Recomiendo:
0

Resistencia digital y derechos humanos

Fuentes: Kriptópolis

«¿Cómo se da forma a un libro de resistencia, un libro de verdad en un imperio de falsedad, o un libro de rectitud en un imperio de crueles mentiras? ¿Cómo se puede hacer esto delante mismo del enemigo? No a la antigua, escribiendo en el cuarto de baño, así que, ¿cómo se puede hacer esto […]

«¿Cómo se da forma a un libro de resistencia, un libro de verdad en un imperio de falsedad, o un libro de rectitud en un imperio de crueles mentiras? ¿Cómo se puede hacer esto delante mismo del enemigo? No a la antigua, escribiendo en el cuarto de baño, así que, ¿cómo se puede hacer esto en un Estado tecnológico futuro? ¿Es posible que la libertad y la independencia se manifiesten de maneras y en condiciones nuevas? Es decir, ¿sofocarán las futuras tiranías estas formas de protesta? ¿O el espíritu engendrará nuevas respuestas que ahora mismo no podemos ni imaginar?»

— Philip K. Dick, en una entrevista de 1974

0. Una advertencia previa sobre mi particular concepto del Derecho.

No soy un filósofo, y tampoco me considero un jurista. Me hubiese gustado dedicarme a algo distinto de lo que hago, pero desgraciadamente para mí y para el resto de la sociedad, he acabado ejerciendo de abogado. Cuando me pongo la toga me siento como se debería sentir dentro de su sotana un sacerdote ateo: yo tampoco tengo fe alguna en el Derecho. Las leyes sólo son las herramientas con las que me gano la vida.

Considero que, al igual que la política y la tecnología, el Derecho sólo es la continuación de la guerra por otros medios: la ley no es nada más que la expresión reglada de un conflicto social. No hay nada original en mi planteamiento: toda la historia de la cultura universal se basa en nuevas versiones de antiguas ideas y de antiguas guerras, en una tradición que une a Von Clausewitz con Sun Tzu y a Carlos Marx con Heráclito.

Mi socio y colega -y sin embargo amigo- Javier Maestre lo diría con un lenguaje más alambicado. Con mucha retranca, él hablaría de la «normatividad inmanente de lo fáctico» a la hora de considerar el derecho de conquista que determina, por ejemplo, el derecho de propiedad sobre los recursos energéticos del planeta: los yacimientos son de aquel que pone los tanques sobre el terreno. Después llegan los juristas y redactan constituciones a medida del vencedor.

Así es y así ha sido siempre. Por eso no creo en más derechos que aquellos que podamos conquistar por nuestras propias fuerzas. Ésa y no otra ha sido la historia por la conquista de los derechos humanos…

1. La conquista de los derechos humanos y la teoría de sus cuatro generaciones.

Se atribuye a Karel Vasak, primer Secretario General del Instituto Internacional de Derechos Humanos, la formulación de la teoría de las tres generaciones de derechos humanos, inspirada por los tres colores de la bandera francesa y los tres principios de la revolución burguesa: libertad, igualdad y fraternidad.

Ningún derecho se consiguió sin lucha: todos ellos fueron conquistados, arrancándoselos al poder establecido. Su plasmación es un nuevo pacto social, un acuerdo convencional que sólo se firma después de un desafío. En unas ocasiones, es un pacto con el antiguo poder. En otras, es el derecho que se otorgan los vencedores, su forma de repartirse el botín.

La primera generación de derechos humanos, que a efectos estrictamente dialécticos denominaremos «de la libertad», es una conquista de la burguesía ascendente frente al antiguo régimen. Son los derechos que se plasman en las declaraciones de la revolución norteamericana y francesa. Derechos civiles y políticos.

Derechos civiles, como la libertad individual, libertad de pensamiento y conciencia, libertad de expresión, libertad de reunión y asociación… Derechos herramienta, exigidos por la burguesía del siglo XVIII.

También la primera generación trae derechos políticos, como el derecho al voto, que ya nos dan una pista de quién ejerce realmente el poder y quién redacta las constituciones: el sufragio inicialmente es censitario, limitado a hombres que cumplan unos requisitos de nivel de instrucción, renta y clase social. Sólo después de largas luchas se conseguirá el sufragio universal.

La segunda generación de derechos humanos, derechos sociales o «de la igualdad», viene auspiciada por el movimiento obrero del siglo XIX. Se trata de los derechos exigidos por las clases sociales que se enfrentarán a la burguesía dominante: derecho a un trabajo digno y a la seguridad social, derecho a formar sindicatos, derecho a un nivel de vida adecuado, derecho a la salud, derecho a la alimentación, derecho a la educación… Derechos exigidos para los obreros varones de las metrópolis, que sólo mucho más tarde llegarán a las mujeres y a los explotados habitantes de las colonias.

La tercera generación de derechos humanos, o derechos «de la solidaridad», son los derechos exigidos por distintos colectivos humanos, que plasman el retrato de las diferentes formas de discriminación: por razón de sexo, grupos de edad, minorías étnicas y religiosas, origen geográfico. Son los derechos a la protección del medio ambiente, a la conservación del patrimonio cultural, a la diversidad, etcétera… Los derechos que expresan el conflicto Norte-Sur.

Siguiendo con la clasificación generacional establecida por Vasak, el profesor de ética y sociología Javier Bustamante ha formulado en diferentes trabajos una nueva teoría: la eclosión de una cuarta generación de derechos humanos, el gran reto del siglo XXI. Los derechos humanos del ciberespacio, que no serían sino las nuevas formas que cobra el ejercicio de los derechos de primera, segunda y tercera generación dentro del Estado tecnológico avanzado.

Bien, hasta aquí las clasificaciones académicas. Personalmente pienso, y siempre he pensado, que los ciberderechos no existen. No creo que existan unos ciberderechos virtuales, al margen de los que están recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos. La Red no es un mundo nuevo: es el tejido neuronal del mundo real. No puede separarse la reivindicación de los derechos digitales de los restantes derechos humanos, porque de una forma u otra estamos defendiendo lo mismo.

Cuando hablamos de software libre, de acceso universal a la red, defendemos el principio de igualdad de oportunidades, así como el derecho a la educación y el derecho de acceso a la cultura. Cuando alguien niega que el correo electrónico de los trabajadores esté protegido por el secreto de correspondencia, o pone trabas a la criptografía, está vulnerando el derecho fundamental a la intimidad. Cuando se censura una página web sin las debidas garantías, se ataca la libertad de expresión, la libertad ideológica y religiosa. Cuando se detiene a un grupo de hackers por el hecho de serlo, y no por sus actos, se ofenden las libertades de reunión o asociación. Se pisotean a diario los derechos humanos, en la Red y fuera de ella. Se pisotean en las oficinas públicas y privadas, en las comisarías y en los juzgados. A los siervos del sistema se les llena la boca de Estado de Derecho, pero estamos viviendo una pantomima a escala global. Los ciberderechos no existen, como no existen más derechos humanos que los que podamos conquistar por nosotros mismos.

Pero sucede que para conquistar los derechos en el mundo real, hoy disponemos de una herramienta extraordinariamente potente. Una herramienta que nos permite agrupar nuestras fuerzas desde el ciberespacio, y proyectarlas contra las tiranías del mundo real. Por eso hoy quiero contar la historia de un grupo de visionarios que en un momento histórico muy especial, tuvo una extraordinaria intuición de futuro. Fue una extraña amalgama de filósofos, libertarios, periodistas, tecnólogos, e incluso algún picapleitos despistado. Personas que tenían muy claro que ellos no llegarían a ver jamás la tierra prometida, ni serían los protagonistas de la revolución, por haber nacido demasiado tarde o demasiado pronto. Y que a pesar de ello, tomaron conciencia de lo que podía ocurrir, y sentaron las bases para transmitir a las futuras generaciones una herramienta revolucionaria. Una herramienta con la que transformar la Realidad.

No eran psicohistoriadores: eran ciberactivistas.

2. ¿De dónde venimos? La pequeña historia del ciberactivismo español.

– ¿Se le ha ocurrido pensar, que las redes electrónicas pudieran corroer la infraestructura industrial y política de América, hasta el punto de hacerlas insostenibles e inútiles, y que el antiguo orden se derrumbe de bruces, como ha ocurrido en la Europa del Este?

– No, -dice Kapor secamente- pienso que es extraordinariamente poco probable. En parte porque hace diez o quince años, tuve las mismas esperanzas, acerca de las computadoras personales, que no se han cumplido en absoluto. -Sonríe irónicamente con los ojos entreabiertos-. Soy contrario a las tecno-utopías. Cada vez que me encuentro con una, o corro en dirección contraria o trato de acabar con ella.

Entonces caí en la cuenta, de que Mitch Kapor no busca un mundo más seguro para la democracia; y seguro que no lo busca para los anarquistas o utópicos -y menos aún, para los que acceden ilegalmente a las computadoras ajenas o los artistas del timo electrónico-. Lo que realmente desea es un mundo más seguro, para los futuros Mitch Kapor. Ese mundo de nodos descentralizados de pequeña escala, pero con acceso instantáneo y a lo mejor más brillante, será un entorno perfecto para un capitalismo mal dirigido, que ha hecho de Mitch Kapor lo que es hoy.

«La caza de hackers. Ley y desorden en la frontera electrónica», Bruce Sterling, 1994.

Han pasado quince años desde la publicación de «Hacker Crackdown», una crónica de la epopeya de los hackers y los libertarios civiles norteamericanos. Un texto traducido en su día al castellano por un grupo de voluntarios desde Kriptópolis. Releerlo hoy provoca una sensación agridulce, de dejà vu.

Se ha escrito mucho ya sobre los orígenes de Internet, sobre los pioneros en la lucha por los ciberderechos, y se ha consolidado una abundante mitología al respecto. Pero ni el futuro será nunca como lo soñamos, ni el pasado fue tan épico como nos lo quisieron vender. La historia de la humanidad es la historia de la naturaleza humana: una historia de ambiciones mezquinas, donde un resultado final de aparente victoria sobre el medio natural, no es sino la consolidación de todos nuestros fracasos.

Philip K. Dick nunca soñó con un futuro de ciudades perfectas. Siempre tuvo la intuición de que si conquistábamos el sistema solar, y aún toda la galaxia, sólo serviría para edificar peores suburbios. La peor de las utopías: una Vía Láctea víctima de la especulación inmobiliaria.

La informática no nos ha hecho mejores: sólo más codiciosos.

2.1. El activismo norteamericano

Palo Alto es una ciudad del condado de Santa Clara, en el estado de California (Estados Unidos). Se encuentra en el Área de la Bahía de San Francisco, en el extremo norte de Silicon Valley, cerca de la Universidad Stanford (técnicamente la universidad está situada en Stanford). Varias compañías de tecnología como Hewlett-Packard o Xerox tienen oficinas en Palo Alto. Según el censo de 2000 tenía una población de 58.598, y en 2005 contaba con 56.982 habitantes.

Palo Alto se fundó en 1895. Es uno de los lugares más caros para vivir de los Estados Unidos, con viviendas de tamaño pequeño costando de 700 a 800 mil dólares. En Palo Alto también se encuentran las oficinas de Google, Inc. – Tech Manager y la compañía Facebook.

La patria chica de Google y Facebook: eso es lo más importante que dice la Wikipedia en español sobre Palo Alto.

Lo que no dice la Wikipedia, salvo que busquemos expresamente la entrada C.P.S.R., es que en Palo Alto, allá por 1981, un grupo de ciberparanoicos, preocupados por posibles tentativas que indujeran a guerras nucleares, acabó por formar un pequeño grupo de discusión, el cual se comunicaba a través de una Intranet en el Centro de Investigación de Xerox/PARC (Palo Alto); poco tiempo después se sumó a este grupo la colaboración de otros especialistas pertenecientes a la Universidad de Stanford. Había nacido Computer Professionals for Social Responsibility, posiblemente la primera organización ciberactivista de la historia.

La obsesión de C.P.S.R., muy común durante la guerra fría, era evitar un mal uso de los sistemas críticos. Eran gente seria, muy distinta a los hackers chalados con sus locos cacharros que llegarían detrás, para llenar el mundo de oscuras BBS.

Muchos recordamos con nostalgia aquellos viejos tiempos de módems chirriantes a altas horas de la madrugada. Módems que conectaban entre sí miles de BBS underground. Tiempos de blue box, de phreaking, de calling cards, de centralitas australianas desvencijadas que actuaban como pasarela para conectar gratis los continentes. Tiempos que no volverán.

El F.B.I. acabó con muchos sueños utópicos, pero sus redadas contra los hackers movilizaron a personas con visión de futuro. Personas como Mitch Kapor, John Gilmore, y John Perry Barlow, que acabarían fundando la Electronic Frontier Foundation, una organización que supo capitalizar y rentabilizar el movimiento en pro de los ciberderechos, muy especialmente a partir del momento en que Internet llega al gran público.

Como hito histórico del movimiento se puede reseñar la formación de la Global Internet Liberty Campaign, una iniciativa que agrupó a diferentes colectivos de defensa de derechos humanos en contra la Ley de Decencia en las Comunicaciones, ley mediante la que el gobierno Clinton intentó controlar la incipiente Internet. El fallo de la Corte del Distrito Este de Pensilvania, en el caso entre la American Civil Liberties Union versus Janet Reno, declaró la inconstitucionalidad de tal normativa, y fue un espaldarazo a la causa de la libertad de expresión en la Red: La ausencia de regulación gubernativa de los contenidos de Internet ha producido, incuestionablemente, una especie de caos, pero, como uno de los expertos propuestos por los demandantes indicó en el curso de la vista, lo que ha hecho de Internet un éxito es el caos que representa. La fuerza de Internet es ese caos.Como sea que la fuerza de Internet es el caos, la fuerza de nuestra libertad depende del caos y de la cacofonía de la expresión sin trabas que protege la Primera Enmienda.

Y hasta aquí la épica de los tiempos heroicos, tan similar en su simbología a la de los Padres Fundadores de la Revolución Americana. Tan similar, que hasta tuvo su Declaración de Independencia del Ciberespacio, que contenía referencias a los juristas e ideólogos que cimentaron el constitucionalismo norteamericano: Jefferson, Washington, Mill, Madison, Tocqueville y Brandeis.

De la ética protestante como espíritu del capitalismo, la posmodernidad nos llevaba a la ética hacker como espíritu de la sociedad de la información. Era un discurso muy atractivo, que vendía una cara amable del capitalismo avanzado, en forma de Globalización. Sobre unos cimientos revolucionarios, se podía construir un inmenso centro comercial a escala global: la imagen en realidad virtual del American Way of Life.

Pero sucede que el mundo es complejo, y tiene muchas fronteras, aparte de las electrónicas. La más evidente es la diversidad cultural, que determina diferentes formas de expresión de la lucha por los ciberderechos, en función del desarrollo económico, social y tecnológico de cada país.

Hablaremos pues de otra realidad mucho más cercana. Una realidad virtual llamada España.

2.2.Fronteras Electrónicas España, Free

Al principio, eran cuatro: DA5ID, Marco 13, Anabomber y Oscar 999. Compartían el juego de la identidad fingida (llamarse por sus apodos) y algunas nociones de la filosofía «ciberpunk»: «Las tecnologías tienen un uso diferente y más radical que el que se puede hacer con el libro de instrucciones»(…)

«Viviendo en la frontera», Mercè Molist.

Si hay un personaje clave en el desarrollo de la cibercultura española, ese personaje es David Casacuberta, Da5id, primer presidente de Fronteras Electrónicas España, (Free). Una organización de ciberderechos, cuya actividad política se desarrolló entre 1996 y 2000, y que fue clave en la construcción de un pensamiento de defensa de los derechos humanos en el ámbito digital, cuya historia puede leerse en la magnífica iniciativa Hack Story:

En su época de mayor auge, FrEE congregó a unas 25 personas en su lista de organización interna y 420 estuvieron suscritas a su boletín electrónico semanal «FrEE-Noticias». Montó diversas campañas y emitía regularmente comunicados sobre temas de actualidad relacionados con ciberderechos, leyes, privacidad, criptografía y otros. En 1998, la Comisión de Internet del Senado español invitó a la organización a presentar sus posturas.

Fronteras Electrónicas, pese a la coincidencia denominativa con la Electronic Frontier Foundation, rompió pronto sus lazos con la iniciativa norteamericana, debido a la diferencia de filosofía entre ambas organizaciones.

El ciberactivismo norteamericano siempre tuvo un poderoso vínculo con la ideología «libertarian» de estirpe yanqui, que a su vez tiene fuertes raíces en sus férreos principios constitucionales: su particular concepto del free speech y de la Primera Enmienda, que tanto puede servir para defender la libertad de expresión como el revisionismo nazi o el Ku Klux Klan; su «privacy», concebida como «el derecho a que nos dejen en paz»; su conquista de la Frontera, de los espacios abiertos, a golpe de rifle…

Desde la perspectiva europea, no dejan de ser chocantes pronunciamientos como los del ideólogo hacker por antonomasia, Eric S. Raymond, anarcocapitalista y devoto de las armas de fuego, que tan pronto escribe obras cumbre del ciberactivismo, como sostiene peculiares opiniones sobre los musulmanes y la guerra de Irak. O poses como la de John Perry Barlow, candidato republicano en su Wyoming natal, como la que publicó New York Times Magazine, según indica Sterling en La Caza de Hackers:

Barlow ceñudo, severo paisaje nevado de Wyoming, con un largo abrigo negro, sombrero oscuro, un Macintosh SE30 apuntalado sobre una valla y un impresionante rifle de la frontera debajo del brazo, será la imagen individual más llamativa de la Caza de los Hackers.

Ni Charlton Heston y la Asociación Nacional del Rifle llegaron tan lejos: ni tan siquiera un Ben-Hur octogenario llegaría a comparar el derecho a usar armas de fuego con el uso de ordenadores -como armas- frente al Estado opresor.

Definitivamente, Fronteras Electrónicas España era más pacífica: quizás le faltaba el pelo de la dehesa. O quizás participaba del ancestral miedo ibérico a los correajes y a los jinetes nocturnos que

Pasan, si quieren pasar, y ocultan en la cabeza una vaga astronomía de pistolas inconcretas.

Libertarios, sí, pero a la española: en Free cabían todos, desde anarcosindicalistas a socialistas libertarios, pasando por liberales de derecha e izquierda de todo tipo de pelaje. Orígenes geográficos diversos: charros, castúos, andaluces, cántabros, catalanes, y gente tan de Bilbao, tan de Bilbao, que acabaron viviendo en Madrid. Todos ellos en asamblea digital permanente, construyendo algo que ni ellos mismos todavía entendían. Y lo más importante, algo inaudito teniendo en cuenta que eran españoles: tolerándose.

Dejaron un buen número de comunicados, influyendo poderosamente en la declaración de derechos de Internet que elaboró la Comisión Especial de Redes Telemáticas del Senado español, comisión en la que David Casacuberta tuvo una intervención histórica.

Fronteras Electrónicas España tomó en el año 2000 la decisión de autodisolverse, al cumplirse buena parte de sus objetivos fundacionales: conseguir que se considerase el ciberespacio como un terreno en el que son exigibles idénticos derechos constitucionales que en el mundo real. Hasta la aparición de Free, muchos administradores de sistemas -informáticos y políticos- seguían considerando que en las máquinas sólo habitaban unos y ceros, sobre los que podía decidirse con sólo pulsar un botón. Con la indiferencia del que aborta un proceso de datos.

En sólo cuatro años, los unos y los ceros habían adquirido la ciudadanía digital.

2.3 La reivindicación del acceso universal y la formación de la Asociación de Internautas.

Como ya he indicado, el ciberactivismo ibérico presenta un perfil distinto en muchos aspectos al norteamericano. Si aquel está fundamentalmente centrado en los derechos civiles y políticos «de primera generación», las reivindicaciones hispanas siempre han presentado un cariz más social, haciendo mayor hincapié en los derechos «de la igualdad» y «de la solidaridad». Los derechos humanos a la cultura y a la educación en el ámbito digital están condicionados por la calidad del acceso a la Red.

A lo largo de la segunda mitad de los años 90, el gran caballo de batalla de los internautas españoles fue la reivindicación de la tarifa plana y el acceso universal a la Red. Telefónica consiguió agrupar en su contra a todos los internautas descontentos, que acabaron protagonizando huelgas de conexión en reivindicación de la tarifa plana.

Como colofón del movimiento de protesta, el 10 de octubre de 1998 se fundaba la Asociación de Internautas, una organización creada en España el 10 de octubre de 1998 por militantes de diferentes colectivos (Fronteras Electrónicas-FrEE, Grupo Tarifa Plana, Plataforma La Huelga, Plataforma Tarifa Plana) con el fin de la reivindicar una tarifa plana universal y asequible por la red telefónica básica para las comunicaciones a través de Internet o de cualquier otra red de similares características, existente o que se pudiese crear en el futuro.

Once años después, la Asociación de Internautas sigue en plena actividad, habiendo protagonizado innumerables reivindicaciones a favor de los ciberderechos, por la seguridad en la Red, contra el canon digital y a favor del derecho a la cultura.

Todo gracias a la codicia de Telefónica: si la Asociación de Internautas no existiese, habría que volver a inventarla.

2.4. Kriptópolis y la LSSI.

Si la fauna del ciberactivismo ibérico presenta características peculiares, un espécimen singular donde los haya es el internauta cántabro responsable de la administración de Kriptópolis. Después de una década tratándole, cruzando con él miles de correos electrónicos -cifrados y sin cifrar- uno aún no sabe por donde van a salir los rasgos atávicos prerromanos de tan curioso habitante de Santander.

Cántabro también, y de Solares, es el actual Ministro español del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que tachaba desde la oposición a la LSSI como «Ley de censura del ciberespacio», comprometiéndose en nombre de su partido a derogarla, una vez recuperasen el poder. Promesa que nunca se cumplió.

La campaña contra la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información y de Comercio Electrónico -vulgo LSSI-, iniciada por Kriptópolis el 8 de mayo de 2001, fue una gran movilización en contra de la censura en Internet, que llegó incluso a aparecer reflejada en la prensa internacional. Tuvo como origen la publicación del texto de un anteproyecto de ley por parte del entonces Ministerio de Ciencia y Tecnología, que despertó suspicacias por sus posibles efectos perversos en materia de libertad de expresión.

A pesar del gran desgaste que el pulso contra la LSSI supuso para el movimiento ciberactivista, sus originales formas de protesta -recogida de firmas online, envíos masivos de correos electrónicos a distintas autoridades, campañas de banners- acabarían creando escuela en posteriores movilizaciones.

La lucha contra la LSSI aportó otra gran enseñanza: si algo aprendieron los internautas, es que no se puede esperar absolutamente nada del poder político tradicional.

2.5. El frente de la privacidad.

Otro rasgo diferenciador: frente a la paranoia antigubernamental de los colectivos norteamericanos, los ciberactivistas españoles siempre se han mostrado más combativos contra el espionaje corporativo de las grandes empresas.

El control abusivo del correo de trabajadores centró las primeras escaramuzas en el campo de la privacidad. Una preocupación que hoy se antoja ingenua ante el extraordinario desarrollo de las técnicas de monitorización y cibervigilancia.

La intimidad es un derecho en crisis, intensamente erosionado por el extraordinario auge de los reality shows y la telebasura del corazón. Hace apenas diez años, consideraríamos inverosímil que se pudiese autorizar la monitorización física mediante telefonía móvil. Hoy es algo trivial, la última moda en las redes sociales, y no será extraño encontrar empresas que intentan imponerlo como acuerdo complementario al contrato de trabajo.

El posible depósito gubernamental de claves de cifrado generó en 1998 protestas de Fronteras Electrónicas, y también en el año 2003 sendas campañas de la Asociación de Internautas y del capítulo español de CPSR.

Hoy en día, rodeados del exhibicionismo impúdico de Flickr, Tuenti o Facebook, lo difícil es encontrar a alguien que todavía cifre su correo.

2.6. Software libre y «copyleft».

Hablar de software libre en España es hablar de Hispalinux, una asociación fundada en 1997 por entusiastas seguidores de las cuatro libertades básicas de los usuarios de software:

  • La libertad de usar el programa, con cualquier propósito.
  • La libertad de estudiar cómo funciona el programa, y adaptarlo a tus necesidades.
  • La libertad de distribuir copias, con lo que puedes ayudar a tu vecino.
  • La libertad de mejorar el programa y hacer públicas las mejoras a los demás, de modo que toda la comunidad se beneficie.

Creada a imagen y semejanza de la Free Software Foundation de Richard Stallman, Hispalinux ha tenido una notable influencia en la promoción del software libre en las administraciones públicas, consiguiendo que diversas comunidades autónomas hayan impulsado distribuciones propias de Linux.

En la línea ideológica del «copyleft», cabe destacar también el papel desempeñado por Creative Commons España, responsable de la traducción y adaptación al derecho español de las licencias Creative Commons, así como la iniciativa Coloriuris, de raigambre autóctona. Ambas alternativas están siendo cada vez más utilizadas por diversas instituciones públicas.

También dentro del movimiento por la libertad de copia y distribución de las creaciones culturales, han surgido iniciativas ciudadanas de todo tipo, como la Fundación Copyleft, el Partido Pirata o Exgae.net, preocupadas por el creciente seguidismo de los poderes públicos hacia las consignas de los lobbys de la propiedad intelectual.

2.7. Una mula pariendo libertad

Cuenta Heródoto, en el tercero de sus libros de la Historia, la burla de los habitantes de Babilonia hacia el ejército que, a las órdenes de Darío, había cercado la ciudad. Gritaban desde las murallas: «Cuando paran las mulas, entonces nos rendiréis». Sea verdad o leyenda -la mula es por lo general estéril-, nos refiere Heródoto que una mula parió, y tras ese parto monstruoso, cayó Babilonia.

De igual manera se burlaban los defensores del copyright de las iniciativas copyleft. Hoy el copyright está sitiado, y la mula ha parido libertad.

Así como Telefónica consiguió la unión de todos los internautas españoles por la tarifa plana, la SGAE tiene el indudable mérito de haber movilizado a gran parte de la sociedad española en pro del derecho de acceso la cultura, sin las trabas impuestas por la dictadura del copyright.

A lo largo de los últimos años se ha vivido la más feroz de las guerras de Internet. Una guerra donde España se ha convertido en una de las puntas de lanza frente al imperialismo cultural impuesto por las multinacionales de la industria del entretenimiento. Hasta el punto de convertirnos en el centro de todas sus iras.

Buena parte de culpa la tiene el «establishment» político y policial español, extraordinariamente solícito a la hora de aprobar leyes u organizar redadas en pro de los intereses corporativos de entidades de gestión, productoras discográficas y cinematográficas, así como de la boyante industria del videojuego.

Pocas veces tanto esfuerzo legislativo y policial ha sido tan inútil: la letra del Boletín Oficial del Estado ha quedado en papel mojado, frente a la realidad de una Red en la que, merced a las aplicaciones P2P, se puede conseguir cualquier producto «cultural» de la industria del entretenimiento.

Siempre, claro está, que el sufrido internauta pueda sufragar su conexión a Internet, y el alquiler o hipoteca de la casa donde está la conexión.

3. ¿Dónde estamos? El desencanto virtual.

Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se atenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado.

Nunca nos regalan los derechos: o se conquistan, o se negocian. En cualquiera de los dos casos, nunca salen gratis: siempre hay que poner una libra de carne en la balanza. Las revueltas sociales de los siglos XIX y XX conformaron el mundo en que vivimos. A medida que el capitalismo se convertía en imperialismo, y el imperialismo en globalización, fue necesario el desarrollo de derechos sociales que permitiesen mejorar las condiciones de vida de la población del mundo occidental. Pero esos derechos tenían una contrapartida: se otorgaban a cambio de que los trabajadores consumiesen.

Las luchas sociales se atenuaron, y durante las decenas de años que duró la guerra fría, la alianza del consumo y el mercado fraguó el gran triunfo del bloque occidental. Un triunfo que costó miles de millones de excluidos: más allá de las fronteras del próspero Occidente, las clases trabajadoras encargadas de aportar materia prima y fuerza de trabajo a la maquinaria del sistema, sólo podían aspirar al difícil equilibrio de derechos humanos y consumo si decidían emigrar.

Todo iba bien en la sociedad de consumo… hasta que se dejó de consumir.

3.1. La subvención como subversión del pensamiento crítico.

La intención de la neolengua no era solamente proveer un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos del Ingsoc, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento. Lo que se pretendía era que una vez la neolengua fuera adoptada de una vez por todas y la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento herético, es decir, un pensamiento divergente de los principios del Ingsoc, fuera literalmente impensable, o por lo menos en tanto que el pensamiento depende de las palabras.

«Los principios de neolengua», apéndice de 1984, George Orwell

Si en algo ha mejorado la especie humana en los últimos decenios ha sido en el uso del lenguaje, y muy especialmente en su utilización por parte del poder. Es la seña de identidad del político profesional, el estigma de los elegidos, el aura que otorga al líder su carisma definitivo: el talento en la utilización de eufemismos.

Hay un largo recorrido: antes de que se denominase «desaceleración» a la crisis económica, y «cohesión social» a la tregua en la lucha de clases, hubo grandes inventos, como denominar «coexistencia pacífica» a la guerra fría, o «países en vía de desarrollo» a la globalización de la miseria.

El lenguaje políticamente correcto ha sido todo un hallazgo, y ha permitido la perpetuación en el poder de la clase política intermediaria que gestiona los desequilibrios del sistema. Un turnismo liberal-socialdemócrata unido por las comisiones y los eufemismos en lo universal.

El dominio del «neolenguaje» es al político profesional lo que las oposiciones al funcionario: su garantía de un cargo vitalicio, del que sólo se verá apeado si abusa de la corrupción.

Investido de su arsenal de eufemismos, el político occidental gestiona el sistema, siendo su principal misión evitar una excesiva fricción entre explotadores y explotados. Para ello cuenta con una variopinta gama de aliados, unidos en su extraordinario apego a la subvención. Y un objetivo común: la contención del pensamiento crítico.

Vivimos en un mundo extraordinariamente complejo. Las jerarquías tradicionales han evolucionado con los sistemas políticos: Familia, Tribu, Iglesia, Estado, Banca Internacional… En ese largo camino, han ido apareciendo sucesivamente diferentes agentes sociales tributarios del poder. Antes de ser lo que son, fueron contrapoderes.

Intelectuales y artistas con voz crítica, sindicatos libres y prensa independiente han sido históricamente un contrapeso del poder, el mejor antídoto contra cualquier dictadura. Y a la inversa: intelectuales orgánicos, artistas del régimen, sindicatos amarillos y prensa complaciente, los acólitos de la tiranía.

Pues bien, estamos en un momento histórico en el que el poder político busca desesperadamente el silencio de artistas, prensa y sindicatos, mediante el uso de la subvención. Subvenciones en forma de leyes a medida, créditos oficiales, y un uso magnánimo de los presupuestos generales del Estado. El objetivo es impedir a toda costa que el descontento social causado por el empobrecimiento de la población llegue a las pantallas, a las canciones, a las portadas de los periódicos y a las pancartas de las manifestaciones.

3.2. Censura y menosprecio de la Red

Los grandes grupos multimedia que controlan la inmensa mayoría de los medios de comunicación, y en particular las concesiones radiofónicas y televisivas, tienen un serio problema con Internet. Durante demasiado tiempo, el periodismo tradicional ha ejercido como intermediario entre el poder público y los ciudadanos, de la misma forma que el poder político ejerce como intermediario entre las diferentes fuerzas sociales. En esa capacidad de mediación reside la fuerza de ambos poderes.

La aparición de Internet supone un cambio en las relaciones de poder, en la medida que provoca una paulatina desaparición de intermediarios, que no obstante nunca será total: hoy más que nunca es necesaria la existencia de comunicadores profesionales independientes, que ponderen el verdadero valor de cada noticia. Pero el acceso masivo a la Red provoca cambios en la anquilosada estructura de los medios de comunicación de masas. Y esos cambios son observados primero con recelo, después con miedo, y más tarde con desesperación. Todo lo cual acaba propiciando una respuesta extraordinariamente agresiva frente a la Red.

A lo largo de los últimos años se han ido sucediendo medidas legales con un solo objetivo: endurecer el control administrativo sobre Internet. Medidas legales que han sido sistemáticamente aplaudidas por los mismos medios que demonizaban la Red desde los telediarios en prime time.

3.3. De ciberlibertarios a ciberdictadores.

El miedo es una emoción primaria, y como tal emoción, en ocasiones sobrevive a la causa que lo originó. Una vez instalado el terror a Internet, la mala prensa sobre la Red se convierte en un lugar común. Y queda grabado a fuego en el inconsciente colectivo de los mass media, por mucho que cambie la Red.

Y la cuestión es que ha cambiado mucho. Internet ya no es el paraíso libertario de los orígenes: el dinero lo cambió todo.

Los años 90 vivieron los grandes «ciberpelotazos» de las operadoras de telecomunicaciones, y acabaron por hinchar la burbuja especulativa que provocó la caída de las puntocom. Pero el gusto por el dinero fácil nunca desaparece, sólo cambia de forma.

En el camino, desaparecen muchos principios altruistas. No hay nada que no esté contado ya: es la historia de las grandes corporaciones tecnológicas, de Microsoft a Google. Cuando los derechos humanos, en China o en cualquier parte del mundo, pueden representar un obstáculo para el negocio, las sociedades mercantiles actúan conforme a su naturaleza profunda.

He hablado de Microsoft y Google por lo que representan, cada una en su campo. El control del código binario -la verdadera ley de Internet- en el caso de la primera. El control de los impulsos primarios del público, en el caso de la segunda. El control del mercado y de la privacidad en todos los casos.

Pero tal como es arriba es abajo. Y junto a los grandes hermanos políticos, mediáticos y tecnológicos, progresan como musarañas evolutivas decenas de miles de pequeños hermanos. Cada uno de ellos con un pan bajo el brazo, y un patológico desprecio por todos los ciberderechos que no sean el suyo: la privacidad y la libertad de expresión de los usuarios no es una de sus prioridades.

Blogs, redes sociales, web 2.0. Muchas formas de denominar la conversación masiva entre usuarios, que algunos aspiran a dirigir desde sus pequeñas tribunas mediáticas. Como quien intenta surfear sobre un tsunami.

El fenómeno de las redes sociales ha monopolizado buena parte de las noticias sobre Internet en los últimos años, siendo especialmente significativas las agresiones a la privacidad. Fotos y vídeos de menores han proliferado por doquier, en un viaje sin retorno desde la Red a la telebasura y los titulares amarillistas.

No menos preocupante han sido los intentos de apropiarse de la creación individual y colectiva de los usuarios, con imposiciones unilaterales de cláusulas abusivas, como la que dio origen a la revuelta contra Facebook. Un movimiento social esperanzador, éste último, pero limitado por el momento al ámbito de la Red.

En el campo de la blogosfera, muchas desilusiones en el terreno español. Quizás esperábamos mucho más de la juventud y espontaneidad del medio: como muchos de sus protagonistas, la blogosfera ibérica ha envejecido muy pronto y muy mal. Los blogs and beers son terribles para los michelines, especialmente los del alma.

En fin, quién sabe: quizás desde la web 2.0 española se repita alguno de los gloriosos ciberpelotazos de los 90, pero por el momento se ha conseguido más bien poco. Algún viaje -de ida y vuelta- de los blogs a los grupos mediáticos, alguna conferencia, alguna cena. Y algún efecto divertido, como el repentino interés de los políticos profesionales por el diseño de blogs: síntoma inequívoco de que la cosa se está poniendo de un rancio que asusta.

4. ¿A dónde vamos? El gran reto del ciberactivismo: asaltar la Realidad.

Si los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo, los escritores de ciencia ficción son sus bufones de corte. Somos Payasos Sabios que podemos saltar, dar cabriolas, hacer profecías y rascarnos en público. Podemos jugar con Grandes Ideas porque el extravagante colorido de nuestros orígenes de revista barata nos hace parecer inofensivos.

Bruce Sterling, en el prólogo a «Quemando Cromo», de William Gibson.

Les advertía al principio sobre mi escaso bagaje filosófico y mi descreimiento jurídico. A ello debo añadir que no aspiro tampoco al puesto de profeta o gurú de la revuelta. En primer lugar, porque ya sobran candidatos para ello. Pero la razón más importante es que los escritores de ciencia ficción ya nos advirtieron de lo que vendría: como eran bufones de corte despreciados por los artistas del régimen, no les hicimos caso.

Si quieren saber lo que va a pasar, lean a Dick, a Scott Card, al propio Sterling: la realidad superará con mucho la ficción. El ser humano no ha llegado por casualidad a donde está: el momento histórico en el que puede decidir si arruina definitivamente el planeta, o le da una oportunidad controlando su propia evolución. Y aún así, dudo mucho que la ingeniería genética sea capaz de suprimir la codicia en nuestros genes.

Internet es una extensión de la naturaleza humana, y como tal está condicionada por nuestros más bajos instintos. Los intentos del poder político por controlarla no harán sino empeorar el resultado. Mientras tanto, nos quedan por delante décadas de diversión.

4.1. La paulatina reconversión de los intermediarios.

Los intermediarios nunca desaparecerán del todo, pero si algo permite Internet es suprimir las barreras artificiales en la comunicación entre personas, y con ellas, la posición de privilegio que han venido desempeñando determinados profesionales de la política, la economía y la información.

Podemos tener un tímido indicio de lo que está por venir observando los bruscos cambios que afronta la industria del entretenimiento. Su función moduladora de los gustos del público está siendo muy condicionada por las inmensas posibilidades que ofrece Internet para el acceso a todo tipo de contenidos. Es posible una comunicación directa entre creadores y público, especialmente cuando los límites entre ambos roles tienden a difuminarse.

¿Desaparecerán por el camino los gestores culturales especializados en el adoctrinamiento de masas? ¿Sustituirán las compañías de telecomunicaciones a las grandes productoras de contenidos musicales y cinematográficos? El resultado de la batalla es incierto, pero si algo está claro es que se reducirá el número de intermediarios.

Idéntico adelgazamiento está experimentando ya la industria de la información. El aumento de competidores en todos los frentes ha propiciado una guerra de precios en la industria publicitaria, que amenaza con arrastrar tras de sí a históricas cabeceras periodísticas. Y sólo es el comienzo.

Observando lo que ocurre en el campo del entretenimiento y la información ¿cabe una extrapolación al terreno político? La relación entre electores y elegidos, la conformación de nuestro parlamentarismo, se basa en modelos de la sociedad agraria y preindustrial de finales del siglo XVIII. ¿Está justificado mantener dicho modelo en un mundo en que los ciudadanos pueden relacionarse directamente con el poder?

Es más ¿está justificada la opacidad y la burocracia de la Administración? ¿No sería más democrática y transparente una Administración donde todos los ciudadanos tuviesen acceso a toda la información sobre los concursos públicos?

La velocidad de las comunicaciones trastocará necesariamente las relaciones económicas. Las grandes empresas de distribución, que imponen su particular dictadura tanto a productores como a consumidores, quizás tengan menos sentido cuando el comercio electrónico acerque de verdad a los dos extremos de la cadena económica.

Pero al mismo tiempo que unos intermediarios se extinguen, aparecen nuevas oportunidades de negocio. Pensemos, por ejemplo, en el caso de la AppStore, y las inmensas posibilidades que puede ofrecer en otros sectores: intermediarios que ponen en contacto directo al creador de contenidos con sus consumidores.

¿Es posible trasladar un negocio similar al ámbito financiero, intermediando entre los titulares de depósitos y las personas necesitadas de crédito? ¿Toleraría el sistema una banca P2P?

En este momento, todo son hipótesis de futuros posibles. En lo único que podemos estar seguros, es que la brecha digital no hará sino aumentar la distancia entre las sociedades avanzadas y el enorme ejército de los excluidos.

4.2. Herramientas para la resistencia.

La caída de los regímenes comunistas, junto a innegables mejoras en el acceso de su población a los derechos civiles y políticos, nos enfrentó de bruces a una amarga realidad: cuando cae el aparato burocrático de un Estado, es sustituido de inmediato por un aparato no menos corrupto: el de las mafias.

La corrupción, endémica en los sistemas políticos autoritarios, es también creciente en las democracias formales. Si bien es cierto que a mayor poder, mayor corrupción, no es menos cierto que la descentralización del poder conlleva la diseminación de la corrupción en una economía de escala.

Cuando los contrapesos entre los diferentes poderes del estado no son suficientes para contener la corrupción, los ciudadanos pueden acabar viéndose obligados a ventilar el sistema: se hace muy difícil convivir con la mordida institucionalizada. En esas circunstancias es cuando se evidencia el poder revolucionario de la Red, como herramienta al servicio de la ciudadanía.

La tecnología desempeñó un papel muy relevante en los últimos días del gabinete Aznar. Tras las grandes movilizaciones contra la guerra de Irak, propiciadas desde listas de correo de Internet, los idus de marzo conocieron dos caras terribles de la telefonía GSM: su utilización como detonador, y su alternativa liberadora en la convocatoria de «flash mobs».

Las nuevas tecnologías cambian la forma de ejercer los derechos. Pero en última instancia, los derechos de reunión y manifestación quedan en letra muerta si no se ejercitan: de nada nos sirven si no pensamos movernos del sillón.

Quizás el gran reto del siglo XXI no sea más que éste: entender que no podemos confiar en nadie más que en nosotros mismos. Entender que si de verdad es cierto que la soberanía reside en el pueblo, ha llegado la hora de que el pueblo ejerza sus propias responsabilidades de forma directa, sin delegaciones ni intermediarios.

Más allá de la crisis económica, vivimos una crisis de sistema. Nuestros intermediarios políticos han demostrado su inutilidad para gestionar los inmensos desequilibrios que genera un sistema social injusto. Pero de poco sirve quejarnos de ellos, mientras nos desentendemos de la toma de decisiones que sólo a nosotros nos corresponden.

Sólo cuando el Estado y el Mercado nos dejen sin protección social, empezaremos a entender que sólo somos partículas elementales, que nada pueden conseguir en solitario. Tenemos que reconstruir en el mundo real, y no sólo en Internet, las redes sociales destruidas por el individualismo salvaje. Y eso sólo puede hacerse llevando nuestra asamblea virtual permanente a las calles, a las fábricas, a los despachos.

Ha llegado el momento de que los habitantes de la sociedad conectada se pongan de pie, abandonando el sedentarismo del consumidor indolente. Las pantallas son armas de doble uso: pueden servir tanto para comunicarnos como para encadenarnos. De nosotros depende, en última instancia, escoger el camino.

Tenemos las herramientas, Internet y los ciberderechos: ha llegado la hora de utilizarlas en el mundo real. Comenzaba esta conferencia con una cita de Philip K. Dick, quien nos dejó antes de morir una pregunta sin contestar. Quizás su respuesta esté en las palabras de otro gran autor de ciencia ficción, con las que finaliza su obra más cercana a la realidad.

Les dejo con Neal Stephenson, «En el principio… fue la línea de comandos»:

«¿Qué diría el ingeniero, una vez hubieras explicado tu problema y enumerado todas las insatisfacciones de tu vida? Probablemente te diría que la vida es una cosa muy difícil y complicada; que ninguna interfaz puede cambiar eso; que cualquiera que crea lo contrario es un imbécil; y que si no te gusta que escojan por ti, deberías empezar a elegir por ti mismo.»

Carlos Sánchez Almeida. La Casa Encendida, Madrid, 12 de Marzo de 2009

http://www.kriptopolis.org/resistencia-digital-y-derechos-humanos