José Sarrión (Cartagena, 1982) es profesor de filosofía en la Universidad de Salamanca. Especialista en la obra del filósofo Manuel Sacristán, recientemente estuvo en Llangréu invitado por el PCE e IU para hablar de este pensador, del que el año pasado se cumplieron 100 años.
David Aguilar Sánchez.- ¿Cómo explicaría a alguien que no sepa nada la importancia de Manuel Sacristán para la izquierda española?
José Sarrión.- Yo creo que su importancia puede abordarse desde dos perspectivas. La primera es que más allá de sus posiciones políticas, como filósofo puramente académico, Sacristán ya habría entrado en los manuales de historia de la filosofía por méritos propios. Por ejemplo, se le considera el responsable de la introducción de la lógica moderna en España, lo que Luis Vega llamaba la “fase de recepción fuerte” de esta disciplina. La segunda sería la perspectiva política. Estamos ante un pensador que fue, por encima de todo, un militante, un filósofo con una perspectiva política que mantiene durante toda su vida. Y esto para mí es lo fundamental, porque en España hemos tenido muy buenos políticos en la izquierda, y muy buenos intelectuales, pero figuras que fueran ambas cosas al mismo tiempo, muy pocas. Hay que recordar que el PCE era un partido con grandes literatos, pintores y artistas, pero no llegó a tener grandes teóricos. Sí había personas que desde luego habrían estado llamadas a serlo, pero la Guerra Civil truncó sus carreras y les obligó a desarrollarlas en el exilio. Es el caso de Wenceslao Roces, cuya labor teórica previa al marxismo fue importante, pero que una vez afiliado al PCE en 1932 se volcó en una actividad práctica abrumadora: editorial Cenit, Revolución de Asturias, encarcelamiento, subsecretario de Instrucción Pública durante la guerra… Será en su exilio en México donde realizó su trabajo teórico, como su excelente traducción de El Capital. O el caso de Adolfo Sánchez Vázquez, que, siendo dirigente de las JSU, tuvo que abandonar sus estudios de filosofía debido a la guerra, llegando a vivir la Desbandá, y no desarrolló su prolífica obra teórica hasta su exilio mexicano. Sacristán, en cambio, pertenece a una generación que nace después de esos marxistas de la generación republicana, caso, por cierto, también de Carlos París.
David Aguilar Sánchez.- ¿Cómo llega a la militancia política?
José Sarrión.- Sacristán se acerca a la filosofía en el seno de una clase media vinculada a Falange, con una juventud que le inserta en los círculos culturales más avanzados de Barcelona, en lo que se llamaría la Generación de los 50. Habría tenido una vida muy cómoda en la intelectualidad catalana y española si en plenos años 50 no se hubiera afiliado al PCE. Sin embargo, Sacristán gana una beca para estudiar en Alemania durante tres años, y cuando vuelve a España en 1956 lo hace convertido en militante del PCE-PSUC, y hasta 1969 dirigente, insisto, dirigente, no afiliado de base ni simpatizante. Este Sacristán es verdaderamente interesante, porque los verdaderos clásicos de la tradición comunista no son meros teóricos ni simples organizadores, sino cuadros que luchan por unir teoría y praxis. Y de eso no hemos tenido mucho en España. A esto hay que añadir que, como intelectual, posee una singularidad insólita, y es que se encuentra en la intersección de tres valencias muy poco frecuentes: la filosofía española, con su interés por la cultura, la tradición orteguiana y literaria, el marxismo en un sentido amplio y plural, y la filosofía de la ciencia, con una atención muy grande a los desarrollos empíricos de la ciencia positiva. No hay ningún autor que se mueva en ese cruce con tanto nivel de profundidad en esos ámbitos al mismo tiempo. Eso explica la riqueza de textos como “El lugar de la filosofía en los estudios superiores” (con su defensa de la filosofía como saber de segundo grado), su prólogo al “Anti-Dühring”, o su temprana atención al comunismo ecológico ya desde principios de los años 70.
«Habría tenido una vida muy cómoda en la intelectualidad catalana y española si en plenos años 50 no se hubiera afiliado al PCE»
David Aguilar Sánchez.- En el PSUC tenía cierta fama de dogmático, tal vez no en lo ideológico, pero sí en lo personal. Sus relaciones con Manuel Vázquez Montalbán por ejemplo nunca fueron fáciles.
José Sarrión.- Bueno, es cierto que la relación entre Sacristán y Vázquez Montalbán fue compleja durante un tiempo, pero también lo es que con el tiempo mejoró, y Montalbán dedicó bellísimas palabras a su maestro con ocasión su muerte. Salvador López Arnal ha estudiado muy bien el caso en “La veracidad de una información. A propósito de Manuel Vázquez Montalbán, Manuel Sacristán y el PSUC”. Para entenderlo hay que situarse en el contexto. En 1961, Vázquez Montalbán entra en el PSUC y es cooptado en una célula de la que únicamente formaban parte Sacristán, Josep Fontana y él mismo. Inicialmente se lo tomó como una promoción, pero pronto reparó en que realmente se trataba de una “célula de observación”, y que era él el observado. ¿Qué había pasado? Por aquellas fechas, Vázquez Montalbán trabajaba en Solidaridad Nacional, un diario de la cadena del Movimiento. Como ha explicado el profesor Laureano Bonet, los estudiantes de periodismo de orígenes modestos sólo podían hacer sus prácticas en los dos diarios del Movimiento existentes en Barcelona. Un redactor-jefe del periódico y profesor de la Escuela facilitó a Montalbán la posibilidad de trabajar como colaborador para obtener la titulación. El problema es que, además, como redactor de sucesos, tenía que acudir regularmente a recibir información a la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, uno de los centros neurálgicos de la represión franquista en Cataluña. La policía pasaba informes, las presiones se acumulaban, y en el Partido cundió la sospecha: ¿y si era un confidente policial? No había forma de comprobar credenciales, el PSUC había sufrido caídas muy graves, la represión era durísima y la desconfianza estaba a flor de piel. Como recordaba MVM: “Se producía una sensación un poco curiosa, de ir yo con las manifestaciones de la Universidad, apartarme, entrar en jefatura de policía, recoger los sucesos del día, salir de ahí y volver a correr”. A esto se sumaron algunas “ocurrencias críticas” de Vázquez Montalbán sobre declaraciones de Santiago Carrillo. En una reunión de la célula, cuando Carrillo amenazó con volver a “las montañas” si fracasaba la política de reconciliación nacional, Montalbán preguntó con su conocido tono socarrón si los allí presentes estaban preparados, si tenían conocimientos montañísticos. Eso no debió sentar nada bien.
David Aguilar Sánchez.- ¿Mejoró la relación?
José Sarrión.- Cuando en 1962 MVM fue detenido y encarcelado por su participación en actos de solidaridad con las huelgas de Asturias, irónicamente, como él mismo señaló, aquello aclaró definitivamente la situación. Años después, en 1966, Sacristán pidió y consiguió el reingreso de Vázquez Montalbán en el partido. ¿Era Sacristán dogmático en lo personal? Como ha señalado Víctor Ríos, que compartió militancia con él: “a aquellos que le achacaban rigidez en realidad les molestaba su rigor”. El rigor puede ser incómodo, sobre todo cuando uno espera consignas y lo que recibe son preguntas que te descolocan.
David Aguilar Sánchez.- ¿Qué le lleva a distanciarse del PSUC y del PCE ya antes de la Transición?
José Sarrión.- El distanciamiento de Sacristán no fue un acto impulsivo, sino el resultado de un proceso de maduración intelectual y política que tiene un punto de inflexión claro: los acontecimientos de 1968, lo que él llamó “el doble aldabonazo”: el fracaso de la revolución proletaria en el Mayo francés y la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia. Tras esos eventos, Sacristán creyó que era necesario volver a pensar muchos nudos y caras de la tradición. Dimite de sus cargos en la dirección en 1969, aunque mantiene el carnet hasta 1978.
David Aguilar Sánchez.- ¿Qué fue lo que le llevó a esa conclusión?
José Sarrión.- Sin duda debieron pesar desavenencias con dirigentes del PSUC, como Antonio Gutiérrez. Por otro lado, la deriva del eurocomunismo. Fue especialmente crítico con Santiago Carrillo en el momento en que firmó los Pactos de la Moncloa, calificándolos de “conquista histórica”. Para Sacristán, aquello representaba una institucionalización de la izquierda que renunciaba a cualquier transformación radical. Y no podemos olvidar de fondo, su diagnóstico sobre el carácter dogmático que había tomado el materialismo histórico en su uso por el Estado soviético. Pero atención: Sacristán no hace un “exhibicionismo anticomunista” como tantos que luego se entregaron al PSOE otanista y neoliberal. Su crítica es autocrítica. Llegó a afirmar: “crítica del estalinismo es autocrítica, porque no es sensato creerse insolidario de treinta años del propio pasado político”. Esa honradez intelectual es la que le distingue.
David Aguilar Sánchez.- En ningún se hizo anticomunista
José Sarrión.- Su salida del Partido no supone el abandono del activismo y de defender ideas comunistas, y sigue luchando en el seno del Comité AntiNuclear de Cataluña, las Comisiones Obreras de la Enseñanza, la escuela de alfabetización de Can Serra o los Comités Anti OTAN.
David Aguilar Sánchez.- Funda por esos años dos revistas, Materiales y mientras tanto. ¿Qué representaron esos proyectos?
José Sarrión.- Estas revistas representan el esfuerzo de Sacristán por mantener viva la reflexión colectiva en un momento de derrota y recomposición. El propio nombre de mientras tanto es es en sí mismo una provocación, como sabrás. Cuando las revistas políticas tenían nombres “vencedores” y optimistas, Sacristán, con la retranca que tenía cuando quería, dice que, puesto que nos han derrotado, mientras nos recomponemos, habrá que estudiar y dialogar, mantener “racionalmente sosegada la casa de la izquierda”, como dice en el editorial del primer número. Esta revistas cumplieron varias funciones: integrar la crítica ecologista y feminista en la reflexión marxista, recuperar la alianza ochocentista entre ciencia y movimiento obrero, mantener el diálogo con otras culturas emancipatorias, como el anarquismo, el cristianismo de base o los movimientos pacifistas y ofrecer un espacio de resistencia intelectual cuando el PCE se hundía, el PSOE alcanzaba la hegemonía absoluta y todo el proyecto comunista parecía disolverse como un azucarillo. En mientras tanto participaron personas como Giulia Adinolfi (su compañera), Paco Fernández Buey, y más tarde muchos otros. Era un proyecto colectivo, aunque Sacristán fuera su principal impulsor.
David Aguilar Sánchez.- En los 80 hizo una apuesta muy fuerte por el ecologismo. ¿Qué ecologismo defendía Manuel Sacristán?
José Sarrión.- Esta es una pregunta clave, porque el ecologismo de Sacristán suele malinterpretarse. No era un ecologismo “light”, ni una renuncia a la tradición comunista, sino todo lo contrario.
Primero: era un ecologismo anticapitalista de raíz. Sacristán entendió antes que casi nadie que la crisis ecológica no se resuelve con parches o con una redistribución de la renta a socialdemócrata. Exigía transformaciones radicales del sistema de producción y consumo, es decir, eso que en nuestro lenguaje político llamamos una revolución.
Segundo: recuperaba la tradición marxista olvidada. Frente a la lectura productivista dominante en la II Internacional, Sacristán rescató las observaciones de Marx sobre el carácter destructivo del desarrollo capitalista de las fuerzas productivas. En El Capital, Marx analiza la pérdida de nutrientes de las tierras agrícolas y habla de la irracionalidad metabólica.
Tercero: incorporaba el principio de precaución avant la lettre. Sacristán afirmaba que “lo malo de la ciencia actual es que es demasiado buena”, queriendo decir que precisamente la bondad epistemológica de la ciencia contemporánea es lo que determina su peligrosidad cuando se desarrolla bajo lógicas capitalistas. Ya en 1979 alertaba contra “las perspectivas de tiranía integral que abren el Estado atómico o la ingeniería genética”.
Cuarto: era autocrítico con la tradición. En otoño de 1983, en una conferencia en L’Hospitalet, Sacristán señaló: “es muy probable que en la raíz del escaso eco que ha tenido en la tradición marxista el atisbo de ecología política presente en la obra de Marx esté el elemento hegeliano de su filosofía. Cualquier continuación útil de la tradición de Marx tiene que empezar por abandonar el esquema dialéctico hegeliano de filosofía de la historia”.
Quinto: era un ecologismo de acción. Sacristán no se limitó a teorizar. Fue miembro fundador del Comité Antinuclear de Cataluña (CANC) y participó activamente en el movimiento contra la OTAN y contra las bases. Como ha señalado Jordi Mir, se implicó en los barrios del extrarradio barcelonés donde se había instalado la inmigración, combinando largas horas de estudio con arraigo en esos ambientes populares.
En resumen: el ecologismo de Sacristán era un ecosocialismo avant la lettre (aunque él no usara ese término) que no implicaba una “derechización” del proyecto comunista ni un desplazamiento de la clase trabajadora como sujeto político, sino una reformulación del socialismo en clave de sostenibilidad de la vida.
David Aguilar Sánchez.- Murió prematuramente. ¿Cómo podría haber evolucionado personal y políticamente?
José Sarrión.- No me puedo atrever a contestar de manera tajante una pregunta inevitablemente especulativa. En lo teórico, probablemente habría profundizado en la línea que ya había emprendido: el desarrollo de un marxismo abierto a los nuevos movimientos sociales, pero sin perder el núcleo anticapitalista. Es muy significativo que en 1983, dos años antes de morir, afirmara que “cualquier continuación útil de la tradición de Marx tiene que empezar por abandonar el esquema dialéctico hegeliano de filosofía de la historia”. Esto apunta a una revisión profunda, pero desde dentro de la tradición, no contra ella. En lo político, probablemente habría seguido siendo un crítico implacable de las derivas institucionalizadoras de la izquierda. Su crítica al PSOE seguramente se habría acentuado con el tiempo, viendo adónde nos llevó. En lo ecológico, posiblemente habría profundizado en la línea que ya apuntaba: el análisis de lo que él llamaba “fuerzas productivo-destructivas” y la necesidad de regular el complejo tecno-científico. Sus reflexiones sobre el “incipiente aparato represivo de nuevo tipo justificado por el gigantismo del crecimiento indefinido tienen hoy una actualidad sobrecogedora ante el control social digital y la vigilancia masiva. En lo personal, creo que habría seguido siendo ese hombre modesto del que hablan quienes le conocieron, pero cada vez más lúcido y más incómodo para los poderes establecidos. Pero murió joven, con 59 años, y esa pérdida es irreparable para la cultura de izquierdas en este país.
David Aguilar Sánchez.- ¿Dónde puede encontrarse hoy día la herencia de Sacristán?
José Sarrión.- La herencia de Sacristán se encuentra en varios lugares. Por un lado, su obra sigue creciendo cada año. Gracias al increíble trabajo de Salvador López Arnal, cada año recuperamos materiales inéditos. Hace poco publicamos el tercer volumen de Filosofía y metodología de las ciencias sociales (Montesinos, 2025), que incluye por primera vez la transcripción de sus clases del curso 1981-1982 en la Universidad de Barcelona. Es un material excepcional que permite acceder al Sacristán profesor en acción. Esperamos poder publicar el cuarto volumen este año. Por otro lado, cada vez hay más tesis, artículos y seminarios sobre su obra. El año de Centenario ha acogido más de medio centenar de actividades descentralizadas, de todo tipo. Desde Universidades hasta sedes de partidos políticos, como la del PCE-Langreo que ha dado lugar a esta entrevista. Y por supuesto, quedan sus lecciones. El ecofeminismo, el ecologismo político, el pacifismo, el antimilitarismo actuales beben, muchas veces sin saberlo, de intuiciones que Sacristán desarrolló hace cuarenta años. Sacristán encarnó el ideal de intelectual comunista sin subordinación acrítica a línea política alguna. Su independencia de criterio, su capacidad autocrítica, su exigencia de rigor y veracidad como cualidades revolucionarias, son una herencia ética que sigue interpelándonos. En un momento de redes sociales que invitan a la simplificación, la figura de Sacristán nos recuerda que la militancia, si se practica bien, exige estudio, rigor, honestidad y, sobre todo, pensar con cabeza propia. Como él mismo escribió en una frase que me sigue emocionando: “hay que aprender a vivir intelectualmente y moralmente sin ninguna imagen o concepción redonda y completa del mundo y del ser”. Eso no es debilidad, es madurez.


