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La tragedia plástica que nos intoxica en silencio

Fuentes: Rebelión

Imagina por un momento una botella de plástico que tiras al contenedor con la esperanza ingenua de que desaparece, de que se va a otro lugar. Esa botella no desaparece. Nunca desaparece.

Se queda en algún vertedero y lentamente, con el paso de las décadas, se fragmenta, se convierte en partículas invisibles que el viento arrastra, que las lluvias transportan, que los ríos llevan hacia el mar. Y cuando llega al mar, no se detiene. Persiste. Porque los plásticos no desaparecen: se transforman en microplásticos, esas partículas diminutas de menos de cinco milímetros que son tan pequeñas que pueden cruzar barreras biológicas, que pueden entrar en nuestros pulmones, en nuestra sangre, en la placenta de los bebés que aún no han nacido, en los órganos de pingüinos antárticos, en la cima del Everest y en las profundidades de la Fosa de las Marianas. No hay lugar en este planeta que no haya sido tocado.

Pero lo que realmente debiera hacernos estremecer no es solo la presencia de plástico en el océano, sino lo que esa presencia significa para nuestra salud, para la salud de nuestros hijos. La contaminación por plásticos ya no es solo un problema ambiental; es un problema emergente de salud pública, especialmente relevante para la población infantil y vulnerable. Y aquí está el verdadero horror: mientras los gobiernos se preocupan por reciclar, por poner contenedores de colores, nadie está hablando abiertamente de lo que estos microplásticos están haciendo en nuestro interior, de cómo los disruptores endocrinos que vienen con ellos están interfiriendo con las hormonas que regulan nuestro crecimiento, metabolismo, reproducción, desarrollo neurológico, sistema inmune.

Piensa en un niño. Un niño pequeño que corre en el parque, que juega en el suelo, que se lleva las manos a la boca, que respira aire con partículas de plástico flotando. Ese niño está expuesto a microplásticos de forma cotidiana, continua, inevitable. Y no es solo el niño. Es la mujer embarazada que inhala aire contaminado, que bebe agua del grifo con microplásticos, que consume alimentos contaminados. Es el hombre mayor con enfermedades cardíacas que descubre que portar microplásticos en su cuerpo aumenta su riesgo de ataque cardíaco cuatro veces y media. Es toda la población vulnerable que no tiene voz, que no puede evitar lo que está sucediendo ensu interior porque no lo puede ver, no lo puede sentir.

Los microplásticos llegan a nosotros a través de múltiples vías. Llegan a través del agua que bebemos, del grifo y embotellada. Llegan a través de los alimentos: mejillones, ostras, pescados pequeños, sal marina, azúcar, cerveza, miel, frutas, verduras. Llegan a través del aire que respiramos. Llegan a través de los envases y utensilios que usamos en casa. Y cuando llegan, se acumulan. Se bioacumulan en nuestros tejidos, en nuestros pulmones, en nuestra sangre, en la placenta, en el meconio, en las heces. Y lo que se acumula en nosotros, se biomagnifica. El pez pequeño que ingiere microplásticos es consumido por el pez grande, que es consumido por otro mayor, que es consumido por el humano. Y en cada paso, la concentración aumenta.

Y aquí está el problema que los gobiernos no quieren hablar: la falta absoluta de preocupación por educar a la población. No basta únicamente con reciclar. No basta con poner contenedores de colores. Necesitamos educar desde el contacto con la naturaleza, para que las nuevas generaciones se sientan parte del entorno natural y comprendan que los residuos que generamos no desaparecen, sino que permanecen y siguen teniendo impacto. Pero los gobiernos no están haciendo esto. No están educando. No están transversalizando la educación ambiental en primaria, en secundaria, en universidad. No están enseñando a los niños los tiempos de degradación de cada material que, aunque lo olvidemos, la basura no desaparece cuando la depositamos en el contenedor. Que el plástico de una botella tarda entre cien y mil años en degradarse. Que los microplásticos permanecen décadas, cientos, miles de años. Que lo que empieza en tierra termina llegando al mar, transformándose en microplásticos que circulan por ecosistemas, alimentos y organismos vivos.

Y cuando los gobiernos no educan, la población continúa consumiendo, continúa usando plásticos de un solo uso, continúa tirando botellas con la creencia ingenua de que desaparecen. Continúa sin saber que el 80% de los plásticos que se vierten al mar provienen del medio terrestre. Continúa sin saber que hay apenas 1.000 ríos en el mundo que están causando el 80% de los vertidos al mar. Continúa sin saber que, en 2017, entre 1,15 y 2,41 millones de toneladas de residuos plásticos fueron vertidos por los ríos a nuestros mares. Continúa sin saber que la cantidad de microplásticos en los fondos oceánicos se ha triplicado en las últimas dos décadas.

Mientras los gobiernos no educan, la industria continúa produciendo. La industria tiene una responsabilidad central en la reducción de la contaminación. Las empresas que producen bienes de consumo son responsables clave de la generación de residuos plásticos. Pero la industria no está reduciendo. No está innovando de forma significativa. No está desarrollando embalajes sostenibles que se descomponen más rápido sin liberar microplásticos. No está implementando sistemas de reutilización y retorno en circuito cerrado. No está invirtiendo en innovación para reducir la dependencia del plástico.

La industria sabe que existen alternativas. Sabe que los bioplásticos, el vidrio, el papel y los textiles naturales pueden reducir la dependencia del plástico. Sabe que el bagazo de caña de azúcar puede convertirse en bowls, platos y vasos compostables que se degradan en 90-180 días. Sabe que el almidón de maíz puede convertirse en cubiertos y bolsas compostables. Sabe que el bambú, las algas, el mycelium de hongos pueden convertirse en envases sostenibles. Pero la industria no lo hace. Porque no le interesa. Porque le es más barato producir plástico de un solo uso. Porque le es más rentable generar residuos que desarrollar sistemas de reutilización.

Mientras la industria no actúa y los gobiernos no educan, la población continúa sin saber. Continúa sin comprender que los plásticos no desaparecen. Continúa sin entender que lo que empieza en tierra termina en el mar. Continúa sin conocer que los microplásticos circulan por ecosistemas, alimentos y organismos vivos.

Y el problema de salud pública es real, es grave. Los estudios sugieren que la exposición a microplásticos podría estar vinculada al cáncer, a las cardiopatías, a los problemas reproductivos, a la disfunción inmunológica, al asma, a las infecciones respiratorias. Los disruptores endocrinos como el bisfenol A y los ftalatos están interfiriendo con nuestro sistema hormonal, mimetizando hormonas, alterando la reproducción, el metabolismo. Y estos efectos pueden aparecer a concentraciones muy bajas, en periodos sensibles del desarrollo fetal, infantil y juvenil.

La infancia es especialmente vulnerable. El organismo infantil está en desarrollo. Los sistemas metabólico, inmunitario y endocrino son inmaduros. La exposición relativa es mayor. La conducta exploratoria es más intensa. Y cuando los microplásticos y disruptores endocrinos llegan a los niños, pueden causar enfermedades cardíacas, cánceres, problemas de fertilidad. Pueden alterar el desarrollo neurológico. Pueden dañar el sistema inmune. Todo ocurre ensilencio, sin que nadie lo diga, sin que nadie eduque, sin que nadie lo prevenga.

Por eso la educación es la respuesta necesaria. Por eso no basta reciclar. Por eso necesitamos educar desde el contacto con la naturaleza. La educación ambiental debe ser transversal en primaria, secundaria, universidad. Debe promover el respeto y la protección del entorno natural. Debe fomentar valores sostenibles: respeto por la diversidad, responsabilidad frente a las consecuencias de nuestras acciones, cuidado de los recursos para las generaciones futuras, convivencia armónica con otros seres vivos.

Pero los gobiernos no están haciendo esto. Los gobiernos no están educando. Los gobiernos no están transversalizando la educación ambiental. Los gobiernos no están enseñando los tiempos de degradación. Los gobiernos no están sensibilizando sobre las propiedades del plástico que lo convierten en un residuo apenas reciclable y prácticamente indestructible. Los gobiernos no están actuando con la urgencia que esta crisis emergente de salud pública requiere.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué hacemos mientras los gobiernos no educan, mientras la industria no actúa? Hacemos lo que podemos. Normalizamos los hábitos sostenibles en la vida cotidiana. Predicamos con el ejemplo en casa, porque los niños imitan el comportamiento de los padres. Aprendemos jugando, haciendo del reciclaje un juego. Conectamos con la naturaleza, saliendo al campo, explorando parques, fortaleciendo el vínculo emocional que nos hace querer proteger. Dialogamos con curiosidad, cuando los niños preguntan sobre papel, sobre agua, hablamos de recursos, de sostenibilidad, de respeto. Fomentamos el respeto, la responsabilidad, el cuidado, la convivencia.

Pero individualmente no podemos resolver esto. Individualmente no podemos cambiar la industria. Individualmente no podemos obligar a los gobiernos a educar. Necesitamos acción colectiva. Necesitamos presión social. Necesitamos que la población comprenda la realidad y exija a los gobiernos que educan, que informen, que previenen. Necesitamos que la población exija a la industria que reduzca, que innove, que actúe.

Porque lo que empieza en tierra no desaparece. Lo que empieza en tierra termina llegando al mar. Se transforma en microplásticos que circulan por ecosistemas, alimentos y organismos vivos. Persiste durante décadas, cientos, miles de años. Se bioacumula y biomagnifica hasta llegar a nosotros. Nos intoxica en silencio. Nos daña en silencio. Nos enferma en silencio. Y mientras los gobiernos no educan, mientras la industria no actúa, la intoxicación continúa. La enfermedad continúa. El daño continúa.

No podemos permitir que continúe. No podemos permitir que las nuevas generaciones crean que los residuos desaparecen. No podemos permitir que no se sientan parte del entorno natural. No podemos permitir que no comprendan que los residuos permanecen y siguen teniendo impacto. No podemos permitir que la contaminación por plásticos sea un problema emergente de salud pública sin respuesta. No podemos permitir que los disruptores endocrinos interfieran sin prevención. No podemos permitir que la infancia vulnerable sea expuesta sin protección.

Debemos educar. Debemos exigir a los gobiernos que educan. Debemos exigir a la industria que actúa. Debemos conectarnos con la naturaleza. Debemos sentirnos parte del entorno natural. Debemos comprender que los residuos no desaparecen. Debemos comprender que lo que empieza en tierra termina en el mar. Debemos comprender que los microplásticos circulan por ecosistemas, alimentos y organismos vivos. Debemos comprender que la contaminación por plásticos es un problema de salud pública. Debemos actuar. Debemos prevenir. Debemos proteger.

Porque el plástico no desaparece. Nunca desaparece. Permanece. Persiste. Sigue teniendo impacto. Y nos intoxica en silencio.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de l@s autor@s mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.