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¿Reedición del Tratado de Methuen?

Fuentes: Rebelión

Las presiones de la Unión Europea para forzar la aprobación del TLC (Tratado de Libre Comercio) con el Mercosur y la Unasur, son muy fuertes, persistentes, e incluso llegan a niveles de pretendidas groseras imposiciones. Para consumar sus objetivos, los poderes norteamericano – europeos cuentan en nuestros países con los equipos de incondicionales difusores masivos […]

Las presiones de la Unión Europea para forzar la aprobación del TLC (Tratado de Libre Comercio) con el Mercosur y la Unasur, son muy fuertes, persistentes, e incluso llegan a niveles de pretendidas groseras imposiciones.

Para consumar sus objetivos, los poderes norteamericano – europeos cuentan en nuestros países con los equipos de incondicionales difusores masivos y presionadores seriales a favor del liberalismo extremo -algunos simples colonizados mentales y otros simples cipayos asumidos-, por lo general con apoyos implícitos o incluso explícitos de las embajadas respectivas, y de los múltiples apéndices que operan como avanzadas de los intereses transnacionales, como son las «fundaciones», diversas ONGs y otras instituciones, supuestamente «neutras» o «académicas», pero en verdad teñidas de intolerante y agresivo liberalismo económico extremo.

Es la repetición de la vieja historia, las potencias dominantes que predican «libre cambio» pero que de hecho son cerradamente proteccionistas e intervencionistas, cuando les conviene y sobre todo en sectores que consideran sensibles o estratégicos para sus intereses.

Por caso, los europeos occidentales, hace décadas protegen y subvencionan a su actividad agropecuaria, por la desocupación rural que provocarían las importaciones de alimentos más económicos de Sudamérica, y porque consideran estratégico autoabastecerse de insumos alimenticios básicos.

Hoy el TLC que nos quiere imponer la UE pretende además de subordinarnos política y económicamente a ellos y a sus socios (la Comunidad Británica, EEUU, Japón), quiere ser el instrumento que funcione como correa de transmisión, con el cual la UE quiere trasladarlos su actual profunda crisis económico-financiera, para hacernos pagar a los íbero americanos, los platos rotos de sus desaguisados especulativos del crudo neoliberalismo que ellos aplican ahora, después de forzarnos a nosotros a «aceptarlo» a fines del siglo pasado.

Dicho eufemísticamente, están probando su propia medicina venenosa del neoliberalismo especulativo, salvaje, destructivo e impiadoso, que nos «administraron» forzosamente a los latinoamericanos en los años ’70, ’80 y ’90;
pero ahora nos quieren hacer una transfusión financiera contaminada, para curarse ellos (los europeos) y pasarnos los «muertos» financieros a nosotros.

De concretarse ese Tratado de Libre Comercio, las consecuencias serán para Argentina la involución a la economía primaria; a los restantes países menos industrializados y menos desarrollados tecnológicamente, equivaldrá a congelarlos en sus roles de simples proveedores especializados de materias primas; e incluso el actual gigante económico regional, Brasil, soportará un aluvión de bienes y tecnologías importados, que pueden acentuar la primarización que se advierte en su comercio exterior, y frenar su desarrollo.

Europeos y norteamericanos, como siempre ocurrió en nuestros 200 años de historia de la Patria Grande, cuentan con los apoyos entusiastas e irrestrictos, de las oligarquías locales y las profundas confusiones de sectores de la clase media, de «progresistas» fuera de foco e intelectualidades adoctrinadas en el embelesamiento sumiso a toda idea proveniente de la idealizada Europa.

Si bien sobran ejemplos precedentes, que pueden demostrar palmariamente lo nocivos que son los tratados de sumisión explícita, disfrazados de «libre comercio» con la vieja Europa imperial, y con sus prolongaciones norteamericanas, que hemos padecido antes; hace al caso citar un caso histórico relativamente poco conocido, que es el Tratado de Methuen, que fue una de las piezas diplomáticas claves para consolidar la supremacía británica en los siglos XVIII y XIX.

En 1703, la declinante potencia imperial que era Portugal, se subordinó explícitamente a Gran Bretaña, autocondenándose a no desarrollar su propia industria, y a jugar como aliado menor de los anglos en la Política Mundial. Esa verdadera capitulación en toda la línea solo dio magros beneficios a su nobleza y ricos terratenientes productores de excelentes vinos; bebidas que por su calidad, con un poco de esfuerzo, igual hubieran tenido compradores asegurados en toda Europa y sus colonias. Visión escasa de noción de grandeza, por parte de los lusitanos, sin duda.

Los escasos «beneficios» de los portugueses eran la segura colocación de la producción total de sus excelente vinos (que por su calidad se vendían con relativa facilidad, o sea que no necesitaban de ningún mercado cautivo), y sobre todo, se aseguraban un socio mayor de anchas espaldas para respaldar sus continuos enfrentamientos en el nuevo mundo, con su vecina y competidora España.

El economista Adam Smith afirmó después que ese tratado resultaba «perjudicial» a Gran Bretaña, pero eso no fue más que otra de las tantas falsedades de su teoría económica liberal, redactada a la medida de las necesidades británicas en plena época de eclosión industrial anglosajona.

Volviendo a la actualidad, de rubricarse el TLC con la UE, automáticamente quedaremos a merced del ALCA, con el cual EEUU quiso subordinarnos, y que fuera rechazado en la Cumbre de las Américas de Mar Del Plata 2005.

C.P.N. Carlos Andrés Ortiz es Analista de Temas Económicos y Geopolíticos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.