Para países como Ecuador, Cuba es un ejemplo de soberanía.
“Los abuelos cimarrones nos enseñaron que un pueblo que defiende su dignidad nunca camina solo, porque la libertad no se mendiga: se construye con la memoria, la rebeldía y la decisión de no arrodillarse ante ningún imperio.”
La historia de América Latina está llena de momentos en los que los gobiernos deben decidir entre dos caminos: el de la soberanía o el de la subordinación. Cada vez que una autoridad toma decisiones que no responden al interés de su propio pueblo, sino al deseo de agradar a poderes externos, no estamos frente a un acto de política exterior, sino frente a una renuncia silenciosa a la dignidad nacional.
Para muchos pueblos de nuestra región, el ejemplo de Cuba sigue siendo profundamente significativo. Más allá de las opiniones políticas que existan sobre su modelo interno, nadie puede negar que se trata de una nación que ha defendido su derecho a decidir su propio destino frente a presiones económicas, diplomáticas y militares durante décadas. Esa persistencia en la defensa de su soberanía ha convertido a Cuba en un símbolo para millones de latinoamericanos que creen que la independencia no es solo un hecho histórico, sino una práctica cotidiana.
Por eso resulta tan desconcertante cuando gobiernos latinoamericanos adoptan decisiones que parecen más orientadas a complacer a potencias extranjeras que a defender los intereses y la dignidad de sus propios pueblos. En esos momentos, la política deja de ser un ejercicio de responsabilidad histórica y se convierte en una demostración de servilismo. No se gobierna pensando en la nación, sino mirando hacia el norte, esperando aprobación, aplausos o recompensas.
La soberanía no se declama: se ejerce. Y ejercerla implica tener la capacidad de sostener posiciones propias, incluso cuando estas no coinciden con los intereses de los centros de poder global. Cuando un gobierno actúa únicamente siguiendo las directrices del imperio, la política pierde contenido, pierde profundidad y se convierte en un simple eco de órdenes ajenas.
En contraste, la experiencia cubana recuerda que la dignidad de un pueblo se construye defendiendo su derecho a decidir su propio rumbo. La soberanía no significa aislamiento ni arrogancia, sino coherencia histórica: la convicción de que ningún país debe vivir de rodillas ante otro.
Para países como Ecuador, cuya historia también está llena de luchas por la independencia y la justicia social, la lección debería ser clara. Un gobierno puede cambiar sus alianzas, sus estrategias o sus discursos, pero jamás debería renunciar a la dignidad nacional. Cuando eso ocurre, la política deja de ser un instrumento del pueblo y se convierte simplemente en la voz de otros intereses.
En tiempos donde muchas decisiones parecen dictadas desde fuera, recordar el valor de la soberanía no es un gesto ideológico, sino un acto de memoria histórica. Porque los pueblos que olvidan su dignidad terminan aceptando como normal lo que en realidad es una forma de dependencia. Y ningún país puede construir un futuro libre si su política se escribe con tinta prestada.
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