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Armageddon y el Golfo de Zumárraga

Fuentes: Rebelión

Hay dirigentes que no gobiernan: protagonizan. Que no gestionan: interpretan. Y que no negocian: disparan frases lapidarias como si estuvieran en el minuto final de La Jungla de Cristal. La política internacional, para ellos, no es un tablero complejo, sino un plató donde se juega la eterna fantasía del héroe solitario que salva al planeta mientras la cámara gira en contrapicado y la banda sonora sube de volumen.

Y ahí entra lo que representa Bruce Willis en algunas de sus películas. O mejor dicho: la versión mental que algunos líderes tienen de sí mismos, esa mezcla de sudor, pólvora, testosterona y épica de barbacoa que convierte cualquier decisión diplomática en una escena de acción.

En Armageddon, Bruce Willis taladra un meteorito para evitar la destrucción de la Tierra. En la política real, hay dirigentes, como el actual presidente de los Estados Unidos, que se presentan como si cada conflicto internacional fuera un meteorito nuevo. Un país que no obedece, un acuerdo que no le gusta, un organismo multilateral que le contradice… todo se convierte en amenaza existencial para sus intereses y la necropolítica que abandera junto con otros poderes fácticos, algunos en la sombra y otros cara al sol con una motosierra. 

La diferencia es que, en la película, el meteorito existe. Y en la política, muchas veces el meteorito se inventa para justificar la épica. Y claro, si uno se cree Bruce Willis, cualquier desacuerdo diplomático es un asteroide del tamaño de Texas.

En La Jungla de Cristal tenemos al héroe contra el edificio entero. John McClane (personaje interpretado por Bruce Willis) se enfrenta a supuestos terroristas en un rascacielos. Algunos personajes (por utilizar un calificativo bajo), como Donald Trump, adoptan ese mismo tono: ellos solos contra todo el mundo. Contra los medios de comunicación, los jueces, los emigrantes, los acuerdos internacionales, el mundo LGTBI,  o contra cualquier institución o país que no se pliegue a su narrativa.

El edificio entero es, es decir, el mundo entero, es el enemigo. Y él solito, con sus pies descalzos, cinta adhesiva y armado con un micrófono, prometen salvarnos. En el cine, McClane siempre tiene razón. En la política, sin embargo, la realidad no cabe en un guion de 120 páginas.

En la película El Quinto Elemento, Bruce Willis lucha contra una fuerza cósmica que amenaza con devorar el universo. En la vida real, hay dirigentes como Trump y otros catecúmenos fascistas que combaten el caos… generando mucho más caos. Que responden a los conflictos internacionales con intervenciones improvisadas,  amenazas, coacciones, chantajes, sanciones o decisiones unilaterales que incendian más de lo que apagan. Como si la diplomacia fuera una escena de persecución y no un proceso delicado que requiere algo más que frases contundentes. El problema es que, a diferencia del cine, aquí no hay efectos especiales: hay consecuencias reales.

En Doce Monos, Bruce Willis viaja en el tiempo para evitar una catástrofe global provocada por un virus. La película es un tratado sobre la paranoia, la manipulación y la fragilidad de la realidad, cuestiones, por otra partte, muy actuales en estos tiempos. En la política real, hay discursos que funcionan igual: una mezcla de conspiración, miedo y épica salvadora. El líder se presenta como el único que ve “la verdad”, el único que entiende “la amenaza” y el único capaz de “protegernos”. El resto —científicos, diplomáticos, organismos internacionales— son parte del complot o, en el mejor de los casos, unos ingenuos. La paranoia, convertida en doctrina.

En El Sexto Sentido, el niño ve muertos y, “en ocasiones, enemigos”.  En la política real, hay dirigentes que solo ven enemigos. En todas partes, en todo momento, en cualquier gesto. La diferencia es que, en la película, el niño tenía razón. Y en la política, la obsesión por ver amenazas donde no las hay puede incendiar el mundo.

Y ahora llegamos a la ultima producción en marcha, con un titulo que pugna por  alcanzar varias estatuillas de los Oscar: “El Golfo de Zumarraga en Venezuela”: una nueva superproducción energética.  Retirado Bruce Willis de las pantallas debido a una enfermedad neurodegenerativa que afecta al lenguaje, al comportamiento y a la memoria, en Hollywood toma el relevo un secundario de lujo que acaba de saltar a la fama, así que la geopolítica energética ha decidido producir su propia saga. Género: acción, petróleo y diplomacia creativa. Protagonista: un CEO vasco-español que aterriza en Washington a lo Bruce Willis como si fuera el último recurso para salvar la democracia… o al menos para salvar los barriles.

La trama es irresistible: un alto ejecutivo que se presenta como mediador global, defensor de la estabilidad, garante del suministro y protector de la libertad energética. Un héroe de acción con casco de obra en vez de pistola, que aparece en la Casa Blanca  no porque haya un guion político complejo o tener que salvar la democracia, sino porque —como en toda película de acción— alguien tiene que proteger el mundo antes de que se acabe el combustible.

En esta superproducción, el protagonista no taladra meteoritos como en Armageddon, pero sí taladra pozos. No desactiva bombas como en La Jungla de Cristal, pero sí dinamita cualquier límite legal que amenace sus intereses. Y no viaja en el tiempo como en Doce Monos, pero sí viaja entre Washington, Bruselas, Madrid y Muskiz con la soltura de quien sabe que cada escena tiene un público distinto.

La película adquiere su mayor tinte dramático cuando en la misma Casa Blanca el protagonista, rodeado de otros altos ejecutivos de las más grandes compañías petrolíferas de Estados Unidos, y una vez hechas las correspondientes genuflexiones, se pavonea ante el emperador de que su empresa estará a la vanguardia de las inversiones a realizar en Venezuela, a la que saqueará a un ritmo superior al realizado hasta ahora, y solicita al emperador poder triplicar su producción de crudo en el país, pasando de 45.000 a 135.000 barriles diarios.

El culmen de la película es cuando el alto ejecutivo petrolífero, en un guiño de vasallaje total al emperador, denomina al Golfo de México como Golfo de América (es decir, se marca “un Mark Rutte” de sumisión total), algo que hace las delicias del Julio Cesar de  Mar-A-Lago rodeado de tantos otros golfos como el propio protagonista. “Somos una empresa española, pero estamos completamente comprometidos con invertir aquí, en Estados Unidos. En los últimos 15 años hemos invertido 21 mil millones de dólares en la industria del petróleo y el gas, en Pensilvania, en el Golfo de América en Texas y en Alaska” —dice ufano. 

Y es que este alto ejecutivo petrolífero lo tiene todo para encarnar al nuevo héroe norteamericano. Su elasticidad identitaria y su capacidad camaleónica para ajustarse a papeles diversos no tiene parangón: en Euskadi se presenta como hijo del territorio, en Madrid como patriota energético y en Washington, como subdito agradecido del imperio.  Es decir, no tiene raíces, solo acciones. 

No menos interesante es su “heroísmo” subordinado: su viaje a Washington no es una misión diplomática sino una audición. No va a negociar: va a demostrar que sabe decir que sí. Y qué decir de su visión del planeta, tan estrecha que cualquier conflicto lo reduce a un pozo, un barril, un contrato y un permiso.  Y que esa reducción es, en sí misma, una forma de vasallaje porque quien solo ve recursos, acaba siendo un recurso. 

La sátira se escribe sola: cuando la política se cree Hollywood, la diplomacia y la geoestrategia se convierte en merchandising. Y cuando los ejecutivos energéticos se presentan como salvadores de la democracia, la frontera entre la cuenta de resultados y el respeto a la soberanía de las naciones se vuelve peligrosamente fina, por no decir que desaparece. 

El cine de acción nos enseñó que un solo hombre puede salvar el mundo. La política nos recuerda que, cuando alguien se cree ese papel, el mundo se aproxima más al abismo.

Porque la épica es un recurso narrativo, no un plan de gobierno. Porque la humanidad no necesita héroes solitarios: necesita instituciones fuertes, acuerdos sólidos y líderes que no confundan la Casa Blanca  con un plató de rodaje.

Al final, lo que esta superproducción nos deja claro es algo que ningún estudio de Hollywood admitiría en su cartel: no viene nadie. No habrá un Bruce Willis bajando por las escaleras de emergencia, ni un mesías bajando del cielo, ni un líder iluminado descendiendo de un helicóptero para arreglar lo que hemos dejado pudrir. Se acabó la hora de los salvadores —los de ficción, los de púlpito y los de despacho—. El mundo no se rescata con épica, ni con discursos, ni con CEOs disfrazados de héroes globales.

El mundo solo se salva cuando dejamos de esperar al protagonista y asumimos, por fin, que la responsabilidad es colectiva, incómoda y urgente. Y que nadie vendrá a apagar los incendios que otros encienden. Que no hay un doble para sustituirnos. Y que, si seguimos delegando nuestro futuro en quienes confunden la política con una película de acción, lo único que quedará en pie será el decorado ardiendo. Y la certeza, demasiado tardía, de que el fuego nunca fue ficción”. 

Txema García, periodista y escritor 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.