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Irán y la disyuntiva de la izquierda española

Fuentes: Rebelión

No quepo en mi asombro al comprobar cómo la izquierda española pasa de puntillas por un asunto tan delicado y vital para el Orden Mundial como es lo que está pasando en Irán. Miro la prensa (mi principal fuente de información) y solo leo noticias sobre las protestas del pueblo iraní en los medios de centro o derecha. (El País también sigue activamente las revueltas en Irán, pero no considero este periódico de izquierdas y mucho menos imparcial). Meses antes, cuando misiles, drones y aviones bombarderos violaron el cielo iraní, la izquierda española dio más síntomas de vitalidad. Los opinadores de turno se sumaron a la condena de la agresión emitida por los partidos del mismo signo.

Al ver el actual páramo informativo, me surge una cuestión: ¿se está pecando de precaución o, por el contrario, se está demostrando cobardía? Quiero pensar que el silencio de la izquierda española se debe a la fuerte disyuntiva que presenta una crisis de este calado —como la que se vive en estos momentos en Irán— y a cierta dosis de indolencia intelectual —pues en nuestro país son escasos los especialistas sobre este país y las publicaciones se limitan a cuatro o cinco libros, algunos de ellos desfasados— y no a una actitud que rayaría lo sectario.

El dilema se basa en que un país declarado antiimperialista (matizamos: antiimperialista contra las pretensiones regionales de Estados Unidos y sus vasallos en la región) está dirigido por una suerte de burguesía islámica castrense que comete atrocidades contra las minorías étnico-culturales y las mujeres mayoritariamente. Quizá no estaría mal reconocer que en política, ya sea nacional o internacional, siempre hay espacio para los matices, esos argumentos y datos que no solo enriquecen el debate sino que permiten realizar análisis sin descartar variables importantes. Bajo esta premisa, podemos aceptar que Irán está sometido al hostigamiento estadounidense e israelí, pero a su vez vulnera los derechos de sus ciudadanos y persigue sin cuartel a los disidentes. Es decir, es igual de correcto alzar la voz tanto cuando Irán sufre una agresión imperialista como cuando el propio régimen de los ayatolas reprime a su ciudadanía.

Irán: antiimperialismo retórico y poder estatal

Desde luego no se pueden negar los esfuerzos invertidos por Teherán en luchar contra el imperialismo anglosajón y hebreo en la región, aunque la pugna no sea genuinamente ideológica. Detrás de esta narrativa se encuentran intereses propios de la dinámica entre Estados. Como todo país, Irán emplea un lenguaje realista para configurar una agenda de seguridad y establecer una ruta que le permita alcanzar unos objetivos: el principal de ellos es convertirse en el hegemón regional, propósito también de Arabia Saudí e Israel.  

Teherán ha expresado su intención de exportar la Revolución Islámica a otros países. Sin duda, esta acción enfatiza su actividad retórica, además de conformar un potencial paraguas antiimperialista que reduzca la influencia no solo de Estados Unidos, sino también de otras potencias regionales, y que garantice la supervivencia del régimen. Con este fin, Teherán ha desarrollado una red de agentes proxys (Hezbolá, hutíes, milicias chiíes en Irak y Siria, Hamás…) que sirven a sus intereses, del mismo modo que Estados Unidos instrumentaliza a Israel o Arabia Saudí para sus fines estratégicos.

El régimen que ganó y cooptó la revolución de 79 es una ‘teocracia burguesa’ cimentada sobre un aparato castrense que, lejos de socializar los medios de producción expropiados a las compañías extranjeras, ha desarrollado un sistema nepotista que violenta los derechos humanos de sus ciudadanos. Gran parte de los miembros de los ayatolas y del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria controlan infraestructuras clave de energía, telecomunicaciones y transporte. Por tanto, nos encontramos ante una burguesía militarizada que se enriquece mientras más de noventa millones de personas están cada vez más empobrecidas. (Otra variable importante a tener en cuenta para entender la crisis económica que lleva años azotando a Irán, de la cual deriva los niveles de inflación actuales que han llevado a las personas a salir a la calle, son las sanciones económicas impuestas por los países Occidentales por el programa de desarrollo de energía nuclear civil que Teherán lleva un tiempo tratando de desarrollar. En cada uno está opinar si la finalidad de este programa será otra).

Ninguna persona de izquierda puede defender algo así, por mucho que sea antiimperialista. Mucho menos cuando ningún simpatizante de la lucha de clases tiene la oportunidad de hacer frente al sistema. Tras la revolución, los grupos de izquierda que contribuyeron a hacer caer al sha fueron perseguidos y prácticamente exterminados. Quienes no fueron fusilados, terminaron en el exilio. No olvidemos tampoco el trato denigrante que el régimen dispensa a las mujeres. Sus derechos están limitados y cuando los desafían pueden terminar como Masha Amini, una joven kurda de 22 que no se cubrió el pelo del todo, terminó asesinada a golpes por la policía de la moral en 2022. A la persecución de la disidencia y la opresión de la mujer, se suma el trato que dispensa a las minorías étnicas y religiosas. Según documenta Amnistía Internacional, árabes azeries, baluchis, kurdos o Bahá’ís son discriminados educativamente, viven en las regiones más deprimidas económicamente del país y se vulneran sus derechos políticos, al encontrarse menos representados en las instituciones nacionales. ¿De verdad la izquierda española puede mostrar indiferencia ante esta realidad? ¿Acaso el gobierno de los ayatolas no representa todo lo que deberíamos detestar? Creo que la respuesta es más que evidente, pero no concluyo con esta argumentación, porque, como dije al principio, existe una disyuntiva muy compleja.

Irán y el riesgo de la desestabilización regional

Ahora bien, tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados. Menos aún si las acciones imperialistas de Estados Unidos e Israel buscan recrear el mismo escenario que años atrás se desarrolló en Libia, Siria, Yemen o Palestina (Gaza). ¿Quién nos puede asegurar que en estas protestas no hay una injerencia parecida a la que se documentó en las revoluciones de colores de los países de Europa del Este?

Ya hay analistas occidentales que hablan en términos esperanzadores y califican las manifestaciones como síntomas de una ‘primavera persa’. Lo que no cuentan estos genios de la política internacional es el panorama apocalíptico que le espera a la región si sus sueños húmedos se cumplen. Si el régimen cae y, en vez de formarse un nuevo gobierno, se produce un vacío de poder, el tsunami de caos, violencia y anarquía generará consecuencias de carácter bíblico y, seguramente, reverbere en los extremos del espacio euroasiático, desde España hasta la India y la fachada oriental del océano Pacífico.

Desde principios del siglo XX, las doctrinas y los planes estratégicos de los países anglosajones, léanse Estados Unidos y Reino Unido, se han respaldado teóricamente en la geopolítica clásica para tratar de construir un orden mundial que beneficie a sus intereses estatales pero sobre todo empresariales. El geógrafo inglés Harold J. Mackinder denominó a la gran porción céntrica de Eurasia de difícil acceso desde el mar con el nombre Heartland. Controlar estos territorios supone rendir a toda la extensión continental euroasiática y, por extensión, alcanzar la hegemonía mundial. La historia nos enseña cómo las grandes invasiones nómadas procedentes de las estepas centroasiáticas y siberianas han modificado el mapa político, económico y social de Europa, de Asia y, en algunos aspectos, también de África. A los estadounidenses les ha resultado imposible establecerse militarmente en la región, han intentado en más de una ocasión convertirse en los nuevos protagonistas del Gran Juego y en todas han fracasado. Entonces, ¿si no puedes controlarlo, por qué no desordenarlo?

Irán se encuentra en el cruce de caminos que conecta el Próximo Oriente con los países de Asia Central. Una situación de crisis continua, desorden y anarquía dentro del régimen iraní podría desestabilizar las dos regiones (Asia Central y Oriente Próximo), más cuando las fronteras de todos estos países son porosas y permeables a grandes crisis de este tipo, y sumirlas en una situación de caos absoluto.

Este escenario haría mucho daño a los rivales geopolíticos de Estados Unidos, pues, además de la presión que se podría producir en sus fronteras en caso de que se formaran caravanas de refugiados en busca de una vida mejor, la jugada geopolítica sería, sin exagerar, magistral.

El ataque ilegal de Donald Trump a Venezuela ha afectado a la seguridad energética de China que el año pasado importó entre un 4% y 5% de crudo de este país. Esta cifra puede parecer pequeña, pero hipoticemos (y volvámonos conspiranoicos): ¿qué sucedería si Estados Unidos logra imponer en Irán un régimen afín a sus intereses y sus empresas se convierten en las principales propietarias de las riquezas del subsuelo iraní? Estados Unidos controlaría aproximadamente el 40% del mercado mundial de hidrocarburos (sin contar las reservas), y China perdería un 10% de sus importaciones de petróleo totales (sin añadir el 5% anterior). En suma, Washington conseguiría dar un golpe contundente a la seguridad energética del segundo país más poblado del mundo y su principal rival internacional.

Por otro lado, Irán es una pieza clave para el desarrollo del proyecto geoeconómico de Xi Jingpin llamado la Ruta de la Seda 2.0. A través del territorio persa pasan parte de estas rutas que conectan Asia, principalmente China, con los mercados y los itinerarios del Próximo Oriente y Europa. El desplome de Irán supondría para Pekín la pérdida de un aliado fundamental y también la disminución de su influencia en la región.

Para Rusia, el golpe sería en términos geopolíticos, pues Irán servía de contención a los intentos de Estados Unidos y de su brazo armado, la OTAN, de extender su influencia en la región del Cáucaso, vital para la seguridad de Rusia. Asimismo, la desestabilización total del régimen de los ayatolas podría poner fin a los planes indios de construir un eje comercial (y de proyección de poder) norte-sur que comunique las costas de Mumbai con los mercados rusos y europeos a través de Asia Central.

Conclusión

En España, la izquierda —incluidos medios de comunicación, representantes políticos y una parte de la sociedad civil— apenas se ha pronunciado ante las revueltas de la ciudadanía iraní contra el régimen tiránico del actual Estado iraní. Dejando a un lado cuestiones de presuntas financiaciones y compra de voluntades (asuntos no probados en los tribunales), la izquierda española (no sé cómo será en otros países), como he mostrado, enfrenta una dura disyuntiva. Irán es una teocracia que oprime a sus ciudadanos y, aunque estas últimas revueltas contra del Gobierno se han producido por cuestiones económicas, la respuesta del régimen ha sido atroz: se calcula que han perdido la vida unas 2.000 personas en el momento que concluyo de redactar esta opinión (una ONG iraní asegura que la cifra asciende a 12.000, aunque no es del todo creíble por cómo está formulado el informe y los financiadores de la institución).

No podemos callar ante esta violación de los derechos humanos. Pero tampoco podemos callar ante injerencias extranjeras. La información disponible y el historial de Washington nos indican que el imperialismo estadounidense, respaldado por Israel, podría estar preparando una intervención en el país. Donald Trump, sumido en esta deriva intervencionista desenfrenada, donde se cree un dios omnipotente, ha manifestado en varias ocasiones que intervendrá en Irán para “salvaguardar” la vida de los ciudadanos. (Dulce hipocresía: él apalea a sus ciudadanos mientras muestra preocupación por los de otros países). Asimismo, en noviembre, Teherán afirmó que había desmantelado una red de espionaje ligada a la CIA y al Mossad. ¿Quién nos dice que no son ellos los que han alentado a la ciudadanía para salir a las calles como ya han hecho en años anteriores en varios países del antiguo espacio soviético y en Hong Kong?

Con este artículo pretendo animar al debate dentro de la izquierda, comenzando por la disyuntiva que atraviesa todo el texto. Las discusiones no deberían convertirse en campos de batalla del ego de periodistas e intelectuales, sino en espacios seguros para confrontar ideas, acercar posturas y construir un análisis colectivo. Las discrepancias no siempre son negativas; lo verdaderamente reprochable es tener conciencia política y mantenerse silente cuando se está vulnerando los derechos humanos y el derecho internacional. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.