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Trump no improvisa

Fuentes: El tábano economista [Imagen. Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa de EEUU]

«Para preservar la paz, debemos ser capaces de ganar la guerra en los términos en los que el adversario decida librarla.» (Elbridge Colby)

Esta frase, fría y calculadora, no es de Donald Trump. Pertenece a Elbridge Colby, un estratega de gabinete cuyo nombre resuena en los pasillos del Pentágono actual con la reverencia que se tenía a Kissinger en los 70. Encapsula con precisión quirúrgica el alma de la presidencia de Trump. Una operación milimétrica disfrazada de espectáculo caótico. La percepción pública ve un péndulo de bravuconadas, decisiones aparentemente espontáneas y una política exterior que navega sin brújula. Suponer esta idea es un error de perspectiva monumental.

Lo que se observa no es improvisación, sino la ejecución, rústica y efectista para las cámaras, de un manual de geopolítica escrito mucho antes de su regreso a la Oficina Oval. Un libro llamado “La estrategia de la denegación (The Strategy of Denial)”, operativizado en los documentos “Estrategia de Seguridad Nacional 2025” y “Estrategia de Defensa Nacional 2026”, e ideado en el think tanks de la derecha,  Heritage Foundation  «Project 2025». Trump no es el autor, es el contratista estrella y está siguiendo los planos al pie de la letra.

La piedra angular de todo este edificio es Colby y su tesis central. Estados Unidos tiene un solo interés vital existencial, evitar a toda costa que China logre la hegemonía sobre Asia y, por extensión, sobre Eurasia. No se trata de exportar democracia, de ganar corazones y mentes o de un orden liberal. Es pura y cruda geopolítica de tablero de ajedrez. Si China domina la región económica más dinámica del mundo, tendrá la llave para excluir a EE.UU. de los mercados globales.

Para evitarlo, Colby prescribe la “estrategia de denegación”. Imaginemos que China decide invadir Taiwán. La estrategia tradicional de “castigo” implicaría represalias masivas después de que la invasión ocurra. La “denegación” es diferente: consiste en tener desplegadas de antemano tantas y tan letales capacidades militares —submarinos, misiles, redes de drones— que el mero cálculo militar chino concluya que la invasión es imposible de completar. Se disuade haciendo la victoria inalcanzable, no la represalia temible.

Pero aquí viene el verdadero objetivo, el que revela el cinismo maquiavélico del plan: la defensa de Taiwán no es por Taiwán. Es por Japón, por Filipinas, por Australia. Colby argumenta que si Taiwán cae la credibilidad de las garantías de seguridad estadounidenses se evaporará. Los aliados, pragmáticos, se subirán al carro del ganador, China. La coalición antihegemónica en el Pacífico se desintegraría como un terrón de azúcar. Por tanto, todo se subordina a este teatro. Y como los recursos son finitos, surge el mandato cardinal: Asia es la prioridad absoluta. Europa debe defenderse sola de Rusia. Medio Oriente es una distracción que hay que “gestionar” o neutralizar. EE.UU. no puede pelear en dos frentes contra grandes potencias. Esta es la primera gran directriz que Trump ha traducido a hechos.

¿Y cómo se logra esta “denegación” de manera sostenible? Aquí entra el segundo pilar: la “estabilidad estratégica”, un concepto que suena a jerga de la Guerra Fría y lo es. En el lenguaje de la Estrategia de Defensa Nacional 2026”, significa crear una situación donde nadie tenga incentivos para lanzar un primer golpe nuclear, pero donde la amenaza de una respuesta abrumadora sea tan creíble que disuada cualquier agresión menor. Es “paz a través de la fuerza”, pero no como un eslogan vacío, sino como una ecuación matemática de disuasión. Esta lógica bebe directamente del “equilibrio de poder” de Henry Kissinger y de la fría “razón de Estado” de Richelieu. No hay lugar para el idealismo. Se trata de intereses, de poder, de cálculos racionales.

Ahora, desplegar esta fuerza requiere una base material colosal. He aquí donde la política económica deja de ser economía y se convierte en logística de guerra. La NSS 2025 y la NDS 2026 no separan la seguridad nacional de la vitalidad económica; son la misma cosa. Los aranceles masivos, el “America First”, la obsesión por la reindustrialización y la independencia energética no son meras consignas para ganar votos en el Rust Belt. Son los cimientos de la estrategia de denegación. Colby lo dice claro. No puedes defender Taiwán si dependes de China para los microchips, las baterías o los minerales críticos. No puedes sostener una guerra de alta intensidad en el Pacífico si tu industria naval está oxidada y tu cadena de suministro de municiones pasa por Asia. La economía es, en palabras de los documentos, “el anclaje definitivo” del poder militar.

Con este manual en la mano —Colby para la teoría, Heritage para el plan de acción detallado y los documentos NSS/NDS para la ejecución oficial—, cada movimiento de Trump o de su entorno adquiere una coherencia feroz. Lo que parece un capricho o un tuit iracundo es, con frecuencia, la aplicación de un artículo específico del guion.

Tomemos el “abandono” de Europa. Las exigencias de que la OTAN eleve su gasto al 5% del PIB, la retórica beligerante hacia Alemania, la sugerencia de que Ucrania negocie, no son broma. Son la aplicación literal del mandato de Colby: “Europa debe ser el primer interviniente en su propia defensa”. Liberar recursos —tropas, buques, aviones, atención— para desplazarlos al Indo-Pacífico. El “Orden Internacional basado en reglas”, piedra angular del liberalismo de posguerra, es desechado en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 por ser una “abstracción”. En su lugar, se imponen acuerdos bilaterales transaccionales. Tú me das algo concreto (bases, dinero, recursos), yo te doy protección. Un realismo despiadado y puro.

Observemos el hemisferio occidental. La retórica incendiaria sobre inmigración y narcotráfico, el despliegue masivo de tropas en la frontera sur, las acciones contra cárteles en México y la reafirmación de una Doctrina Monroe actualizada —el “Corolario Trump”— no son solo para la galería doméstica. La Estrategia de Defensa Nacional 2026” declara que ésta comienza en el propio territorio y en su “patrio trasero”. Un hemisferio inestable, penetrado por potencias extracontinentales (léase China), es una vulnerabilidad inadmisible cuando tu atención está puesta en el Mar de China Meridional. Hay que asegurar el patio, militar y políticamente, para proyectar poder sin distracciones hacia Asia. Cada deportación, cada muro, cada presión a gobiernos latinoamericanos se inscribe en esta lógica de fortificación del bastión continental.

Miremos la obsesión con Irán y el intento de “neutralizar” su programa nuclear. No es un nuevo Irak. Es la aplicación de la regla de “reducir distracciones estratégicas”. Medio Oriente ha sido un pantano que ha consumido sangre y tesoro estadounidense por décadas. Para Colby y los estrategas de la NDS 2026 es un teatro secundario que debe ser, como mínimo, silenciado. Un Irán sin bomba es un problema menos, pero con misiles hipersónicos, no es una variable controlada que permite desviar portaviones y satélites espías hacia el estrecho de Taiwán.

Y en el ámbito doméstico, el rompecabezas termina de encajar. La purga burocrática impulsada por el Project 2025, el desmantelamiento de regulaciones ambientales, la orden de “desatar” la producción de petróleo y gas, la inversión de un billón de dólares en la base industrial de defensa (Groenlandia) no son política partidista tradicional. Son la creación de la máquina de guerra que la estrategia de denegación requiere. Una economía hiperprotegida, autosuficiente en energía y capaz de producir misiles y submarinos a escala de guerra mundial. La “seguridad económica” de la que habla la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 es, en realidad, la movilización industrial para una confrontación prolongada.

Por tanto, cuando se ve la totalidad del cuadro, la ilusión del caos se disipa. El aumento del gasto de la OTAN al 5% del PIB, la salida de acuerdos climáticos y de salud global, el acoso comercial a China, la militarización de la frontera, el giro transaccional con los aliados, el silenciamiento forzado de Medio Oriente… cada una es una pieza de un engranaje diseñado para un solo fin: negar a China la hegemonía asiática, cueste lo que cueste en términos de alianzas tradicionales, orden global o estabilidad en otros teatros.

Trump no improvisa. Es el ejecutor, voluble y camorrista, de una visión estratégica profundamente reaccionaria, realista y fría. Una visión que, renunciando al liderazgo global basado en valores, aspira a conservar la primacía mediante la fuerza concentrada y el cálculo despiadado. Este “método” puede crear una paz dura, fría e inestable, pero también un mundo más fracturado, armado y peligroso, donde la diplomacia es rehén de la lógica de la guerra y donde el margen para el error estratégico se reduce a la tenue luz de un misil hipersónico. La denegación, en su búsqueda de evitar una gran guerra, podría estar encendiendo la mecha de mil conflictos menores. Y en ese juego, como bien sabe Colby, siempre existe el riesgo de que alguien, en algún momento, decida librar la guerra en sus propios términos.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/02/08/trump-no-improvisa/