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Fidel: el nacimiento de un líder

Fuentes: Rebelión

“… en el reino de los cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin términos, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre solo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el reino de este mundo”

Alejo Carpentier

Fidel, desde su nacimiento vino al mundo como una tormenta purificadora que barrería a su paso la maldad, la desidia, el deshonor, la traición, la deslealtad, la injusticia y las miserias humanas. En el “reino de este mundo” su figura ocupa un destacado lugar como ícono herético inderrotable ante los poderosos.

La historia cuenta, que la madre de Fidel-Lina Ruz, mujer de carácter acerado y entereza campesina, curtida por los avatares de la vida, en muy avanzado estado de gestación de lo que sería después el líder insurgente de talla mundial, volvía de un recorrido de control por la finca-, revólver a la cintura, como era costumbre, montada en su caballo, casi al anochecer, cuando fue sorprendida por una inesperada y cruenta tormenta tropical antes de llegar al hogar. De repente, una centella que abrió el cielo en dos, como parte del vendaval amenazador, asustó al equino de tal forma, que ambos de forma abrupta rodaron por el suelo en el incontenible lodazal, con lo que pudo ser uno de los acontecimientos más trágicos para la familia y los destinos de Cuba y muchos pueblos en el mundo. Fueron días angustiosos de zozobra para la madre, en espera de lo que podría ocurrir al nuevo ser por venir al mundo después de aquella abrupta caída. Cualquier cosa podría haber sucedido a la frágil criatura en el seno materno al impactarse sobre la tierra. El alumbramiento del niño de 12 libras, a las 2 de la mañana transcurrió un tiempo después, en 1926, año del gran ciclón ¿casualidad? con la ayuda de la comadrona de la zona, con el recordatorio pertinaz de la amorosa madre, por lo sucedido un tiempo antes en la tormenta y las posibles consecuencias para la criatura esperada. Felizmente, después del alumbramiento, todo estaba normal. ¡Era un retoño de Caguairán de aquellas montañas, sano, vigoroso, erguido, fuerte, lleno de salud con ojos vivos y sacudidas incontenibles desde el vientre materno! Al acariciarlo entre sus brazos, una sonrisa de regocijo infinito se dibujó en los labios de la recia y amantísima mujer y madre. Por la vitalidad de su nuevo hijo y haber superado aquella prueba de la infausta caída, ese día exclamó llena de dulzura ante la asistente del trabajoso parto:“¿NO TE DIJE QUE IBA A SER UN CABALLO?”, que es una expresión de virilidad mayor, de salud, suerte y fuerza suprema. La vida no la defraudó. No sería la única que así lo llamaría. “Ser un Caballo” en Cuba es un calificativo de marca superior para aquellos que se destacan sobremanera en determinados dominios de la vida, en la inteligencia, la fuerza, el valor, la constancia, el éxito. El caballo guía, encabeza, marca el paso, traza la ruta y el destino.

La historia de su vida desde la niñez hasta su muerte física es una demostración fehaciente de lo anterior. Ni los claustros religiosos ni los cánones ideológicos imperantes o las convenciones sociales y políticas pudieron aprisionar o enmarcar su legendaria figura y febril pensamiento en modos de actuación estereotipados, sacralizados por la tradición. Nada lo detiene. Siempre va en busca de la utopía soñada y a ella consagra todas sus energías. Siempre pensó y actuó en grande y de forma independiente. Allí donde otros veían infranqueables muros, el percibía nuevos horizontes y puertos de llegada retadores. Solo así se puede explicar los metaproyectos que ideó desde un país pequeño y con escasos recursos. Fue y es un hombre utopía, un hombre sueños, un hombre vientos, un hombre tormenta, un hombre universo, un ser energías.

Fidel es la encarnación de la voluntad de un pueblo indoblegable; de un pueblo que luchó como pocos para obtener una presentación o una carta de identidad ante el mundo, y la consiguió. Para ello hizo grandiosos sacrificios y privaciones en nombre de la libertad y la justicia.

En su juventud no fue un estudiante ejemplar desde el punto de vista de la asistencia a las clases y los rendimientos sobre todo en secundaria y preuniversitario. No en todas las asignaturas alcanzó sobresaliente. Mientras los profesores discursaban en las aulas, su mente volaba a otras realidades y sueños. Al final terminó la universidad de forma autodidacta sacando las asignaturas “por la libre”.

Amó y fue amado como los hombres de carne y hueso. Gustó de los placeres de la vida y los practicó con moderación y prudencia propia de su alta investidura y elevada cultura intelectual.

Tuvo familia e hijos de sangre como el común de los mortales. Ninguno heredó los rasgos y atributos de liderazgo del padre. Es más rara y hasta misteriosa la impronta genética en la política que en el arte. Casi todos, sí, sus ideales.

¡Ningún líder en la historia, al frente de su pueblo, por demás pequeño, debió enfrentar a un enemigo tan poderoso y malvado y además, vencerlo, como lo hizo Fidel Castro! Pasará a los anales de la historia como una cumbre insuperable de resistencia. ¡Hasta el ejemplo de Numancia empequeñece con el cerco dirigido por Escipión , durante 15 meses para rendirlos por hambre y enfermedades con un muro de 9 kilómetros alrededor de la ciudad, con la toma final de la fortaleza después de más de 20 años de resistencia heroica, que culminó con el fuego, el suicidio colectivo, la rendición y la esclavitud de los que quedaron vivos. En Cuba, con casi 70 años de bloqueo económico, comercial, financiero y político; con millones de Escipiones en contra y gigantescos muros de decenas de miles de kilómetros extraterritoriales a escala global, nada de eso se ha producido ni se producirá! Ni rendiciones por hambrunas y enfermedades, ni suicidios colectivos, ni muros que puedan contener a un pueblo libre, ni esclavos de nadie. Existe la más profunda convicción de que nunca el imperio podrá exhibir como trofeo los restos de la Revolución.

Dominaba como pocos la psicología del pueblo cubano, su identidad, su religiosidad y cultura.

Para los seguidores del Panteón Yoruba, los grandes jefes de la Revolución-en primer lugar Fidel, estaban iluminados y protegidos por las potencias sobrenaturales. De otra manera, hubiera sido inconcebible que escaparan a la muerte y los designios de sus poderosos enemigos empoderados de toda la fuerza del mal.

Fidel es sin dudas alguna, el Patriarca de la Revolución. Ella, junto al pueblo y la humanidad toda, fue el gran amor de su vida, a los cuales dedicó de forma absoluta su inteligencia superior y lucha espartana por un mundo mejor.

Caballo-le decían —figura que ostentaba el Uno en la charada china. Según esta extendida creencia, sobre Fidel, se habían vertido, las virtudes de los tres guerreros de la santería y la sabiduría de la deidad superior, era depositario del Ashe o poder supremo de los Orichas: el Cetro dominador, la virilidad, el dinamismo y fortaleza, el espíritu de batalla de Shangó triunfador sin igual en mil batallas; la fuerza, la tenacidad y la voluntad del forjador Oggún, Orisha mayor, hermano de Changó y Elegguá, deidad de los metales y la fragua, poseedor de la fuerza, dueño de los hierros; la habilidad, la persistencia, y visión de Elegguá, hijo de Obatalá y Yemú, amo de los caminos y sorteador de las dificultades, de las trampas y las acechanzas, que va derrumbando los muros y superando precipicios y abismos, rompiendo los maleficios, desbrozando las malezas, eliminando la herrumbre, superando miserias humanas y desidias, convirtiendo las maldiciones en bendiciones. Obatalá—Creador de la tierra y escultor del ser humano, padre mayor del intelecto, dueño de las cabezas, de la predicción, de la utopía, de la luz y de la fuerza de la mente— le había enviado la paloma el 8 de Enero de 1959 que se posó en su hombro izquierdo en medio de la multitud enardecida que lo aclamaba como el libertador que era-algo que se repitió años después, como un Mesías terrenal, que había desmembrado la aborrecible tiranía que oprimía al pueblo y roto las cadenas de la neocolonia amordazada por el poderoso vecino del norte; como un mensaje premonitorio del alcance universal de aquella figura que aparecía en nombre de la libertad, la justicia y de la redención de los pueblos. Después de su paso glorioso a la inmortalidad en la roca sagrada de Santa Ifigenia, una paloma llega todas las tardes para dormir en aquel pedestal como acompañante eterna del gigante que allí reposa. ¡Que interpreten los especialistas en acontecimientos esotéricos los misterios que tal acción entraña!

Fidel es para el pueblo, como un colosal Caguairán que hunde sus raíces en la inmensidad de la tierra con forma de indomable corcel que nunca se detiene y cabalga a la conquista del sol.

Desde los grandes padres fundadores del siglo XIX no se había visto algo similar en Cuba. Su figura es como una síntesis de todos los luchadores, que encarnan la espada y el escudo de la nación, la justicia y el orgullo de todo un pueblo concentrado en su líder.

Ya que por voluntad expresa no quiso estatuas ni pedestales, ni nombre en fábricas, calles o escuelas, ni idolatrías, ni mausoleos, ni cuerpos embalsamados para la posteridad como ha sido práctica en otras latitudes y eso es una prueba más de su grandeza, debiera sin embargo, permitirse construir de forma simbólica, vigorosos caballos en determinadas plazas; gigantes corceles, con la cabeza erguida y desafiante mirando al norte, ladeada hacia la izquierda-como era su ideología y además, con una virilidad voluptuosa evidente, que simbolizara lo que él representó como líder inteligente, corajudo y sincero, orgullo de todo un pueblo y más allá.

Combinaba en su egregia personalidad, la fineza y delicadeza de la alta cultura con la virilidad y el desafío a lo imposible; el juicio calculador del orfebre y la bravura y la fuerza del león indomable que marca el territorio y establece los límites de lo permisible. Todo dependía de lo que exigían las circunstancias. Podía hablar apenas en un susurro inaudible para no molestar a los demás o no impresionar, o por el contrario convertirse en un torrente de altos decibeles ante la multitud enardecida que lo aclamaba. Podía alagar en los términos más refinados y sensibles a los que habían realizado una buena obra o utilizar ráfagas de palabras duras, de grueso calibre y ofensas, para los traidores, irresponsables, incumplidores, insensibles o enemigos del pueblo. Dominaba a la perfección el lenguaje de la academia de Cervantes y los términos duros de la jerga popular cubana.

Su figura se caracterizó siempre por una alta capacidad intelectual y emocional, proverbial memoria, oratoria deslumbrante e infinita, sentido del momento histórico, político y humano; oportunidad y audacia en las decisiones, previsión de los acontecimientos “ir al futuro y regresar al presente”, poder de convocatoria sinergética y establecimiento de prioridades en medio de las contingencias, resiliencia espartana sin una sola queja o lamento, carisma y poder de atracción como un imán de multitudes tanto para los revolucionarios como para los adversarios, alta sensibilidad humana, empatía, seguridad contagiante con ausencia de miedo o vacilación ante los enemigos, verticalidad en la conducta, ejemplo personal como actitud cotidiana, y los atributos externos de poder que singularizan y destacan su figura entre las demás.

Combatió con todas sus fuerzas la traición y el oportunismo como fenómeno que necrosan los ideales y el sentido de la lucha.

Con el paso del tiempo su figura se acrecienta por sus verdades cortantes y diáfanas como el sol, sus asombrosas premoniciones en medio de las acechanzas e incertidumbres, las certezas a partir de convicciones y principios a prueba de la vida y su ejemplo como un gigante moral para todos los tiempos. El CABALLO, EL PATRIARCA vive y vivirá.

Jorge Luís Guach Estévez. Universidad de Holguín. Miembro de la Cátedra Honorífica Fidel Castro Ruz.