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Esclavos

Fuentes: Rebelión

«La esclavitud no se ha abolido, se ha puesto en nómina». Perich

«El mundo hoy tiene más esclavos que nunca». Org. Walk Free

Aparte de hacernos recordar algunas verdades tales como la de que «el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros desde los pies hasta la cabeza» (Marx, El Capital), o la de que «el europeo no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos» (Jean-Paul Sartre, Prefacio a Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon), además de suscitar vergüenza e indignación en muchos argentinos por un voto que no los representa, la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas relativa a la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud racializada de africanos (25/03/26) nos lleva a repensar el pasado y presente de nuestra «civilización occidental y cristiana», y también el concepto de esclavitud y sus manifestaciones presentes, y nuestra respuesta frente a ellas. 

El concepto «esclavitud moderna» está referido a la trata de personas, el trabajo forzoso, el trabajo infantil y el matrimonio forzado. Unos 50 millones de personas, según la Organización Internacional del Trabajo están sometidas en la actualidad a «esclavitud moderna»: 28 millones en trabajos forzados, 22 millones en matrimonios forzados. Algo así como que toda la población de España estuviera sometida al régimen de esclavitud. Las mujeres y los niños, y desproporcionadamente, son los más vulnerables. Más de la mitad de los niños están en situación de explotación sexual comercial. 

¿Quién es esclavo? Esclava es la persona que carece de libertad por estar bajo el dominio de otra, una sujeción excesiva por la que una persona somete a otra a una obligación o trabajo. La esclavitud es un mal muy vigente y «en casi todos los países, atraviesa líneas culturales, étnicas y religiosas» (1).

Una entrevista realizada a Andrés de Francisco (2) contribuye a arrojar luz sobre este fenómeno, cuya actualidad también se resalta, siendo particularmente revelador el aserto de que «una de las grandes cuestiones del mundo moderno (…) es que hay formas de esclavitud camufladas detrás de la ley y perfectamente compatibles con una noción puramente formal de libertad. Es lo que ocurre con las relaciones de dependencia caracterizadas por asimetrías de poder». Lo que enseguida nos viene a la mente, claro, es la relación más conocida entre el trabajador y el capitalista. Pero hay otras formas que también merecen ser atendidas, como las que se observan en los cuidados y el rol desempeñado por las mujeres.

Es conocido cómo los procesos de endeudamiento de los países y los ajustes estructurales a los que son arrastrados resultan devastadores desde el  punto de vista de los derechos humanos. Esto se nota mucho en Argentina, donde con fecha 10/04 se informa que el recorte en asistencia social es récord. El empobrecimiento y la reducción de los servicios sociales impone a la mujer habitualmente una sobrecarga de tareas sin compensación económica, en un proceso de feminización de la pobreza que atenta contra los derechos humanos, la cohesión social y la democracia.

Otras formas en las que impera «la falta de la libertad en una de las partes y la capacidad de interferencia arbitraria de la otra», son las que se agrupan bajo el concepto de «trabajo precario», caracterizadas por la inestabilidad, la escasa o nula protección social y los insuficientes salarios. Aquí encontramos a los trabajadores de plataformas digitales, que prestan servicios a través de aplicaciones o sitios web: se estima que, en todo el mundo, ascienden a 435.000.000. Se hace hincapié en el carácter independiente de la relación laboral («trabajadores autónomos», «contratistas independientes», «freelancers»), pero eso está fuertemente cuestionado; estos trabajadores están impedidos de fijar el precio de su trabajo y están lejos de poder negociar las condiciones laborales, del acceso a la protección social, del derecho de sindicalización y negociación colectiva. Además, las condiciones en las que realizan su tarea los empujan a la autoexplotación, lo que los pone en situación de riesgo. En todo caso, resulta innegable que lo que más arriba se describe como situación de dominación, de desequilibrio de poder entre las partes, no puede ser más evidente, tanto que parece que para encontrar algo semejante deberíamos remontarnos a los comienzos del siglo pasado o al siglo XIX. Si bien en algunos países se han intentado reformas tendientes a suavizar las aristas más cuestionables de este modo de trabajo, permanece inalterado el hecho de que se sustenta en una total asimetría entre las partes y que, en el fondo, se trata de darle un tinte que haga que resulte más aceptable para las «buenas conciencias», un enmascaramiento de la relación de explotación.

El capitalismo no solo no impidió la esclavitud, sino que, por el contrario, multiplicó sus formas, las hizo más eficaces, y las globalizó. Generó las condiciones de posibilidad para que esto sucediera a partir de innovaciones tecnológicas y profundas transformaciones en el terreno económico que necesariamente repercutieron en el ámbito de lo social, lo político y también lo cultural: estrechamente relacionadas con ese fenómeno, las batallas culturales emprendidas por derechas y ultraderechas en su guerra por la conquista de la subjetividad, necesaria para mantener una relación de dominación favorable a ellas. En cuanto a esto último cabe preguntarse no solo acerca de las tácticas y estrategias utilizadas por las derechas, sino también acerca de lo que hizo que las subjetividades, por así decirlo, quedasen expuestas a recibir todo el impacto de las mismas.

En ciertos ámbitos, todavía se manifiesta cierta perplejidad acerca del apoyo popular a movimientos reaccionarios que prosperan en distintos puntos del globo. También se suele incurrir, de manera más o menos explícita, en la culpabilización de determinados grupos, lo que es peor. Esto no ayuda a comprender, y sin comprender no hay solución para el problema. Cuando el desencanto y la frustración resultantes de gestiones políticas incapaces de dar adecuada respuesta a las expectativas populares se suman a la ausencia de propuestas, programas y dirigentes capaces de encolumnar detrás de un proyecto emancipatorio, cuando año tras año el empeoramiento de las condiciones de vida sumergen en la precariedad a amplios sectores de la  población cabe esperar el estallido, la explosión, o la implosión social, de acuerdo con las circunstancias históricas del caso. «La implosión es crisis replegada y ajustada en un interiorismo cada vez más recargado: barrio adentro, casa adentro, cuerpo adentro», como sostienen Leandro Barttolota e Ignacio Gago (3). En la implosión, lo que predomina es el cansancio y las implosiones sociales son la regla cuando lo que impera es la precariedad (dificultad para cubrir necesidades básicas y ejercitar derechos), que es padecimiento común de sectores cada vez más grandes de la sociedad. Este es el terreno en el cual prosperan hoy las diferentes formas de esclavitud, un mundo en el que -tal como lo expone Jorge Millones- «el  individualismo extremo, la falta de redes de apoyo sólidas, la desaparición de lazos comunitarios y la creciente desconexión social dejan a los individuos enfrentando a sus temores y ansiedades en solitario» (4), el mundo que ha entronizado la figura del «empleado autoexplotado del empresario que él mismo es» (Byung-Chul Han), lo que conocemos como «emprendedor», ejemplar en tanto consagración del individualismo y presunto ejercicio de «libertad». 

La esclavitud no es un fenómeno encapsulado en el pasado: formas pretéritas de ella coexisten hoy con otras nuevas desarrolladas por la tecnología e impulsadas por la globalización. Oponerse a todas debe ser prioridad de cualquier proyecto que, si fuera emancipatorio, no podrá sino combatir  «lasformas de esclavitud camufladas detrás de la ley y perfectamente compatibles con una noción puramente formal de libertad», asumiendo quees esclava «la persona que carece de libertad por estar bajo el dominio de otra, una sujeción excesiva por la que una persona somete a otra a una obligación o trabajo».

(1) UNHCR-ACNUR. «Esclavitud moderna: qué es, qué tipos existen y cómo combatirla»

(2) «Pensar la esclavitud y sus expresiones contemporáneas»

(3) «Implosión. Apuntes sobre la cuestión social en la precariedad»

(4) Jorge Millones, «Inteligencia artificial y estupidez colectiva»

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.