Recomiendo:
0

Dilemas transversales

Dilemas revolucionarios (III)

Fuentes: Rebelión

Una vez expuestos los dilemas a los que, según ya conocemos, se enfrentarán las fuerzas revolucionarias, tanto en lo que se refiere al tipo de sociedad que se quiere construir como alternativa al capitalismo que nos domina (estratégicos), como los que se refieren a cómo debemos actuar para llegar a tener capacidad de realizar esa transformación (tácticos), ahora se abordan otro tipo de dilemas que podríamos denominar transversales, que pueden afectar tanto a una como a la otra de las fases descritas, y también a la lucha cotidiana desde las organizaciones transformadoras, aunque no estemos en períodos revolucionarios. Estos son algunos de los dilemas que también conviene ser capaces de llegar a una síntesis consensuada, que permita una amplia unidad de acción, no sólo en el avance hacia una sociedad sin explotación, como en la defensa de los derechos ante los ataques permanentes de las fuerzas del capital.

A) Pacifismo / Violencia

Es uno de los dilemas clásicos. Podríamos convenir que se ha producido un amplio consenso, incluidas las fuerzas transformadoras, en el rechazo a los métodos violentos en la acción política, al menos en las sociedades de democracias liberales (véase los casos europeos ya mencionados)

Pero este criterio que parece haberse impuesto, ¿significa que se acepta que sea el Estado quien tenga el monopolio de la violencia? ¿Tendría este criterio algún límite? Por ejemplo, ¿renunciaríamos a la violencia frente a un ataque violento y golpista? Si se produce una invasión por parte de otros países, ¿no defenderíamos nuestros derechos y territorio, también por métodos violentos si fuese necesario?

En este debate se cruzan criterios que pertenecen a planos diferentes. Por ejemplo en un caso el debate se puede circunscribir al plano moral, de si como ser humano tenemos derecho a agredir a otro ser humano, incluso en defensa propia.

Otro criterio es el de la oportunidad política. Parece que las guerrillas urbanas (calificadas como terroristas) que estuvieron operando en países democráticos hace unas décadas, no fueron capaces de conseguir sus objetivos, sino más bien se fueron alejando de ellos al ir perdiendo cada vez más el apoyo de la población.

En el apartado de dilemas estratégicos ya se planteaba también este aspecto, pero relacionado con la actividad de la institución, en relación de si debía existir un ejército profesional, una población preparada para una hipotética defensa, incluso armada, o nada que se le parezca.

B) Eficacia – Organización / Pluralismo – Asamblearismo

Tradicionalmente las organizaciones han evolucionado hacia criterios de jerarquía y disciplina para aumentar su eficacia; el paradigma de este tipo de organización sería el ejército. Las organizaciones de tipo asambleario generalmente han sido torpes o lentas a la hora de adoptar decisiones, que muchas veces no pueden esperar a esa dinámica. 

La experiencia también nos ha enseñado que las organizaciones verticales, con fuertes liderazgos y poco debate interno, se revelan frágiles con el paso del tiempo, sobre todo si se trata de organizaciones sociales voluntarias, a diferencia de las profesionales en las que la disciplina va unida a la remuneración o pertenencia a la misma. A los poderes fácticos le resulta más fácil anular a una organización si esta depende de una persona, ya que mediante su destrucción (física o mediática) se puede desmoronar la propia organización. 

Nuevas teorías apuntan a otras formas de organización policéntrica, que aumentaría la capacidad de creación colectiva, y al mismo tiempo distribuiría la red de supervivencia en caso de ataque. Creo que este tipo de modelos organizativos todavía están lejos de implantarse, pero parece necesario, y en cierto modo urgente, avanzar en consensos organizativos que superen los fracasos de las organizaciones verticalizadas, y las rémoras y lentitudes de las que se basan en el asamblearismo.

C) Concienciación – Medio plazo / Insurrección – corto plazo

Otro de los dilemas permanentes, no sólo en la perspectiva revolucionaria, sino en el día a día de las luchas sociales, se refiere a si deberíamos dedicar más tiempo al trabajo de concienciación y formación de la población, o los esfuerzos los dedicamos más a la acción directa. Es muy frecuente escuchar en los debates la queja “es que la gente no está concienciada, y la movilización será un fracaso”; pero mientras se formulan este tipo de razonamientos, se suceden movilizaciones, en ocasiones de una gran envergadura. ¿Quién llevaba razón? 

Históricamente los mencheviques consideraban que no había condiciones para la revolución obrera, mientras que los bolcheviques opinaban lo contrario y lo consiguieron. Alguien podrá decir que la historia posterior le dio la razón a los primeros… 

No debemos ignorar que en muchas ocasiones el trabajo de pico y pala de concienciación y organización en ocasiones queda trastocado por nuevas formas de organización social, que echan al traste lo construido hasta entonces. Por ejemplo la proliferación de centros comerciales hace que las relaciones sociales y vecinales queden contaminadas por el consumismo. Y también la implantación del teletrabajo descompone en la práctica la necesaria  unidad de la clase trabajadora. Pero tampoco deja de ser cierto que ciertos acontecimientos en ocasiones tienen el efecto de acelerar de manera repentina, los procesos de concienciación y rebeldía. 

En este caso voy a adelantar mi opinión, y es que hay que dedicar las energías a ambos polos del dilema, ya que sin una población concienciada difícilmente se podrán dar pasos transformadores; pero tampoco puedes dejar pasar las oportunidades que la realidad presenta, pues un acontecimiento puede desencadenar una crisis que no debes dejar pasar para dar un paso importante.

D) Desarrollismo – depredación / Decrecimiento – Respeto planetario

El ecologismo acuñó el concepto de “decrecimiento” en contraposición al desarrollismo sin freno que está colapsando los recursos planetarios y poniendo en riesgo cierto a la propia especie y la vida del planeta.

El debate está en saber si los métodos de producción sostenibles y ecológicos (de equilibrio) tienen la capacidad de satisfacer las necesidades de alimentación y techo que tiene el conjunto de la humanidad, y de manera urgente. 

El ecologismo ha ganado terreno en la conciencia colectiva, frente a épocas que se despreciaba, y ahora se le tiene más en cuenta no sólo en los comportamientos individuales. Pero también ha cosechado muchas derrotas frente a desarrollos tecnológicos que no ha sido capaz de frenar. Quizás sería útil que este movimiento fuese capaz de realizar una propuesta global de cómo articular sociedades complejas y que sean viables, para que se incorpore al proyecto revolucionario, y de esta manera supere la mera actitud de rechazo al desarrollo en que la opinión pública interesada le quiere colocar. 

E) Reforma / Revolución

Este clásico debate está ahora menos de moda que hace 50 años, en un período en que había revoluciones y mentalidad para ello. La práctica más cotidiana de los movimientos sociales y partidos políticos se mueve más en el pragmatismo de las luchas concretas, desvinculadas de un proyecto más ambicioso.

En el lado opuesto, otras organizaciones que se consideran depositarias de la verdad revolucionaria mundial, incapaces de hacer algo concreto, se mueven, en sus discursos y manifiestos, en la mera retórica revolucionaria carente de sustancia, inmunes a los interrogantes que la historia ha colocado las experiencias realmente existentes. No dedicaremos más espacio a este tipo de prácticas.

La experiencia enseña que la lucha por aspectos concretos de la vida (supuesto “reformismo”) es básica para acumular fuerzas y preparar a las personas y organizaciones para conquistas superiores (sin descartar que a veces unas conquistas suponen una desmovilización posterior, y por eso el poder las concede). Pero es importante que esas luchas parciales de alguna manera se puedan insertar en una lucha más global, por el cambio de sociedad.

F) Las Urnas / la Calle

Ya escribió James Petras un ensayo de mucho interés sobre este tema. Conocido es el apego que determinadas organizaciones políticas (y no me refiero sólo a las de derecha clásica) tienen a las instituciones, a las que consideran, además de propia fuente de financiación y empleo (que también), como el único espacio donde se puede realizar algún tipo de transformaciones. Aunque algunos lo quieran ignorar, sabemos que las instituciones están al servicio de un modelo de sociedad, y su margen de actuación es muy limitado; a lo que hay que añadir las presiones que los poderosos ejercen, de muchas maneras, sobre la acción de gobierno.

A otras personas y organizaciones en cambio las instituciones “les produce urticaria”, y por ello desprecian el valor que pueda tener el voto, al que consideran un mecanismo de sumisión al sistema. Pero estos sectores olvidan que, les guste o no, las instituciones gestionan presupuestos de dinero aportado por todas y todos, y que en ellas se aprueban leyes y directrices que finalmente a todas las personas afectan y deben cumplir. 

Soy de los que opina que este supuesto dilema en realidad no lo es tal, sino dos caras, entre otras, de una misma lucha global. Sin calle no hay fuerza, y sin mayorías institucionales no puedes tomar decisiones favorables al pueblo. La lucha es en todos los frentes.

EPÍLOGO

Llegados a este punto, seguramente a más de una persona le habrán parecido estos debates y dilemas conceptos del pasado.

Me temo que cuanto más lejano se considere este debate, es que más nos hemos alejado de esta aspiración por un mundo nuevo y superador del despropósito capitalista. 

¿Hemos perdido la ambición? ¿No hemos superado los fracasos de las revoluciones que realmente han existido? ¿Resulta más cómodo navegar en las plácidas aguas de las pequeñas luchas cotidianas, a meternos en las turbulencias revolucionarias?

Existe una necesidad imperiosa de acabar con el capitalismo, sistema basado en el lucro personal a costa de todo lo demás, antes de que el capitalismo acabe con todo, incluida la vida y hasta el mismo planeta que la cobija. 

El siglo XX vivió muchos procesos revolucionarios y descolonizadores, y era más fácil tener presente estos debates. Por desgracia el panorama actual es mucho más gris, y es fácil de entender que los debates giren en torno a otras cuestiones. 

Pero la ausencia de una agenda revolucionaria ha dejado al capitalismo con un gran margen de actuación, buscando y encontrando nuevos nichos para sus beneficios, que crecen sin parar. Los estados del bienestar realmente conocidos, fueron, entre otros motivos, respuesta a luchas obreras que amenazaban al propio sistema, y el capital prefirió ganar un poco menos, temeroso a perder todo. Pero en la medida que ahora no percibe ese riesgo, está desbocado en su objetivo de subir sin límites sus beneficios. Y eso significa que cada vez serán más amplias las capas de población que no alcancen los niveles básicos para una vida digna, como lo estamos viendo en las sociedades más avanzadas, en las que la juventud no puede acceder a una vivienda. 

Ya no sólo son las guerras y las hambrunas provocadas por este sistema infernal, las que nos deben servir de acicate para adquirir conciencia de la necesidad de transformar el sistema; es que ya ni siquiera en los países más desarrollados puedes estar libre de no caer por el precipicio social, aunque tengas una carrera y un trabajo. 

Por muy cómodo que quieras estar en tu espacio de confort, no olvides que los riesgos de perderlo son cada vez mayores, y no por culpa de los inmigrantes precisamente. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.