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Fe, moda y frivolidad intelectual

Fuentes: Rebelión

«El problema de la humanidad es que las personas estúpidas y fanáticas están seguras de todo, y las inteligentes están llenas de dudas.» (Bertrand Russell: El triunfo de la estupidez)

Cuando estudié la filosofía de Marx por primera vez, de una forma superficial, allá por mi último año de bachillerato, había en mi libro de texto un recuadro en el que aparecían algunas notas biográficas del filósofo alemán. Una que me pareció especialmente curiosa por lo que tenía de paradójica es una frase que al parecer escribió en una de sus últimas cartas, a saber: «yo no soy marxista» (en el francés original en el que la expresó: moi, je ne suis pas marxiste). Una declaración con todo el sentido en un contexto  en el que se fraguaban ideologías históricamente poderosas, y en el que el propio Engels llegó a redactar un borrador del famoso Manifiesto comunista (1848) en forma de catecismo. Me imagino a ese barbudo Marx sexagenario hasta salva sea la parte de las trifulcas doctrinales sobre sus ideas y los enfrentamientos entre sus fanáticos partidarios y sus agresivos detractores, comportándose igual que los acólitos de sendas sectas antagónicas. Es como si dijese: que yo no soy ningún mesías, que lo que he hecho es pensar por mí mismo de una forma crítica para analizar y comprender el mundo en el que vivimos y las opciones que tenemos para transformarlo a mejor; si queréis creer ciegamente en algo para tener una bandera que empuñar y con la que atizarle a quien piense distinto, conmigo no contéis. 

Recuerdo también que cuando tuve mi época de admirador de la literatura y del pensamiento de Miguel de Unamuno y Jugo, y disfrutaba leyendo sus nivolas –como la desasosegante Niebla– y ensayos –como el descarnado Del sentimiento trágico de la vida–, valoré en mucho la advertencia que me encontré en varios de sus textos sobre el rechazo que le provocaba la posibilidad de que su obra le pudiese convertir en maestro reverenciado por un grupo de admiradores que acabasen por convertirse en ciegos creyentes de sus ideas, rebajadas a la condición de pétrea doctrina en lugar de ser motivo de inspiración para la reflexión y el debate. Precisamente en uno de sus relatos, San Manuel Bueno, Mártir, el autor reflexiona a través del cura protagonista sobre la naturaleza de la fe y la duda. Un texto a partes iguales novelesco y filosófico (de ahí que el escritor las llamara nivolas, porque no eran novelas tradicionales). El libro es una plasmación del debate interior del propio autor al tiempo que una exposición del relevante papel social –-¿para bien o para mal?– que cumple la fe religiosa en un mundo injusto a la hora de dotar de sentido la existencia humana. Un cura descreído o al menos transido de dudas –en gran medida trasunto del propio pensador vasco– que, a pesar de ello, actúa como baluarte de la fe del pueblo del que es párroco. ¿Se puede vivir sin fe, sin creer firmemente en el propósito? El alma de Unamuno precisamente es el testimonio, tal como él nos lo legó en su obra, de esa dialéctica agónica entre la necesidad existencial de creer y la labor crítica del intelectual.

Sin embargo, lo que el cascarrabias de don Miguel sí que tenía bien claro es que no aceptaba las cofradías de admiradores que pudieran tomarle como maestro al que idolatrar. En esto coincidió al parecer con Marx. Tiene sentido: dos pensadores que hicieron de la crítica, y de la crítica a lo establecido, el objeto en gran medida de su obra, no concebían que sus ideas acabasen esclerotizadas por sus seguidores convertidas en un sistema de creencias dogmáticas. Otro Marx, este de nombre Groucho –pero tan inteligente, si no más, que el de nombre Karl, y desde luego con mucha más gracia– enunció esa ingeniosa frase que reza: «nunca pertenecería a un club que admitiera como miembro a alguien como yo». En la entraña de su genial paradoja se halla la esencia de la más radical crítica, que es la autocrítica, la que nos proporciona el antídoto contra el enfermizo narcisismo que actualmente nutre nuestra cultura del hiperconsumismo y la exposición pública del yo. 

En las antípodas de los dos Marx y nuestro Miguel de Unamuno están los artífices de las sectas, los proselitistas vocacionales. Entre los que la historia nos ha regalado cabe destacar al que fuera el fariseo judío que respondía al nombre de Saulo, luego universalmente conocido como Pablo (Paulus) de Tarso. No es raro que al neoconverso le insufle el espíritu de la fe recién abrazada una arrolladora pasión capaz de llevarle a culminar las mayores empresa ad maiorem Dei gloriam. Sin duda fue el caso del que fuera elevado a la condición de santo por su Iglesia, verdadero fundador de la que pronto se convertiría en la religión oficial del Imperio Romano, arquitecto doctrinal de la Iglesia Católica y de la misma como comunidad de fe con sentido de identidad propio y entidad política. Hasta su intervención en el devenir de los seguidores del Nazareno, estos constituían una variedad de comunidades heterogéneas, a menudo con ideas muy diversas, sobre el significado de las enseñanzas de quien tenían por su maestro. En el caso del cristianismo y Jesucristo nos encontramos con algo equivalente a lo ya señalado en relación con el marxismo y Karl Marx. El crucificado podría muy bien haber declarado antes de su fallecimiento: «yo no soy cristiano» (en arameo, claro). Y cómo serlo, si era judío. “INRI”, o sea, Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, eso fue lo que supuestamente sus ejecutores le colocaron como título en la cruz: «Jesús Nazareno, rey de los judíos», en latín. 

Pienso en este contraste entre los que construyen su pensamiento desde la crítica de lo dado –el caso de Marx, Unamuno y me atrevo a decir que el del propio Jesucristo– y quienes maniobran para blindarlas y convertirlas en objetos de fe. Pienso en estos días, cuando los últimos acontecimientos, sobre todo los ocurridos desde el inicio del nuevo año –aunque no solo– me muestran ese lado oscuro de la humanidad que la tornan aborrecible, cuando parece hallar especial deleite en entregarse a la irracionalidad; esa sobrecogedora cara a la que Edgar Morin –el ya más que centenario filósofo francés– se refirió con el apelativo de homo demens.

Me da por pensar que poco poder tienen las razones y la evidencia de los hechos frente a quienes obscenamente presumen de la fuerza que avala sus empresas. ¿Cómo puede haber tantos dispuestos a creer a quienes a todas luces pretenden llevarnos por un sendero ya transitado en otros momentos de la historia y que acabó una y otra vez en una orgía de crueldad y sufrimiento? Los que podrían, o mejor dicho deberían protegernos de esa irracionalidad suicida, demuestran tener muy poca fe en lo que trabajosamente se ha construido sobre la base de la experiencia histórica acumulada y lo pensado, discutido y contrastado con los hechos para hacer de la vida humana un camino abierto a desarrollar lo mejor de lo que es capaz la condición humana. Esa vida buena a la que todos tenemos derecho y que se basa en el amor para señalar los fines que debemos perseguir y en el conocimiento para acertar a escoger los medios más adecuados para alcanzarlos. 

¿Yerro en mi percepción de que el ser humano parece retroceder en su camino evolutivo a favor de sus reflejos de primate más primitivos, premiando a los machos alfa que se levantan soberbios sobre sus cuartos traseros dándose sonoros golpes en el pecho igual que gorilas ebrios de poder? Diríase que el poderoso instrumento que ha puesto en nuestras manos la revolución tecnológica digital no ha contribuido a potenciar nuestra conciencia ni nuestra libertad de pensamiento. Todo lo contrario. Podemos ser algo más que monos de imitación y, sin embargo, cuánto de lo que hacemos y juzgamos como válido responde a lo que está de moda.

Hoy en día la moda es una forma de fe y la fe es una forma de moda. Cuánto de lo que creemos y hacemos no es por fe ni por propio y consciente razonamiento, sino por moda, que termina por convertirse en nuestro más serio compromiso. Repárese en este reciente fenómeno reconocido a partir del último trabajo de la cantante Rosalía, y del éxito de un tiempo a esta parte de bandas musicales como Hakuna y de esos retiros católicos de jóvenes que van en busca de un encuentro personal con Jesucristo; Effetá se llaman. Propuestas evasivas para una juventud que parece no ser capaz de enfrentarse a la realidad desde la crítica, que se traduzca en una rebelión efectiva contra las actuales formas de poder que van en contra de la justicia social y el cuidado de la vida. Este seudorrenacimiento de la fe católica entre los jóvenes es sintomática de un cierto talante frívolo en el pensar que pone en peligro la racionalidad colectiva. Alejado por completo del rigor que conlleva el talante crítico, el que adopta la frivolidad intelectual no se centra en el conocimiento de la verdad (¿cuántos de los que se dicen católicos –jóvenes o veteranos– se han molestado en leer críticamente las Sagradas Escrituras?) y siente un deleite narcisista en la confirmación –que sea por favor del modo más simple posible– de sus prejuicios, intuiciones e impresiones ajustadas convenientemente a sus intereses prácticos cortoplacistas. Como advirtió hace años el difunto filósofo Jesús Mosterín en su ensayo Lo mejor posible: racionalidad y acción humana: «La frivolidad intelectual se caracteriza por la aceptación de creencias al tuntún y sin ningún tipo de estrategia». A quien adopta esa actitud en la cuestión de la que se trate –podemos ser frívolos para según qué cosas y críticos o doctrinarios para según qué otras– no le interesa maximizar la verdad  de su visión del mundo revisando las creencias conforme al procedimiento racional (lo que caracteriza al talente crítico); tampoco defiende a toda costa las creencias que conforman una determinada doctrina (lo propio del talante doctrinario), «sino que acepta pasiva y despreocupadamente las creencias que la tradición, la moda, la propaganda, el entorno o el capricho le sugieren». 

Parece evidente que en las últimas décadas la racionalidad colectiva ha sufrido una merma importante. Todos sus elementos arriba mencionados se han visto sometidos a un proceso de erosión innegable, en gran parte consecuencia de la posmodernidad que ha venido a tachar de dogmáticos los principios que fueron fraguados en la Ilustración, relativizando al mismo tiempo los valores universales de la modernidad. Eso abrió una brecha agrandada en las dos últimas décadas con la declaración de la guerra cultural actualmente activa –conflicto de identidades– y con la revolución digital, particularmente en lo relativo a la incidencia social y cultural del uso masivo de las redes sociales y su empleo estratégico, que incluye el recurso ya convertido en algo normal al bulo y la mentira, con el fin de manipular las conciencias y los comportamientos apelando no al pensamiento crítico, sino a las más bajas pulsiones psíquicas. El caso es que la atmósfera mental dominante, la que en la actualidad es más probable que respire un ser humano que está armando su intelecto, favorece la frivolidad intelectual: poco importa la verdad; tampoco hay disposición de revisar las creencias propias dado que para cada cual la tecnología nos proporciona nuestro refugio en forma de filtro burbuja y cámaras de eco, armadura indestructible del ego. El conocimiento es un tesoro tan bien escondido bajo las toneladas de información, que en la práctica son ruido, que es algo imposible de alcanzar para la mayoría  de personas que sufren el secuestro de su atención. Y el derecho a la libre expresión, fundamental en una democracia, se erosiona en ese ejercicio irresponsable de comunicación degradada. 

Convence más la moda que la fe, y desde luego más que la racionalidad crítica. ¿Por qué crece la ultraderecha en los dominios de las victoriosas democracias liberales que habían decretado el fin de la historia? ¿Por qué según las encuestas es entre los más jóvenes donde encontramos un mayor porcentaje de individuos que consideran el autoritarismo un modelo político digno de respeto y consideración? Dejen de devanarse los sesos los concienzudos politólogos: es la moda. Yo nunca supe a lo largo de mis años de profesor por qué un curso los alumnos venían con los pantalones con el talle más alto o más bajo, o las camisetas más anchas o más estrechas, o el pelo más lacio o más rizado, o la ropa interior expuesta. Lo que vale para la ropa vale para las ideas. No hace falta que la mayoría de la ciudadanía se convierta a una determinada doctrina para darle un giro a la historia. No hizo falta para que Alemania se dirigiera fatalmente al abismo de la mano de Adolf Hitler o para que ahora la democracia estadounidense se encuentre en serio peligro y, de paso, abra la puerta a un terrorífico retroceso desde el punto de vista humano de proporciones históricas. Basta con que un determinado porcentaje de la ciudadanía alcance el suficiente nivel de frivolidad intelectual.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.