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A 65 años de Playa Girón: la primera gran derrota del imperialismo

Fuentes: Rebelión

El silencio en la habitación parecía inconmovible. Aquella madrugada del 17 de abril de 1961, Fidel caminaba de un lado a otro en la casa de verano “Punto Uno”, cerca de Playa Girón, donde se había establecido el centro de operaciones para defender a Cuba del intento de invasión. Con una radio en la mano, seguía y coordinaba cada uno de los movimientos tácticos de las milicias revolucionarias.

Consciente de que, con cada minuto que pasaba, el peligro se incrementaba, la orden era clara: se debían movilizar todas las fuerzas posibles para impedir que el ejército mercenario lograra asentarse y consolidar posiciones. Aquella invasión era el inicio de una intervención más amplia de Estados Unidos.

Hasta entonces, la joven Revolución no había atravesado momentos tan dramáticos como aquellos días de abril, hace 65 años. Aquellos días, que pasarían a la historia como Playa Girón, marcaron el destino de la Revolución Cubana —y, en buena medida, el de América Latina y el Caribe— hasta la actualidad.

Absorto en sus pensamientos, mientras escuchaba informes y daba órdenes por radio, Fidel caminaba de un lado a otro de la habitación entonando los versos del “Himno de Bayamo”, el himno nacional cubano.

¿Sería ese el fin de todos los esfuerzos y sacrificios mediante los cuales se había alcanzado la tan ansiada Revolución? ¿Qué pensamientos atravesaban a aquel joven de apenas 34 años, que había estado al frente de una epopeya que parecía imposible?

Tan solo algunas horas antes, Fidel había pronunciado un enérgico discurso en el que caracterizaba la situación que enfrentaba Cuba con notable lucidez histórica. Ante una multitud que se había congregado para despedir y llorar a sus muertos, víctimas de ataques mercenarios, Fidel exclamó: “Lo que los imperialistas no nos perdonan es que estemos aquí. Que hayamos llevado a cabo una Revolución socialista justo delante de las narices de Estados Unidos. Y que defendamos esta Revolución socialista con estos fusiles”.

Tras distintos intentos por parte de Estados Unidos de derrocar la Revolución que había triunfado tan solo dos años antes, en abril de 1961 Cuba se enfrentaba a una invasión militar.

La historia de la Revolución Cubana ha sido la persistente epopeya del triunfo de un pueblo que decidió desafiar al imperialismo y construir un modelo social distinto al capitalismo. Pero también es la historia de una agresión constante por parte de ese mismo poder, que hasta el día de hoy, 65 años después, continúa utilizando diversos medios para intentar revertir ese ejemplo que Cuba representa.

El intento de invasión

El intento de invasión era tan solo una parte de un plan más vasto, diseñado y ordenado directamente por el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower. La invasión estaba a cargo de la Brigada 2506, integrada por cerca de 1.500 mercenarios —entrenados y financiados por la CIA—, provenientes de clases privilegiadas vinculadas a grupos católicos de derecha, antiguas familias terratenientes y la estructura militar de Batista.

El objetivo de la operación era desembarcar en Cuba y tomar posiciones estratégicas, con el fin de declarar un “gobierno provisional” que solicitaría el reconocimiento y la ayuda militar abierta de Estados Unidos.

Dos días antes de la invasión, en las primeras horas del 15 de abril de 1961, ocho bombarderos estadounidenses B-26 atacaron aeródromos militares en varias ciudades cubanas. El objetivo era destruir la capacidad de respuesta aérea de Cuba, con el fin de garantizar el éxito de la invasión.

Convencidos de que nada podía oponerse a la protección que el imperio les garantizaba, todo estaba cuidadosamente planeado. La caída de la Revolución Cubana sería un ejemplo disciplinador para América Latina y el Caribe: cualquier desafío a Estados Unidos se pagaría caro.

Tiempo después, el periodista Haynes Johnson comentaría que, al despedir al contingente mercenario desde el último punto operativo, Luis Somoza Debayle —segundo de la dinastía de dictadores de Nicaragua, sostenida por Washington—, en su discurso dirigido a aquellos “luchadores de la libertad”, les dijo: “Tráiganme un par de pelos de la barba de Castro”.

Divididos en siete batallones, integrados por unos doscientos hombres cada uno, el desembarco se produjo finalmente en las primeras horas de la madrugada del 17 de abril, en el oriente de la bahía de Cochinos, en un lugar perdido —cuyo nombre sería reconocido internacionalmente— llamado Playa Girón.

Tan solo cinco milicianos, junto a tres alfabetizadores —jóvenes en su mayoría provenientes de sectores humildes, sin experiencia militar profesional—, que vigilaban aquellas costas, fueron los primeros en enfrentarse al intento de invasión.

En conversación con Brasil de Fato, Ramón Rafael González Suco, uno de los brigadistas que interceptó al ejército mercenario en Playa Larga, recuerda aquella noche como una de las más significativas de su vida. “En medio de la noche, escuchamos el ruido de los motores de una lancha e inmediatamente nos incorporamos en una trinchera con nuestras ametralladoras”, cuenta.

Al advertir que la considerable desventaja numérica no les permitiría enfrentar a los invasores, los milicianos cubanos —que conformaban el batallón 339— se refugiaron en un viejo edificio abandonado, desde donde combatieron para intentar frenar el avance enemigo. Sin embargo, al cabo de unas horas, las fuerzas de desembarco lograron hacerlos prisioneros.

A pesar de ello, ya era demasiado tarde: el batallón había logrado advertir al gobierno revolucionario del punto donde se producía el ataque. Tan solo cinco milicianos, junto a tres alfabetizadores, fueron quienes dieron la alerta y rompieron el factor sorpresa de la operación de la CIA.

González Suco tenía tan solo 22 años en aquel momento. Era uno de los miles de jóvenes que habían decidido incorporarse a las milicias para defender la joven Revolución que el pueblo cubano había decidido echar a andar.

“La teoría de Fidel y la práctica me convirtieron en un revolucionario”, señala, dueño de una convicción que —con el mismo fervor de juventud— lo acompaña hasta el día de hoy.

“El Che dijo que un revolucionario es la etapa más alta de la especie humana. Y yo, de un joven banal, me convertí en un joven que estaba dispuesto a dar la vida por la revolución. Igual que yo, había decenas, centenares de milicianos que se incorporaron a las milicias revolucionarias. Dejaron las comodidades de su casa, de su hogar, y se lanzaron a defender la revolución a toda costa. Eso es lo que yo recuerdo con satisfacción y con el placer de que éramos muchos, muchos”.

La primera gran derrota del imperialismo

Pocas veces Fidel levantaba la voz o respondía con enojo. Cuando en la mañana del 17 de abril llegó al punto de partida para abordar uno de los tanques que se dirigía a las zonas de combate, uno de sus subordinados lo detuvo y le exclamó: “No, comandante, usted no puede arriesgarse”. La respuesta fue inmediata; alzando la voz, exclamó: “¡Soy el jefe de la Revolución, cómo no voy a ir en ese tanque!”.

La decisión era categórica: si era necesario arriesgar la propia vida para defender la Revolución, él sería uno de los primeros en hacerlo. Toda la moral revolucionaria que se había forjado durante la guerra no admitía ambigüedades: los dirigentes debían correr la misma suerte que su pueblo, y la única prédica posible era la del ejemplo.

Fue desde ese mismo vetusto tanque soviético donde Fidel realizaría uno de los primeros ataques contra el ejército mercenario. El certero disparo del T-34 impactó contra el barco Liberty Houston, que inmediatamente quedó envuelto en llamas.

La imagen quedó inmortalizada por Tirso Martínez, fotoperiodista del diario Revolución, donde se lo ve a Fidel en el aire, saltando desde el tanque. Se trataría de una de las imágenes más emblemáticas de aquella jornada.

El costo fue alto: más de 155 milicianos cubanos perdieron la vida defendiendo la soberanía de su país. No sería la última vez que Cuba tendría que defender con su propia sangre el precio de su independencia y soberanía, es decir, su Revolución.

Tras 48 horas de combates, aquellas milicias revolucionarias cubanas —formadas principalmente por campesinos y voluntarios— lograron arrestar y capturar a aproximadamente 1.189 invasores.

Acusados de “traición a la patria”, los prisioneros fueron interrogados y enjuiciados públicamente, en lo que serían los primeros juicios televisados en la historia de Cuba, emitidos entre abril y septiembre de 1961. Los tribunales estuvieron compuestos por milicianos, obreros y campesinos que actuaron como jueces.

La inmensa mayoría de los prisioneros sería canjeada con Estados Unidos a cambio de una compensación en alimentos y medicinas (valorada en 53 millones de dólares) por los daños ocasionados en Cuba. Sería la única vez que Washington se vería obligado a pagar una indemnización por los daños derivados de sus políticas bélicas. Aquella derrota estuvo a punto de hacer caer al gobierno de Kennedy.

En la guerra, el filo de la espada es tan importante como la moral de combate. Desde el punto de vista de las capacidades militares, ninguna posibilidad estaba del lado de Cuba: una pequeña isla pobre, que los años de la guerra revolucionaria habían dejado arrasada, frente a la principal potencia militar. Y, sin embargo, contra todo pronóstico, Playa Girón se convirtió en la primera derrota militar del imperialismo yanqui en América Latina y el Caribe. Una derrota que hasta el día de hoy los imperialistas no pueden perdonar.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.