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Entre la globalización y el proteccionismo: el capitalismo en la era del estancamiento

Trumponomics: ¿hacia un régimen de acumulación neoimperial corporativo-estatal tecnoreaccionario?

Fuentes: Viento sur

En esta fase capitalista en crisis, coincidiendo con el declive de la hegemonía estadounidense, la violencia de la administración Trump ha roto el marco sociohistórico de la globalización multilateral librecambista.

El Gobierno de EE UU trata de constituir unilateralmente, mediante la fuerza y el chantaje, nuevas reglas para sí, sus vasallos y las colonias que aspira conquistar, con el objeto de conservar su poder imperial, cuanto menos en el continente americano y sobre Europa, ante el sorpasso de potencias emergentes. 

1. El león que se cree acorralado es más peligroso

Tras un primer mandato, Trump, representante del poder corporativo privado, grandes tecnológicas y grupos ultraconservadores autoritarios, ha vuelto al poder y puesto en marcha su programa de máximos, plasmado en su Estrategia de Seguridad Nacional, tanto contra el enemigo interior como contra sus adversarios extranjeros. En un mundo multipolar geopolíticamente tenso, EE UU persigue afianzar la hegemonía del dólar, ampliar el espacio vital del imperio económico y territorial yanki y apropiarse de los recursos de otros países para su proyecto neoimperial y tecnoindustrial. 

Tras romper los más básicos principios del derecho internacional contra autoridades internacionales, atentando contra numerosas personas y varios países, se ha abalanzado sobre Venezuela –con una intervención militar que incluye el asesinato de 80 personas y el secuestro del presidente Maduro– chantajeando para que el país caribeño proporcione petróleo a EE UU a cambio de no repetir la injerencia. Trata de evitar el aprovisionamiento de Rusia y China, y socavar el proyecto del nuevo sistema de pagos y moneda de los BRICS. Trata de evitar que el petróleo se transaccione en euros o yuanes, mucho menos en el petro [criptomoneda venezolana ya desaparecida]. Aplica una política de promoción de la guerra genocida, como en Palestina, y desestabilización permanente, para imponer pacificaciones con condiciones unilaterales, de caótico resultado, que beneficia los intereses de los ultrarricos que le respaldan. En Ucrania, prosigue una guerra que puede arrastrar a Europa a una espiral militarista a beneficio del complejo industrial-militar estadounidense y de determinadas empresas militares europeas. A escala interna, se ha caracterizado por la desobediencia constitucional que persigue crear un poder constituyente totalitario, ilegal e ilegítimo. Se trata de un síntoma de desesperación que siembra adversarios a todas las escalas, durante un periodo de incierta duración donde están surgiendo nuevos monstruos, que emanan de una racionalidad depredadora. 

Dicho lo anterior, a modo de contexto, en esta contribución nos fijaremos en los aspectos ligados a la economía política del trumpismo.

2. ¿Qué son y como surgen las Trumponomics? ¿Son un cisne negro?

EE UU, desde la caída del Telón de Acero y hasta ahora, era la economía que lideraba el mundo casi sin contestación. Sin embargo, al menos dos fenómenos amenazan, aunque sea a fuego lento, ese liderazgo. 

El primero, es la larga crisis de onda larga que tuvo su inicio en los años 70 y se intensifica desde 2008. Atravesamos una etapa de acumulación débil, errática y contradictoria, con crisis más frecuentes y recuperaciones frágiles. Esto erosiona los parámetros convencionales de legitimidad del sistema, basados en el crecimiento, dando pie a conflictos materiales más acusados. Descartada la redistribución por las élites, la situación impide pactos sociales estabilizadores amplios. Genera nuevas víctimas, nuevos conflictos y es caldo de cultivo del sufrimiento y el rechazo. Por un lado, produce en nuevos términos nuevos esbirros y, por otro, enemigos del sistema. La tarea de los que quieren superar el sistema es enhebrar los intereses de las y los damnificados, con un proyecto universal de clase que supere las causas de todas esas tensiones y atienda a las necesidades diversas del pueblo.

El segundo consiste en la ascensión económica y geopolítica de China que, junto a otras economías y el propio gigante asiático, forman los BRICS. Los BRICS, con el 45 % de la población mundial, representaban en 2024 un 25 % del comercio mundial en el PIB mundial nominal. Unos BRICS que avanzan en su colaboración, aunque con tensiones internas, con acuerdos que podrían deparar la formación de una nueva moneda de referencia internacional con el renminbi digital en su núcleo. Un polo emergente que, con todo, rivaliza con la vieja potencia y que, no obstante, no proporciona una alternativa al capitalismo.

Durante décadas EE UU y Europa decidieron relocalizar sus inversiones en Asia. Se decía que China simplemente era proveedora, que su único mérito era el de copiar procesos y productos, para ser la fábrica del mundo. Pero queda claro que la orientación de la política del gobierno chino, de dirección planificada del sistema industrial y el control de las inversiones extranjeras, ha dado sus frutos, con un crecimiento comparativamente más vigoroso. India le sigue a la zaga. China estableció medidas de ajuste salarial y reinversión del excedente y luego, desde 2008 y sobre todo desde 2020, reforzó gradualmente la demanda interna, compatible con la política orientada a la exportación. China no es una mera fábrica exportadora, que solo vende en Europa y EE UU. Ha asumido líneas de innovación tecnológica propia, punteras en varios campos (baterías, paneles solares, vehículos eléctricos, 5G, drones comerciales, Internet de las cosas, pagos móviles) y reducido la brecha en Inteligencia Artificial. Cuenta con recursos ingentes en su territorio –tierras raras, torio, carbón…– y ha desarrollado una política de inversión pública ambiciosa en el campo de las energías renovables, el coche eléctrico y la inteligencia artificial, que le permite no solo competir sino, también, superar y ocupar tramos estratégicos de la cadena de valor global. Lo combina con acuerdos económicos con economías del Sur Global que afianzan su presencia a lo largo y ancho del mundo. Algo compatible con un desarrollo contradictorio, profundamente desigual, afectado por burbujas desestabilizantes (inmobiliaria, crédito e inversión) y lastrado por su dependencia del comercio mundial –con tendencias a su estancamiento–, y el abuso del carbón como energía.

En este nuevo contexto, las élites estadounidenses operan a la desesperada, y tratan de detener el ascenso de China. Lo hacen de una manera que se les puede volver en contra, poniendo, además, en peligro existencial a la humanidad. De lo que se trata, para poder criticar y combatir ese proyecto, es de comprender su naturaleza.

Trump inauguró su mandato con un giro proteccionista. En el denominado Día de Liberación [2 de abril de 2025] proclamó una tabla de aranceles exorbitantes, que luego ha ajustado según la respuesta más o menos sumisa de sus competidores o, en su caso, cómo látigo político selectivo. 

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Sus políticas, para los liberales bienpensantes, son la expresión de un delirio inexplicable e inviable. Pero tras su primer año de gobierno, la perplejidad debe dar lugar a la interpretación de la racionalidad de su proyecto y sus consecuencias. Este proyecto, entre otros actores de las clases dominantes estadounidenses, promovido por la ultraconservadora Heritage Foundation, plasma en su informe Project2025 la agenda al servicio de las élites de determinada fracción del capital estadounidense, encabezada por el complejo industrial-militar y las grandes tecnológicas. El Estado, que normalmente ha jugado, principalmente, el papel de representante general de los intereses del capital, no solo se inclina por su núcleo oligárquico, sino que abre las puertas a que ocupe directamente puestos de mando en el gobierno, aunque con tensiones internas en un difícil equilibrio entre las Big Tech, los halcones militaristas y Wall Street.

Se trata de un proyecto que da forma a una nueva generación de medidas estatales favorables a las grandes corporaciones, y diferentes a las de la fracción liberal, financiera, multilateralista, librecambista y globalista. El proyecto trumpista representa métodos de gestión capitalista ultranacionalistas, proteccionistas, unilateralistas, tecnoindustrialistas, superextractivistas, que tratan de expandir el espacio vital de sus negocios en un proceso de globalización saturado donde EE UU pierde pie en el terreno económico. 

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Lo hace también, a nivel interno, con una política social xenófoba, supremacista y reaccionaria, con el objeto de afianzar los privilegios de una minoría de ultrarricos bajo el manto de ideologemas patrióticos egoístas y agresivos. Refuerza así la jerarquía social que, lejos de prometer más peldaños hacia arriba, en la escalera social crea nuevos hacia abajo, para disciplinar, atemorizar, segmentar y abaratar el empleo de la fuerza laboral. 

3. La economía política del equipo de Donald Trump

Según Brenner y Riley (2024), en un contexto de estancamiento como el que nos afecta, las medidas de redistribución se tornan un juego de suma cero. De modo que los actores capitalistas se organizan para influir en las políticas públicas presionando a favor de políticas que les sean favorables y en contra de otros. 

Trump ha impulsado una formulación económica basada en el proteccionismo y la reindustrialización de EE UU. Una vez dinamita la influencia de las instituciones multilaterales, considera prioritario aminorar el déficit comercial y establecer aranceles unilaterales o pactados. La política proteccionista trata de incentivar el regreso del capital a EE UU. 

Esta línea argumental esconde otras estrategias enhebradas por su equipo económico que mantiene una composición dual entre su ala financiera favorable a Wall Street y su ala proteccionista (Trade Warrior), que Trump preside desde sus inclinaciones hacia un programa proteccionista punitivo.

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Los aranceles han desempeñado el papel de amenaza y señuelo para una nueva jerarquía, con EE UU como estrella central que negocia uno a uno con el resto, para doblegar y asentar reglas de vasallaje bilateral. Un movimiento de ajedrez ideado para algo más ambicioso.

En este sentido, esta vieja idea nos recuerda a la política del Imperio Británico en el siglo XIX. Un período en el que el imperio se abría paso por la fuerza en un mundo donde el capitalismo era la novedad, había espacios por conquistar y derrumbaba reglas medievales. El Imperio Británico, mientras protegía sus mercados interiores, imponía el librecambismo por la vía diplomática, comercial o militar a sus colonias o sus socios comerciales. No hay más que recordar la diplomacia de las cañoneras que empleó contra el imperio Qing chino para imponer tratados comerciales para provecho de la metrópoli. Ahora EE UU se encuentra en un mundo saturado, recupera políticas decimonónicas, en un contexto en el que se ve superado, y en el que la fuerza militar se libera de diplomacias. Pero también establece una economía política: las trumponomics.

Esta economía política persigue cuadrar tres cosas difícilmente compatibles: depreciar significativamente el dólar, conservar la hegemonía del dólar y reducir los tipos de interés.

En 2025 el dólar perdió un valor de un 10 % respecto a las principales divisas (Roberts, 2025). Esto puede reactivar en parte la re-relocalización del capital industrial en EE UU (sea estadounidense, alemán o japonés). Potencia la competitividad de los productos orientados a la exportación. No obstante, este movimiento también conspira en sentido contrario. Devalúa el valor del capital invertido en esa moneda. Con las crisis globales, al ser un país fuerte, el dólar solía apreciarse, a pesar de contar con una moneda fiduciaria. En esta ocasión, las inversiones están desviándose para acaparar oro, en máximos históricos, un activo-refugio aún más básico y seguro. Además, protege contra la inflación que viene, precisamente por la política arancelaria aplicada. 

El dólar es una moneda singular, su valor no guarda correlación con la producción de su país, dado que depende de lógicas globales; entre otros factores, las transacciones del petróleo nominadas en dicha divisa, o de la compra de bancos centrales para reposicionar sus monedas nacionales. Con ello, EE UU puede financiar presupuestos, planes de inversión, su deuda y déficit comercial como ninguna otra economía. Por eso, la clave de bóveda para los intereses financieros estadounidenses es que el dólar siga siendo la divisa de referencia internacional. No puede admitir que el petróleo se pague en otra moneda. Quiere consolidar la política de Nixon del petrodólar. 

Para dimensionar su importancia, recordemos que se libraron guerras, impulsadas y lideradas por EE UU, contra el Irak de Sadam Hussein, no solo porque tomó Kuwait, sino porque quería nominar los intercambios del petróleo en euros. También contra Gadafi, porque quería impulsar el Dinar como moneda regional para parte de África. A Maduro lo han secuestrado porque transaccionaba su petróleo en algo diferente al dólar. No sabemos si China y los BRICS terminarán por dar salida a una hipotética moneda digital común. Por el momento se han centrado en desarrollar un sistema de pagos digitales entre sus monedas nacionales (BRICS Pay, como alternativa a SWIFT y al dólar) y plataformas de monedas digitales interoperables. 

En tercer lugar, el equipo de Trump presiona hasta lo indecible al gobernador de la Reserva Federal, Jerome Powell, para reducir los tipos de interés e impulsar la inversión, a pesar de que los estatutos del Banco Central establecen que la prioridad es el control de la inflación. Finalmente, en 2025 bajaron del 4 % al 3,75 %. El nuevo gobernador que venga posiblemente los baje más.

Cabe decir que estos tres pilares subyacen a la política proteccionista, que no es más que un instrumento para todas estas medidas. No obstante, es difícil cuadrar el círculo. 

Primero, porque la política de re-relocalización empuja a la reapreciación del dólar. Segundo, porque si se deprecia erosiona la credibilidad de la moneda fiduciaria por antonomasia. Tercero, porque reducir los tipos de interés, abarata las inversiones internas, pero hace menos atractivo al capital extranjero invertir en suelo estadounidense. Más aún en una feroz competencia global donde hay adversarios más eficientes y rentables, especialmente en países emergentes. 

De ahí el papel de la Ley Grande y Hermosa, como regalo a los ultrarricos y reclamo en forma de devaluación fiscal del capital, para retenerlo o atraerlo, y compensar el sentido de las otras medidas y sus consecuencias.

Sin embargo, no nos dejemos confundir. El proteccionismo es un buque insignia aparente. Sirve políticamente para disciplinar, pero también esconde trampas importantes para el propio capital estadounidense. El negocio del capital estadounidense transnacional depende fundamentalmente de los beneficios extraídos por sus inversiones en el extranjero. El déficit comercial, que parece obsesionar a Trump, es un asunto muy secundario para los intereses del capital estadounidense. Ese déficit comercial implica que otros países exportan más a EE UU que al contrario. Comporta un síntoma de menor competitividad estadounidense. También, por el momento, de sumisión de otras economías a su mercado. Muchos bienes fabricados fuera vuelven a EE UU para reexportarse o para satisfacer su fuerte demanda interna, por ejemplo. Mientras la divisa de referencia internacional sea el dólar, EE UU puede asumirlo. Más aún en una economía de servicios financiarizada e internacionalizada, en la que EE UU tiene superávit en la balanza de servicios (aunque esta no compense aún el déficit comercial 1). La inversión industrial que se re-relocalice, no sabemos con qué alcance, proporcionará un rendimiento muy inferior a los beneficios internacionales de los grandes grupos multinacionales, que solo en una parte volverán (como planea, por ejemplo, Apple), para no verse sancionados por los aranceles y los contingentes que limitan el comercio.

Asimismo, una política de industrialización eficaz requiere una coordinación o política de planificación industrial ajena a la tradición neoliberal estadounidense. Aunque Trump, inspirado por China, está corrigiendo selectivamente en algunos sectores. El Estado reduce una décima parte de la función pública federal, con un gasto público que ha pasado del 39,4 % con proyecciones al 35 % a finales de 2025, incluyendo un cierre parcial y temporal del sector público, desprotegiendo socialmente a la población. Sin embargo, no renuncia a una intervención selectiva en relación con sectores estratégicos específicos. Aunque, en sí mismo, está lejos de un capitalismo dirigido de Estado, como el chino, justificándose en razones de seguridad nacional, el Estado adquiere parcialmente empresas estratégicas (US Steel en el acero, MP Materials en defensa y tierras raras, Intel en chips…) o establece fórmulas de control de exportaciones (de NVIDIA y AMD, para la venta de chips a China a cambio de un 15 % de ingresos) 2.

La cuadratura de círculo consistiría en crear empleo para las y los votantes que sostuvieron la elección de Trump. Ahora bien, durante 2025 el empleo se estancó, según el Bureau of Labor Statistics estadounidense, con una tasa de paro del 4,3 % en agosto 3, la más alta desde 2021. Debido a la automatización y digitalización, la porción dedicada por parte de la nueva inversión a la creación de empleo es cada vez menor en el sector industrial. Trump, por otro lado, si tiene que optar entre los intereses de la clase trabajadora o los intereses de Wall Street, no cabe duda que serán estos segundos los que primen.

Por último, la política proteccionista es una vía torpe para ganar competitividad. Pone palos en la rueda a los competidores. Pero sin una política de inversión, planificación, desarrollo de la ciencia e innovación no mejorará la eficiencia de su propia economía. ¿Quizá porque los ataques y división de la clase trabajadora de la política de Trump son la antesala para bajar los salarios reales e intensificar más aún el trabajo y sean estas las vías de la recuperación de la competitividad y de la tasa de ganancia en EE UU? 

El proteccionismo puede servir como fórmula punitiva para castigar el Gobierno de Lula y apoyar a Bolsonaro, o dejar claro quién manda, como ha pasado con la Unión Europea. Pero sus consecuencias macroeconómicas son perjudiciales y desequilibrantes:

– Dificulta las transacciones, encareciéndolas o impidiéndolas, generando escasez e inflación. 

– Deteriora el poder adquisitivo o el valor del capital acreedor. 

– Propicia respuestas recíprocas que reproducen el problema, con efectos netos negativos tanto para el que aplica la medida como para el que la recibe, con efectos boomerang frecuentes.

4. Librecambismo y ¡variantes de proteccionismos!

Con el primer Gobierno Trump ya reflexionamos con detenimiento sobre esta materia (Albarracín, D.; 2019) 4. Quizá convenga solo apuntar los aspectos clave acerca del debate librecambismo y proteccionismo. 

Se trata de una discusión en varios planos. Estamos acostumbrados, con razón, a criticar las nefastas y desiguales consecuencias de la liberalización del comercio mundial. Entraña un modelo en el que se potencia el mercado como espacio en el que las empresas más fuertes, frecuentemente respaldadas por Estados imperialistas en origen, pueden abusar e imponer sus condiciones. 

En buena parte de la izquierda nos hemos prevenido de estas falsas ideas del mundo libre, en la que la única libertad es la del más fuerte. Desde nuestro campo social nos solemos inclinar hacia fórmulas de regulación (y, en lo posible, cambios en las relaciones sociales de producción, que hagan posible la participación democrática de la clase trabajadora en el destino de su economía). 

Ahora bien, cabe identificar diferentes modelos de proteccionismo. Algunos de ellos no podemos abrazarlos. Uno de ellos es el que profesa Trump.

El modelo de Trump recuerda al inaugurado en 1880 en Europa, que supuso un ascenso de los aranceles y otras restricciones al comercio internacional en todos los países europeos. Sumado al contexto de tensión interimperia lista, después vino la Primera Guerra Mundial. Se trata de un proteccionismo punitivo que busca ser más competitivo, paradójicamente, restringiendo la competencia. Genera situaciones en las que donde unos ganan otros pierden, y en las que, en última instancia, todos suelen perder. No se protege nada, sino que se agrede al otro, se ponen barreras, se imponen condiciones.

Ha habido otros modelos como los planteados por el desarrollismo latinoamericano o el gaullismo francés. En ellos, el proteccionismo venía acompañado de políticas de sustitución de importaciones, planificación indicativa e inversión industrializadora combinada con políticas sectoriales coordinadoras, en ocasiones defendida por gobiernos socialdemócratas, keynesianos, que se apoyaban en el potencial de desarrollo endógeno y en una política de potenciación de la demanda interna. 

Común también ha sido una defensa acrítica del pequeño productor frente al grande, tal y como los liberales han sostenido, idealizando la competencia perfecta como solución, sin cuestionar al mercado como mecanismo de asignación. Recordemos que la defensa de los pequeños productores y las relaciones de proximidad, aunque inspiren nostalgia y romanticismo, no garantizan un modelo justo e igualitario. No comportan mejor satisfacción de necesidades ni suponen más eficiencia o sostenibilidad ambiental. No solo es cuestión de tamaño o de distancia, sino más bien del tipo de relación y criterio que guía la práctica económica. A este respecto, ¿acaso una empresa pública o una cooperativa social, con un plan democrático, bien reguladas, no podrían mejorar los resultados de las PYME que, en última instancia, no son más que organizaciones capitalistas más pequeñas e ineficientes?

Lo más frecuente, como sucede con la UE, es un modelo dual basado en el librecambismo interno y en el proteccionismo hacia afuera. Aunque tras 1995, con la OMC, se atemperó a favor de una mayor liberalización internacional multilateral, también se acompañó por una política de promoción de grandes campeones –grandes corporaciones privadas apoyadas por los Estados o instituciones supranacionales continentales– para competir en un mercado de alcance internacional más amplio. 

Todos estos proteccionismos no los compartimos. La política alternativa que merece la pena introduce regulaciones no para proteger beneficios económicos ni competir mejor, sino para proteger las necesidades sociales, territoriales y del medioambiente. Se trata de impulsar un modelo regulador no solo de mercados o empresas, sino superador de la lógica del capital. Lo que implica sustituir las pautas económicas al uso (rentabilidad, mercancía, desarrollo desigual) por otras nuevas, con el apoyo de la fuerza social de las clases trabajadoras autoorganizadas. 

La política ecosocialista alternativa no se conforma con estimular o sancionar, sino que pone los recursos socioeconómicos al servicio de una planificación económica de carácter democrático que incluya criterios de ecodiseño sostenible y de prioridad social. Consistiría, más bien, en una regulación que no atañe solo a los intercambios económicos, que no se limita al intercambio de bienes y servicios, sino que también abarca al movimiento de capitales. Una regulación y planificación ecosocialista que incluye en la ecuación la priorización del comercio de proximidad, por razones de minimización de los costes ambientales del transporte y refuerzo de los vínculos y cooperación comunitaria. También plantea la posibilidad de un modelo económico basado en la cooperación y en la complementariedad de las economías, desde abajo y de manera abierta. Es decir, abierta a cooperar con regiones adyacentes (comercio, producción e inversión compartidas), sin sujetarse a fronteras abstractas, sino más bien a criterios y proyectos que cuiden a las personas y protejan la biosfera, evitando el productivismo rentabilista, considerando los impactos extractivos y de residuos, el tipo y cantidad de materias primas y energía consumidas. Un modelo en el que los intercambios a larga distancia sean selectivos, sobrios, regulados y mutuamente favorables, basado en un internacionalismo solidario con aquellos pueblos recíprocamente colaborativos, un modelo supranacional abierto, compatible con la expansión del socialismo a la escala lo más internacional posible.

En suma, resulta desaconsejable entrar en un falso campismo en favor del librecambismo o del proteccionismo, porque de lo que se trata es de definir los objetivos de las regulaciones, las políticas y a quién o a qué responden. 

Notas:

1. Para julio de 2025, la BEA, Oficina de Análisis Económico, informaba de un déficit combinado (bienes + servicios) de 78 300 millones US$, con déficit de bienes de 103 900 millones y superávit de servicios de 25 600 millones US$, lo que indica la persistencia de desequilibrio comercial.

2. https://www.elcato.org/el-capitalismo-de-estado-de-trump-un-hibrido-entre-socialismo-y-capitalismo-no-hara-que-estados  https://cnnespanol.cnn.com/2025/08/13/eeuu/trump-control-economico-estilo-china-trax

3. https://elpais.com/economia/2025-09-05/trump-pone-fin-a-cuatro-anos-ininterrumpidos-de-creacion-de-empleo-en-estados-unidos.html

4. https://vientosur.info/un-planteamiento-alternativo/

Daniel Albarracín es profesor del Departamento de Economía Aplicada II de la Universidad de Sevilla. Manuel Garí es economista ecosocialista. Ambos son miembros del Consejo Asesor de viento sur.

Fuente: https://vientosur.info/trumponomics-hacia-un-regimen-de-acumulacion-neoimperial-corporativo-estatal-tecnoreaccionario/