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El continuum bélico del capitalismo: una lectura desde Lazzarato y Alliez (I)

Fuentes: Rebelión

En esta primera entrega —la primera de dos— dedicada a pensar el vínculo entre capitalismo y guerra, retomaremos ese lugar común que atraviesa el continuum de la historia: “el estado de excepción vuelto regla” (Benjamin, 2005, p. 22) [1]. Los sucesos recientes evocan, como escena fundacional, la guerra de conquista española iniciada en 1492. En ese momento inaugural, el historiador […]

En esta primera entrega —la primera de dos— dedicada a pensar el vínculo entre capitalismo y guerra, retomaremos ese lugar común que atraviesa el continuum de la historia: “el estado de excepción vuelto regla” (Benjamin, 2005, p. 22) [1]. Los sucesos recientes evocan, como escena fundacional, la guerra de conquista española iniciada en 1492. En ese momento inaugural, el historiador norteamericano Howard Zinn (2005) nos recuerda que la violencia no operó como un “exceso” marginal, sino como una tecnología constitutiva del orden colonial y de su memoria oficial: “Así empezó la historia —hace quinientos años— de la invasión europea de los pueblos indígenas de las Américas, una historia de conquista, esclavitud y muerte” (p. 11) [2].

En nuestro presente, la “cuarentena” aérea y marítima impuesta sobre el Caribe, no debería leerse únicamente como una amenaza contra Venezuela [3]. Este cerco opera, más bien, como un engranaje de disciplinamiento geopolítico con efectos sobre el conjunto del continente. En continuidad con el asedio marítimo inaugurado en 1492 —cuando las carabelas proyectaron desde las Antillas una devastación orientada al despojo—, estos despliegues contemporáneos obedecen a una racionalidad estratégica: asegurar capacidades de coerción para sostener la expropiación de riquezas y el realineamiento de poblaciones locales. Así, la agresión imperial —en nuestros días— no aparece como un accidente coyuntural, sino como un nuevo tipo de guerra que busca reordenar la región conforme a las exigencias del orden capitalista.

En este escrito nos proponemos iniciar una reflexión sobre las teorías de la guerra a partir de la lectura de Maurizio Lazzarato y Éric Alliez en Guerras y capital. Una contrahistoria publicado en 2021 [4]. La tesis principal sugiere que la guerra no constituye un episodio excepcional —ni la simple “ausencia de paz”—, sino que es una condición estructurante de la sociedad moderna. De allí que proponen una contra – historia del capital como un continuum bélico que atraviesa distintas fases y reconfiguraciones. Ahora bien, no se trata únicamente de un recuento de conflictos particulares —al modo de los manuales historiográficos— ni tampoco de oponer guerra y paz como si fueran estados alternativos.

Lo decisivo consiste en comprender cómo la lógica expansiva del mercado mundial conlleva un ciclo interminable de guerra civil múltiple que adopta manifestaciones heterogéneas —de clase, de raza, de sexo, de especie, de subjetividad— y que, en su dimensión civilizatoria y colonial, funda y reproduce la frontera entre un orden “interno” y “externo” sobre el que se sostiene un régimen universal de explotación, renta y acumulación.

Desde este prisma, la noción de guerra —en su acepción “general”— desborda los enfrentamientos interestatales; y, en su acepción “particular”, como guerra civil, excede con creces la idea de un conflicto meramente “interno”. Esta doble expansión conceptual permite leer la dinámica persistente de injerencias, cercos, intervenciones y agresiones no como anomalías del sistema, sino como expresiones recurrentes de un mismo régimen de injusticias. Un régimen que opera, a la vez, como infraestructura de despojo y como tecnología de dominación.

En consecuencia, lo que enlaza la conquista de 1492 con las actuales maniobras de presión sobre el Caribe no es solo la reiteración de un repertorio militar, sino la continuidad de una lógica de colonización que inauguró una vía de ordenar el mundo mediante la interdicción, la sanción y la fuerza. Hoy esa misma racionalidad se actualiza bajo vocabularios distintos —“seguridad”, “estabilidad”, “lucha contra las amenazas”—, pero conserva su núcleo operativo esencial: producir obediencia, reconfigurar alineamientos y asegurar condiciones de sujeción sobre territorios, rutas y poblaciones.

Este desplazamiento exige, por tanto, un marco conceptual capaz de leer la continuidad entre violencia “externa” y violencia “interna”, entre guerra declarada y coerción normalizada. Es precisamente en este punto donde la propuesta de Lazzarato y Alliez resulta productiva: al pensar la guerra como condición estructurante, permite interpretar esas prácticas no como episodios aislados, sino como expresiones de un régimen histórico que articula economía, Estado y maquinaria imperialista total (guerra interestatal, guerra económica, guerra civil y guerra colonial) (p. 127) [4].

Desde una perspectiva crítica, los autores reestructuran la inversión —popularizada por Foucault— de la fórmula clausewitziana, según la cual la política es la continuación de la guerra por otros medios [5]. En su lectura, la economía tampoco reemplaza la guerra, solo la administra y la conserva mediante instrumentos institucionales. De ahí su tesis de que “la guerra, la moneda y el Estado son las fuerzas constitutivas… del capitalismo” y que, por tanto, “la economía no reemplaza a la guerra, sino que la prosigue por otros medios” (p. 33) [4]. Como resultado, la guerra no designa una anomalía que irrumpe en un supuesto orden pacífico, sino la condición subyacente desde la cual se disputan los intereses impuestos por el poder monetarista.

En este marco, un concepto central es el de guerra civil permanente. Como previamente advertimos, esta noción remite a la idea de que la explotación del trabajo se funda y reproduce mediante una continua guerra civil en múltiples frentes: la lucha de clases, pero también el racismo, la opresión patriarcal, la voracidad de lo viviente y también los conflictos en torno a la subjetividad. Esta guerra civil permanente es entendida en sentido amplio: una guerra interna a la sociedad que fractura el cuerpo social y establece vínculos de subordinación. Lazzarato y Alliez afirman contundentemente que “la ‘guerra de conquista’ (o la guerra civil) es la condición de existencia política del capitalismo en cuanto dispositivo de constitución de clases” (p. 22) [4]. En otras palabras, sin guerra no hay capitalismo.

Esta guerra no es un evento único, sino un proceso continuado: “Hace falta nada menos que la guerra, y la guerra luego prolongada a través de las normas, las instituciones, la producción y el consumo, para realizar una distribución tan violenta del poder, expropiado a unos y concentrado por otros, que se repetirá con cada cambio de régimen de acumulación” (p. 22) [4]. De esta tesis se desprende una lectura sociohistórica contundente: cada vez que el sistema reconfigura su modelo de desarrollo, lo hace mediante la desposesión. En este sentido, la guerra civil deja de entenderse como un estallido “interno” circunscrito a los Estados-nación. Más bien, una guerra total desplegada por la maquinaria imperial, que no opera únicamente mediante recursos bélicos directos, sino también a través de mecanismos biopolíticos y de la gubernamentalidad ordoliberal [6]. De este modo, la coerción se vuelve un ejercicio ordinario de gobierno: reproduce y actualiza los lazos de explotación y opresión entre clases, razas, sexos y especies, tanto en el plano ontológico-material como en los ámbitos subjetivos e intersubjetivos de la vida social.

Desde esta óptica, la guerra civil no aparece como una categoría fija ni como un momento delimitado, sino como una constelación cambiante de conflictos que, en cada etapa del capital, reordena simultáneamente el “adentro” y el “afuera” del orden social. Por eso, Alliez y Lazzarato insisten en hablar de una multiplicidad de guerras —y no de “la” guerra— como fundamento del orden interior y exterior, y como principio de organización de la sociedad (p. 33) [4]. El desplazamiento es decisivo: allí donde se explican las transformaciones como mera “destrucción creativa”, ellos sitúan en primer plano la iniciativa de las luchas y las represiones —las guerras civiles en sentido amplio— como matriz efectiva de los grandes virajes históricos. Bajo ese horizonte, procesos tan disímiles como la consolidación del capitalismo industrial, las expansiones imperialistas o los ajustes neoliberales se comprenden ahora como partes de un mismo todo debido a la intensificación y recomposición de esa conflictividad —represión del proletariado, conquista colonial, fascismo—; y por su función de apertura hacia nuevas relaciones de mando, sometimiento y acumulación.

En esta perspectiva, fenómenos contemporáneos como la financiarización y la globalización no implican una superación de lo bélico, sino como una redistribución multiescalar del conflicto: la coerción ya no se concentra únicamente en frentes identificables, sino que se disemina a través del endeudamiento, la regulación de flujos de capital, la precarización y los montajes securitarios. A esta expansión simultánea —del plano geopolítico al tejido cotidiano— Alliez y Lazzarato la denominan “guerras fractales”: una destrucción modulada que opera a la vez en lo global y en lo micro-social, reorganizando territorios, poblaciones y formas de vida sin necesidad de declararse como “guerra” en sentido estricto.

Un punto decisivo es que la guerra civil ya no puede pensarse como un fenómeno acotado a los marcos nacionales. Para nombrar esa articulación planetaria —donde guerras internas localizadas se conectan, se retroalimentan y se sincronizan— los autores retoman la idea de Carl Schmitt y Hannah Arendt de una “guerra civil mundial” (p. 35) [4]. En ese marco convergen, de manera desigual pero simultánea, la confrontación de clase, las campañas neocoloniales contra pueblos y “minorías” racializadas, el abuso patriarcal como estructura, la pulsión depredadora hacia lo viviente y las luchas en torno a la producción y normalización de la subjetividad (es decir, la disputa por los modos legítimos de vida, deseo y conducta).

Lo determinante, sin embargo, es la tesis de que el molde de estas expresiones de conflictividad es la guerra colonial, entendida como guerra contra poblaciones. En ese paradigma no rigen separaciones estables entre paz y guerra, ni entre civiles y combatientes, ni entre registros económicos, políticos y militares; la dominación se ejerce como un continuo de prácticas de control, castigo, administración y extracción. De ahí la afirmación de que “la guerra colonial (…) nunca ha sido una guerra entre Estados, sino que, por esencia, es una guerra en y contra la población”, y que en ella esas distinciones “nunca se han producido” (p. 42) [4]. A partir de los años setenta, la mundialización neoliberal no inaugura una época “posbélica”, sino una hostilidad estructural que reorganiza derechos, instituciones y condiciones de vida.

Para cerrar, vale destacar que esta primera aproximación no pretende clausurar el argumento, sino delimitar el problema: si la guerra constituye una condición constitutiva del capital, entonces también ofrece una clave para leer sus crisis, sus recomposiciones y los modos vigentes de reproducción social. En la próxima entrega avanzaremos desde este umbral hacia el núcleo que nos puede permitir “cepillar la historia a contrapelo” (p.22) [1], atendiendo a cómo se actualiza el continuum bélico en el presente y qué consecuencias se derivan de asumir que la guerra no es una excepción del sistema, sino uno de sus principios de funcionamiento.

Notas y referencias

[1] Benjamin, W (2005). Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Edición y traducción de Bolívar Echeverría. México D.F: Contrahistorias. La otra mirada de Clío.

[2] Zinn, H (2005). La otra historia de los Estados Unidos: (desde 1492 hasta hoy). Hondarribia: Hiru.

[3] Reuters (2025). White House orders U.S. forces to focus on ‘quarantine’ of Venezuela oil. 2025-12-24.

[4] Alliez É & Lazzarato M. (2021). Guerras y capital. Una contrahistoria. Buenos Aires/Madrid: Tinta Limón, La Cebra, Traficantes de Sueños.

[5] La expresión “máxima clausewitziana invertida” alude, en primer lugar, a la fórmula clásica atribuida a Clausewitz según la cual la “guerra es la continuación de la política por otros medios”; Foucault retoma explícitamente esa formulación y la somete a inversión analítica. En Defender la sociedad (curso de 1975–1976), Foucault propone leer que “la política es la continuación de la guerra por otros medios”, es decir, que el orden político-institucional no “sustituye” la guerra, sino que prolonga en la paz un desequilibrio de fuerzas producido histórica y materialmente por la guerra. De modo que, Foucault precisa que la política opera como “sanción” y “prórroga” de esas relaciones de fuerza, desplazando el foco desde la soberanía hacia la inteligibilidad bélica de las estructuras de poder. Lazzarato y Alliez reconfiguran esta inversión al desplazarla hacia la crítica de la economía política: no se trata solo de que la política continúe la guerra, sino de que, en el capitalismo, la economía misma no reemplaza la guerra, sino que la prosigue mediante arreglos institucionales —en particular, el Estado— que articulan moneda, regulación y monopolio de la fuerza.

[6] Por gubernamentalidad ordoliberal se entiende un modo específico de gobierno asociado al ordoliberalismo (Escuela de Friburgo) en el que el Estado no se limita a “dejar hacer” al mercado, sino que construye activamente las condiciones institucionales, jurídicas y políticas para producir y sostener un orden de competencia. En esta racionalidad, gobernar consiste en conducir conductas (poblaciones, empresas e individuos) a través de normas, incentivos y sistemas de seguridad que extienden la lógica de la competencia y la empresa al conjunto de la vida social, articulando “libertad económica” con coerción regulatoria y jurídico-policial. (Véase, en particular, la conceptualización de gubernamentalidad y ordoliberalismo en Michel Foucault, Nacimiento de la biopolítica, curso 1978–1979).

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