Ahora que ya hemos acabado de reírnos, cuando ya no nos caben más chanzas y burlas, ahora que la octogenaria señora del pueblo de Borja que, con la venia del cura, restaurara el Cristo de su iglesia ya no es objeto de permanente escarnio… ¿dónde vamos a encontrar motivos para más y nuevas carcajadas? ¿Qué […]
Ahora que ya hemos acabado de reírnos, cuando ya no nos caben más chanzas y burlas, ahora que la octogenaria señora del pueblo de Borja que, con la venia del cura, restaurara el Cristo de su iglesia ya no es objeto de permanente escarnio… ¿dónde vamos a encontrar motivos para más y nuevas carcajadas? ¿Qué vamos a hacer?
¿Tal vez seguir riéndonos de quienes han restaurado la economía del país hasta conducirnos a todos a la ruina, hasta dejarnos sin recursos, sin trabajo, sin casa y en la calle? ¿De qué otra posible restauración podríamos reírnos a carcajadas? ¿De qué otros restauradores? ¿Quizás de quienes han restaurado derechos humanos adquiridos en largos siglos de lucha y esperanza, como el derecho a la educación, a la salud, a la vivienda, a la palabra, hasta convertirlos en cargos, en imputaciones, cuando no en piezas de museo?
¿De quién podríamos reírnos ahora? ¿De quién burlarnos? ¿De quién hacer escarnio? ¿Acaso de quienes nos roban, nos mienten, nos prohíben, nos violentan? ¿Tal vez de quienes se ríen de nosotros?
A Cecilia, la anciana aragonesa que restaurara el eccehomo y que, visto el resultado de su labor, se convirtiera, a su pesar, en portada y titular de todos los medios de comunicación del mundo, nadie en su sano juicio va a encomendarle restaurar otra obra.
A quienes desde el gobierno se han ocupado de restaurar nuestros mejores sueños hasta transformarlos en nuestra más infame pesadilla, todavía hay, sin embargo, quienes se muestran dispuestos a restaurarles la confianza.
¿Se seguirán riendo, también, cuando los voten?
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