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Reseña de las "Memorias" de Arthur Koestler (Editorial Lumen)

Una vida en el torbellino del siglo XX

Fuentes: Rebelión

Aunque es autor de una extensa obra narrativa, Arthur Koestler es recordado hoy sobre todo por los aspectos polémicos de una biografía que recorre los momentos y escenarios más turbulentos del siglo XX. Comprometido sucesivamente con ideologías diversas y contradictorias, podemos decir de él que siempre se involucró en carne y alma en sus creencias, […]

Aunque es autor de una extensa obra narrativa, Arthur Koestler es recordado hoy sobre todo por los aspectos polémicos de una biografía que recorre los momentos y escenarios más turbulentos del siglo XX. Comprometido sucesivamente con ideologías diversas y contradictorias, podemos decir de él que siempre se involucró en carne y alma en sus creencias, y que sus bandazos fueron hijos más que nada de una honda necesidad de vivir intensamente y entregarse a aquello que ofrecía en una salida a sus inquietudes profundas. En su producción novelística destacan sobre todo sus dos primeras obras: Espartaco, de 1939, que sigue ofreciéndonos un relato muy bien trabado y una reflexión esclarecedora sobre la revolución de los gladiadores en la Roma del siglo I antes de Cristo, y El cero y el infinito, de 1940, sobre la represión en la Rusia estalinista. No obstante, lo más interesante de su producción son probablemente sus textos autobiográficos, entre los que destacan Flecha en el azul (1952) y La escritura invisible (1954). Las claves de su compleja evolución psicológica pueden encontrarse en estos libros junto con una crónica trepidante de muchos eventos cruciales de la primera mitad del siglo XX de los que Koestler fue protagonista. Estas dos obras acaban de ser reeditadas en un solo volumen por Lumen (2011, traducciones de J. R. Wilcock y Alberto Luis Bixio).

Arthur Koestler nació en Budapest en 1905. Flecha en el azul nos acerca a sus orígenes familiares y conocemos a su abuelo paterno, Leopold, un judío ruso exiliado en Hungría, y a su padre, Henrik, un empresario algo alocado con altibajos de fortuna. La familia de su madre eran judíos vieneses de origen checo una rama de los cuales terminó también en Budapest. Muchos de sus familiares directos morirían asesinados por los nazis. Sus idiomas iniciales fueron el alemán y el húngaro, que su madre nunca quiso aprender correctamente, y la suya fue una infancia burguesa entre una madre neurótica, un padre ausente y una criada tiránica. Arthur era un niño acomplejado y la autobiografía se recrea en sus obsesiones infantiles y sus problemas de carácter. En 1919 fue testigo de los 100 días de gobierno comunista en la Hungría de Bela Kun, una amable dictadura proletaria en la que el Koestler adolescente percibió el alba de un mundo distinto y que marcó su evolución política posterior. Ese mismo año su familia se establece en Viena.

Koestler nos describe después el ambiente universitario en la Viena de los felices 20, con sus agrupaciones estudiantiles, pangermanistas, liberales y sionistas, con sesgos ideológicos variados, pero amantes todas por igual de las chicas, la bebida, los cánticos y la camorra. Aquí es donde Arthur Koestler se hace sionista y de la lectura atenta de la crónica de su conversión se deduce que la razón de ésta hay que buscarla más que nada en el atractivo irresistible del mundo de Wein, Weib und Gesang y hermosa camaradería que se abre así al adolescente acomplejado y solitario. No obstante, hay que decir también que esta época coincide con sus primeros contactos con judíos ortodoxos y que ante las críticas que le plantea su mentalidad de aislamiento y autoexclusión sólo ve una solución en la búsqueda para los judíos de un hogar nacional que los igualaría a las otras naciones. Conoce por entonces a Vladímir Jabotinski, padre del sionismo más conservador, del que llegará a ser secretario y que se convierte en el primer gurú de su vida. Matriculado en ingeniería y absorbido por el sionismo y lecturas sobre psicología, es justo entonces cuando su padre se arruina definitivamente. Es este el primer momento decisivo en la vida de Arthur Koestler, cuando toma una de esas decisiones extrañas que revelan la complejidad de su carácter. A punto de terminar la carrera y con un brillante porvenir por delante, cuando se convertía en el único sostén económico de su familia, en 1926 decide nada menos que emigrar a Palestina. Es la primera vez que quema sus naves, pero no será la última.

El relato que Koestler nos presenta de la vida de los primeros colonos judíos en Palestina tiene un interés enorme. Es una dura existencia de cruzados fanáticos empeñados en una lucha sin cuartel contra un territorio difícil y sus habitantes. Rechazado, tras un mes de prueba, en la kvutsa (pequeño kibutz) de Heftsebá en el valle de Yesreel, se establece en Haifa donde sobrevive a duras penas con algunos trabajos para el partido de Jabotinski, pero termina en breve en la miseria más extrema y está próximo a morir de inanición mientras se ejercita como arquitecto o vendedor de limonada. El hambre sólo cede algo cuando comienza una precaria carrera de periodista para la cadena de periódicos Ullstein. Poco después parte para una Tel Aviv recién fundada donde las posibilidades de subsistencia podrían ser mejores. Allí trabaja sucesivamente en una agencia de turismo, como agrimensor y vendiendo espacios publicitarios para una revista, pero en breve y tras unos meses en El Cairo, regresa a Europa donde se convierte en secretario de Jabotinski con residencia en Berlín. En 1927 consigue la plaza de corresponsal en Oriente próximo de la cadena Ullstein y vuelve a Palestina, estableciéndose en Jerusalén. Este será el fin de sus desdichas económicas.

Arthur Koestler es al fin un periodista respetable y sus crónicas aparecen regularmente en la prensa alemana. En 1929 entrevista al rey Faisal. Preguntado por las expectativas de un renacimiento panárabe, el héroe de la rebelión del desierto y amigo de T. E. Lawrence, es claro: «La influencia extranjera no favorece este renacimiento». Jerusalén ya era un buen proyecto de lo que es hoy: «Una ciudad austera, farisea, llena de odios, desconfianza y reliquias falsas». Arthur está incómodo a pesar del buen trabajo que le permite vivir bien y mantener a sus padres y en 1929 quema sus naves de nuevo y regresa a Europa. Afortunadamente los Ullstein le permiten seguir con ellos y le nombran corresponsal en París, «Del monte de los Olivos a Montparnasse» es el título del siguiente capítulo; no es un mal cambio. Se inserta aquí una interesante digresión con sabias reflexiones sobre la prostitución en París: «Elegía por los burdeles». Su carrera periodística progresa rápidamente y en 1930 es encargado de la sección científica de la casa Ullstein con lo que vuelve a Berlín. Durante gran parte de su vida, Koestler fue un Don Juan y aquí lo reconoce claramente: «Mi vida entonces giraba alrededor de dos polos: el continuo trabajo y una frenética caza de mujeres». En otro capítulo trata de racionalizar esta pasión que lo dominaba.

El regreso a Alemania para trabajar en una empresa judía coincide con el ascenso imparable de Hitler, y Koestler es testigo de la lenta capitulación y el progreso del miedo. El ominoso historial de la socialdemocracia alemana le empuja entonces hacia un comunismo soviético que percibe con un perfil de esperanza. Los capítulos siguientes relatan su «conversión» al comunismo: «Ecos de los cien días de la Comuna húngara; ecos de la ira indignada de los profetas judíos y del apocalipsis inminente según san Marx; el recuerdo de la quiebra de mi padre, el ruido de las botas rotas de la marcha del hambre por las calles y el olor del trigo fresco quemado en los campos: todos estos elementos se fundían en un solo estallido emocional. Mi periodo de latencia política había llegado a su término.» En 1931 participa a bordo del zepelín Graf en una expedición polar que se describe extensamente en Flecha en el azul, una aventura singular y emocionante que recordará siempre como un tiempo luminoso. Tras una amarga serie de contratiempos triviales que se suceden una noche de diciembre de ese año, se sorprende a sí mismo afiliándose al partido comunista alemán. Éste decide que conserve su empleo, mantenga en secreto su militancia y trabaje con nombre falso en su servicio de espionaje. Aquí concluye el libro.

La escritura invisible nos presenta en su primera parte la vida de Koestler como agente del Komintern, etapa que durará hasta 1938. Son largos años dominados por una mentalidad con la que es terriblemente crítico en el libro, una mentalidad basada en la ciega sumisión al partido más allá de cualquier razonamiento o cualquier pensamiento compasivo, en una renuncia a lo más noble del ser humano, que ejemplifica con algunos diálogos de la pieza teatral La toma de medidas de Brecht. Cuando pierde su trabajo con los Ullstein y ya no existe razón para que esconder su militancia, se muda a un barrio obrero y decide emigrar a la patria del proletariado. Tras conseguir el visado, durante 1932 y 1933 viaja por la Unión Soviética con la idea de escribir un libro basado en sus experiencias, lo cual tenía el visto bueno de sus superiores. En Ucrania se encuentra con paisajes de la hambruna que asolaba aquellas tierras. Recorre después la Rusia europea y el Cáucaso visitando fábricas, koljoses y oficinas del partido, recopilando datos. Hay que decir que Koestler sigue siendo el mismo estos años y no deja de relatarnos con lujo de detalles psicológicos sus líos amorosos, con sus inevitables enamoramientos y gatillazos. La historia de Nadeshda, intercalada en esta época, es una deslumbrante experiencia de amor total, sexo, traición, desprecio y gonorrea.

Prosigue después su recorrido por Asia central donde tiene un encuentro insólito con el poeta negro americano Langston Hughes, viajero también por el Asia soviética. Juntos llegan hasta la frontera de Afganistán y en el fin del mundo descubren los logros que la experiencia comunista ha traído a aquellas tierras, donde reinaba el horror. De regreso en Járkov escribe Días rojos con sus notas del viaje. A pesar de los contratos firmados, sólo aparecerá de este libro una edición en alemán, muy censurada, dirigida a las minorías germanohablantes de Ucrania. La versión rusa no vio la luz «por su estilo frívolo y muy superficial». Poco después del incendio del Reichstag, Koestler es convocado a París para unirse con los comunistas que habían conseguido huir de Alemania, pero en el viaje de regreso pasa varios meses en Budapest disfrutando de la compañía de su familia y su viejo amigo el escritor húngaro Andor Németh. Conoce por entonces a Attila Joseph, un joven poeta de su misma edad. La escritura invisible contiene una emotiva aproximación a la vida y la obra de uno de los mayores líricos de la lengua húngara, que se suicidaría poco después con 32 años, en 1937.

«Los tres años siguientes, de 1933 a 1936, fueron para mí de extrema pobreza y de frenética actividad política» nos dice Koestler. Aparece aquí el que fue el segundo gurú en su vida, Willi Münzenberg, el gran propagandista del Komintern, empeñado entonces en una lucha épica contra el nazismo desde la oficina camuflada como «Comisión Mundial para la Ayuda a las Víctimas del fascismo Alemán», asentada en París. El primer éxito de la Comisión llega con la publicación del Libro pardo del incendio del Reichstag y el terror hitleriano y su segunda parte, El juicio por el incendio del Reichstag. Segundo libro pardo del terror hitleriano, y la absolución de Dimítrov y otros comunistas en el juicio por este incendio. La escritura invisible nos acerca a la forma de trabajo de este genio de la propaganda política, que rompería con el estalinismo en 1938 y moriría asesinado por sus agentes en 1940. En 1934 Koestler deja su empleo para el partido y emprende una exitosa carrera como divulgador de temas sexuales con el pseudónimo de Dr. A. Costler. La Enciclopedia del conocimiento sexual, en tres volúmenes, editada por dos primos suyos, fue un enorme éxito de ventas. Poco después trabaja dos meses como maestro en un hogar para hijos de funcionarios del partido comunista cuyos padres habían muerto o estaban ausentes. La experiencia le inspira una novela que es condenada por el partido como «un reflejo de las tendencias burguesas e individualistas». La resolución lo abate profundamente.

En esta época descubre que los altibajos de su carácter se despliegan obedeciendo una ley según la cual es siempre la actividad creativa la que logra alejarlo de la depresión. Desarrolla así una rutina de trabajo con ocho o nueve horas diarias de escritura que a la larga consigue estabilizar su carácter y librarlo de las fantasías autodestructivas. Esto nos explica la copiosa producción de Arthur Koestler a partir de este momento. Sigue trabajando para el partido y contempla con estupor y desagrado las guerras de fracciones y el gran giro ideológico de 1934 de la «revolución a ultranza» al «frentepopulismo». Su refugio está en el siglo I antes de Cristo, en la revolución de los gladiadores sobre la que comienza a investigar fervientemente y en poco tiempo a escribir. En 1935 se casa con Dorothy Ascher, su primera esposa, aunque el matrimonio dura poco. En 1936, con la sublevación de Franco, Koestler decide incorporarse al ejército republicano español, pero Willi tiene una idea mejor. Podría ir a la zona fascista y tratar de documentar la intervención alemana e italiana. Provisto de credenciales de dos periódicos llega en agosto a Lisboa donde conoce a Gil Robles y Nicolás Franco. Con recomendaciones de estos lo tenemos al poco tiempo en la Sevilla de Queipo.

La aventura española de Koestler resultó francamente desastrosa. Al poco de llegar a Sevilla es reconocido y denunciado por un antiguo compañero de Ullstein que sabía que era comunista, aunque derrochando sangre fría consigue despistar a sus perseguidores el tiempo suficiente para huir a Gibraltar. Luis Bolín, jefe de relaciones con los corresponsales extranjeros, que le había recibido amablemente el día anterior y había arreglado su entrevista con Queipo, promete «matarle como a un perro rabioso si volvía a caer en sus manos». Tras unos meses en Londres participando en la propaganda del bando republicano es enviado a Madrid con la misión de recoger información sobre la posible vinculación de políticos derechistas con la Alemania nazi. Koestler permanece unas semanas en Madrid y el vehículo que se le adjudica para sus movimientos es un modelo especial diseñado para Lerroux como lujoso coche-picadero y «dotado de todas las comodidades». La correspondencia de D. Alejandro que Koestler escudriña en busca de rastros nazis encuentra, además de estos, «gran abundancia de apasionadas y románticas cartas de jovencitas, escritas en hojas rosadas y azul pálido, alguna de las cuales conservaba aún un vago aroma a perfume». Recordemos que el emperador del Paralelo ya había cumplido por entonces los setenta años.

En enero de 1937 ve la luz un libro de Koestler sobre las atrocidades de los fascistas españoles y al poco tiempo recibe la orden de regresar a España por tercera vez. En los primeros días de febrero se encuentra en Málaga e incomprensiblemente renuncia a huir ante la inminencia de la caída de la ciudad. Es detenido y condenado a muerte, aunque tras tres meses de cárcel y muchas gestiones de sus amigos, en las que tiene un papel destacado su exesposa Dorothy, se consigue que sea canjeado por la mujer de un oficial fascista. Sorprendentemente, las largas horas esperando la muerte y presenciando los fusilamientos cotidianos no fueron trágicas para él. Pasaba el tiempo en ensoñaciones filosóficas, y cuando logra recordar la demostración de Euclides de que existen infinitos números primos se siente embargado por una experiencia mística que lo libera de toda preocupación. Era como si acabara de entrever que la razón puede aprehender lo infinito. Trata de racionalizarlo con una sencilla teoría: El mundo de los sentidos (primer mundo) cobra sentido sólo cuando lo reglamentamos mediante conceptos (segundo mundo), pero estos son igualmente absurdos cuando se enfrentan al absoluto. Existe sin embargo una conciencia diferente que explica este absurdo en una experiencia inefable de gozo y plenitud sin yo. Ese es el significado de la conciencia mística (tercer mundo). Esa fue la revelación que tuvo Koestler mientras esperaba la muerte en una celda de Sevilla.

A finales de 1937, Koestler viaja por Europa, y en Suiza entrevista a un Thomas Mann que le produce una penosa impresión de engreimiento y egocentrismo. Tras saludar a sus padres en Belgrado, visita Grecia y llega a Palestina. Ya de regreso, en 1938 conoce a Sigmund Freud en el último año de su vida: «La impresión que producía no era la de un octogenario enfermo, sino la de la indestructible virilidad de los patriarcas hebreos.» 1938 es también el año de su ruptura con el partido comunista y en 1940 ve la luz El cero y el infinito, un alegato anti estalinista que en ese momento tiene un discreto éxito en Inglaterra. No obstante, la publicación del libro en Francia una vez terminada la guerra hizo que se vendieran más de cuatrocientos mil ejemplares y puso a Arthur Koestler en el ojo del huracán, con un enfrentamiento abierto con el poderoso Partido Comunista Francés. Es así como Koestler pasó a convertirse en un aliado táctico de la derecha europea.

El final del libro nos muestra a un Koestler ya encumbrado como escritor y muy ocupado, que apenas puede atender a un Andor Németh que acude a verle a París en busca de ayuda. Es el triste epílogo de una hermosa amistad. Con la declaración de guerra de Francia a Alemania es arrestado e internado en un campo de concentración, aunque consigue escapar. Esperando en Marsella la posibilidad de huir a Casablanca, se encuentra un día con su viejo amigo Walter Benjamin que está tratando de alcanzar Inglaterra vía España y poco después se suicidará en Portbou. Koestler logra llegar a Casablanca y luego a Lisboa, donde tras la segunda denegación de un visado para Inglaterra se entera del suicidio de Benjamín y decide seguir su ejemplo con las pastillas que este le había dado. Cuando su estómago se rebela y las vomita, opta por entrar en Inglaterra sin visado, y aunque es encarcelado, en diciembre de 1940 ya está en libertad. Tras tanto peregrinar, Arthur Koestler encuentra un hogar en Inglaterra y en inglés escribirá el resto de sus libros. La escritura invisible concluye con un canto a la forma de ser de los inefables británicos entre los que halló la paz.

El resto de la vida de Koestler, siendo un período más largo que el narrado en sus memorias tiene mucho menos interés. Es una biografía estándar de escritor encumbrado, pura máquina de parir libros, dar conferencias y ganar dinero. Sus intereses fueron en esta época de la parapsicología al judaísmo y de la experimentación con drogas psicodélicas a la oposición a la pena de muerte. En 1983, enfermo de parkinson y leucemia, decide suicidarse. El hecho de que su tercera mujer, Cynthia Jefferies, de cincuenta y cinco años y en perfecto estado de salud, lo hiciera junto a él no deja de recordar la tradición hindú de la sati (viuda virtuosa que se arrojaba a la pira de su marido), una inmolación que también era «voluntaria» en la mayor parte de los casos.

De principio a fin, las Memorias de Koestler se entienden como una justificación. En alguien que atraviesa el siglo XX siendo sucesiva y devotamente sionista, estalinista y colaborador de la CIA esto no puede resultarnos extraño. Su complejidad psicológica aflora en cada página del libro. No obstante, hay que decir también que Koestler tiene una rara capacidad para empatizar con el lector y transmitirle sus vivencias. Su prosa destila una rara sinceridad que cautiva, porque hay que reconocer que la asunción de errores y la crítica demoledora de textos propios no son comunes en las autobiografías de escritores. Las memorias de Arthur Koestler nos acercan a un personaje atormentado y nos regalan con sus más de novecientas páginas de trepidante lectura una visión en carne viva de muchos escenarios decisivos de la primera mitad del siglo XX.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.