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La deformación rentista de la economía y su relación con el fetichismo consumista y la corrupción

Raíces histórica de la identidad cultural venezolana

Fuentes: Rebelión

La temprana y misteriosa muerte del Libertador Simón Bolívar, el 17 de diciembre de 1830, no sólo significó la desintegración de Colombia, el adormecimiento del sueño Bolivariano de la unidad latinoamericana y caribeña que estaba en camino de construir una gran nación, verdaderamente libre y con «la justicia como reina de todas las virtudes», sino […]


La temprana y misteriosa muerte del Libertador Simón Bolívar, el 17 de diciembre de 1830, no sólo significó la desintegración de Colombia, el adormecimiento del sueño Bolivariano de la unidad latinoamericana y caribeña que estaba en camino de construir una gran nación, verdaderamente libre y con «la justicia como reina de todas las virtudes», sino también el inicio de todos los problemas sociales y políticos que los venezolanos arrastramos hasta el día de hoy.

La Venezuela «independiente» y fragmentada de 1830, tuvo que enfrentar una larga y dolorosa etapa de guerras intestinas marcada por los intereses de los caudillos provinciales, terratenientes, latifundistas, y de los banqueros y comerciantes que se disputaban la renta agraria con el poder central. Conservadores y liberales lucharon a muerte por el poder central del país. Como propósito explícito, las oligarquía provinciales latifundistas perseguían mantener su independencia frente al poder de la nueva oligarquía terrateniente de Caracas para, eventualmente, apoderarse de dicho poder (Sanoja 2011, P. 321). Las ideas de identidad, respeto y pertenencia a la nación venezolana que muchos caudillos pretendieron instituir desde el poder central no lograban ni podían cuajar entre la población por la misma situación de guerra civil devenida, la desilusión y los regionalismos que algunos de estos caudillos habían despertado. Todas las provincias venezolanas estaban de facto divididas. Cada ciudad y pequeños poblados del país se identificaban con los intereses de los caudillos dominantes del lugar. El sentimiento nacional era solo una ilusión del débil poder central.

La desaparición física del Libertador, la traición a su legado por algunos de sus colaboradores, la Guerra Federal devenida en Venezuela, el asesinato del General de hombres libres, Ezequiel Zamora, la traición manifiesta en el Tratado de Coche que significó el triunfo de la oligarquía latifundista y las posteriores guerras entre caudillos por el poder central, y que se extendió hasta 1904, permitió que germinara en Venezuela un sentimiento antinacional y entreguista no sólo entre la clase dominante que en varios momentos solicitaron la intervención de las potencias extranjeras para «apaciguar» el país e imponer sus intereses a cambio de tierras y concesiones para la explotación y comercialización de la riquezas. Incluso, también, entre las masas populares fue creciendo un sentimiento parecido de desprecio y resignación a la cruel realidad. El pueblo venezolano no se identificaba como nación, mucho menos con el poder central que se encontraba debe liado. El Estado como tal no existía, puesto que se encontraba fragmentado y sumergido en la anarquía.

Tardíamente, con los primeros pasos centralizador iniciados por el así llamado «caudillo civilizador», Antonio Guzman Blanco, más tarde con la derrota de los banqueros a manos del caudillo nacionalista Cipriano Castro y, luego de su muerte, con el déspota dictador Juan Vicente Gomez a principios del siglo XX, pero sobre todo gracias a los ingentes recursos económicos preveniente de la renta de la explotación petrolera, nace el Estado venezolano como instrumento de orden e integrador exclusivo de las clase dominante latifundista, comerciantes y los nuevos banqueros vencedores. Sin los grandes recursos que brindó la renta petrolera controlada por el poder central, habría sido imposible que el mismo hubiese podido independizarse de la renta agraria que era naturalmente controlada por los caudillos provinciales.

El problema de la identidad venezolana

La unidad en torno a un territorio liberado dos siglos atrás, las raíces históricas comunes que entrelazan el pasado con el presente y los destinos de hombres y mujeres que luchan por la construcción de espacios comunes y relaciones sociales distintas a las antiguas formas, una lengua común (el castellano y sus modismos), las costumbres semejantes, la unidad religiosa (la religión católica como la predominante), el mestizaje, etc. es lo que define la identidad del venezolano. Sin embargo, la construcción consciente de la misma devino de un largo y complejo proceso político y luchas sociales que finalmente permitieron   la creación de una nueva identidad nacional diferenciada, pero dividida en clases sociales irreconciliables. En otras palabras, las ulteriores luchas políticas que finalizaron con la concreción del Estado central venezolano a principios del siglo XX posibilitaron, también, la forja del sentido de pertenencia venezolano, la unidad cultural real que desde la independencia, hasta finales del siglo XIX, no existía.

Antes de la gesta independentista, la disolución de Colombia y las posteriores batallas por el poder en Venezuela; los colonos europeos, los españoles, habían arrebatado a los pueblos aborígenes originarios (Amerindios) las extensas y ricas tierras de América, imponiendo así, por medio de la fuerza e influencia, la cultura del dominador. De esta forma, el discurso de poder de la colonialidad se orientó hacia la eliminación de los elementos culturales propios nativos, sobre todo materiales, tales como edificaciones, monumento arquitectónicos, etcétera, que actuaban como referentes simbólicos de los pueblos originarios. Incluso, las demoliciones del legado histórico venezolano no se limitaron a infraestructura de los pueblos aborígenes, los más agraviados, sino también a las posteriores infraestructuras erigidas durante la colonia y la independencia. Para muchos como Mario Sanoja, ese proceso de sustitución ha servido para legitimar la dependencia neocolonial, de lo cual es ejemplo el régimen guzmancista instaurado en Venezuela a finales del siglo XIX (Sanoja 2011. Pág. 265) y la dictadura perejimenista entre los años 1948 y 1958.

La manipulación del legado del libertario y revolucionario del Libertador sirvió para justificar a la clase política dominante de todas las épocas, así como la destrucción de la verdadera menoria histórica y de los monumentos que representaron símbolos de la resistencia cultural de los pueblos originarios y mestizos han servido para justificar el orden del capitalismo dependiente, la rendición y entrega del país al gran capital transnacional globalizante.

Desde siempre, las clases dominantes han sabido que un pueblo sin identidad, cuya cultura, valores, identidad e historia han sido borrados y/o tergiversados, deformados, es también instrumento ciego de su propia destrucción, y muy débil para resistir a la hegemonía cultural y envolvente de las clases dominantes apéndice de los imperios. Precisamente a esto se refería el Libertador Simón Bolívar cuando dijo: «Más nos han dominado por la ignorancia que por las armas».

La forja de la identidad venezolana antes del surgimiento del Estado central

Fueron las generaciones posteriores, nacidas del mestizaje, hijos de los negros, blancos y aborígenes que dieron nuevas características de identidad al venezolano.

Hasta el nombre del país, Venezuela, es una invención europea. Fue Américo Vespucio quien la designó así por primera vez, al ver los palafitos (viviendas indígenas construidas sobre el Lago de Maracaibo) porque le recordaba a Venecia, pequeña ciudad de Italia ubicada al noreste de ese país. Más tarde, el expedicionista Alonso de Ojeda tomó aquel nombre y modificado un poco denominó a éstas tierras, que en un principio llamaron «Tierra de Gracia», Venezziola y finalmente Venezuela.

Quienes habitaban por milenios éstas bastas tierras que pasaron a llamarse América, fueron sometidos por la fuerza de las armas y la cultura dominante del colonizador a la explotación y la muerte para servir a sus fines. Sin embargo, como producto del mestizaje entre los europeos recien llegados, los negros esclavizados y los pueblos aborígenes (también conocidos como «amerindios») hizo aparecer una nueva cultura mixta, aunque influenciada por la cultura del dominador, pero nueva al fin, puesto que también se produjo del intercambio cultural (la mezcla de costumbres, la sangre, historia, en fin, una cultura mixta, y no menos original).

La combinación del idioma del dominador español, la religión y la política, etc. con algunos sonidos, palabras y la cosmovisión de los pueblos nativos produjo una identidad societaria que define al Venezolano. En otras palabras, lo que define a los venezolanos hoy, y deferencia de otros pueblos, no es precisamente lo que tiene de europeo, negro africano, ni del aborigen amerindio, sino lo original surgido del mestizaje, y que más tarde va a forjar su propio destino: un país y la unión de varios países liberados por el más grande venezolano y latinoamericano de todos los tiempos, Simón Bolívar, quien buscó formar una gran Nación capaz de hacer frente a los nuevos desafíos e imperios: a Estados Unidos de Norteamérica que se disponía a someter a nuestros pueblos y «plagar la América de hambre y miserias en nombre de la libertad».

El venezolano es un pueblo que construyó su propia identidad, una nueva cosmovisión cultural surgió luego de largos e intrincados procesos históricos.

El refugio de los nuevos esclavos asalariados

 

Los negros que habían sido esclavizados y traídos de África durante la época de la colonia; que participaron durante la gestas independentistas bajo la promesa de tierra y libertad, y más tarde fueron liberados durante el gobierno de José Gregario Monagas en 1854, se encerraron en sí mismos, mantuvieron y desarrollaron sus propios cultos religiosos como forma sutil de protesta contra la explotación del latifundista, terratenientes y contra la miseria real que seguían padeciendo, esta vez bajo la falsa libertad que disfrazaba la nueva forma de esclavitud asalariada.

Aquellos cultos asociados al sincretismo religioso fueron y siguen siendo hoy día objeto de fuerte críticas por parte de la Iglesia Católica y las clases acomodadas, porque han sido entendidas como una deformación de sus propias tradiciones culturales occidentales. Sin embargo, las mismas cultivaron y guardan un sentimiento de rebeldía e identidad propia contra el sistema explotador, pero también esconde un sentimiento de resistencia a perder las viejas tradiciones africanas. En otras palabras, el sincretismo religioso fue y sigue siendo el refugio de los hombres y mujeres que padecían y siguen padeciendo por la miseria real a la que fueron sometidos por el régimen explotador neocolonial. Con mucha razón, escribía al respecto de las manifestaciones religiosas el filósofo y científico social alemán, Carlos Marx, que «la miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por otra, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado almas de un mundo desalmado, porque es el espíritu de los estados de alma carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo».

Más tarde, esas mismas expresiones se convirtieron en ricas manifestaciones culturales y tradiciones que fueron abonando a la identidad del pueblo venezolano. El sincretismo religioso con las adaptaciones propias de la religión católica a las religiones y costumbres de los pueblos africanos, más tarde se hicieron en motivos tradicionales y fiestas populares que hasta el día de hoy se mantienen como parte del folclor venezolano, una de ellas declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad En 2012.

Ejemplo de ello fueron la Santería venezolana y las tradicionales fiestas religiosa organizadas por cofradías tales como: Los Diablos danzantes de Yare (Edo. Miranda), Naiguatá (Edo. Vargas), Ocumare de la Costa (Edo. Aragua), de Chuao (Edo. Aragua) de Turiamo (Edo. Aragua), de Cuyagua (Edo. Aragua), de Cata (Wdo. Aragua), de Patanemo (Edo. Carabobo), de San Millán (Edo. Carabobo), de Tinaquillo (Edo. Cojedes), de San Rafael de Orituco (Edo. Guarico), etcétera.

Otros ejemplos de resistencia cultural se encuentran en el joropo venezolano, la música llanera, los bailes de tambores africanos, los platos típicos del país, etcétera.

El «sueño europeo» en Venezuela, previo al sueño americano

La condición de histórica dependencia económica de Venezuela a los grandes centros imperialistas del pasado y del presente, imprimieron una condición particular en la cultura de la clase social dominante del país, influyendo particularmente en la formación de ésta durante el período comprendido desde el siglo XVI y finales del siglo XX mediado por los imperios europeos, primero, por el poder colonial español, y más tarde como neocolonia dependiente de Alemania, Francia, Inglaterra y finalmente de Estados Unidos.

El comercio mundial que coronaba la manufactura inglesa y francesa gracias a la revolución industrial, con la producción de bienes utensilios, alimentos, vestuario etcétera., indujo cambios culturales importante en la vida de las clases dominantes de la periferia capitalista del globo. Los nuevos valores culturales europeos que insidieron en la liquidación de las culturas nativas, costumbres y consumo fomentarán en adelante el proceso de globalización y transculturización de los pueblos. Es en este sentido que los objetos de liza inglesa, francesa, catalana, alemana, Italiana, etcétera., recuperados en las investigaciones sobre arqueología en sitios urbanos como en Caracas, Valencia, Maracaibo, entre otros, son una invaluable fuente documental para conocer la faceta de la historia del modo de vida clasista colonial venezolano y del modo de vida clasista republicano (Sanoja 2011. Pág. 268)

Las mercancías de consumo doméstico de la clase terrateniente dominante venezolana, luego de la independencia, procedían de Inglaterra y Francia. Ellas facilitaron la penetración cultural de estos países, un patrón de consumo diferente y la formación de nuevos valores diferenciados al resto de la sociedad.

El estilo de vida consumista de manufactura europea que derrochó en los 3 últimos siglos la élite dominante venezolana es consecuencia directa de una sociedad colonizada que ha desarrollado y mantenido una economía rentista dependiente de los centros capitalistas mundiales. La economía venezolana, al igual que otras en la región, se han caracterizado por ser productoras de materias primas demandadas por los centros capitalistas mundiales (primero a Europa, y más tarde a Estados Unidos) para ser procesadas y transformadas allá, muy lejos, en productos con valor agregado que lego eran vendidas a la periferia.

A la cola, en la periferia capitalistas neocoloniales de América Latina y el Caribe, los grandes terratenientes, comerciantes y banqueros prosperaron a razón de la renta agraria generada en su momento, más tarde reemplazada por la renta petrolera que lograban captar del Estado dueño del recurso para importar productos manufacturados en Europa y Estados Unidos, amasando de esta forma enormes fortunas en el extranjero.

El comercio temprano entre el centro y la periferia capitalista, las neocolonias de América, dio impulso a la internacionalización del sistema capitalista provocando importantes transformaciones en las estructuras y superestructuras psicológica – socio – culturales en el mundo. El eurocentrismo y la modernidad capitalista terminaba por imponerse en la periferia demoliendo los antiguos sistemas semi feudales y arcaicos que nunca prosperaron en estas latitudes. Así como también la ideología del positivismo que intentaba justificar el papel «civilizador» de las potencias coloniales y su posterior papel en la construcción del modelo neocolonial.

El comercio mundial de las mercancías manufacturadas en Europa siempre encontraron límites en aquellos territorios dónde existían importante poblaciones aborígenes. Es cuando desarticulación de los pueblos originarios, la explotación y la transculturización de los mismos jugaron un papel primordial para impulsar los cambios culturales y el comercio requeridos para los capitales europeos. En el caso particular de España, su escaso desarrollo industrial limitaba las posibilidades de hacer oferta de bienes de consumo a los territorios coloniales y luego independientes de América. Es por tal razón que la industria artesanal o semindustrial de otros países europeos como Holanda, Francia, Inglaterra y, en cierta medida de Alemania, asumieron la tarea de proveer al comercio con bienes de consumo (Sanoja 2011. Pág. 273)

El ascenso al poder de Antonio Guzman Blanco en 1870 coincide con las profundas transformaciones sociales y económicas que experimenta Europa en aquel entonces. Eran los tiempos de la segunda revolución industrial que experimentaba Europa, que dio impulso al desarrollo de las fuerzas productivas en el viejo continente, al crecimiento de la producción industrial y la demanda de más fuentes de materias primas. Este fenómeno propició la aparición de grandes monopolios financieros, monopolios de la industria pesada, maquinarias, ferrocarriles, naviero, etcétera.

Las masas de capitales excedentes europeos buscó invertirse en los países atrasados de la periferia capitalista. La Venezuela guzmancista fue entonces un destino favorito para esos capitales, donde realizaron inversiones en ferrocarriles, telecomunicaciones, infraestructuras civiles y militares, la minería y otros, así como los empréstitos para la importación de manufactura europea.

Durante los últimos años de gobierno de Guzman Blanco, Venezuela sintió el impacto «positivo» del desarrollo del capitalismo europeo. Las exportaciones de café, cacao, azúcar, tabaco y otros productos, minerales y materias primas venezolanas se incrementaron, beneficiando a los sectores ligados al comercio y la manufactura artesanal, también al sector bancario, casas de créditos en las principales provincias del país. Blanco aprovechó la enorme renta agraria para dar impulso a la modernización de la infraestructura del país, con el objetivo de transformar el paisaje urbano colonial y construir la simbología del cambio de las condiciones materiales en la vida cotidiana (Sanoja 2011. Pág. 335), de esta forma, Caracas se modernizó con tranvía, hoteles, alumbrado, teatros al estilo europeo. Mientras el pueblo caraqueño pasó a utilizar vestimenta similares a los pueblos del norte, saco y corbata, aún cuando la temperatura tropical la hiciera asfixiante y hasta ridícula.

Los cambios experimentados en Venezuela a principios del siglo XX, con la sustitución de la matriz de exportaciones de productos agrarios por el petróleo, incidió de manera significativa en la elevación de la renta del Estado, y con éste, la cultura consumista pasó a imitar al nuevo imperio, Estados Unidos, que se levantaba después de la segunda guerra mundial sobre las bases económicas del Complejo Militar Industrial y corporaciones petroleras y los monopolios financieros.

Estados Unidos alcanzó a imponerse en Venezuela, como en el resto de América Latina bajo las banderas del «destino manifiesto» y la Doctrina Monroe», desplazando así a los viejos imperios europeos de su patio trasero. La historia de la Venezuela petrolera no fue, en esencia, muy distinta a la Venezuela agraria.

En adelante, la cultura de las potencias dominantes europeas fue sustituida por la cultura del derroche consumista estadounidense, viéndose sus mayores expresiones en los campos petroleros venezolanos, tal como lo describe el gran intelectual Rodolfo Quintero en su libro «La cultura del petróleo» en Venezuela publicado en 1972.

Escribía Quintero que la cultura del petróleo provocó cambios en la indumentaria venezolana, imponiendose en adelante la ropa de «media confección». También la cultura gastronómica fue modificando significativamente. El acto de comer se libera del rígido ceremonial europeo, por alimentos que pueden ingerirse de forma rápida. Lo mismo sucede con la vivienda y el consumo en general «complementado por un conjunto de técnicas de propagandas del nuevo estilo de vida para crear en la población criolla hábitos que ayuden al desenvolvimiento de los mercados, necesarios para que los monopolistas extranjeros den salida a la producción de sus empresas» (Quintero 2013. Pág. 20)

El «sueño americano» y la corrupción durante la 4ta República

El gobierno del trienio adeco (del partido social – demócrata Acción Democrática AD) comprendido entre 1945 y 1948 dirigido por el intelectual venezolano Rómulo Gallegos, y el retorno de la social democracia tras el fin de la dictadura militar de Marcos Perez Jiménez en Venezuela entre 1948 – 1958, significó el fin de las dictaduras militares y el inicio de un cambio de regimen hacia un gobierno civil, democrático – burgués en el país.

El partido AD llega por primera vez al poder tras un golpe de Estado organizado por una junta cívico – militar contra el gobierno nacionalista de Isaias Medina Angarita en 1945. Sin embargo, lejos de inaugurar un nuevo período de estabilidad y progreso en una sociedad acostumbrada al estilo de los gobiernos dictatoriales militares andinos, sucedió lo contrario. AD, URD y Copei llegan al poder apoyados por Estados Unidos con el objetivo de evitar la victoria de la izquierda venezolana.

Los gobiernos del «Pacto de Punto Fijo» (acuerdo adeco-copeyano de gobernabilidad compartida, 1958 hasta 1999) lograron consolidarse gracias al apoyo de Estados Unidos y la fuerte represión contra toda disidencia de izquierda, al tiempo que mantuvieron y profundizaron la dependencia económica del país a los centros capitalistas mundiales. A decir del economista Orlando Araujo, la social democracia venezolana desarrolla una «industrialización importadora» que creó un pequeño sector industrial profundamente ligado al capital trasnacional al que debía la adquisición de toda las materias primas y productos que son procesados o ensamblados en el país.

Para los intereses foráneos, la gigantesca renta petrolera venezolana debía volver a los centros capitalistas imperiales, principalmente a Estados Unidos, a través del consumo de productos acabados, partes o materias primas estadounidense. Un gran número de franquicias, tiendas comerciales, grandes abastos, agencias de diferentes servicios, bancos de capitales estadounidense se instalaron en el país. Fue la forma perfectamente concebida por la burguesía venezolana para la captación de la rente petrolera. La estructura económica venezolana ligada a la potencia dominante del norte fueron, y siguen siendo hasta hoy, las bases materiales que reproducen la cultura de la clase dominante norteña.

De esta forma, la clase económica dominante venezolana pudo introducir los nuevos valores y um estilo de vida diferente que permitiera perpetuar su dominio. Los medios de difusión de información públicos y privados se encargaron de justificar sus políticas infundiendo en el pueblo venezolano las falsas promesas de «progreso» que brindaba las relaciones neocoloniales de entrega y el nuevo «sueño americano» que vino a sustituir al estilo de vida europeo. La historia del país, el legado antimperialista del Libertador Simón Bolívar y las ideas libertarias y revolucionarias de muchos otros héroes nacionales fueron enterradas y borradas de los libros de historia. Todo lo que promovía la identidad nacional y el rescate de valores autóctonos era visto por la clase política dominante y sus mercenarios intelectuales como sinónimo de «marginal» y «atraso» cultural. Estar a la moda e informado era, y sigue siendo para este sector social y su juventud disociada, conocer y vestir lo exhibido en la última pasarela de moda norteña, haber visto las últimas películas taquilleras de Hollywood o ultimos video clip musicales y aceptar los antivalores promovidos por estos.

Se hizo costumbre para la burguesía venezolana, la pequeña burguesía y de muchos profesionales de la denominada «clase media», trabajadores petroleros, los constante viajes a Miami y otras ciudades de Estados Unidos para el disfrute de sus vacaciones, mientras las grandes masas permanecían excluidas y ajena a cualquier disfrute de la bonanza petrolera. World Disney, 5ta Avenida y toda al Gran Manzana se convirtió en una especie de Meca para los peregrinos vividores de la renta petrolera.

La construcción de un aparato estatal burgués – corrupto fue, también, consecuencia natural y necesaria del modelo económico rentista que se consolida en el país durante los gobiernos de la 4ta República.

La contracultura de la hegemonía inaugurada por la Revolución Bolivariana

La Revolución Bolivariana iniciada por el Comandante Chávez en 1999 se planteó como principal tarea el rescate de la identidad nacional, la cultura propia, la venezolanidad, para construir un frente contra la hegemonía cultural de los centros capitalistas mundiales, y poder rescatar así, con el apoyo consciente de las bases populares, las banderas de soberanía que permitan echar adelante las transformaciones necesarias en la estructura económica del país para la construcción del socialismo a lo venezolano. Tiránica tarea habría sido imposible sin el rescate del legado Bolivariano, Robinsoniano y Zamorano.

Lo anterior explica el por qué la primera revolución emprendida por el gobierno del Comandante Chávez fue la revolución cultural y del rescate De la identidad venezolana, de manera que permitiera formar la consciencia crítica y patriótica entre los venezolanos que permitiera avanzar hacia otros estadios políticos. Sin embargo, Chávez comprendía muy bien lo intrincado del manejo de la dialéctica social y el necesario equilibrio entre la nueva cultura revolucionaria y las relaciones de producción.

El rescate de la historia, los valores y la cultura promovido por la Revolución Bolivariana corren peligro de no consolidarse y de diluirse en el tiempo, mientras permanecerán inalteradas la vieja estructura económica del país.

A decir del intelectual marxista egipcio Samir Amin, «la cultura es el modo de organización de la utilización de los valores de uso». Por tanto, hacer frente a la hegemonía cultural de la clase dominante, apendice del gran capital transnacional, es la batalla más difícil que se le plantea al gobierno Bolivariano para la construcción del socialismo. Mientras la estructura económica del país se encuentre sometida a las relaciones de producción capitalista rentista dependiente, que la hace dependiente de la importación de todos los productos (materias primas y productos acabados), que traen consigo toda su carga fetichista, de «moda», «calidad» y falsas promesas de «progreso» y «bienestar», sería cuesta arriba promover cambios reales, profundos y permanentes en la conciencia del venezolano, en la estructura y superestructura del pais. Así como la cultura propia del dominante impuesta a través de sus valores de uso convertidos en «valores de cambio», ésta mantendrá su fuerza enajenado a toda la sociedad con su propaganda consumista y de distracción.

Fuentes

1. Mario Sanoja, Libro «Historia socio-cultural de la economía venezolana». Editado por el Banco Central de Venezuela en 2011.

2. Rodolfo Quintero, Libro «La cultura del petróleo». Editado por el Banco Central de Venezuela en 2013.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.