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Entrevista a Alfredo Apilánez sobre Manuel Sacristán

‘El ecologismo de Sacristán es más libertario que marxista’

Fuentes: Rebelión [Imagen: Alfredo Apilánez. Créditos: Espai Marx]

En esta nueva entrega del Centenario Manuel Sacristán Salvador López Arnal entrevista a Alfredo Apilánez, economista de formación que ha desarrollado su carrera profesional en el ámbito de la enseñanza como profesor de ciencias sociales.


Salvador López Arnal.- Si no ando errado, no llegaste a conocer personalmente a Manuel Sacristán. ¿Cómo llegaste a su obra, a su hacer?

Alfredo Apilánez.- No, no andas errado. Pero antes que nada, permíteme que explicite mi agradecimiento por la oportunidad que me das de poder hacer una humilde aportación a este gigantesco esfuerzo que estáis haciendo tú mismo y algunos compañeros más –me abstengo de decir nombres para no dejarme a nadie– para rendir un merecidísimo homenaje al maestro de tantos que fue Manuel Sacristán.

Salvador López Arnal.- Muchas gracias por tu generoso comentario. Es esfuerzo de muchos.

Alfredo Apilánez.- Yendo ya a tu pregunta, te diría que mi acercamiento a Sacristán fue bastante oblicuo e intermitente. El primer conocimiento que tuve de su figura fue en mis años de estudiante en la Universidad de Oviedo, allá por finales de los 80. En el círculo en el que me movía había algunos estudiantes de letras –Filosofía, Psicología, etc.– que orbitaban en torno a la figura de Gustavo Bueno, que por entonces era el pope de la intelectualidad progresista asturiana. De ahí que la primera referencia que tuviera de Sacristán fuera a propósito de la famosa «polémica» entre los dos –lo entrecomillo porque, en realidad, no hubo tal polémica, ante la falta de respuesta de Sacristán– sobre el estatus de la filosofía en el conjunto del saber y en los estudios superiores.

Sin entrar ni mucho menos a fondo en el asunto sí que referiré que, tras leer los dos textos, me pareció que Sacristán tenía razón en que la Filosofía como tal no es un saber sustantivo, sino de segundo grado o crítico –«un filósofo es un especialista en Nada», según su provocadora formulación–, que bebe de una rica tradición milenaria, pero que se encuentra actualmente supeditada a los desarrollos de las ciencias sociales y a los enormes avances de las ciencias naturales. Quizás –si me permites la especulación– la degeneración sectaria y reaccionaria que ha tenido la llamada «Escuela de Oviedo», encabezada por el propio Bueno y continuada por sus epígonos, no deja de ser una contraprueba empírica del carácter estéril de la pretensión de Bueno de construir un gran sistema filosófico –el llamado Materialismo filosófico y su concreción en la teoría del «cierre categorial»– totalizador y, a su vez, de la consistencia de los argumentos de Sacristán contra la especialización de la filosofía y su reclusión en una «torre de marfil».

El segundo –y ya más serio y directo– acercamiento a su obra fue hacia mediados de los 90, a partir de la lectura de los variados y muy feraces textos de los volúmenes de Panfletos y Materiales. Ahí fue donde descubrí realmente la fertilidad y la impresionante amplitud de la «paleta» sacristaniana. Y el «enganche» –si me permites la expresión– se consolidó en gran parte por «culpa» tuya, a partir de la aparición de Rebelión a finales de los 90 y de la publicación de todos tus trabajos de edición, recopilación y recuperación de su obra, en gran parte inédita y que, por razones bien conocidas, no pudo tener una difusión adecuada en vida. Quiero destacar, por último, el extraordinario libro M.A.R.X, que editaste en El Viejo Topo en 2003. Todavía a día de hoy sigue siendo para mí una fuente inagotable de fulgurantes destellos de una lucidez y amplitud de miras sin parangón.

Este fue, en resumen, si me permites el coloquialismo, mi proceso de «enamoramiento» del inabarcable magisterio sacristaniano.

Salvador López Arnal.- Muchas gracias de nuevo. Cuarenta años después de su fallecimiento, ¿sigue teniendo interés y vigencia su pensamiento?

Alfredo Apilánez.- Mucho me temo que, si me permites la cariñosa descortesía, se trata de una pregunta retórica. Solo tiene uno que fijarse en el enorme impacto que están teniendo todas las actividades que tú y otros compañeros estáis organizando para conmemorar su centenario. Creo que la impresionante «nómina» de personas cualificadísimas que han contribuido al merecidísimo tributo de muy diversas formas es suficiente demostración de la extraordinaria influencia y de la candente actualidad del «poliedro» Sacristán.

Si me pides que diga los principales motivos de la absoluta vigencia de su pensamiento, serían para mí –muy telegráficamente– los siguientes:

La necesidad de renovación radical de la tradición de la izquierda, expresada en su famosa boutade acerca de la necesidad de «volver a empezar de cero, como si hubiéramos perdido» y, en consonancia, de superación de los «ismos» y de vuelta a 1848, como si no hubiera división entre marxistas y anarquistas.

En relación con lo anterior, su crítica de los dogmas canónicos de la izquierda revolucionaria –lo que llama el «milenarismo», la idea de que la historia corría a su favor y la creencia en la revolución como el fin de los tiempos–; el cuestionamiento asimismo de los instrumentos clásicos –partido político, sindicatos, etc.– y de las estrategias de lucha político-social tradicionales, fundamentalmente estatistas. Y, en consecuencia, su defensa de las «pequeñas agregaciones», de la necesidad de transformación de la vida cotidiana y de una «mutación» antropológica. Todos estos ingredientes me parecen esenciales para la lucha antagonista del presente.

Es evidente su condición de pionero de la inclusión de los «nuevos problemas» –ecologismo, feminismo y pacifismo– en el tronco de la tradición de la izquierda transformadora y su crítica de los resabios productivistas e ingenuamente progresistas de la tradición marxista ortodoxa.

Salvador López Arnal.- Creo que estás especialmente interesado en la arista ecologista de su obra. ¿Fue Sacristán un pionero del ecologismo en España?

Alfredo Apilánez.- Y tanto que lo fue. Creo que no ando errado si afirmo que fue el primer pensador relevante de habla hispana que, sin abandonar en absoluto la tradición de la izquierda revolucionaria, se percató del carácter perentorio de la recuperación de la alianza entre –utilizando sus propias palabras– «el movimiento obrero y la ciencia», en aras de incorporar al ADN de la lucha anticapitalista el carácter acuciante de la cuestión ecológica. Y esa fusión conllevaba un replanteamiento profundo de los principios básicos que habían regido la evolución de la izquierda política y social –en concreto, de los sindicatos– durante los siglos XIX y XX.

Sacristán se dio cuenta muy pronto –probablemente influido en gran medida por el Informe al Club de Roma sobre los límites del crecimiento de 1972– de que el carácter de omnívoro biofísico del capitalismo neoliberal había superado la «línea de no retorno» y, por tanto, su compulsión a pasar por encima de sus límites en pos de contener, agónicamente, su degradación, abocaba a la sociedad humana a enfrentarse a su propia supervivencia: «la especie de la hybris, del pecado original, de la soberbia, la especie exagerada».

Esto exigía, entre otras cosas, el abandono del productivismo ingenuo –sustanciado en la introducción del concepto de «fuerzas productivo-destructivas»–, que hasta entonces había caracterizado a la tradición marxista, y la fusión del movimiento obrero con los movimientos sociales que afrontaban los nuevos problemas civilizatorios, entre ellos, y en lugar muy destacado, el desastre ecológico. Esta constatación, unida a su aguda percepción de la encrucijada vital en la que se hallaba la especie humana, supusieron un replanteamiento radical –muy incomprendido por sus supuestos correligionarios– de los principios basales de la izquierda tradicional.

Salvador López Arnal.- ¿Cuál de sus escritos ecologistas destacarías especialmente?

Alfredo Apilánez.- Diría que el más importante y clarificador, en mi opinión, es la «Comunicación a las jornadas de ecología y política» de Murcia de 1979. Creo que ahí es donde mejor sintetizadas están sus ideas profundamente renovadoras. Empezando por la primera frase: «En los párrafos siguientes me propongo una consideración general de los problemas que la crisis ecológica plantea a la izquierda revolucionaria». Se trata por tanto de un texto programático, en el que esboza las líneas generales de su propuesta de fusión entre la izquierda transformadora y los movimientos sociales «amigos de la tierra».

Sin embargo, y de nuevo en mi humilde opinión, en cuanto a la frescura –a veces incluso un poco brutal– y la luminosidad inspiradora de sus reflexiones, el texto más impactante es la transcripción de la conferencia «¿Por qué faltan economistas en el movimiento ecologista?». Sobre todo destacaría la parte de las preguntas finales donde Sacristán habla «a calzón quitado» de cuál debería ser la forma de lucha sociopolítica anticapitalista más apropiada para esta época de derrota y de ecocidio.

Por supuesto que son jalones imprescindibles también su conferencia sobre la «Tradición marxista y nuevos problemas» y las siempre jugosas opiniones vertidas en sus, desgraciadamente escasas, entrevistas. Por ejemplo la que tuvo con la revista Dialéctica en 1983.

Sé que me dejo muchas cosas –la extensa pero interesantísima conversación con Wolfgang Harich, por ejemplo–, pero si tuviera que elegir me quedaría como digo con las dos primeras.

Salvador López Arnal.- En tu opinión, ¿qué tipo de ecologismo era el suyo? ¿Cuáles serían sus tesis más relevantes?

Alfredo Apilánez.- Antes de entrar en materia, y si me permites la leve matización, más que de ecologismo, hablaría del ecosocialismo de Sacristán, o incluso del ecologismo social de cariz libertario. Creo que no es una cuestión baladí porque, como decíamos antes, Sacristán se distancia simultáneamente del culto al progreso, consustancial a la ortodoxia de la tradición «obrerista» y marxista, pero también del «ambientalismo», de cariz conservacionista y romántico, que era el ecologismo más habitual en su época. Pensemos por ejemplo –y conste que lo digo con todo el respeto– en la descomunal tarea de divulgación natural realizada por Félix Rodríguez de la Fuente en su famosísimo programa de televisión «El hombre y la Tierra». A pesar de su indudable valía, que creo que todos los de mi generación recordamos con mucho cariño, se trata de una contribución que carece de crítica social y, excuso decir, de anticapitalismo. Es decir, se centra únicamente en el conservacionismo y en la apelación romántica a los «humanos» a mejorar su relación con la naturaleza. Sacristán es por tanto, en mi opinión, el primer pensador –al menos en el ámbito hispano– que fusiona con seriedad y rigor sin parangón la tradición revolucionaria de la izquierda con la cuestión ecológica. Pero también rechaza tirar al «niño con el agua sucia». Es decir, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con la mayoría de los economistas ecológicos y con muchos partidarios del Decrecimiento, Sacristán mantiene la vigencia del núcleo del pensamiento marxiano, amén de defender los «Atisbos político-ecológicos de Marx», basados en la noción de metabolismo socionatural.

En relación de nuevo con el «problema del poder», Sacristán afirma taxativamente la necesidad de un ecologismo revolucionario y, como se desprende de la siguiente cita, consecuentemente antirreformista: «No es posible conseguir mediante reformas que se convierta en amigo de la Tierra un sistema cuya dinámica esencial es la depredación creciente e irreversible. Por eso lo razonablemente reformista es, también en esto, irracional»

Es muy importante señalar también –sobre todo proviniendo, como era su caso, de la tradición marxista– su defensa de las pequeñas agregaciones y de las comunidades de convivencia como vías de comenzar la transformación social y ecológica desde abajo. Como creo que él lo expresó de forma impecable, lo mejor es darle de nuevo la palabra: «Cuando la gente que tenemos convicciones ecologistas propugnamos lo pequeño, por decirlo de la manera más ‘cursi’, las pequeñas agregaciones, no estamos pensando sólo a lo Gramsci, y eso es ya importante, que esa es ya una manera de cubrir el planeta, empezar por las moléculas, sino que además estamos pensando que hay que evitar que la dinámica de las grandes agregaciones vuelva a hacer lo que está haciendo hasta ahora con la individualidad. Es decir, hay además una afirmación positiva, que es sustancial, la de que la pequeña agregación es un tipo de cultura que preferimos a la vista de lo que está pasando con las grandes agregaciones».

Creo que estas breves pinceladas permiten sostener la opinión de que, si partimos de las coordenadas actuales, el pensamiento de Sacristán, al menos en sus últimos años, se sitúa más próximo al ecologismo social de cariz libertario que al ecosocialismo heredero de la tradición marxista, a pesar de que esa era, como hemos señalado, paradójicamente la suya propia.

Salvador López Arnal.- ¿Qué opinión te merece mientras tanto, la revista fundada inicialmente por él, Giulia Adinolfi y otros amigos y compañeros: Francisco Fernández Buey, Toni Domènech, Miguel Candel, María José Aubet, Ramon Garrabou?

Alfredo Apilánez.- Creo que la aparición de mientras tanto es un hito decisivo en esa afirmación de la necesidad de una renovación profunda de la tradición emancipatoria que guía toda la trayectoria de Sacristán –y también por supuesto de su compañero y discípulo Francisco Fernández Buey y del resto de componentes de la revista– a lo largo de los años 70 y 80. De hecho, y dicho sea de paso, diría que es bastante significativo que su creación coincida casi en el tiempo con el abandono definitivo de su militancia en el PSUC. La publicación de la revista -en continuidad con Materiales, el proyecto editorial previo de vida efímera- incide, por tanto, en este aspecto básico de la fusión de la tradición de la izquierda revolucionaria con los nuevos movimientos que reflejan la aparición de «los nuevos problemas» civilizatorios. De ahí que la línea editorial de la revista quede expresada por sus colores: rojo, verde y violeta. El rojo expresa su identificación con los proyectos de emancipación social y política de las clases trabajadoras; el verde, su ecologismo y el violeta, su feminismo.

Creo que la mejor prueba de ese carácter profundamente innovador de la revista está en la deslumbrante «Carta de la redacción» del primer número escrita por Sacristán. Diría que se trata, en mi opinión, del mejor programa de acción revolucionaria que conozco, escrito además con un lenguaje y un estilo marca de la casa, es decir, deslumbrantes. Para ofrecer solo un botón de muestra de su carácter asombrosamente premonitorio, me gustaría destacar la mención que hace Sacristán a una paradoja que hoy, en plena expansión de la ola de la ultraderecha, se vuelve cada vez más lacerante. A saber, la coincidencia de una crisis profunda –quizás terminal– de la civilización del capital con un reforzamiento de la «hegemonía ideológico-cultural burguesa», en medio de la parálisis de la izquierda social y política y de la pérdida irremediable de la vieja cultura proletaria de las clases subalternas. En fin, creo que se trata de un retrato, no por áspero y amargo, menos lúcido, de la catástrofe en la que casi medio siglo después nos encontramos, si cabe incluso con mayor virulencia.

De modo que vuelvo, si me permites, a darle la palabra porque creo que no se puede explicar mejor esa, cada vez más ardua, tarea de reconstruir una «perspectiva esperanzadora» que como él lo hace en este luminoso paso: «La tarea se puede ver de varios modos, según el lugar desde el cual se la emprenda: consiste, por ejemplo, en conseguir que los movimientos ecologistas, que se cuentan entre los portadores de la ciencia autocrítica de este fin de siglo, se doten de capacidad revolucionaria (…). Quienes de verdad tienen la palabra son los movimientos potencialmente transformadores, desde las franjas revolucionarias del movimiento obrero tradicional hasta las nuevas comunidades amigas de la Tierra. Sólo cuando unas y otras coincidan en una nueva alianza se abrirá una perspectiva esperanzadora».

Salvador López Arnal.- ¿Qué tipo de política socialista y ecologista de la ciencia defendía Sacristán? ¿Tiene vigencia para nuestro hoy en tu opinión?

Alfredo Apilánez.- Diría que, en este punto y hasta donde alcanzan mis escasos conocimientos, la posición de Sacristán es también de una gran lucidez. Su punto de partida es lo que denominaba, siguiendo a Aristóteles, el principio de mesotés, de la cordura, de la mesura.

A partir de ahí, cuestionaba radicalmente la confianza ilimitada en la tecnociencia como fuerza emancipadora –el desarrollo de las fuerzas productivas–, que era característica de la mayor parte de la tradición de la izquierda marxista y, aunque en menor medida, también anarquista. Argumentaba a colación que la «bondad epistemológica» del conocimiento científico se tornaba peligrosa al aplicarse a fines destructivos (como las bombas atómicas), lo que le llevó, como decíamos antes, a reformular las fuerzas productivas como «fuerzas productivo-destructivas». Dejo rápidamente dos botones de muestra de esos muy sensatos y ecológicos principios de los fundamentos de una política socialista de la ciencia:

«Por el contrario, habría que entender que un programa socialista no requiere hoy (quizá no lo requirió nunca) primordialmente desarrollar las fuerzas productivas, sino controlarlas, desarrollarlas o frenarlas selectivamente».

«No hay antagonismo entre tecnología (en el sentido de técnicas de base científico-teórica) y ecologismo, sino entre tecnologías destructoras de las condiciones de vida de nuestra especie y tecnologías favorables a largo plazo a ésta. Creo que así hay que plantear las cosas, no con una mala mística de la naturaleza»

Pero quizás la cuestión para mí más importante es el acento que ponía en que la clave era de nuevo el «problema del poder», es decir, que, sin ser en absoluto un asunto sencillo, la decisión sobre la conservación, transformación o destrucción de partes de la «megamáquina» generada por el capital era –salvo ejemplos flagrantes como el armamento, el automóvil o la energía nuclear– una cuestión de poder, es decir, de situar la prioridad, como se refleja en el siguiente paso, en la transformación social radical:

«Pues el problema de las técnicas no parece grave en absoluto. El problema del poder se plantea de un modo todavía más crudo al movimiento ecologista porque no es una cuestión de técnicas. Incluso en el punto más difícil, el punto energético, la cosa parece salvada. Yo estoy dispuesto a rectificarme, tampoco soy un ingeniero, soy un ignorante, que académicamente se llama filósofo, pero todo hace pensar que el problema no son las técnicas».

Salvador López Arnal.- ¿No idealizó Sacristán en exceso el papel del movimiento obrero, al que siguió considerando hasta el final de sus días la vanguardia, por decirlo de modo clásico, de la lucha anticapitalista?

Alfredo Apilánez.- En este punto neurálgico te diría que, en mi opinión, el último Sacristán parece vacilar. Mientras que, por un lado, es consciente de la aguda crisis del trabajo asalariado, de la degradación y precarización del empleo en la fase neoliberal, del conflicto insalvable ecologismo-sindicalismo y de la necesidad, en definitiva, de construir un sujeto más integral, no centrado solo en la clase trabajadora, por el otro, mantiene la confianza, digamos que «agónica», en que la clase obrera es el agente principal del cambio social. Es decir, que mantuvo la creencia, a pesar de todo, en la pervivencia del carácter preferente como sujeto transformador de la clase trabajadora, concebida como los «sustentadores de la especie», «aquellos que crean la vida social». Sin embargo, la sensación de vacilación se incrementa al comprobar cómo su posición parece oscilar entre, por un lado, la afirmación de la necesidad de continuar con el trabajo y la militancia en las viejas organizaciones obreras, al menos para tratar de radicalizarlas y de aprovechar la infraestructura y la logística de sus aparatos sociopolíticos; pero, por otro lado, como hemos mencionado ya, aboga reiteradamente por potenciar las pequeñas agregaciones, las comunidades de convivencia, al hilo de la necesidad de «poner telar en casa» y transformar la vida cotidiana.

Creo que esa vacilación es, como siempre en él, muy auténtica y se debe a que, incluso en una persona tan abierta al cuestionamiento y a la autocrítica, las adherencias de la tradición a la que pertenecía y a su propia biografía política, eran demasiado poderosas para realizar un replanteamiento radical de esta cuestión.

Sin embargo, creo que es bastante evidente a estas alturas que las predicciones de Sacristán acerca de la pervivencia del «sujeto» tradicional, encarnado en los restos del movimiento obrero, no se verificaron: «Yo creo que la nueva problemática no cambia la vieja concepción del movimiento obrero revolucionario, según la cual el agente del cambio social está en las clases trabajadoras (si es que llega a haber un agente con consciencia y voluntad), principalmente en el proletariado urbano».

Quizás entonces –por muy desgarrador que resulte para los viejos militantes– habría que perder la esperanza histórica en que el ámbito laboral –la lucha de clases en sentido tradicional– sea necesariamente emancipatorio y, como muestra el siguiente paso del texto clásico de crítica del marxismo tradicional de Moishe Postone, darle la vuelta incluso al argumento, dado que los trabajadores dependen en realidad del crecimiento capitalista: «Más aún, ya que el trabajo está determinado como un medio necesario para la reproducción individual en la sociedad capitalista, los trabajadores asalariados siguen dependiendo del «crecimiento» del capital incluso cuando las consecuencias de su trabajo, ecológicas o de cualquier otra clase, funcionan en detrimento de ellos mismos o de los demás».

Es decir que en esta peliaguda cuestión se refleja a la vez la agudeza de sus intuiciones acerca de la crisis quizás terminal del movimiento obrero tradicional y, simultáneamente, también el desgarro y la dificultad que conllevaba la ruptura con las viejas concepciones de la tradición revolucionaria a la que pertenecía.

Salvador López Arnal.- Has hablado en alguna ocasión de la frescura y capacidad de percepción de la realidad de Sacristán, de su «limpieza de miras». ¿Puedes desarrollar esta idea, esta bella metáfora?

Alfredo Apilánez.- Creo que lo que mencionas se desprende directamente de todo lo que estamos desarrollando.

Como se constata fehacientemente en las consideraciones previas, Sacristán combina una extraordinaria capacidad para detectar los «nuevos problemas» y las implicaciones tectónicas que su asunción crítica tiene para la tradición de la izquierda y, simultáneamente, una honestidad «brutal» –si me permites de nuevo el coloquialismo– a la hora de asumir hasta el final las consecuencias derivadas de esa necesidad de «volver a empezar de nuevo, como si hubiéramos perdido».

Estos dos rasgos convierten a Sacristán en un pionero, una rara avis, alguien adelantado a su tiempo que desbroza senderos no transitados. La prueba es que la mayor parte de sus intuiciones y reflexiones han sido extraordinariamente certeras.

Un motivo, en mi opinión, digamos pragmático, de esta frescura y capacidad de percepción de la realidad, en ocasiones incluso masoquista por lo que suponía de autoinmolación, sería que siempre voló por libre, nunca hizo carrera académica ni tuvo una posición acomodada. Es muy probable que esta «ligereza de equipaje», el hecho de no tener vinculación orgánica con ningún estamento académico-corporativo –no tener que defender el «cocido»–, de ser un poco «perdedor» –como Gramsci, el Che, Gerónimo o Miguel Hernández–, le ayudara a pensarlo todo con esa «limpieza de miras» a la que te refieres.

Salvador López Arnal.- Te has referido también a su idea de derrota de la izquierda social y política y a la necesidad de volver a empezar de nuevo. ¿A qué «empezar de nuevo» se estaba refiriendo Sacristán en tu opinión?

Alfredo Apilánez.- Como ya hemos también esbozado, Sacristán percibió con nitidez el impacto devastador de la contrarrevolución neoliberal sobre las organizaciones tradicionales del movimiento obrero, la destrucción de la cultura obrera que ello implicaba y la progresiva retirada de la izquierda institucional –incluido el Partido Comunista en el que él había militado– hacia posiciones no ya reformistas sino incluso –en el caso del PSOE, por ejemplo– socialliberales. La transición posfranquista hacia el «Régimen del 78» es un buen ejemplo: Pactos de la Moncloa, referéndum de la OTAN, reconversión industrial, reformas laborales, etc.

Creo que merece la pena mostrar, si me permites, esa degeneración sin paliativos de lo que en otra época se conoció como izquierda revolucionaria en sus propias palabras, siempre tan descarnadas y al mismo tiempo luminosas, y cuya palpitante actualidad no deja de impresionar: «Hay que empezar por una autoafirmación moral. Saber que en medio de esta espantosa derrota material, de todos modos, lo que ofrecen quienes están rigiendo el cambio social en estos momentos, no es más que la exacerbación de los horrores que estamos viendo, la exacerbación del hambre en el tercer mundo, del desarrollo de tecnologías destructoras del planeta, etc, sin olvidar el punto del etcétera que más importa, a saber, la amenaza de guerra. Los únicos valores positivos siguen estando donde estaban, en esa izquierda social por derrotada que esté. Desde esos valores hay que volver a empezar otra vez como si hubiéramos perdido, que de hecho lo hemos perdido, disculparme la brutalidad de viejo con la que he decidido hablar esta noche aunque sea brevemente, como hemos perdido lo que empezó en 1848. El lado positivo de todo esto sería que si hay que empezar como en 1847, entonces habría que empezar como si no estuviéramos divididos en las distintas corrientes del movimiento de renovación social, como si todos fuéramos socialistas, comunistas y anarquistas, sin prejuicios entre nosotros, volviendo a empezar de nuevo, a replantearnos cómo son las cosas, en qué puede consistir ahora el cambio, y sobre todo al servicio de qué valores, admitiendo de una vez que lo que hay en medio lo hemos perdido».

Sacristán apunta por tanto a la necesidad perentoria de fusión de las dos tradiciones históricas del movimiento obrero y, como ya ha quedado dicho, quizás su mayor contribución sea la apelación a la urgencia de la integración de la izquierda tradicional con los nuevos movimientos sociales –ecologismo, feminismo y pacifismo–. De hecho, en otro lugar se refiere a la necesidad de superar las «disputas de escuela» y los distintos -ismos –con la excepción, eso sí, del más importante: el comunismo– para enfrentar limpiamente y sin lastres ideológicos los acuciantes problemas de este mundo grande y terrible.

Y todo esto lo afirma no solo frente a la traición reaccionaria o a la deriva reformista de muchos antiguos revolucionarios, sino también respecto a la actitud de dar la espalda al mundo de muchos intelectuales que dejan de luchar y se acomodan en la melancolía de la derrota, situación por desgracia cada vez también más frecuente en estos tiempos desencantados. Creo que –si no te parece que estoy abusando de las referencias– lo mejor también sería darle la palabra.

Salvador López Arnal.- No abusas de referencias, démosle la palabra:

Alfredo Apilánez.- «Los cambios de pesimismo, que es muy frecuente encontrar tanto en Madrid como en Barcelona entre intelectuales procedentes de la izquierda marxista, pueden verbalizarse de muchos modos. El que más interesante me resulta es el de aquellos que teniendo a sus espaldas bastantes años de pelea ideológica por lo menos y, muchas veces, incluso de política orgánica, un buen día deciden que el mundo no presenta ya ninguna esperanza, que lo único que se puede hacer es prepararse a bien morir para cuando estallen los primeros cohetes, y que entonces a lo que hay que dedicarse es no ya a teoría sociológica ni a problemas más concretos, como por ejemplo el de la energía o el de la contaminación, sino que más vale leer simplemente poesía, algo de filosofía, lo más especulativa posible, y esperar el final».

Imposible expresar mejor esa confianza agónica en la necesidad de –parafraseando otro de sus famosos lemas– seguir dando la batalla, aunque íntimamente se vea perdida.

Salvador López Arnal.- Has hablado de ello, pero me permito insistir. No hay duda de que Sacristán fue un pensador comunista-marxista. ¿Fue también, y sin contradicción, un pensador anarquista? Si es así, ¿qué tipo de anarquismo defendía?

Alfredo Apilánez.- Creo que hemos ido esbozando esa arista anteriormente, pero sin duda merece la pena, dada su trascendencia y originalidad, seguir afilándola.

Este es otro punto en el que la evolución de Sacristán resulta totalmente extraordinaria, ya que se trata de un pensador que proviene de la tradición marxista y que evoluciona –como muestran los diversos atisbos que hemos ido señalando– hacia posiciones cercanas, no ya al anarquismo, sino incluso al comunismo libertario.

Miguel Manzanera Salavert –uno de los mayores expertos en la obra y la trayectoria vital de Sacristán– hace un excelente resumen de esa evolución tan insólita: «Después de haber sido dirigente del PSUC, Sacristán abandonó su puesto en la dirección en 1969 acusándola de oportunista y reconoció lo justo de la crítica anarquista al poder político, descubriendo el carácter dogmático e ideológico que había tomado el materialismo histórico en su uso por el Estado soviético –idea que compartió con Lukács–».

También es muy ilustrativa en este punto la candente cuestión que Sacristán plantea en el ya mencionado debate final de la conferencia «¿Por qué faltan economistas en el movimiento ecologista?»: la «cuestión de la eficacia», en relación con las dos principales estrategias de lucha del marxismo y del anarquismo, y la necesidad del cambio molecular, de empezar desde abajo, precisamente en la línea de los nuevos movimientos pos 68: «En la tradición marxista, a la que me parece que pertenecemos los dos, era corriente al menos en ambientes de discusión, así como suele decirse de marxismo vulgar, añadir a un discurso como el tuyo, «y la prueba es que el anarquismo nunca consiguió nada». Lo que pasa es que a estas alturas habría que añadir «y la contraprueba es que nosotros tampoco». Tampoco la tradición marxista ha conseguido nada, nada en ese sentido trascendental, de mutación total, porque claro que en otros campos sí, anarquistas y marxistas han conseguido cosas; sin ninguna duda, la situación de las clases trabajadoras en el mundo industrial no sería ni siquiera higiénicamente la que es sin esa tradición. Pero lo sustancial, el cambio de mundo que se esperaba, ese igual no se ha producido cuidando la eficacia que descuidándola. Quiero decir que, si se me permite la frase un poco provocativa, la eficacia ha sido tan ineficaz como la ineficacia. Ha habido cambios técnicos en la detentación del poder y nada más, con gran desesperación de los más clarividentes protagonistas del cambio. Sería hora de decir de una vez que Lenin murió deprimido, convencido de haberlo hecho mal y que todo había fracasado».

Así pues, la defensa que hace de las «pequeñas agregaciones», la desconfianza hacia las grandes organizaciones –recordemos una vez más que llegó a ser miembro del comité ejecutivo del PSUC durante la dictadura–, así como la insistencia en la necesidad de la transformación de la vida cotidiana y de las costumbres y hábitos individuales, son todos ellos rasgos que, en mi opinión, son ingredientes suficientes para situarle muy próximo a lo que en la tradición de la izquierda social se denomina comunismo libertario.

Sin embargo, es obvio que no ignora la cuestión clave: el problema del poder –o el de la necesidad de organización, de coordinación y también de internacionalismo– y la dificultad de fusionar las «pequeñas moléculas» con la lucha global contra las catástrofes planetarias que provoca el omnívoro biofísico capitalista.

Salvador López Arnal.- Cuando Sacristán hablaba de trasformar «la vida cotidiana», ¿a qué se estaba refiriendo? ¿De qué «vida cotidiana» hablaba? ¿Qué camino señalaba para esa transformación?

Alfredo Apilánez.- Creo que, para evitar excesivas reiteraciones, me puedo limitar a señalar de nuevo esa necesidad, en la que insistía tanto, de «poner telar en casa», es decir, de desarrollar hábitos y estilos de vida «comunistas», que de alguna manera prefiguren –con todas las limitaciones que impone el acerbo entorno circundante– la nueva sociedad.

Incluso la acuciante necesidad del cambio molecular y de la transformación radical de los hábitos personales la llega a comparar, provocadoramente, con las conversiones religiosas: «Todos estos problemas tienen un denominador común que es la transformación de la vida cotidiana y de la consciencia de la vida cotidiana. Un sujeto que no sea ni opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador, tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión».

Por ejemplo, y en relación con la necesidad de la coherencia en la conducta individual, insiste en que, a pesar de la impopularidad de la recomendación –dirigida a una clase obrera que acaba de llegar al pseudobienestar consumista– hay que decirle claramente a las clases populares que el coche es un artefacto «no comunista». «Es un terreno en el que no hay más remedio que expresarse en términos que les pueden parecer un poco utópicos, pero que hay que tener la decisión de no ponerse colorado por ello: mientras la gente siga pensando que tener un automóvil es fundamental, esa gente es incapaz de construir una sociedad comunista, una sociedad no opresora, una sociedad pacífica y una sociedad no destructora de la naturaleza. ¿Por qué? Porque se trata de bienes esencialmente no comunistas, como diría Harich»

Salvador López Arnal.- Sacristán usó en alguna ocasión, como recuerdas, la expresión «ir en serio». ¿De qué seriedad hablaba? ¿En qué consistía ese «ir en serio»?

Alfredo Apilánez.- En este caso creo que, si no ando errado, se refería a esa necesidad de ir hasta el fondo de las cosas y a lo que Toni Domènech, en un artículo magnífico, denominó el antifilisteísmo de Sacristán. Es decir, su ausencia absoluta de componendas o de cinismo digamos pragmático a la hora de ir hasta el final, hasta la verdad de las cosas, incluso a costa de realizar un harakiri, es decir, una apertura en canal de las propias posiciones pasadas. Es lo que yo interpreto del final de la cita en la que habla de los intelectuales-filisteos como aquellos tíos «que no van en serio». Y también en su afirmación de que Ulrike Meinhof –cuya evolución desde posiciones de izquierda radical hacia la «insania» terrorista describió con una cercanía y comprensión desgarradoras– «no era una intelectual: era una científica, iba en serio, quería conocer de verdad las cosas».

Creo que su boutade acerca de la fatuidad del intelectual apoltronadoencaja muy bien con el resto de piezas del poliedro Sacristán y también con su propia biografía, de casi proscrito podríamos decir, y de estar siempre al margen de las capillitas y de los que tienen que guardar un prestigio, hacer carrera o cuidar el «cocido», si me permites que abuse del coloquialismo.

Salvador López Arnal.- ¿Y qué opinión te merece su obra de traducción?

Alfredo Apilánez.- La verdad es que no me siento cualificado en absoluto para hacer una valoración global de su ingente tarea de traductor que infinidad de personas realmente conocedoras habéis glosado como de una calidad y minuciosidad insuperables. Pero sí que me parece posible señalar dos cuestiones digamos colaterales.

En primer lugar, el extraordinario mérito y la muestra de honestidad intelectual que reflejan esa enorme calidad de todo su trabajo, teniendo en cuenta que fue una tarea no elegida, a la que se tuvo que dedicar a raíz de la represión sufrida durante la dictadura y por la imposibilidad de continuar con una carrera académica normal. Que a pesar de ese profundo sinsabor y de tener que hacerlo con seguridad a regañadientes, se entregara en cuerpo y alma a la ardua tarea de la traducción en varias lenguas y a la divulgación del pensamiento de infinidad de autores interesantísimos y desconocidos por estos lares, no deja de ser otra prueba más de su acrisolada fibra moral.

Y, aunque solo sea como anécdota personal, añadiría también que no existe mejor traducción del primer volumen del Capital de Marx que la suya para Grijalbo: es sencillamente deslumbrante.

Salvador López Arnal.- En tu conferencia en la librería Anònims de Granollers del pasado 24 de septiembre apuntaste unas «leves críticas a los planteamientos de Sacristán». ¿Nos haces un resumen?

Alfredo Apilánez.- En primer lugar, quiero darte las gracias por mencionar mi modesta contribución a este inmenso océano en el que se ha convertido la conmemoración del centenario del maestro. Y, para ser justos, debo hacer constar asimismo un encarecido agradecimiento al compañero Lluís Guix, el alma mater del extraordinario proyecto de divulgación político-cultural –siempre a la izquierda y desde abajo– que se desarrolla bajo su sabia dirección en el Anònims de Granollers. Animo por tanto a todos los compañeros que no lo conozcan a visitarlo. Encontrarán calidez a raudales y una programación de charlas y de encuentros siempre muy interesante.

Salvador López Arnal.- Me sumo a tus palabras. Anònims siempre ha apoyado causas justas. También cuando hemos recordado la obra y figura de Francisco Fernández Buey.

Alfredo Apilánez.- Yendo a tu pregunta, es cierto que en la charla hacía una referencia a dos aristas críticas de los planteamientos de Sacristán que en mi opinión, con el tiempo, no resultaron certeros. Aunque también he de hacer constar que, como dijo alguien, incluso cuando se equivocaba levemente las aportaciones seguían siendo muy enjundiosas y sus errores muy ilustrativos de la dificultad intrínseca de los asuntos, lo cual muestra que eran cuestiones complejas y que en su época estaban aún en muy en ciernes.

La primera ya la hemos mencionado in extenso –se refería a la digamos agónica confianza que muestra en el papel del movimiento obrero como agente revolucionario– así que para no aburrir en demasía al paciente lector creo que no es necesario reiterarlo.

En segundo lugar, creo que su esperanza en el desarrollo de un ecologismo revolucionario tampoco se ha verificado y quizás se deba en parte a que los mimbres no eran suficientemente sólidos. A pesar de las esperanzas de Sacristán de una aproximación simbiótica entre economía ecológica, ciencias naturales y ecologismo revolucionario, el carácter reformista y antimarxista de la economía ecológica y de la mayoría de los científicos naturales con competencias ambientales ha frustrado, en mi opinión, esa alianza.

La economía ecológica se ha desarrollado –a diferencia del planteamiento enriquecedor de Sacristán, ponderando los atisbos ecológicos de Marx y rectificando sus residuos productivistas– en oposición o ignorando el marxismo. Esa animadversión ya estaba en ciernes en tiempos de Sacristán en la obra por ejemplo de Georgescu-Roegen. Y el movimiento del decrecimiento, incluso el ecosocialista o libertario, ha dado lugar en la mayoría de los casos a posiciones reformistas y a propuestas inconsistentes, como por ejemplo su propuesta estrella: la renta básica universal.

Por otro lado, el marxismo ecológico de Bellamy Foster, Saito o Malm sigue en general con la visión leninista de la estrategia estatista, de la confianza estéril en las transformaciones «desde arriba» y el olvido del cambio molecular, «desde abajo», de la transformación radical de la vida cotidiana.

Diría en conclusión que Sacristán tenía una percepción demasiado favorable de las fuentes nutricias y de las potencialidades del movimiento ecologista, que se ha mostrado demasiado remiso a reconocer la prioridad de la degeneración endógena de la acumulación capitalista –descrita magistralmente por Marx– como causa primordial del ecocidio.

Salvador López Arnal.- ¿Fue Sacristán un pensador pacifista en tu opinión?

Alfredo Apilánez.- Hasta donde alcanzo modestamente a conocer es indudable que sí, si equiparamos el pacifismo con la «no violencia», es decir, con la adopción de métodos de lucha anticapitalista que eviten la violencia digamos de raíz. Pero creo también que se distancia claramente de un pacifismo de tipo contemplativo, pasivo, como el que se puede asociar con ciertas formas, ahora tan de moda, de espiritualidad oriental. En este sentido, es muy significativa su opinión favorable sobre Gandhi –el apóstol de la resistencia pacífica– y la provocadora comparación que hace con la estrategia leninista: «Por decirlo un tanto provocativamente; no se ve que la III Internacional (ni la IV, para el caso) se haya acercado a sus objetivos doctrinales más que el gandhismo a los suyos».

Es decir, Sacristán se distancia, en tiempos de reflujo revolucionario, de la teoría clásica de la revolución como asalto al poder del estado, principalmente por medios armados, que bebe de la tradición bolchevique: «Por una parte, los clásicos marxistas están convencidos de la inevitabilidad de la violencia interna a un Estado, es decir, de la inevitabilidad de la guerra civil, digámoslo en forma genérica, y también de la inevitabilidad de la guerra entre Estados».

También creo que está muy relacionado su pacifismo con la importancia que otorga a las transformaciones capilares, de la vida cotidiana, a las pequeñas agregaciones y al cambio cultural.

Asimismo es imprescindible destacar su denuncia del «peligro atómico» –en la línea de la idea de «exterminismo» del historiador marxista E.P. Thompson– que sigue tan candente –sino más incluso– que en su época de la destrucción mutua asegurada.

Pero como digo no se trata en absoluto de un pacifismo contemplativo, e incluso aboga por ciertas formas de lo que en el anarquismo clásico se conocía como acción directa o «propaganda por el hecho», anticipando premonitoriamente las tácticas de movimientos ecologistas actuales como las Sublevaciones de la Tierra o Extinction Rebellion: «Las cuales pueden ir desde protestas civiles propias incluso de asociaciones de consumidores, por ejemplo, contra las autopistas, contra las tarifas de las compañías eléctricas, hasta acciones ocasionalmente más enérgicas, como intentos no violentos de sabotaje, de bloqueo no violento de instalaciones o de su funcionamiento».

También he recordado, a colación de tu pregunta, que, aparte de lo que comenté al principio, una de las primeras veces que tuve noticia de Sacristán fue leyendo un artículo suyo en El País contra la «traición» flagrante que estaba perpetrando el PSOE de Felipe González con su viraje belicista y atlantista en la campaña del referéndum de la OTAN de 1986 –que Sacristán ya no llegó a ver–. Creo que este dato es otra prueba fehaciente del acendrado pacifismo crítico y nada ingenuo de Sacristán.

Por último, y como ya se puede suponer, su pacifismo no tiene nada que ver con la aceptación obediente de las vías legales de la democracia formal, es decir, con la opción típicamente reformista, que entiende por «violencia», por ejemplo, el simple hecho de okupar una vivienda de un fondo buitre: «Pero en la tradición marxista tuvo mucha importancia el hecho de que el abandono de una tesis belicista o de la violencia fue generalmente acompañado por una aptitud ideológica reformista».

Con «limpieza de miras», como decíamos antes, sin idealismos, ¿ha influido realmente el pensamiento de Sacristán en luchas de los movimientos emancipatorios de estos últimos años?

En mi opinión, mucho menos de lo que debería. De hecho creo que es un autor bastante desconocido para los colectivos sobre todo de la izquierda social y de los, ya no tan nuevos, movimientos. Y es una verdadera lástima ya que, como estamos viendo de forma palpable, su pensamiento es premonitorio en muchas cuestiones de candente actualidad y por tanto sería muy útil su conocimiento por todos aquellos que creen que otro mundo es posible.

En cuanto a las causas de esa falta de conocimiento de su obra, y por mor de brevedad, podría esbozar telegráficamente algunas que pienso que son relevantes:

Incumplimiento del pronóstico de Sacristán de la fusión del movimiento obrero con los nuevos movimientos sociales, e incluso acentuación del «diálogo sordos» entre las dos tendencias.

Incumplimiento de su previsión de la evolución hacia un ecologismo revolucionario. Alergia, ya mencionada, al marxismo de la economía ecológica y de la economía feminista. Evolución del feminismo mainstream hacia el abandono de las cuestiones materiales por un cultivo primordial de asuntos de tipo identitario relacionados con el género.

Inexistencia del movimiento por la paz, a pesar del belicismo y del imperialismo rampantes que vivimos en la actualidad.

Incomprensión de su internacionalismo en medio del marasmo identitario y nacionalista, que ha cooptado a buena parte de la izquierda y de los movimientos sociales.

En fin, que ese diálogo de sordos que sigue existiendo entre las organizaciones que aún creen en la necesidad de una revolución social y, por otro lado, los movimientos de «un solo asunto» –en la feliz expresión de Paco Fernández Buey– no es el caldo de cultivo más adecuado para el arraigo de las enseñanzas de Sacristán.

Por último, y a beneficio de inventario, también mencionaría los prejuicios –creo que totalmente infundados– que todavía existen respecto a su presunto autoritarismo en su etapa como dirigente comunista.

Salvador López Arnal.- Sé que vas siguiendo las publicaciones, conferencias y encuentros que se están celebrando con ocasión del primer centenario de su nacimiento. ¿Qué opinión te merecen?

Alfredo Apilánez.- Pues, como te decía al principio, la verdad es que estoy muy impresionado con la tremenda tarea que estáis haciendo. Me parece que ya se puede afirmar sin asomo de duda que es el mayor acto de reconocimiento intelectual, desarrollado además al margen del ámbito institucional o formalmente académico, del que al menos yo tengo noticia. Esta formidable tarea de divulgación de todo tipo de materiales, algunos inéditos, además muy bien estructurados por temas, que estáis haciendo me parece por tanto de una valía extraordinaria. Excuso decir asimismo la impresionante nómina de colaboradores y de testimonios que recuperan su memoria y analizan desde todas las aristas posibles sus fecundísimas contribuciones en múltiples campos. Diría que ese es el mayor mérito de los que habéis organizado la efeméride: visibilizar la gigantesca ola de admiración y la descomunal influencia de un pensador no convencional, es decir, de alguien que desarrolló, por razones harto conocidas, la mayor parte de su obra fuera de los circuitos académicos. Ese masivo «afloramiento» es la mejor prueba fehaciente del profundo poso que ha dejado su huella en infinidad de personas y colectivos. En fin que, como digo, no salgo de mi asombro. Sin duda además es de justicia poética que un autor que por sus circunstancias vitales no pudo desarrollar una obra sistemática haya alcanzado cuarenta años después de su fallecimiento este nivel de reconocimiento tan abrumador.

Solo espero, en definitiva, que todo este enorme esfuerzo pueda tener algún tipo de continuidad y que sirva para que las nuevas generaciones tengan cumplido conocimiento de las valiosísimas aportaciones sacristanianas a los enormes problemas que aquejan a este mundo grande y terrible.

Salvador López Arnal.- ¿Quieres añadir algo más?

Alfredo Apilánez.- Únicamente, porque antes se me pasó mencionarla, me gustaría, aunque sospecho que estoy abusando demasiado de tu paciencia y de la de los lectores, añadir una última cita que refleja de una manera insuperable el carácter premonitorio de sus intuiciones y que sirve además como perfecto colofón de esa profesión de fe libertaria a la que me he referido anteriormente: «La necesidad de esas medidas ecologistas en gran escala –necesidad que se hará sentir un día u otro, si antes no producimos una catástrofe para nuestra especie– va a sugerir (está sugiriendo ya) la instauración imperial de un gran poder mundial más o menos totalitario y autoritario. La única respuesta de izquierda a ese grave riesgo consiste en construir una alternativa a la vez plausible científicamente e inspirada en motivos comunistas primigenios, es decir, lógicamente anteriores a la división entre marxistas y anarquistas: motivos de comunismo libertario». Ojalá que así sea.

Y, por último, solo me queda agradecerte de nuevo encarecidamente la oportunidad que me has dado de aportar mi humilde granito de arena a esta gigantesca pirámide de admiración y de reconocimiento que estáis levantando a propósito de la conmemoración de su centenario.

Salvador López Arnal.- El agradecido soy yo, somos nosotros, querido Alfredo. Gracias por tus muy interesantes observaciones y reflexiones.

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