En esta nueva entrega del Centenario Manuel Sacristán reproducimos un texto de Manuel Sacristán en el que analiza la obra de Teilhard de Chardin.
Nota del editor.- El siguiente texto forma parte del ‘artículo’ publicado por Manuel Sacristán en “La filosofía desde la terminación de la II Guerra Mundial hasta 1958”, que redactó a su regreso a Barcelona como suplemento para el artículo “Filosofía” de la Enciclopedia Espasa.
1. La esencia del ‘fenómeno humano‘
En apéndice a su obra más importante filosóficamente, Teilhard de Chardin ha resumido, «en forma de tres proposiciones encadenadas», el nervio de su concepción del hombre y de la naturaleza. El fundamento del pensamiento de Teilhard es un resuelto evolucionismo –al que ha prestado importantes servicios de antropólogo– que no vacila en escoger para su formulación precisamente las palabras que constituyeron, en los años de reacción fijista de la primera mitad del siglo, la piedra de escándalo de los vitalistas: «Para superar la improbabilidad de las disposiciones capaces de llevar a unidades de tipo cada vez más complejo, el universo… progresa paso a paso, a golpe de miles y miles de millones de ensayos. Este procedimiento de tanteo, combinado con el doble mecanismo de reproducción y herencia…, da nacimiento al extraordinario conjunto de linajes vivos que forman lo que he llamado… «el árbol de la vida».
La primera de las tres tesis es la de que el mundo «se enrolla»: es la ley cósmica de complejidad-conciencia. El universo se nos presenta, «físico-químicamente, como en vía de enrollamiento orgánico sobre sí mismo (desde lo muy simple hasta lo sumamente complicado), y ese enrollamiento particular «de complejidad» está experimentalmente ligado con un aumento correlativo de interiorización, es decir, de psique o de conciencia». Esta ley cósmica mueve a Teilhard a admitir la presencia de un psiquismo en todos los escalones evolutivos: «La conciencia, definida experimentalmente como el efecto específico de la complejidad organizada, desborda con mucho el intervalo, ridículamente pequeño, en el que nuestros ojos llegan a distinguirla directamente». Una última inferencia de la ley cósmica, formulación propiamente causal de la misma, se expresa en la idea de «presión y tensión» de la vida: «En su conjunto y en cada uno de sus puntos, el universo está en continua tensión de repliegue orgánico sobre sí mismo y, por tanto, de interiorización. Esto significa que, para la ciencia, la vida está desde siempre en presión por todas partes, y que donde ha conseguido abrirse paso de manera apreciable, nada podría impedirle llevar hasta el máximo el proceso de que ha salido».
En ese «medio cósmico activamente convergente» se sitúa la aparición del hombre, a la que se refiere la segunda de las tesis capitales de Teilhard.
Ésta consiste en la definición de aquella aparición como «el paso individual de la reflexión» o paso del umbral de reflexión, que se caracteriza por tres datos: la aparición del poder de invención, por encima de los factores casuales externos (que no quedan, sin embargo, eliminados); la aparición de fuerzas de simpatía y antipatía (espiritualización de las atracciones y repulsiones de la vida inferior); y la exigencia de «supervivencia ilimitada», derivada del hábito de prever el futuro.
La tercera tesis define el fenómeno social como ascenso hacia un «paso colectivo de la reflexión», ascenso en el cual se encuentra hoy la humanidad. El paso social es concebido sobre todo biológicamente: «¿Cómo no ver que, luego de habernos arrastrado individualmente, a cada uno de nosotros… sobre nosotros mismos, sigue siendo el mismo ciclón (pero esta vez a la escala social) el que continúa su marcha por encima de nuestras cabezas…?» La idea de «paso colectivo de la reflexión» culmina en una elaboración teológica de audaz grandeza: la exigencia de «sobrevivencia ilimitada», la oposición a la «muerte total», cobrará, en la humanidad socialmente unificada, dimensiones de factor evolutivo «expresado categóricamente en la conciencia y en la voz de la especie». Esos y otros elementos resultan para Teilhard «una prueba científica seria de que (conforme a la ley universal de centro-complejidad) el grupo zoológico humano, lejos de derivar biológicamente, por desencadenado individualismo, hacia un estado de granulación creciente, o bien de orientarse (por medio de la astronáutica) hacia una escapatoria a la muerte por expansión sideral, o bien simplemente, de declinar hacia una catástrofe o hacia la senescencia, se dirige en realidad, por disposición y convergencia planetaria de todas las reflexiones elementales terrestres, hacia un segundo punto crítico de reflexión, colectivo y superior, punto más allá del cual (precisamente por ser crítico) no podemos ver directamente nada, pero a través del cual podemos pronosticar… el contacto del pensamiento, nacido de la involución de la materia de las cosas sobre sí misma, con un foco trascendente «Omega», principio simultáneamente irreversibilizador, motor y colector de esta involución».
2. El sentido filosófico de la obra de Teilhard
La influencia del neopositivismo en los científicos europeos, así como, probablemente, consideraciones de política cultural motivadas por la audacia del pensamiento de Teilhard, han suscitado el intento de ver en sus ideas mera ciencia positiva. El propio Teilhard escribía, como advertencia a Le phénomene humain: «Para ser entendido correctamente, el libro que aquí presento debe ser leído, no como una obra de metafísica, y aún menos como una especie de ensayo teológico, sino única y exclusivamente como un ensayo científico». Pero, desde el punto de vista neopositivista, la obra de Teilhard carecería de sentido en su conjunto, y en algunas páginas estaría, a lo sumo, al nivel de la «metafísica inductiva», de la que el empirista lógico Feigl dice que es «el peligroso, esperanzado y mal famado extremo de la ciencia». En efecto: para leer a Teilhard al modo neopositivista, sin implicaciones filosóficas y teológicas, como quiere, por ejemplo, Claude Tresmontant, habría que extirpar de su obra todas las proposiciones que contienen términos no estrictamente descriptivos ni formales, como las expresiones sobre la «clase total» (universo, naturaleza, especie, etc.), por no hablar ya del aspecto de «pronóstico», del pensamiento de Teilhard. Una tal lectura es, empero, poco argüible. Por el contrario, el sentido filosófico de la obra de Teilard de Chardin es precisamente la superación del horror philosophiae del científico europeo imbuido de positivismo. En momento de poca precaución retórica, Teilhard mismo lo dice así: «En estos límites mismos, por modestos que sean, me parece que la experiencia suministra algo muy importante en favor de las especulaciones de la metafísica».
Obras: Oeuvres de Pierre Teilhard de Chardin, I-II, 1955. L’apparition de l’homme, 1956. Le groupe zoologique humain, 1956. La vision du passé, 1957.
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