La desclasificación de las «Epstein files» es un meteorito sin precedentes que confirma una serie de hipótesis que antes pertenecían al mundo de las conspiraciones, o que al menos, generaban escepticismo entre los «analistas más serios». Se trata muy probablemente de la desclasificación-filtración de archivos más importante en la historia contemporánea, muy por encima de otros casos análogos que ocasionaron grandes convulsiones, como el de Watergate, los archivos secretos de Damasco, los Panama Papers, las fiestas bunga bunga, Cambride-Analytica, por mencionar algunos de los más conocidos.
¿Pero que hipótesis se confirman? Exactamente hace 70 años, el sociólogo estadounidense Charles Wright Mills (1916-1962) publicó su libro «La élite en el poder», en el que inauguraba un nuevo método de investigación y exposición para desentrañar las redes de los círculos superiores en la sociedad estadounidense en los años de la posguerra. Por encima y más allá de la concepción lasalleana de los factores reales de poder; de las teorías marxistas más rusticas que no precisan el perfil de la clase dominante; de los enfoques sobre los grupos de presión; y de la explicación dahliana del pluralismo democrático, Mills consideraba que la élite en el poder se conforma por hombres de carne y hueso que, a pesar de su agenciamiento, reproducen redes de dinero, poder y prestigio que les brinda cierta unidad, aunque su lugar de procedencia y sus espacios de socialización sean distintos. Es decir, la élite en el poder es una clase, por supuesto, pero sus mecanismos de reproducción social también gravitan sobre y por debajo de las instituciones, las convenciones y las practicas visibles. No se trata de una intriga ni tampoco de una especulación de corte racionalista. La existencia de las élites es un hecho real y verificable. La problemática reside, más bien, en la forma en la que entendemos su organización, reproducción e impacto efectivo en los «outputs», esto es, en las políticas económico-financieras y los modelos de gobernanza.
La individualización de la culpa
Es completamente cierto que quienes aparecen como evidenciados de algún acto atroz en los archivos Epstein son personas perversas que llevan la banalidad del mal —como alguna vez lo dijo Hannah Arendt— al extremo. Sin embargo, culpabilizar únicamente al individuo es una forma miope de analizar los hechos, y en ultima instancia, una salida fácil a los problemas de fondo. Donald Trump es un pedófilo, un defraudador fiscal y un criminal de guerra que debe afrontar un juicio de destitución y rendir responsabilidad por sus crímenes, ¿Pero de que sirve remover de la escena pública a un sujeto despreciable si continúan existiendo elementos y posibilidades para que la historia se repita? La aparición de individuos como Jeffrey Epstein, Ghislaine Maxwell, Steve Bannon y el propio Donald Trump, no es un acontecimiento aleatorio o sin explicaciones, es el resultado de un largo y prolongado proceso de descomposición moral amalgamado al hundimiento de un patrón de acumulación de capital que ya no se sostiene con la mera reproducción ampliada ni con la desposesión: necesita de otros influjos a través de la mercantilización y fetichización de lo cósico, y aun, de lo inmaterial. Recordemos que el modo de producción capitalista es una relación social que se revoluciona incesantemente a sí misma y que con frecuencia encuentra formas inéditas de mantenerse a flote aun en los peores momentos.
La generalización geográfica y política
Digámoslo de forma tajante: quienes son exhibidos en los archivos, son personalidades de alto perfil de las plutocracias occidentales. Políticos profesionales y políticos outsiders, celebridades del cine y la música, gurús de los medios de comunicación, asesores y consultores de alto rango, dueños de corporaciones multimillonarias y grandes inversionistas, capos del crimen organizado, prestanombres, estafadores y facilitadores de recursos, etc. ¿Por qué no aparecen en los documentos personajes asociados a los Estados socialistas (dejemos para después el interminable debate acerca de si tal país es «verdaderamente socialista» o no) y a comunidades que no están en la órbita inmediata del polo liberal-burgués? Es evidente que el contar con una economía de mayor planificación, con instituciones no basadas en el lucro, e incluso, con culturas arraigas en un ethos cualitativamente distinto, no blindan frente a la corrupción, los abusos de poder y los errores. Sin embargo, mucha razón tenía Guy Debord cuando enunció que el capitalismo es el único modo de producción históricamente determinado que necesita de la espectacularidad para consumarse. La primacía de la imagen, el morbo, lo gore, lo prohibido, se convierten en objetos de consumo, y por ende, en mercancías con un valor de cambio añadido. Los mal llamados «sistemas de libre mercado», o mejor dicho, de «realismo capitalista», como alguna vez los denominó Mark Fisher, facilitan la estructuración de este tipo de circuitos de producción y consumo que hacen posible, necesario y pertinente la extensión de las redes de macro-criminalidad transnacional, como las que vuelven a salir a la luz a raíz de los archivos.
En síntesis, el amarillismo respecto a lo que se viene y todavía no se conoce se puede evitar en buena medida si recurrimos a una postura materialista sustentada en un análisis preciso de las relaciones sociales de producción imperantes, su vínculo con el rediseño institucional, las mutaciones en la ideología dominante y sus consecuencias finales en la reorganización del bloque en el poder durante periodos de crisis como el actual. Lo que importa no es la vida privada de las élites (con quien se relacionan y de que modo, que restaurantes frecuentan, a donde van a vacacionar, en que colegios estudian sus hijos, etc.), sino cual es su verdadero grado de eficacia para dictar aquello que irremediablemente se cristaliza a través del poder del Estado en políticas con repercusiones sobre el conjunto de la fábrica social.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


