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Venezuela, una [contra]revolución «sui géneris»

Fuentes: Política Crítica

DEMOCRACIA: La conflictividad generada y la exposición mediática del conflicto venezolano crean una percepción, por parte de la población que se informa a través de medios generalistas, de insoportable inestabilidad continuada en el tiempo. No obstante, existen argumentos que apoyan la tesis de que, actualmente en Venezuela, se está realizando un intento contrarrevolucionario por parte […]

DEMOCRACIA: La conflictividad generada y la exposición mediática del conflicto venezolano crean una percepción, por parte de la población que se informa a través de medios generalistas, de insoportable inestabilidad continuada en el tiempo. No obstante, existen argumentos que apoyan la tesis de que, actualmente en Venezuela, se está realizando un intento contrarrevolucionario por parte de la oposición y los poderes fácticos.

Revolución y contrarrevolución

El título de este artículo hace referencia a la obra de la socióloga chilena Marta Harnecker, Venezuela una revolución ‘sui géneris. En ella, la autora destaca cómo los acontecimientos ocurridos en Venezuela con la llegada del chavismo se alejan de los estudios clásicos sobre la revolución. Los estudios realizados tanto por el precursor Montesquieu como por Marx o Weber; pero también en autores como Arendt o Skocpol e incluso el racionalismo individualista de Taylor destacan cómo los movimientos revolucionarios tienden a generar nuevas instituciones que acaben con el sistema anterior, formando uno nuevo que cambia la relación de fuerzas en un contexto determinado. Otro elemento fundamental de las revoluciones es que tienden a desligarse de los actores que la impulsan, por lo que los objetivos al comienzo de una revolución, en ningún caso, concuerdan con el resultado de las mismas. Es este último argumento el que hace que Harnecker califique como sui géneris la revolución bolivariana.

Algunos sucesos desde la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela, en 1999, pueden relacionarse con actos contrarrevolucionarios. La actual situación conflictual tiene símiles con movimientos contrarrevolucionarios y reaccionarios -más que con la generación de un sistema nuevo, de nuevas estructuras de poder-. La oposición en Venezuela quiere volver a un sistema similar al que había antes de la llegada del chavismo, es decir, al pacto de punto fijo, al Ancien Regime venezolano, el turnismo (ambos términos utilizados por R. Gott, 2005) entre los socialdemócratas de Acción Democrática (AD) y el partido demócrata-cristiano Copei.

Si se realiza un análisis político serio, una parte de la oposición organizada en la Mesa de la Unidad Democrática está fomentando una contrarrevolución sui géneris, al igual que hiciera la Iglesia Católica con la Contrarreforma ante la reforma (revolución) protestante de Lutero y Calvino; o las monarquías absolutas lanzando las hordas de los Cien mil hijos de San Luis para acabar con el trienio liberal en España. En el caso de Venezuela, nadie de la oposición actual quiere generar un sistema radicalmente distinto, tan solo quieren volver al sistema anterior al chavismo, donde la oligarquía venezolana y los poderes fácticos nacionales e internacionales, con especial relevancia de los EEUU, acaparaban todo poder, marginando a los que menos tienen.

Chávez y el cambio de régimen político

Hay diferencias esenciales entre la revolución bolivariana encabezada por Hugo Rafael Chávez Frías y las reacciones de la oposición en 2002 y en la actualidad.

Antes de la llegada del denominado chavismo, nos encontramos en un contexto de decadencia y descomposición del denominado como Ancien Regime. Éste estuvo caracterizado por el pacto de punto fijo, en el cual, desde 1958 hasta 1999, año en el que Chávez entra en el poder por vía democrática, hay una alternancia en el poder entre Acción Democrática y el Copei. Esta alternancia no es capaz de dar respuesta a las necesidades de la mayoría de venezolanos, sobre todo en las capas más bajas de la sociedad que viven en ranchitos, en los que los niveles de pobreza llegan al nivel de miseria.

El punto más álgido de descontento llega con la rebelión conocida como el caracazo. En 1989, el pueblo se levanta contra el puntofijismo, en el que el desencadenante será un paquete de medidas neoliberales tomadas por Carlos Andrés Pérez, de AD, «recomendadas» por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estos acontecimientos terminarán con una dura represión por parte del Gobierno a los manifestantes, con cientos de civiles muertos. Este hecho marcará a Chávez, como él mismo dijo. «Aquí faltaba un disparador. Eso ocurrió y el pueblo se fue en masa detrás de un proyecto y así fue cuajando un movimiento» (Bilbao, 2002: 19). Pese a que el movimiento militar bolivariano ya estaba en marcha, este hecho en particular fue un gran impulso y una gran fuente de convencimiento de que el movimiento podría llegar a tener un apoyo mayoritario por parte de la sociedad, del pueblo venezolano.

El fallido golpe de estado de 1992, según Flavia Freidenberg, tenía un 60% de respaldo popular, pero no sólo eso, sino que Rafael Caldera, principal dirigente de la oposición, el Copei, terminó justificando el alzamiento militar. «No se le puede pedir al pueblo que defienda la democracia cuando tiene hambre» (Garrido, 2009: 26). Será precisamente este dirigente, quien, en el cargo de jefe del Estado en 1994, tras sólo dos años del golpe militar, terminó indultando a Chávez. Pero ya era demasiado tarde para el puntofijismo tras más de cuarenta años de turnismo. La situación era de desplome del sistema político venezolano. «Esta situación no sólo facilitó su triunfo [en las conciencias de una mayoría de Venezolanos] inicial, sino que también creó las condiciones para su mantenimiento durante largos años» (Garrido, 2009: 38).

Una vez Chávez llega al poder por la vía democrática en 1999, el nuevo régimen se dotará de una nueva constitución, acabando con el régimen anterior y comenzando un proceso lento pero continuado de empoderamiento popular. Esto, claramente, no gustaría a las antiguas esferas del poder. Con toda la oligarquía social, financiera y política en evidente oposición al Chavismo, en sus primeros años, hasta 2002, tuvieron lugar diversos intentos de acabar la revolución bolivariana. Según Richard Gott, se produjeron lo que califica como tres intentos de golpes de estado: el militar, la huelga patronal y el golpe económico. El chavismo sale adelante ante los graves intentos de desestabilización y conflictividad social.

Hoy, sin Chávez, vuelve el enésimo intento de volver al sistema anterior, un intento contrarrevolucionario que se basa, como en 2002, en la manipulación informativa, en el desabastecimiento por parte de la oligarquía (golpe económico) y en la violencia social contra un Gobierno democráticamente elegido, a través de 19 elecciones desde 1999, incluido el referéndum revocatorio de 2004.

Líderes de la contrarrevolución

Para analizar movimientos que puedan ser calificados como revolucionarios o contrarrevolucionarios, es de gran utilidad el estudio de los líderes que la encabezan. Los líderes encarnan las características y valores en los que se basan los movimientos. Así, mientras las figuras de Hugo Chávez y Nicolás Maduro han sido ampliamente estudiadas, las de la oposición, como son Henrique Capriles o Leopoldo López, aún no han generado la bibliografía académica similar a la de los anteriores.

Como predecesores a estas dos figuras opositoras, destacan otras dos como son Irene Sáez (Polo Patriótico) y Pedro Carmona. Irene Sáez, antigua Miss Universo, se caracterizaba por su falta de inteligencia, percibida por una mayoría de venezolanos, y por ser una opción de última hora de una oposición desnortada y derrotada antes de las elecciones, en las que perdió por más de 12 puntos de diferencia. Pedro Carmona, también conocido como Pedro el Breve, presidente de la patronal venezolana, fue presidente de la República durante los dos días que duró el golpe de Estado de 2002. La presidencia de Carmona fue rápidamente reconocida por los Gobiernos estadounidense y español.

En tanto Henrique Capriles, de familia adinerada y relacionada con los medios de comunicación venezolanos, es abogado por la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, y gobernador del estado de Miranda. Perdedor en las elecciones presidenciales de 2012 y 2013, también participó en el golpe de estado de 2002. «119 días pasó en prisión por entrar ilegalmente en la embajada de Cuba en Venezuela en el ataque a la legación durante el golpe de Estado contra Chávez de 2002«. Pese a su carácter más moderado, tras perder las elecciones de 2012 por estrecho margen, no duda en acusar al Gobierno de fraude electoral. Esta estrategia provocó una situación en la que «apenas medió tiempo entre la emisión de los resultados y los atentados de ‘seguidores de Capriles’ a sedes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), ataques a los ambulatorios atendidos por cubanos, disturbios en las calles, etc.«. Estas acciones generaron una violencia que Venezuela no sufría desde los incidentes de 2002. Al menos diez muertos del bando chavista, así como la destrucción de numerosas infraestructuras vinculadas a la asistencia social de los más pobres.

Por otra parte, Leopoldo López, la cabeza visible de los últimos acontecimientos, es un «político y economista [de] 42 años, coordinador nacional del partido Voluntad Popular, una escisión de Primero Justicia, que integra la Mesa de Unidad Democrática. Fue alcalde del municipio Chacao, de Caracas, entre 2000 y 2008. Desde ese cargo participó en el golpe de Estado de abril de 2002«. Educado en Harvard, es un personaje de buen vestir y de imagen impecable, lo que ejemplifica su falta de representatividad respecto al venezolano medio, que se erige como alternativa a Capriles. López pertenece a una élite marginal -por su número, no por su poder- que se educa en las mejores universidades de EEUU y que vacaciona en Miami; simultáneamente exige libertad para su pueblo. Su discurso neoliberal extremista y sus probadas relaciones con el expresidente colombiano Álvaro Uribe le posicionan como líder de derechas de este nuevo intento contrarrevolucionario.

En Europa y, especialmente en España, la asimetría comunicacional y de medios hace que una posición a favor de la revolución bolivariana sea casi insostenible, y el posicionamiento es inevitable en los medios. Esta asimetría genera una necesidad explicativa por parte de la persona u organización afín que no necesita el detractor. La posición contraria nace como «justa» antes de comenzar cualquier discusión y los medios utilizados para derrocar la revolución bolivariana están justificados de por sí. Así, no será necesaria una contrarrevolución violenta y que genere resultados no previstos/previsibles por las élites de la oposición. Esta contrarrevolución venezolana está siendo y seguirá siendo sui géneris, al igual que lo fue la revolución. Las dudas recaen ahora en si el resto de estados con gobiernos de izquierda en América Latina dejarán caer a Venezuela en manos de la oligarquía y los poderes fácticos; y más aún, si lo permitirá la población o se movilizará como en 2002.

MÁS INFORMACIÓN:

HARNECKER, Marta. «Venezuela, una revolución sui géneris«, en El Viejo Topo. España: 2004.

BILBAO, Luis. Chávez y la revolución bolivariana: conversaciones con Luis Bilbao. Santiago de Chile: Aún Creemos en los Sueños S.A., 2002.

FREIDENBERG, Flavia. La tentación populista: una vía al poder en América Latina. Madrid: ed. Síntesis, 2007.

GARRIDO, Vicente. Venezuela y la revolución bolivariana. Madrid: UNED, 2009.

GOTT, Richard. Hugo Chávez y la revolución bolivariana. Madrid: Verso, 2005.

Fuente: http://politicacritica.com/2014/10/06/venezuela-una-contrarevolucion-sui-generis/