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Venezuela y el antiimperialismo en la hora de los hornos

Fuentes: Rebelión

[…] que los pueblos irán a contramuerte

y el destino se labra con las uñas

Mario Benedetti, La casa y el ladrillo

Ha pasado un mes desde que Donald Trump ordenó, a la buena del imperio y del dinero, la invasión a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores. El operativo en sí mismo era más que suficiente para levantar la indignación internacional. Los representantes de distintos países de la Unión Europea mantuvieron un silencio cómplice de tan feliz y otros se atrevieron, sin miramientos, a condenar… a Maduro y a la Revolución Bolivariana. Un sector de la “intelectualidad progresista” de América Latina y el mundo, que desde la época de Hugo Chávez cultivó con esmero el discurso de la dictadura venezolana, atinó a solicitar un juicio justo para el presidente, “quizá no legítimo, pero sí de facto”, que nunca tuvo por qué estar preso. Un sector de la izquierda focalizó sus esfuerzos en las críticas hacia el propio Maduro y la actual dirección del gobierno. Mientras tanto, en estos treinta días, las calles de Venezuela se convirtieron en escenario de la justa indignación que rabia y grita en defensa de su país, su soberanía y la libertad de los secuestrados. Un mes no es más que un suspiro, pero en este me surgió una andanada de reflexiones que tal vez valga la pena anotar.

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En Venezuela está en juego mucho más que el propio proceso de transformación social y económica en la patria de Ezequiel Zamora: es una batalla entre los sueños de dominio total del mundo y el antiimperialismo. Dicha gesta no inició, por supuesto, el 3 de enero de 2026 sino hace 27 años. Desde entonces, Venezuela ha sido incesantemente atacada con diferentes estrategias que van de los intentos de golpe de Estado y los paros petroleros a la torrencial cascada de mentiras y de éstas a las guarimbas y la asfixia comercial sin tregua. En el camino, la Revolución Bolivariana supo convertirse en un referente imprescindible de resistencia al imperialismo y su voracidad. Junto a la Cuba de Fidel Castro, la Venezuela de Hugo Chávez se hizo, por méritos propios, símbolo vivo de los desposeídos en el mundo, muy especialmente de los latinoamericanos. Para el imperio norteamericano, la afrenta viva en la tierra de Alí Primera es demasiada. La Revolución Bolivariana, con la sonrisa irreverente de Chávez en primer plano, se ha enfrentado, con avances y retrocesos, con errores y virtudes, con paso seguro y a los tumbos, a seis administraciones norteamericanas y cinco representantes del poderío imperial: Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump. Desde 1999, en esa batalla diaria, en ese enfrentamiento sin respiro, hay un elemento constante: el proceso bolivariano sólo ha podido sostenerse porque tiene como base y real fortaleza a millones de personas movilizadas. No hay, como bien lo sabía el comandante Chávez, Revolución sin un pueblo convencido dispuesto a todo en la osadía de existir dignamente. Es el pueblo venezolano, desde hace casi tres décadas, quien marca la pauta de la resistencia. Conviene no olvidarlo.

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Indago, leo, pregunto. Un pana mío, chamo de Caracas por más señas, me cuenta como en telegrama su percepción mientras se alista para salir a marchar. “La sensación generalizada es de malestar [con el imperio, se entiende], pero hemos aprendido a que la calma es la mejor alternativa. No es una calma de derrota, es calma de tratar de ubicarse para responder mejor. Un enfrentamiento civil es lo que de verdad quieren los gringos. Si hubo o no traición a Maduro, con el tiempo se sabrá, pero qué raro que quienes hablan de traición no proponen nada para tomar el poder y lo que buscan es dividir. El secuestro de Maduro fue, sin duda, un revés táctico, pero no es el fin del chavismo. Y estos ‘retrocesos’ en lo petrolero y en lo económico no son tan fuertes como los que hubiesen sucedido si cambiase el gobierno a la oposición. Somos un país asediado y debilitado, pero no todo está perdido”. En sus palabras encuentro una lección: la crítica no tiene por qué ser la antesala de la inmovilidad o la derrota. No es ocioso insistir: será el pueblo que se hizo uno con Chávez y Maduro quien tenga, con sus modos, sus pesares y soñares, la palabra definitiva capaz de hacer la luz.

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Indago, leo, pregunto. Luego de escucharme, un profesor mío, mexicano por más señas, lector voraz donde los haya y militante ejemplo de la vida desde la izquierda, me comparte su percepción sobre el tema en cuestión. Le digo, por ejemplo, que escribí para otros espacios con una idea principal: ante los acontecimientos, poner la duda como el centro de las preocupaciones no contribuye a caminar con y para los venezolanos. Que hacer eco de rumores poco ayuda a la causa de los panas, que es la nuestra. Que me desespero sin hacer mucho caso a mi amigo venezolano que tiene la calma inteligente como bandera. Luego de mi descarga, con tranquilidad, mi profe responde: lo raro sería que la izquierda no dude. Además, agrega, el problema de la duda reside en las muy poco precisas aseveraciones que realiza la actual dirección al respecto de cada una de las acciones llevadas a cabo. ¿Cómo interpretar el paso dado que regresa el manejo de la inmensa riqueza petrolera de Venezuela a manos del gran capital extranjero capitaneado por Estados Unidos? ¿Qué decir ante la reapertura de la embajada gringa y el paralelo giro de 180º en la relación que fueron forjando durante todo el proceso con Rusia, China e Irán? Y lo más doloroso: ¿qué decir ante el hecho de que, todo indica, le están dando la espalda a Cuba? ¿Qué diría Chávez de todo esto? El problema de la duda, insiste, es que la actual dirección no está hablando con la verdad por delante ni con la claridad política requerida. Si evaluaron que el golpe del imperio sería tan duro que no podría ser resistido militarmente por el pueblo, entonces así debieron plantearlo ante los venezolanos y ante todos aquellos que con ellos estamos (particularmente ante Cuba, cuyos combatientes dieron la vida en la defensa de Maduro). Si el golpe ha sido tan devastador, que ha sido necesario retroceder de esta manera, así debe decirse, sin tapujos; alejándose de juegos lingüísticos y de explicaciones tan indefendibles en un debate serio. La verdad -como la calma, me dice sin olvidarse del chama mío-, debe ser también una bandera entre los revolucionarios. Fidel, el Che y Chávez bien lo sabían.

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No tengo lugar a dudas. La transmisión es de Telesur. Luego de la movilización de este 3 de febrero, escucho a Delcy Rodríguez declarar lo siguiente: “Es que la divergencia con el gobierno de los Estados Unidos debe hacerse de manera diplomática, por el diálogo político”. Las palabras de la presidente encargada me dejan pasmado. Ojalá, pienso, todo se tratara de una “divergencia” capaz de arreglarse de “manera diplomática” y a través del “diálogo político”, pero la invasión misma y el secuestro de Maduro y Flores son apenas dos elementos de que es imposible dialogar con el imperialismo que busca sometimiento absoluto de los pueblos del planeta. ¿No será que la actual dirección del gobierno evalúa que no tiene la fuerza suficiente para enfrentar de otro modo a la administración de Trump? ¿Será que, desde su perspectiva, la Revolución Bolivariana no se ha desarrollado con las bases mínimas para no permitir la intromisión de los yanquis en la economía y el control petrolero? ¿Será imprescindible dar tantos pasos hacia atrás? Si todo esto es así, ¿por qué Delcy Rodríguez y la dirección del proceso no lo plantean de ese modo, con la crudeza que el caso requiere? Me hago estas preguntas mientras veo a miles de personas exigiendo la libertad de Nicolás Maduro. En esas imágenes encuentro la única certeza posible entre tanta incertidumbre: siempre que el pueblo resista hay posibilidad de triunfo. Tiene razón mi pana, no todo está perdido.

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Hugo Chávez dejó un legado impresionante. Por ejemplo, la tremenda y nunca bien ponderada sensibilidad para captar los sentires, saberes y pensares de los suyos. Entendió, como ninguno de los mandatarios contemporáneos latinoamericanos, que el antiimperialismo es la condición sine qua non para que un país sea libre, soberano y realmente independiente. En su agenda de vida revolucionaria bolivariana, la construcción de una patria socialista fue, junto a la pelea contra el imperio, el objetivo central; para ello, las Comunas, las Misiones, el poder popular y el control de los recursos petroleros sirvieron de pilares. Con su pueblo hizo de la solidaridad la ternura hermana y verdadera para otros pueblos. Fue, del brazo de Fidel Castro y con las enseñanzas de Simón Bolívar, la voz más clara del sur global en la incansable y necesaria batalla por un mundo mejor. En 2008, con un lenguaje poético, sin gramo de ambigüedad, Chávez plasmó una frase valedera hasta el sol de hoy:

“Váyanse al carajo, yanquis de mierda, que aquí hay un pueblo digno. Aquí estamos los hijos de Bolívar, los hijos de Guaicaipuro, los hijos de Túpac Amaru, y estamos dispuestos a ser libres”. Vivido lo vivido, la memoria chavista, antiimperialista y latinoamericana, reclama su lugar.

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El Che es el símbolo vivo del internacionalismo, la solidaridad y la pelea sin tregua contra el imperio. En 1964, ante trabajadores de Santiago de Cuba, aquel argentino universal pronunció algunas palabras que vale la pena no olvidar. Al hablar sobre el asesinato de ciudadanos congoleños a manos de soldados belgas, Guevara señaló:

Eso nos indica a nosotros dos cosas: primero la bestialidad imperialista, bestialidad que no tiene una frontera determinada ni pertenece a un país determinado. Bestias fueron las hordas hitlerianas, como bestias son los norteamericanos hoy, como bestias son los paracaidistas belgas, como bestias fueron los imperialistas franceses en Argelia, porque es la naturaleza del imperialismo la que bestializa a los hombres, la que los convierte en fieras sedientas de sangre que están dispuestas a degollar, a asesinar, a destruir hasta la última imagen de un revolucionario, de un partidario de un régimen que haya caído bajo su bota o que luche por su libertad. Y la estatua que recuerda a Lumumba —hoy destruida pero mañana reconstruida— nos recuerda también, en la historia trágica de ese mártir de la Revolución del mundo, que no se puede confiar en el imperialismo, pero ni un tantito así, nada.

Con careta diplomática o sin ella, el imperialismo no deja de ser imperialismo. La desconfianza hacia él debe ser, como bien lo sabía el Che, una tarea revolucionaria.

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A decir de Jon Lee Anderson, en marzo de 2016, algunos funcionarios estadounidenses designados por Barack Obama ya planeaban cuántas sucursales de McDonalds podrían establecerse en La Habana, ante lo que consideraban una inminente transición a la “democracia” luego del acercamiento entre el gobierno de la Isla y el de los Estados Unidos. En el discurso pronunciado por Obama en su visita a Cuba pudieron escucharse “palabras almibaradas” como las siguientes:

“Es hora ya de olvidarnos del pasado, dejemos el pasado, miremos el futuro, mirémoslo juntos, un futuro de esperanza. Y no va a ser fácil, va a haber retos, y a esos vamos a darle tiempo; pero mi estadía aquí me da más esperanzas de lo que podemos hacer juntos como amigos, como familia, como vecinos, juntos”.

En respuesta a ello, Fidel escribió: “Se supone que cada uno de nosotros corría el riesgo de un infarto al escuchar estas palabras del Presidente de Estados Unidos. Tras un bloqueo despiadado que ha durado ya casi 60 años, ¿y los que han muerto en los ataques mercenarios a barcos y puertos cubanos, un avión de línea repleto de pasajeros hecho estallar en pleno vuelo, invasiones mercenarias, múltiples actos de violencia y de fuerza?

Nadie se haga la ilusión de que el pueblo de este noble y abnegado país renunciará a la gloria y los derechos, y a la riqueza espiritual que ha ganado con el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura”. Así de claro, así de simple. No hay más.

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Treinta y dos combatientes cubanos, integrantes del cuerpo de seguridad de Nicolás Maduro, cayeron asesinados aquel 3 de enero. Gracias al testimonio de Yohandris Varona Torres, recuperado por Ignacio Ramonet, sabemos que “No fue un combate rápido, ni fácil, como en principio intentaron hacer creer Trump y sus secuaces. Con el paso de los días se ha ido confirmando que solo la muerte y la falta de municiones consiguió apagar la resistencia de los cubanos”. Que los cubanos estuvieran ahí, muerte a muerte, habla de la importancia histórica que Fidel y la Revolución cubana veían en el proceso bolivariano. En Venezuela, bien lo sabía el gigante, todavía se disputa el avance de una alternativa al capitalismo o el retroceso a la más descarnada explotación, así se disfrace de bonanza petrolera.

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Como ha quedado demostrado, en Venezuela la confrontación real nunca fue con una oposición inflada mediáticamente, siempre respaldada, financiada y equipada por el gobierno yanqui. En la Patria Grande, el verdadero enemigo a vencer es y será el imperialismo. Mirar con ojo crítico las decisiones del actual gobierno venezolano no debe impedir la solidaridad más cabal e irrestricta con el pueblo que, día a día en estos días, sigue peleando y defendiendo sus conquistas. Que la solidaridad, en todos los suelos del mundo, no impida la crítica; que la crítica no embote jamás la solidaridad imprescindible.

Ya nos dirá la historia hasta dónde son capaces de llegar los mejores hijos de Bolívar. Quizá, como alguna vez dijo Hugo Chávez, consideren que “por ahora” es necesario atrincherarse y resistir. Pero no hay que olvidar que el pueblo venezolano, en casi tres décadas, ha sabido sortear las embestidas imperiales. Su imaginación, su tesón, su organización y su capacidad de respuesta le ha permitido labrar un ejemplar camino. Ya se verá qué tanto avanzó en la real construcción de una patria libre, independiente y soberana. Ese pueblo sabrá encontrar, más tarde o más temprano, la estrategia para defender su derecho a la existencia sin el yugo imperial. Contribuir a ello es tarea de quienes, con Fidel, el Che y Chávez como guías, sabemos que un mundo mejor es posible. La Revolución cubana, a la que ahora Donald Trump también fustiga de manera inclemente, ha marcado un camino que debe ser nuestro camino.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.