«¿Qué mala ventura ha sido la que pudo desnaturalizar tanto al hombre, el único nacido, a decir verdad, para vivir libremente, como para hacerle perder el recuerdo de su ser primero y el deseo de recuperarlo?» Esteban de La Boétie
¿Hay, para el ser humano, un bien que se pueda colocar por encima de la libertad? En palabras de don Quijote: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!»
Creo que puede verse en la libertad un equivalente al Bien en el sistema de las Ideas concebido por Platón: el Bien es como el Sol que todo lo ilumina y lo vuelve comprensible. Y pensemos también en el destino de aquel que después de haber conocido la luz del sol enfrentase la opinión imperante, la de los que jamás contemplaron otra cosa que sombras, ¿qué destino podría tener sino el reservado para Sócrates, que por ejercer la libertad de expresarse (parresia) debió pagar con su vida?
Esteban de La Boétie estaba entre sus dieciséis y dieciocho años de edad cuando escribió «Discurso sobre la servidumbre voluntaria», publicado hace alrededor de cuatrocientos cincuenta años. Fue el título lo que despertó mi interés, pues ni del contenido de la obra ni de su autor tenía yo noticia alguna. De un tiempo a esta parte vengo afirmándome en la creencia de que la servidumbre voluntaria es un mal cada vez más difundido, que así como, con razón, se habla de una vocación de verdad (vocación por la verdad) que tiende a extinguirse, puede también hablarse de una vocación de libertad hoy seriamente amenazada. Para de La Boétie (¡hace cuatrocientos cincuenta años!) se trataba de «conjeturar, si ello es posible, cómo ha enraizado así, tan hondamente, esta terca voluntad de servir, hasta el punto de que ahora el amor mismo de la libertad no parece ser tan natural». Su pensamiento gira en torno a la idea de que el tirano no tiene más poder que el que le dan, por eso no es necesario combatirlo: basta con no darle nada y no obedecerlo. Para este francés, con la pérdida de la libertad sobrevienen todos los males: tan grande y deseable es este bien como lo era para el caballero de la Mancha.
La filosofía contemporánea no podía dejar de lado lo que inquietaba a de La Boétie. Así Byung-Chul Han cuando hace hincapié en el pasaje de la sociedad disciplinaria e industrial al sistema liberal, del orden represivo (visibles la opresión y los opresores) al poder seductor en el que las personas se subordinan voluntariamente al sistema de gobierno. Para que esto fuera posible era necesario reconfigurar la subjetividad de los individuos, tarea a la que se dedicaron, durante décadas, «think-tanks», fundaciones, ONG`s, intelectuales y periodistas, etc. Se necesitaba un sujeto del egoísmo, un sujeto narcisista, un sujeto del rendimiento encarnado en un «empleado autoexplotado del empresario que él mismo es». Las tecnologías de la información y la Inteligencia Artificial van detrás de la explotación comercial de la vida humana, del control y la vigilancia: una sociedad calculable y controlable a partir de masivas cantidades de datos que a propósito de su propio comportamiento suministran los seres humanos cotidianamente a través del empleo de los numerosos artefactos incorporados a su cotidianeidad. El auge de derechas y ultraderechas, el empoderamiento de sociópatas, aprendices de brujo y genocidas, su alianza con ultrarricos y corporaciones tecnológicas para someter a su control el futuro de la humanidad están liquidando libertades, pero no solo eso: parecen empeñados en conducirnos -por la vía de la desestabilización de la vida comunitaria de los pueblos- a un conflicto de dimensiones inimaginables.
Vuelvo sobre Esteban de La Boétie. En el epígrafe que arriba puede leerse, destaca el daño que resulta de perder el recuerdo, y en otros lugares de su Discurso: «No puede creerse hasta qué punto el pueblo, desde el momento en que está sometido cae de golpe en un tal y profundo olvido de la libertad».
«Se encuentran siempre algunos, mejor nacidos que los demás, que (…) no pueden dejar de pensar siempre en sus privilegios naturales y de recordar a sus predecesores y su primitivo ser (…) recuerdan aún las cosas pasadas para juzgar las futuras y para medir las presentes»,
Creo que está claro que para este joven pensador hay en la memoria una potencia emancipadora y que esta muy bien puede constituirse en idea rectora para la liberación respecto de cualquier tipo de servidumbre. El primer paso para arrebatarle la libertad a un ser humano consiste en hacer que olvide que alguna vez fue libre o que ignore la posibilidad de serlo por haber sido borrada de la memoria colectiva.
Una de las páginas arrancadas al libro de la historia americana es la que narra la gesta de la Revolución de Haití «la primera y única rebelión de esclavizados triunfante en la historia de la humanidad y la primera independencia de Nuestra América (…) la más radical de las revoluciones de aquel período, superando con creces a las de Estados Unidos, Francia e Hispanoamérica», según lo expone Juan F Martínez Peria en su estudio preliminar en «El sistema colonial develado: Jean Louis Vastey». Se entiende el manto de silencio extendido pronto sobre esta revolución: era un mal ejemplo que podría ser imitado por los pueblos subyugados entonces y por los que vendrían después. La de Haití fue una revolución acallada, pero también cruelmente castigada, y la actualidad del país es también resultado de este ensañamiento. Pero debe subsistir la enseñanza de estos seres esclavizados que por vía de la revolución se reencontraron con su ser por naturaleza libre, al mismo tiempo que abatían a uno de los imperios más poderosos.
El sistema-mundo del siglo XIX estaba impregnado del colonialismo, racismo y esclavitud y las cosas no han cambiado mucho, incluso en relación con esta última: ACNUR informa que 50 millones de personas están sometidas a «esclavitud moderna» y que el beneficio generado por el trabajo forzoso ronda los 236.000 millones de dólares. Hoy asistimos perplejos a la enunciación de proyectos imperiales impulsados por una clara voluntad colonialista, racista y proclive a la explotación y servidumbre humanas. Y a la ejecución de otros proyectos que a todo eso suman el genocidio. La lucha por la libertad es hoy tan imperiosa como ayer y tener presente el ejemplo de todas las luchas precedentes es necesario: la memoria viene preñada de posibilidad.
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