Mirar a Trump y sus propuestas invita a un diagnóstico que no supera la apariencia. De este modo, se nos presenta unas veces como un infatigable pacifista (guerra de Ucrania) mientras que otras es el colaborador de un genocidio (Palestina). También pretender hacer grande América a costa de fastidiar a sus vecinos (Groenlandia, Canadá, México o Panamá); traiciona a sus aliados tradicionales (Unión Europea); emprende una cruzada contra el estado profundo o se muestra bravucón y malote (muro, cúpula dorada). Todas son expresiones de su naturaleza ambigua y confusa.
Pero Donald Trump, su política, el equipo que la diseña y que la lleva a cabo, los intereses que defienden y las personas que se sienten representadas por todo ello, en definitiva el trumpismo, no son una casualidad histórica. Tampoco creemos que haya un designio sobrenatural al respecto (muchos piensan que Dios perdonó la vida a Trump para hacer algo importante). A riesgo de parecer deterministas, nuestra propuesta consiste en comprender este fenómeno en su vinculación con la sociedad en la que se desenvuelve y de la que forma parte.
Donald estudió economía en el marco de una familia de capitalistas del negocio de las inmobiliarias y la construcción. Además de gestionar ese capital, participó durante varios años en un programa televisivo. A pesar de su religiosidad, su carrera empresarial y su vida privada han estado salpicadas por el escándalo, al punto de ser el único presidente condenado por un tribunal de justicia. Forbes lo sitúa en el club de los milmillonarios desde hace más de diez años. Pertenece a esta casta de capitalistas metidos a políticos (Berlusconi, Bolsonaro, Macri, Piñera, Novoa, Fox o Sunak) a la que poco se reprocha el conflicto de intereses.
Con esta biografía resulta difícil no situarlo como un producto del capital norteamericano. Pero más allá de que él personifica una porción de este capital, sus principales colaboradores son capitalistas o ideólogos del capitalismo, también sus promotores.
El apoyo más visible está formado por la élite empresarial tecnológica del Silicon Valley (Musk, Vance, Zuckerberg, Bezos, Altman, entre otros); también la de la industria petrolífera, el armamento, la automoción, el sionismo o el agro, entre otros. En su ideario, relacionado con el ultraconservador Proyecto 2025 (encabezado por la Heritage Foundation, lobby negacionista del cambio climático que financian las petrolíferas) y el movimiento neorreaccionario (Nrx, de intelectuales críticos con la Ilustración) de ahí su reclamo del antidemocratismo, la supremacía blanca, la aristocracia, etcétera; la última de esta Ilustración oscura es acabar con la constitución americana proponiendo la dictadura de Trump. Una mezcla de capitalismo imperialista, tecnologismo y ultrarreaccionarismo.
Tras el ataque al regulacionismo globalista que pone en el centro al sector público emerge el autoritarismo tecnorreaccionario. Pero el apoyo de la clase capitalista no es unánime. Su enfrentamiento con el Estado profundo revela la lucha dentro de la propia clase capitalista, en la que se mezclan aspectos tecnológicos, económicos e ideológicos. La misión del Departamento de Eficiencia Gubernamental, DOGE, que dirige Musk, es limpiar el aparato del Estado, no eliminarlo. Otro de los aspectos que expresan esta lucha intercapitalista es la propuesta de la aplicación de la inteligencia artificial a la gestión de las actividades económicas (públicas y privadas) y la sustitución de la regulación estatal por las reglas algorítmicas adecuadamente programadas -eso sí- por ellos. Igualmente tiene detractores en el mundo de las finanzas (Soros, JP Morgan, Reserva Federal).
Además, la victoria electoral de Trump no puede explicarse sin la colaboración de una buena parte de las clases trabajadoras (asalariados y autónomos) ascendentes, que tienen patrimonio y sueldos elevados y esperan de Trump la bajada de los impuestos. A las que se suman una parte de las clases trabajadoras descendentes, cuyo nivel de vida se ha venido deteriorando (salarios reales estancados, empleos precarios) y que confían en ser incluidas en el MAGA (menor emigración, expulsión de emigrantes ilegales, relocalización de fábricas, mantener a raya a las minorías). Para ello ha sido necesario el despliegue mediático, TV y redes sociales, que acompaña a Trump, más allá de que la propia subjetividad (hombre de negocios, charlatán) lo conviertan en buen encantador de serpientes que vende el viejo crecepelo del sueño americano.
En cualquier caso, Trump es el portavoz del representante político del capital total de la sociedad estadounidense. Esto no es óbice para que si este capital total encontrase una limitación en este personaje mañana surgieran las condiciones para dejarle a un lado.
Y es que el capital estadounidense no está solo en el mundo. La acumulación mundial sobre la que se erige la geopolítica internacional y sus bloques, reúne y entrelaza a los distintos capitales nacionales mediante las cadenas globales de valor.
Los cambios en los procesos de trabajo (robotización, digitalización, automatización, entre otros) van determinando una nueva división internacional del trabajo que es la base de esta acumulación de capital donde el capital americano va quedando rezagado en el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, por tanto en su competitividad, reduciendo así su apropiación del plusvalor mundial y su capacidad para acumular.
Así, por fuerte que sea, está relacionado bajo formas colaborativas y competitivas, diplomáticas o rudas, etc. Esta compleja red global de cadenas de valor en que consiste la acumulación mundial de capital, aparece como competencia en torno a: fondos monetarios, suministros de medios de producción (materias primas, auxiliares, productos semielaborados o maquinarias), movimientos de la mano de obra (tanto por repulsión como por atracción), mercados donde se venden los productos, productos que muchas veces son medios de producción de otros procesos de otros capitales de otros países, las vías de comunicación y transportes por las que transitan. Incluso la situación y localización de un país, por su importancia en el tráfico de las mercancías o para la defensa y garantía de la seguridad de todo lo anterior, pueden convertir a países en colaboradores o competidores, en aliados o enemigos.
Entre los capitales emergentes, y sus diversas combinaciones, bloques o grupos, unas veces temporales y otras más duraderos, el capital chino destaca en su expansión, señalándose como el principal rival del hegemón yankee. Pero no es el único, de ahí el multipolarismo del orden capitalista que parece vislumbrarse, destacando además Rusia (potencia militar), el resto de BRICS+ (Brasil, India, Sudáfrica, entre otros) así como la Unión Europea, la OTAN, el G-7, etc.
Aunque el enemigo principal es China, su debilitamiento puede pasar por atacar a sus aliados y socios (Irán, Sudáfrica), y por fortalecer a sus competidores; también vale el acercamiento amistoso a los colaboradores de China para que reduzcan esta colaboración (Rusia, India). En realidad, cualquier país puede ofrecer interés para el capital americano y, por tanto, ser objeto de su imperialismo agresivo, de ahí la guerra comercial contra todos. Forzando a los distintos países o bloques a establecer relaciones de uno a uno donde hacer valer su fuerza con el propósito de extraerles el máximo valor (recursos naturales, privilegios de paso por lugares estratégicos, mercados garantizados, etcétera). Las posibilidades de esta línea de acción descansan en el chantaje y la fuerza.
Desde el punto de vista de la competencia con China y el estrechamiento de la brecha abierta en los últimos veinte años, el capital norteamericano requiere que el gobierno de USA potencie un intenso crecimiento y elevada rentabilidad. America first! Para lo cual necesita apropiarse de más, mucho valor. Para ello tiene dos vías.
En primer lugar, procurar la afluencia de valor desde el exterior, bien exportando más que importando (aranceles, guerras comerciales), bien sustrayendo recursos del exterior (acuerdos como el de las tierras raras o infraestructuras energéticas de Ucrania, o convertir Gaza en un gran resort hotelero). Las exportaciones exigen, en última instancia, mejorar los precios previo avance en la productividad. De modo que el recurso más inmediato que le queda al capital americano, para extraer valor del resto del mundo, es acentuar el carácter depredador de su actividad económica (monetizando inversiones caso de la guerra de Ucrania, amenazas de ocupación como Panamá, anexionando áreas como Groenlandia, bombardeando como en Yemen, entre otras posibles).
No obstante, la principal fuente para reducir la brecha con China sigue siendo el crecimiento endógeno del capital americano, lo cual está precedido de una fuerte inversión que haga multiplicar la producción y la productividad. Pero esto supondría tensionar la sociedad estadounidense. Primero, el aumento de la productividad exige cambiar el aparato productivo así como el recurso a intensificar la explotación de la propia fuerza de trabajo (alargar jornadas, aumentar intensidad, o reducir salarios). Luego, el incremento en la formación bruta de capital restaría la expansión del gasto interno (público y privado) con lo que se resentirían el bienestar de la mayor parte de la población (consumo y servicios públicos).
En ambos casos, menos gasto interior y más explotación laboral, contribuirán a poner en peligro la promesa trumpista de frenar el deterioro del nivel de vida del americano medio, o sea el MAGA de la clase obrera. Que si, además, Trump acompaña de su genuina política de dividirla enfrentando a mujeres y hombres, nacionales y extranjeros, blancos y negros, entre otros, las condiciones para una protesta social estarán servidas.
Ante el posible avance de esta contestación, el trumpismo recrudecerá la represión interna. De hecho ya ha empezado, como muestran las deportaciones de residentes legales por motivos políticos (caso del estudiante Khalil por liderar las protestas en favor de Gaza) o el intento de silenciar y socavar la autonomía universitaria mediante los recortes presupuestarios. La represión interna es la otra cara de la agresividad externa del imperialismo norteamericano en declive.
Las actuales condiciones de la acumulación, es decir los cambios en la materialidad de los procesos productivos y la nueva división internacional del trabajo que de ellos se derivan, están dando pie a una competencia entre capitales en la que la hegemonía americana aparece cuestionada. La respuesta del representante político del capital total estadounidense adopta la forma de políticas depredadoras cada vez más agresivas para acelerar el crecimiento de este capital mediante la apropiación de más valor. Tanto en el exterior, donde se imponen pérdidas patrimoniales al resto de países sobre la base de imponer su mayor fuerza (económica y militar), como en el interior donde es sacrificado el bienestar de los sectores populares en pro de generar las condiciones de una masiva inversión. En ambos casos, dichas políticas, es probable que vengan acompañadas de importantes resistencias bajo la forma de competencia entre capitales, guerras entre países y luchas entre clases sociales, para lo que será necesario implementar mecanismos de dominio y represión, abriéndose así un período convulso de agudización de tensiones de resultado incierto. Cuando las fuerzas políticas tradicionales defensoras del capital han agotado su capacidad de expresar la expansión capitalista, la ultraderecha es el último muro de contención. Ese es el significado del trumpismo y eso es lo que personifica Trump, el líder de la ultrarreacción mundial.
Ahora los partidarios de ¡la humanidad primero! tienen algo que decir: cuestionar el capital como relación social que organiza la sociedad, desarrollar las fuerzas productivas del trabajo a través de la centralización, avanzar en la socialización de los medios de producción, planificar la economía norteamericana, defender la paz y los derechos sociales, unificar las luchas de los trabajadores, operar para que se extienda la conciencia que haga posible todo lo anterior, son algunas posibilidades de las clases trabajadoras americanas. Veremos.
Pedro Andrés González Ruiz es autor del blog Criticonomia
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