La sigla había desaparecido de las conversaciones del mundo financiero desde hacía años. Desde que acabó la crisis del euro, para más detalle. Estas últimas semanas ha reaparecido bruscamente en Wall Street.
De nuevo, los financieros comienzan a seguir atentamente la evolución de los CDS1/ (Credit Default Swaps), esos productos de cobertura concebidos para proteger sus inversiones en caso de crisis grave. Sin embargo, ahora no se fijan en los CDS sobre las obligaciones soberanas, las deudas de los Estados, sino los que cubren las deudas privadas, las obligaciones de determinados grupos empresariales privados.
Más que la coyuntura, el empleo o las últimas declaraciones de Donald Trump, son estos indicadores, que reflejan gran parte de la situación del momento, los que centran su atención. Las señales que les envía este mercado no les gustan en absoluto. Desde comienzos de año, los compromisos hipotéticos cubiertos por esos instrumentos se han más que cuadruplicado para las empresas estadounidenses. Al mismo tiempo, algunos de ellos comienzan a registrar subidas espectaculares, señal de que aumentan los riesgos.
El sector tecnológico y de la inteligencia artificial es objeto de una atención particular. El volumen de CDS correspondientes a un puñado de grupos asociados al mundo digital –OpenAI, Meta, Google, Microsoft, Oracle, Amazon– ha aumentado más de un 9 % desde septiembre, según la cámara de compensación DTCC2/, lo que refleja un creciente malestar de los inversores con respecto a este sector y la necesidad urgente de cubrirse las espaldas.
Después de embelesarse con los gigantescos proyectos de inversión anunciados estos últimos meses por las grandes tecnológicas, los financieros empiezan a hacer cuentas. Hay previsto más de un billón en inversiones en grandes centros de cálculo, centrales eléctricas y otras unidades de producción. Ahora bien, por vez primera las empresas han decidido recurrir masivamente a la deuda para financiarse.
Desde el otoño se ha instalado la duda en los espíritus. ¿Podrán realizarse todos esos proyectos? ¿Serán al menos capaces de garantizar el reembolso de los préstamos concedidos, en algunos casos a 20 o 25 años, cuando se ignora el provenir exacto de la inteligencia artificial y su capacidad de generar beneficios?
La caída y sus repercusiones
El caso de Oracle, que diseña sistemas de gestión de datos, es ilustrativo del momento en que nos hallamos. Alcanzada la cima en septiembre –su capitalización bursátil superaba entonces el billón de dólares–, su cotización ha caído desde entonces más de un 45 %. Inquietos ante la enormidad de la deuda –cerca de 500.000 millones– que pretende suscribir el grupo durante los tres próximos años para construir decenas de centros de cálculo, a los inversores les ha entrado el miedo. El CDS de Oracle a cinco años, espejo invertido de las obligaciones del grupo, ha subido 135 puntos básicos (1,35 %) en los últimos días. Asustados, algunos fondos están a punto de retirarse de determinados proyectos del grupo.
Cada vez más gestores de fondos, inversores y analistas financieros están convencidos de que esta fiebre no puede durar: en este entorno financiero tan inestable, la burbuja de la inteligencia artificial acabará explotando en un momento u otro. Y todos empiezan a sopesar las repercusiones que podría tener este hecho, que no solo serían de naturaleza financiera y económica, sino también política. Desde su vuelta a la Casa Blanca, Donald Trump exhibe la fiebre en torno a la inteligencia artificial, todo lo digital y al aumento de los índices bursátiles que provoca como otros tantos trofeos que consagran el éxito de su política económica. Si se hunde el decorado, la exposición de los bastidores de la economía real bien puede hacer tambalear lo que le quede de mandato.
Porque los motores tradicionales ya no giran a toda máquina. Más que los resultados mediocres de ciertos grupos estadounidenses (GM, Ford, Home Depot, Caterpillar), es el hundimiento de la empresa auxiliare del automóvil First Brands y del concesionario Tricolor el que ha hecho sonar la alarma en el mundo financiero. Aparte de los mecanismos de fraude que parece haber utilizado Tricolor, cada vez más especialistas han comenzado a calibrar peligros que habían subestimado. “Puede que yo no debería decir esto, pero cuando vemos una cucaracha, lo más probable es que haya más. Hay que prevenir a todo el mundo”, declaró en octubre Jamie Dimon, el poderoso dirigente de JPMorgan Chase, comentando con analistas estas dos quiebras sucesivas.
Ajenas a toda regulación, las finanzas en la sombra, formadas por numerosos fondos de cobertura y bonos de inversión creados después de 2008 han multiplicado sus actividades. Aprovechando la bajada de los tipos de interés y los enormes excedentes de liquidez acumulados en el sistema financiero gracias a unas políticas monetaristas muy favorables, estos fondos han tomado prestado mucho dinero de los bancos con el fin de reforzar su efecto de palanca e incrementar sus beneficios. Sin prestar mucha atención a las condiciones aplicadas a unos y otros.
Pero los tiempos han cambiado. Las políticas monetarias ya no bastan para compensar el estancamiento económico. Por otro lado, los créditos siguen su curso y no es seguro que puedan reembolsarse. “La próxima crisis de los mercados financieros será la de la deuda privada. Tiene las mismas características que el reacondicionamiento de las subprimes en 2006”, predice Jeffrey Grundlach, presentado por Bloomberg como uno de los gurús del mercado de obligaciones en Wall Street. Según él, hay montañas de créditos sin valor en el sistema.
Desclasamiento de la clase media estadounidense
Si las empresas se hallan en primera línea, los particulares les siguen de bastante cerca. La pérdida de poder adquisitivo, agravada por el aumento continuo de precios, las incertidumbres que lastran a muchos sectores y, para algunos, especialmente los funcionarios federales, la pérdida del empleo a raíz de la ola de despidos del programa DOGE, dificultan cada vez más sus condiciones financieras y su capacidad de reembolso.
Las dificultades no se concentran en estos momentos en los créditos hipotecarios: el fuerte aumento de precios de los inmuebles en estos últimos años ha impedido a mucha gente comprar una vivienda. El desclasamiento de la clase media estadounidense –como en todo Occidente– hace que los riesgos crediticios afecten actualmente a los créditos de leasing, de compra de automóviles y de consumo…
La quiebra de la empresa Tricolor también se explica en parte por esto: tras haber suscrito créditos comparables a hipotecas subprime para poder comprar un coche, los hogares se vieron incapaces de hacer frente a sus pagos. Lo mismo ocurre con los créditos para estudiantes. Donald Trump se negó a prorrogar las exenciones de pago aprobadas bajo la presidencia de Biden y restableció la obligación de reembolsar los créditos concedidos a estudiantes. Este año, más de 9 millones de estadounidenses que han suscrito préstamos elevados para pagar sus estudios, pero que después no han encontrado empleos suficientemente remunerados para reembolsar dichos créditos, han tenido al menos una vez que incumplir un plazo de pago. Esto podría impedirles acceder posteriormente a créditos hipotecarios e incluso a créditos al consumo.
Desconfianza creciente
Al darse cuenta del repentino deterioro de su entorno, parece que se ha apoderado cierto nerviosismo del mundo financiero. En las últimas semanas, la prensa financiera internacional se ha hecho eco de varias discusiones acaloradas entre banqueros e inversores, en las que cada uno reprocha al otro su falta de vigilancia, su negligencia por haber comprometido dinero y concedido préstamos sin tomar las precauciones y garantías suficientes.
Discretamente, algunos están reevaluando sus compromisos a la luz de este nuevo entorno. BNP Paribas, que fue el primer banco en alarmarse por la crisis de las hipotecas subprime en agosto de 2007, ha provisionado 190 millones de euros en el tercer trimestre “para un caso específico”, relacionado con sus actividades de banca global (financiación de grandes empresas), sin dar más detalles. BlackRock, el primer gestor de activos del mundo, ha decidido reducir a cero el valor de los créditos concedidos a determinadas empresas. Hace solo dos meses, el gestor estimaba que sus créditos no necesitaban depreciarse.
Los bancos y los fondos se retiran sigilosamente de cualquier actividad crediticia, prefiriendo, en estos tiempos de incertidumbre, mantener importantes cantidades de dinero disponibles en todo momento. Aunque todavía de manera muy limitada, surgen tensiones aquí y allá en torno al acceso a la liquidez, especialmente en la Reserva Federal. En varias ocasiones durante las últimas semanas, el mercado de repos (acuerdos de compraventa), que permite a las entidades financieras autorizadas por el Banco Central obtener liquidez a cambio de títulos de deuda soberana, adquiridos en repos a muy corto plazo, ha conocido momentos de gran agitación.
En su última reunión, la Reserva Federal adoptó una medida técnica que pasó más desapercibida que la bajada de 0,25 puntos de los tipos: reconsiderando sus intenciones de reducir su balance, decidió aumentar en 40.000 millones de dólares sus compras de bonos del Tesoro estadounidense a corto plazo. Se supone que esta medida aliviará las restricciones de financiación en un sistema que, aunque rebosa liquidez, sigue en tensión porque ha utilizado mal los medios que se le han concedido.
Estas nuevas facilidades financieras concedidas por la Fed parecen muy débiles si las tensiones persisten. Desde hace años, la economía estadounidense solo es capaz de crecer gracias a una acumulación cada vez mayor de deuda, cuyos beneficios recaen en un número cada vez más reducido de personas. Lejos de corregir estas desviaciones, Donald Trump las ha amplificado durante el último año. ¿Hasta llegar a la ruptura?
Notas:
1/ Un Credit Default Swap (CDS), o Permuta de Incumplimiento Crediticio, es un contrato financiero derivado que funciona como un seguro contra el riesgo de impago de una deuda (bono, préstamo). El comprador paga una prima periódica al vendedor de protección, y a cambio, si el emisor de la deuda incumple (suspende pagos), el vendedor compensa al comprador por la pérdida.
2/ DTCC (Depository Trust & Clearing Corporation) es una infraestructura crítica del mercado financiero global que gestiona la compensación, liquidación y custodia de valores y presta servicios de información sobre el mercado a las entidades financieras participantes.
Texto original: Mediapart
Traducción: viento sur
Fuente: https://vientosur.info/la-deuda-privada-empieza-a-obsesionar-al-mundo-financiero/


