misión cumplida

Se sabe que tres cuartas partes de la ciudad de Faluya (360.000habitantes) fue destruida y que sus habitantes murieron a centenares durante la ofensiva estadounidense de noviembre de 2004, emprendida bajo el pretexto de limpiar la ciudad de bandas terroristas que supuestamente actuaban en el marco de una «conspiración baathista». Pero se olvida recordar que desde el 16 de junio de 2003, apenas un mes y medio después de la «victoria» en Iraq y la «misión cumplida» proclamada por el presidente Bush, dos periodistas de la cadena Knight-Rider escribieron a propósito de la zona de Faluya: «Durante estos cinco últimos días la mayoría de los habitantes de esta región afirmaron que no había conspiración baathista o sunnita contra el ejército estadounidense, sino hombres dispuestos a luchar porque sus padres habían sido heridos o asesinados, incuso porque ellos mismos habían sido objeto de humillaciones durante los registros o en los controles de la carretera…Después de que detuvieran a su marido a causa de unas cajas vacías de madera que habían comprado para calentarse, una mujer declaró que Estados Unidos era culpable de terrorismo«

Estos mismos periodistas afirmaban: «Unos residentes en At Agilia -un pueblo al norte de Bagdad- afirman que dos de sus campesinos y otros cinco de un pueblo vecino fueron asesinados por disparos estadounidenses cuando regaban tranquilamente sus campos de girasoles, tomates y pepinos«.

Los soldados enviados a este país -a los que se les había predicho que sus habitantes los iba a recibir como libertadores y que se encontraron rodeados por una población hostil- se han vuelto temerosos; están deprimidos o tiene el gatillo fácil, como se vio durante la liberación en Bagdad de la periodista Giulina Sgrena, el 4 de marzo de 2005, cuando el oficial italiano de los servicios de inteligencia Nicola Calipari fue abatido en un control por soldados estadounidenses nerviosos y atemorizados.

Hemos leído los informes de los soldados estadounidenses furiosos porque se les haga permanecer en Iraq. Un periodista de la cadena ABC News en Iraq declaró recientemente que un sargento lo había llevado aparte para decirle: «Tengo mi propia lista de hombres más buscados («Most Wanted List»)«. Hacía alusión al famoso juego de cartas publicado por el gobierno estadounidense y que representaba a Sadam Husein , sus hijos y otros miembros del antiguo régimen baathista iraquí: «Los ases de mi juego son George Bush, Dick Cheney, Ronald Rumsfeld y Paul Wolfowitz».

El publico estadounidense conoce ahora estos sentimientos, así como los de los numerosos desertores que se niegan a volver al infierno de Iraq después de pasar un permiso en casa. En mayo de 2003 un sondeo mostraba que sólo el 13 % de los estadounidenses pensaba que la guerra iba mal. En dos años las cosas han cambiado radicalmente. Según un sondeo publicado el viernes 17 de junio por el New York Times y la cadena CBS News el 51 % de los estadounidenses considera que Estados Unidos no debería haber invadido Iraq ni hubiera debido embarcarse en esta guerra. Ahora el 59 % desaprueba la manera como Bush está llevando la situación en Iraq. Y me parece interesante destacar que los sondeos realizados entre la población afro-americana ha mostrado constantemente una oposición del 60 % a la guerra en Iraq.

Pero existe una ocupación de un augurio aún peor que la de Iraq, es la ocupación de Estados Unidos. Esta mañana me desperté, leí el periódico y tuve la sensación de que nosotros mismos éramos un país ocupado, de que nos había invadido una potencia extranjera. Estos trabajadores mexicanos que tratan de cruzar la frontera -arriesgando su vida para escapar de los oficiales de emigración (con la esperanza de llegar a una tierra que, colmo de la ironía, antes de que Estados Unidos se apropiara de ella en 1848 les pertenecía) -a mis ojos estos trabajadores no son extranjeros. Estos 20 millones de personas que viven en Estados Unidos, que no tienen el estatuto de ciudadanos y que en virtud de la Patriot Act son susceptibles de ser expulsados de sus casas y detenidos indefinidamente por el FBI sin ningún derecho constitucional, estas personas en mi opinión no son extranjeros. En cambio, el grupúsculo de individuos que han tomado el poder en Washington (George W. Bush, Dick Cheney, Donald Rumsfeld y el resto de la camarilla) ellos sí son extranjeros.

Me desperté diciéndome que mi país estaba en las garras de un presidente que había sido elegido por primera vez en noviembre de 2000 en las circunstancias conocidas por todos, gracias a todo tipo de chanchullos en Florida y con una decisión del Tribunal Supremo. Un presidente que tras su segunda elección en noviembre de 2004 continúa rodeado de «halcones» vestidos de traje de chaqueta a los que la vida humana, de aquí o de otra parte, no les preocupa; la menor de cuyas preocupaciones es la libertad, aquí o en otra parte; a los que les importa verdaderamente un bledo en qué se convertirá la tierra, el agua, el aire y el mundo que dejaremos a nuestros hijos o nietos.

Muchos estadounidenses, a ejemplo de nuestros soldados en Iraq, empiezan a pensar que algo no funciona, que este país no se parece a la imagen que nos hacemos de él. Cada día aporta su lote de mentiras a la plaza pública. La más monstruosa de estas mentiras es que cualquier acto cometido por Estados Unidos debe ser perdonado puesto que estamos comprometidos en una «guerra contra el terrorismo». Y ello haciendo caso omiso del hecho de que la guerra en sí misma es terrorismo, de que irrumpir en casa de la gente, llevarse a los miembros de una familia y someterlos a tortura es terrorismo, de que bombardear e invadir a otros países no nos trae más seguridad, bien al contrario.

Nos hacemos una pequeña idea de lo que este gobierno entiende por «guerra contra el terrorismo» cuando recordamos la célebre declaración hecha por el secretario estadounidense de Defensa, Donald Rumsfeld (uno de los «hombres más buscados» que figuran en la lista del sargento) cuando la víspera de la invasión de Iraq se dirigió a los ministros de la OTAN en Bruselas. Explicaba entonces las amenazas que pesaban sobre Occidente (imagínense, hablamos todavía de «Occidente» como una entidad sagrada mientras que EEUU, que no había logrado embarcar en su proyecto de invasión de Iraq a varios países del Oeste [entre ellos Alemania y Francia] trataba de cortejar a los países del este persuadiéndoles de que nuestro único objetivo era librar a los iraquíes como los habíamos liberado a ellos del dominio soviético). Rumsfeld, pues, explicaba cuáles eran estas amenazas y por qué eran «invisibles y no identificables«, y pronunciaba así su inmortal sofisma: «Hay cosas que conocemos. Y después hay otras que sabemos que no conocemos. Es decir, que hay cosas de las que sabemos que , por el momento, no las conocemos. Pero también hay cosas desconocidas que no conocemos. Hay cosas de las que no sabemos que no las conocemos. En resumen, la ausencia de prueba no es la prueba de una ausencia…No tener la prueba de que algo existe no quiere decir que se tenga la prueba de que no existe«.

Afortunadamente Rumsfeld está ahí para aclarárnoslo. Esto explica por qué la administración Bush, incapaz de capturar a los autores del atentado del 11 de septiembre, aprovechó el impulso inicial, invadió y bombardeó Afganistán desde diciembre de 2001, mató a miles de civiles y provocó la huida de cientos de miles de otros, y sigue sin saber dónde se ocultan los criminales. Esto también explica por qué el gobierno, al no saber realmente qué tipo de armas escondía Sadam Husein, para gran perjuicio de la ONU decidió bombardear e invadir Iraq en marzo de 2003, matar a miles de civiles y soldados, y aterrorizar a la población. Esto explica por qué el gobierno , al no saber quién es o no es terrorista, decidió encarcelar a centenares de personas en la prisión de Guantánamo en unas condiciones tales que 18 de ellos han tratado de suicidarse.

En su Informe 2005 sobre las violaciones de derechos humanos en el mundo publicado el 25 de mayo de 2005, la organización Amnistía Internacional no dudó en afirmar que «el centro de detención de Guantánamo se ha convertido en el gulag de nuestro época«. La secretaria general de esta organización, Irene Khan, añadió: «Cuando el país más poderoso del planeta pisotea la primacía de la ley y de los derechos humanos, autoriza a los demás a infringir las reglas sin vergüenza, convencidos de permanecer impunes«.

Irene Khan denunció también los intentos por parte de Estados Unidos de banalizar la tortura. Los estadounidenses, subrayó, tratan de quitar su carácter absoluto a la prohibición de la tortura «redefiniéndola» y «edulcorándola«. Recordó que «la tortura gana terreno desde el momento en que la condena oficial no es absoluta«. A pesar de la indignación suscitada por las torturas cometidas en la prisión de Abu Ghraib, deploró Amnistía Internacional, ni el gobierno ni el Congreso de Estados Unidos han pedido que se abriera una investigación profunda e independiente.

Terror, violencia y mentira de Estado

No hay la menor duda de que esta guerra que dura desde hace dos años y tres meses hará todavía muchas víctimas, no sólo en el extranjero, sino también en el propio territorio de Estados Unidos. La administración dice a quien quiere escucharla que se saldrá de esta guerra a un buen precio porque al contrario de lo sucedido en Vietnam hay relativamente «pocas» víctimas estadounidenses [1]. Pero cuando acabe la guerra entonces no dejarán de aumentar las víctimas de las consecuencias de esta guerra -enfermedades, traumatismos. Después de la guerra de Vietnam algunos veteranos señalaron malformaciones congénitas en sus familias causadas por el «agente naranja», un poderoso herbicida muy tóxico que se pulverizó sobre las poblaciones vietnamitas.

Durante la primera guerra del Golfo en 1991 sólo se contabilizaron algunos centenares de pérdidas, pero la Asociación de veteranos denunció recientemente la muerte de ocho mil de estos ex -militares en el curso de estos diez últimos años. Doscientos mil veteranos de los seiscientos mil que participaron en la primera guerra del Golfo se quejan de enfermedades, de patologías debidas a las armas y municiones utilizadas durante esta guerra. Esperemos a ver los efectos del uranio empobrecido en nuestros jóvenes chicos y chicas enviados a Iraq.

¿Cuál es nuestro deber? Denunciar todo esto. Estamos convencidos de que los soldados enviados a Iraq sólo soportan el terror y la violencia porque se les ha mentido. Y cuando conozcan la verdad -como ocurrió durante la guerra de Vietnam- se volverán contra su gobierno.

El resto del mundo nos apoya. La administración estadounidense no puede ignorar indefinidamente a los diez millones de personas que protestaron en todo el mundo el 15 de febrero de 2003 y a todas aquellas cuyo número aumenta cada día. El poder de un gobierno -sean cuales sean las armas que posee o la moneda de la que dispone- es frágil. Cuando pierde la legitimidad a los ojos de su pueblo sus días están contados.

Debemos comprometernos en todas las acciones pacíficas cuyo fin sea parar esta guerra. Nunca se hará lo suficiente. La historia de los cambios sociales está hecha de millones de acciones, grandes o pequeñas, que en un momento dado de la historia se van acumulando hasta constituir una potencia que ningún gobierno puede reprimir.

*Howard Zinn es [estadounidense e] historiador. Profesor emérito de la Universidad de Boston. Autor, entre otros títulos, de La otra historia de Estados Unidos y Nadie es neutral en un tren en marcha, ambas publicadas en castellano por la editorial Hiru, Hondarribia.

[1] El 17 de julio de 2005 el numero de militares estadounidenses muertos en Iraq se elevaba a 1768 (fuente: http://www.antiwar.com/casualties/)