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Sobre el liderazgo presidencial y la eventual profundización del proceso revolucionario

Fuentes: Rebelión

La enorme presencia que tiene el presidente Chávez en la vida de la nación, es una consecuencia no sólo de su sentido político y de su natural liderazgo, de su capacidad para conectarse con las necesidades de los más humildes, es consecuencia también, en una búsqueda de razones más bien «nacionales», de la crisis de […]

La enorme presencia que tiene el presidente Chávez en la vida de la nación, es una consecuencia no sólo de su sentido político y de su natural liderazgo, de su capacidad para conectarse con las necesidades de los más humildes, es consecuencia también, en una búsqueda de razones más bien «nacionales», de la crisis de legitimidad de todas las instituciones de la cuarta república, de los fundamentos económicos y políticos que en su momento le dieron viabilidad histórica a una democracia de pactos copulares.
 
Lo que se empezó a gestar después del llamado viernes negro de 1983, luego la revuelta popular del 27 de febrero de 1989, las medidas de ajuste neoliberal en los gobiernos de Herrera Campíns, Lusinchi, CAP y Rafael Caldera. Los golpes de estado de 1992, el desplome de los partidos dominantes, de la propia política y del Congreso, la crisis bancaria de 1994, todo el conjunto de protestas populares que ocurrieron en la década de los noventa, incluso las respuestas parciales que dio el establecimiento de la cuarta ante el naufragio, como el inicio del proceso descentralizador o la salida del poder de CAP propiciada por su propio partido, las elecciones y sus resultados de 1998, etc, obedecen a este imperativo. El desgaste político que inevitablemente estaba padeciendo la democracia de Punto Fijo.
 
En ese escenario de ausencia de referentes sociales y políticos surge la figura de Hugo Chávez. Los liderazgos personalistas y carismáticos no «aparecen» en medio de una relativa estabilidad institucional y política, con partidos legítimos, etc., eso debe estar claro. Es muy probable que si Chávez hubiera nacido veinte años más temprano que en el año en que efectivamente nació, su historia, y en consecuencia la del país, sería en parte distinta. También es probable que si el modelo de Punto Fijo no hubiera entrado en crisis a partir de los años ochenta, Chávez de pronto seguiría siendo militar, y para llegar a ser general, hasta haya tenido que aceptar posar de simpatizante de Acción Democrática o de COPEI, o del MAS de Teodoro Petkoff. Pero las cosas transcurrieron de otro modo.
 
Dentro de esa centralidad del liderazgo de Chávez, su discurso es una de las expresiones más contundentes. No es como dicen los analistas políticos que se levantan demasiado temprano para ir a Golobovisión, a sostener que el país vive una hora menguada como resultado de alguien que se limita a hablar paja en cadena de radio y televisión. Es esa retórica, en el buen sentido que tiene la palabra, la que ha logrado cambios en verdad impresionantes. Su palabra ocupó el espacio que los partidos abandonaron, de los sindicatos, de las leyes, de las instituciones, del inútil funcionario del Estado, etc. Porque no se trata en este caso de un discurso en el vacío, se trata de uno que funciona relacionándose con una sociedad que demanda precisamente este tipo de mensajes, en el contexto de un Estado debilitado particularmente por las reformas neoliberales de la década de los ochenta y noventa. Llama la atención que todos los procesos populares que han rematado con la instauración de gobiernos en general de izquierdas en América Latina, con la intensidad que representa cada caso nacional, sigan este mismo patrón centrados en el surgimiento de liderazgos personalistas y producción de discursos que fungen además como practicas que encarnan aspiraciones populares siempre pospuestas.
 
 
Una de las consecuencias que ha tenido para Venezuela, es que su discurso ha propiciado, si bien con dificultades, la construcción de nuevas instituciones. Desde la aprobación de la Constitución de 1999, asistimos a un proceso de institucionalidad social que en buena medida busca satisfacer las demandas insatisfechas por décadas, al tiempo en que nucleó a la mayoría de la nación, en torno a unos símbolos necesariamente ambiguos y a un proyecto político que todavía esta en construcción. Me refiero al discurso visto como la «anatomía del mundo social», como enseña Ernesto Laclau.   
 
También ese discurso logró identificar a sus adversarios, «a los enemigos del pueblo», escuálidos, oligarquía, cúpulas podridas, imperialismo, capitalismo, pitiyanquis, burguesía.  Sin esta operación que extraña algún tipo de expulsión, jamás se hubiera creado «el pueblo chavista», desde el enfoque que maneja Laclau para examinar las experiencias típicamente populistas. De ahí que no solamente se han establecido nuevas instituciones, empezando por la Constitución Bolivariana, también formaciones más allá del Estado nacional venezolano, como Telesur, Pretrosur, El ALBA, en conjunto con otras naciones de la región, ha ayudado a crear, por último, al pueblo chavista, el único sujeto posible, en palabras de Laclau, dentro de las lógicas articulatorias populistas. En este sentido, no es posible desdeñar el papel central de su discurso.
 
Pero sucede que el momento populista es eso, un momento de rearticulación que supone la conformación de una específica comunidad política, en este caso, el chavismo, como lo fue en su momento el peronismo en la Argentina, o más cercano a nuestras experiencias ocurridas entre 1945 y 1948, el pueblo adeco. La perversión comienza cuando se pretende, desde las altas esferas de la nomenclatura bolivariana, cimentar un liderazgo para eternizarlo hasta el final de los tiempos. Como se dijeron algunos intelectuales en el evento organizado por el Centro Internacional Miranda, la permanencia de esta situación puede ser perniciosa para el proceso. De lo que se trata es de dotar a la Revolución Bolivariana de una «dirección colectiva» que garantice en este trance crucial de la nación, la viabilidad de una sociedad poscapitalista en condiciones diversas.
 
Aunque este último problema sobre el escenario en que se gesta la revolución venezolana ofrece múltiples aspectos, se mencionan aquí apenas dos: el proceso bolivariano se contextualiza, y esta característica es severamente condicionante de los alcances del propio proceso, como el primer experimento histórico que pretende, luego del derrumbe del socialismo real, la edificación del socialismo. El otro aspecto tiene en parte relación con el primero, la revolución venezolana transcurre en medio de una ausencia de alternativas teóricas producto natural del agotamiento de los grandes relatos que buscaban resumir toda la experiencia histórica al tiempo en que se atrevían a plantear posibles escenarios de desarrollo.                                                                                                            
 
Pero volviendo sobre la marcada presencia del liderazgo del presidente, el cuestionamiento que se viene haciendo apunta al problema del incremento del culto a la personalidad, esto no es sólo una preocupación expresada en nombre de llamados más bien abstractos. El punto es que el culto a la personalidad y el asfixiante personalismo político inciden sobre la marcha y los alcances del proceso revolucionario. Ahora se tiene la certeza de que, por ejemplo, algunas gestiones en los ministerios han terminado por hacer orientar sus esfuerzos concentrándose exclusivamente en las demandas del compañero Chávez. En consecuencia, parece inevitable que las áreas en las que el ministerio debería atender queden relegadas, producto de la permanente emergencia que generan los requerimientos presidenciales.
 
Afecta también la capacidad de respuesta que pueda producir el gobierno revolucionario, en la medida en que mientras más marcada sea la impronta personalista, la relación que establece Chávez con el funcionariado de las instituciones estará penetrada por claros elementos de subordinación que poco tienen que ver con el reconocimiento al liderazgo que Chávez ejerce sobre la conducción del proceso. El resultado de unas relaciones signadas por esa sumisión acrítica, en el marco de acciones que profundizan el culto a la personalidad, generan la producción casi espontánea de adulantes profesionales, tan hábiles en su cometido por ocupar cargos de responsabilidad, como incompetentes en las tareas que se les encomiendan. Es claro que esta es una de las causas del incremento de la ineficiencia administrativa. Lo más preocupante es que si se hace dominante el criterio de la lealtad irracional hacia un individuo, quien quiera que este sea, gradualmente esta dinámica podría terminar por desplazar a los «revolucionarios» dentro del liderazgo del proceso, sustituidos sucesivamente por la «derecha endógena».   
                     
La revolución bolivariana, como se ha dicho, está en una encrucijada, cabe esperar que todos, con voluntad revolucionaria, incorporemos los urgentes correctivos en la dinámica de nuestro hermoso proceso.