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Todos somos Chávez

Fuentes: Rebelión

Alguna vez (y todas las veces) muchos pueblos han dicho Todos somos el Che; como también la aplicación de sumar el Todos a un líder ha involucrado a Martí o a Fidel. La idea de liberación es una necesidad humana y persistirá mientras la forma de poder dominante se instaure sobre la dignidad de la […]

Alguna vez (y todas las veces) muchos pueblos han dicho Todos somos el Che; como también la aplicación de sumar el Todos a un líder ha involucrado a Martí o a Fidel. La idea de liberación es una necesidad humana y persistirá mientras la forma de poder dominante se instaure sobre la dignidad de la mayoría. Y en esa búsqueda es normal que los pueblos reconozcan (y sumen sus esperanzas) a sus líderes. Hoy, como ayer lo fue Simón Bolívar, las mayorías latinoamericanas tenemos la necesidad histórica de asumir que Todos somos Chávez.

Explicar el caso Chávez desde Europa (continente donde me encuentro) no es tarea sencilla; por estos lados los medios de comunicación siembran tópicos que dificultan la comprensión de la realidad venezolana y latinoamericana en general. Lo más simple es creer que Chávez es un tirano (que supuestamente está legalizando su dictadura, como en si muchos países del llamado primer mundo los mandatarios no pudieran reelegirse indefinidamente) o que afirmaciones como las sostenidas en este artículo sólo pretenden elevarlo al sitial de los mitos. Quienes nos subestiman aseguran que, por razones de subdesarrollo, siempre andamos buscando un Mesías. Pero, ¿cómo hubiese sido interpretada la decisión del Primer Ministro italiano, Silvio Berlusconi, de incorporar patrullas de ciudadanos a la vigilancia de las calles si éste fuese un gobernante latinoamericano? ¿No le hubieran etiquetado de fascista, de populista, de dictadorzuelo?

Silvio Berlusconi es un caudillo conservador que está opacando la luz de Europa; Hugo Chávez es un líder que representa la fuerza histórica de una América Latina que exige ocupar un lugar de respeto en el mundo. Para cierta clase de intelectuales (como Mario Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza) es más cómodo cuestionar (y distorsionar con la palabra maquillada) el liderazgo de Chávez que el cantinflesco mandato de Berlusconi. Nunca he leído que uno de estos señores escribiera que «América somos todos» (los nacidos en América). En cambio, se suman a quienes con orgullo atribuyen la americanidad a un grupo determinado del norte. Posturas similares practican los grupos conservadores instalados en Latinoamérica. Y ellos, lo que hoy defienden, es su visión (con dividendos incluidos) elitista de la realidad.

El tema de Hugo Chávez seguirá dando material de estudio. No obstante, en lugar de analizarlo desde la mirada de la subestimación, antes sería importante revisar (hasta lo más profundo de la poderosa historia ancestral) las múltiples realidades americanas de los latinoamericanos (valga la reiteración). Algún día habrá que discutir (en una mesa distinta a la de la ONU) la historia (y los paradigmas) del sistema global. Habrá que preguntar si el tercer mundo está en la gestión comunitaria del 23 de enero (barrio de Caracas) o en la playa de Nápoles (Italia) donde un buen día del año 2008 los bañistas siguieron tomando el sol frente a los cadáveres de dos niñas gitanas arrojados en la arena.

El sol no se puede ocultar con un dedo. Será inútil negarle el derecho libertario que está batallando la América revolucionaria. Será necio que algunos señores continúen pensando que sólo se pelea un asunto de hambre. Nuestra lucha es diversa y hermosa. Bien sabido es que en nuestros países hay recursos naturales que nos hacen poderosos; pero también es un hecho demostrable la fuerza trabajadora (y cósmica) que brilla en cada latinoamericano. Quien lo dude sólo debe preguntarse ¿cuántos Pelé y Maradona andarán jugando fútbol por las calles de Brasil o de Argentina? ¿Y cuántos Gabriel García Márquez estarán escribiendo sus macondos dentro de cualquier pensión de mala muerte? ¿En cuántos callejones cantarán sus canciones los nuevos Oscar D’ León, Rubén Blades y Fito Páez? ¡Todos somos Mario Benedetti, Chico Buarque y Silvio Rodríguez! Y sería injusto (y absurdo) pensar que la grandeza de estos personajes se debe a que emigraron, cuando todos los casos citados (y muchos otros) fueron paridos (y formados) en el corazón del barrio latinoamericano, con la improvisación que se aprende a punta de necesidad. Arte innato que también utiliza cualquier Mama Pancha (como cantó Alí Primera) cuando distribuye su sabrosa y poderosa comida para toda la familia, los 365 días del año. Y se come (en los barrios) con las puertas abiertas por si algún vecino tiene hambre. Y alcanza. He ahí el recurso espiritual que emerge de la América cósmica, en tiempos cuando en los países industrializados se impone la crisis (de la banca) y, en lugar de aprender de las viejas heridas de la historia, sectores xenófobos promueven la intolerancia y la mezquindad. Pues, en tiempos de egoísmos, en los barrios latinoamericanos: ¡Todos somos Mama Pancha!

Con acierto pudiera afirmar que Todos somos los obreros extranjeros que durante décadas levantaron el bienestar de la construcción en España y ahora (cuando hay crisis) los quieren expulsar; lo mismo me nace decir que Todos somos el brasileño que en 2005 fue asesinado por la policía de Londres cuando lo confundieron con un terrorista; pero es que también Todos somos los mexicanos que saltan (y caen) el muro. Y los puertorriqueños que viven para la independencia. Y los cubanos que siguen (por siempre) dando ejemplo de dignidad. Igual Todos somos haitianos, centroamericanos, andinos y del sur. En español vale la pena gritar Todos somos brasileños. Y englobando más aún la historia y la solidaridad digo que Todos somos los cientos de africanos que día a día mueren en el mar intentando llegar (en pateras) a Europa. Todos somos Madre África. Todos somos trascendencia Árabe. ¡Todos somos los sin papeles del sistema de consumo! ¡Todos somos esclavos modernos en rebelión!

Sin embargo, en este momento histórico cuando el milenario proyecto de deshumanización avanza a pasos de monstruo insaciable, se hace necesario (y estratégico) asumir que Todos somos Chávez. Y en torno a su liderazgo debemos activar las otras luchas: la educativa, la cultural, la artística, la científica y todas en clave popular. Esta debe ser la hora de los inconformes, de los que siempre hemos creído en el derecho a la resistencia, de los que aprendimos a caminar (de lado y con los ojos cerrados) por los subterráneos; de los miserables, de los malditos que aún siendo malditos cuidamos el brillo de la vida.

Una vez un pueblo prefirió a Barrabás que a Jesús y todos fueron Barrabas; tiempo después, otro pueblo fue Páez y Santander y dejó de ser Francisco de Miranda y Simón Bolívar. Hoy, Hugo Chávez (y cada ciudadano de la Pacha Mama) tiene el deber de interpretar que sólo concretaremos el triunfo popular cuando podamos afirmar que Todos somos revolución.

Y entonces el mundo conocerá la América cósmica.