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El coyote, el correcaminos y el Ángel de la Historia

Fuentes: Rebelión

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. Representa a un ángel que parece estar a punto de alejarse de algo a lo que está clavada su mirada. Sus ojos están desencajados, la boca abierta, las alas desplegadas. El ángel de la historia tiene que parecérsele. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. Lo que a nosotros se presenta como una cadena de acontecimientos, él lo ve como una catástrofe única que acumula sin cesar ruinas sobre ruinas, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer los fragmentos. Pero desde el paraíso sopla un viento huracanado que se arremolina en sus alas, tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. El huracán le empuja irresistiblemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece hasta el cielo. Eso que nosotros llamamos progreso es ese huracán.” Walter Benjamín,  Tesis sobre el concepto de historia y otros ensayos sobre historia y política (1940)

Mickey Mouse y la condición moderna

En 1940, poco antes de su muerte en Portbou, Walter Benjamin escribió su célebre tesis IX, perteneciente a su libro Tesis sobre el concepto de historia y otros ensayos sobre historia y política. Inspirándose en el cuadro Angelus Novus de Paul Klee, obra que el ensayista conservaba en su propia colección personal y que se convirtió en una de las imágenes centrales de su pensamiento, Walter Benjamin imaginó al Ángel de la Historia empujado hacia delante por la tormenta del progreso, procedente de la propia historia de la humanidad. Incapaz de cerrar las alas contempla, estupefacto, una única catástrofe que acumula ruina sobre ruina a sus pies. Aquella poderosa visión condensaba uno de los diagnósticos más lúcidos y melancólicos del siglo XX: la historia moderna no avanza realmente hacia un horizonte emancipador, sino que se derrumba continuamente sobre sí misma, aunque continúe denominando “progreso” a su propia devastación.

No obstante, Benjamin también prestó una gran atención a las formas emergentes de la cultura popular de masas de su tiempo. En los años treinta del siglo pasado se interesó especialmente por el cine, la reproducción técnica de las imágenes, los dibujos animados y personajes como Mickey Mouse, al considerar que expresaban transformaciones profundas de la sensibilidad moderna bajo las condiciones del capitalismo industrial y tecnológico.

En diversos fragmentos y apuntes vinculados a sus reflexiones sobre la reproductibilidad técnica, Benjamin observó que los dibujos animados mostraban cuerpos capaces de deformarse, explotar, quemarse, aplastarse o recomponerse indefinidamente sin desaparecer nunca del todo, como sucedía en las películas animadas sobre Mickey Mouse, creadas por Walt Disney y Ub Iwerks en 1928. Aquella elasticidad extrema le parecía algo más que un simple recurso humorístico: representaba simbólicamente una nueva forma de adaptación psíquica a un mundo moderno crecientemente mecanizado, violento e inestable. En Mickey Mouse veía Benjamin la caricatura del ser humano entrenado para sobrevivir al choque permanente de la modernidad técnica, una especie de parodia de la condición moderna. De este modo, el célebre ratón podía interpretarse como el emblema de un sujeto acostumbrado a convivir con la catástrofe cotidiana, capaz de continuar funcionando entre explosiones, accidentes y ruinas, sin llegar nunca a detenerse completamente.

Benjamin intuía que la cultura de masas actuaba también como una especie de pedagogía emocional para sociedades sometidas a tensiones constantes, donde el trauma y la destrucción comenzaban a normalizarse como parte cotidiana de la experiencia moderna. No obstante, Benjamin percibía una profunda ambivalencia en la cultura popular y en los nuevos medios técnicos. Estos podían funcionar como instrumentos de alienación y domesticación colectiva, pero también contener elementos liberadores, humorísticos e incluso potencialmente utópicos. Mientras el Ángel de la Historia contempla la acumulación de ruinas producida por el progreso, Mickey Mouse evoca al sujeto moderno que aprende a sobrevivir psíquicamente dentro de esa misma catástrofe permanente. Ambos aparecen ligados a una modernidad tecnificada, destructiva y acelerada, aunque desde registros distintos: uno trágico y melancólico; el otro grotesco, humorístico y ambiguo.

El Coyote y el Correcaminos: el final del camino

Nueve años después de la muerte de Benjamin, en 1949, el director Chuck Jones y el guionista Michael Maltese estrenaban Fast and Furry-ous, el primer episodio de dos célebres personajes creados para Warner Bros.: el Wile E. Coyote y el Road Runner, cuyas persecuciones estaban ambientadas en el desierto del suroeste de los Estados Unidos. A la luz de las reflexiones de Walter Benjamin sobre Mickey Mouse, podría interpretarse que los dibujos animados de Jones y Maltese, cuya producción la Warner Bros. concluyó en 1964, representan una mutación histórica de aquella sensibilidad moderna que Benjamin todavía contemplaba en su fase más expansiva. En Mickey Mouse aún existía, pese a toda la violencia mecánica y la fragmentación corporal, una cierta ambivalencia utópica: el cuerpo elástico sobrevivía al desastre y seguía abierto a la imaginación de otras relaciones posibles entre técnica, naturaleza y humanidad.

En cambio, en el universo del Coyote y el Correcaminos parece emerger ya el indicio simbólico de una modernidad perdida en su propio laberinto, agotada y atrapada en la repetición compulsiva de su propio fracaso. Surge en los años del inicio de la Gran Aceleración de la sociedad industrial (1950-2010), pero ya prefigura muy tempranamente las primeras grietas que anunciaban su futuro colapso ecosocial. El Coyote encarna satíricamente a un sujeto neurótico e hipertecnificado que confía obsesivamente en los dispositivos técnicos —máquinas, explosivos, armas modernas, motores, inventos, mecanismos absurdos— para alcanzar un objetivo que nunca logra cumplir: cazar y devorar al Correcaminos. Cada intento termina en accidente, explosión, carbonización, aplastamiento o caída al vacío, pero el ciclo vuelve a comenzar indefinidamente. Ya no se encuentra aquí la promesa lúdica de una sinergia salvadora entre tecnología y existencia, sino una lógica de fracaso perpetuo, de insatisfacción constante, de goce abortado, de deseo frustrado y de insistencia compulsiva, propia de una civilización incapaz de detenerse incluso cuando se dirige directamente hacia el abismo.

La imagen más significativa es, quizá, aquella en la que el Coyote, en persecución constante de su presa, corre suspendido en el aire sin darse cuenta todavía de que el suelo ha desaparecido bajo sus pies. Durante unos segundos continúa moviéndose como si nada hubiera ocurrido, sostenido únicamente por la inercia de la normalidad, hasta que finalmente toma conciencia del vacío y se precipita. Esa escena puede leerse como una poderosa metáfora de la hipernormalización contemporánea: un sistema que continúa actuando como si el mundo que lo sostenía siguiera intacto, aunque en realidad ya haya desaparecido bajo él. El colapso no aparece entonces como un acontecimiento súbito, sino como la caída inevitable de una estructura que continúa funcionando mecánicamente después de haber perdido sus propias condiciones de posibilidad.

La fuerza de la escena reside precisamente en esa suspensión imposible. El Coyote no cae inmediatamente porque todavía permanece atrapado en la lógica de su propia velocidad. Continúa corriendo porque todo su cuerpo, toda su percepción y toda su experiencia previa le dicen que debe seguir avanzando. La rutina y una ciega voluntad sustituyen a la realidad. Del mismo modo, la hipernormalización actual describe una civilización que continúa reproduciendo compulsivamente sus dinámicas de crecimiento, consumo, aceleración tecnológica y expansión económica, aun cuando las bases materiales, energéticas, ecológicas y simbólicas que la sostenían comienzan a hundirse visiblemente bajo ella.

La tragedia del Coyote no consiste únicamente en la inevitable caída, sino en la imposibilidad de detenerse a tiempo. Incluso suspendido sobre el abismo, continúa moviéndose como si el suelo siguiera allí. Esa es también la tragedia de la modernidad tardía: la incapacidad estructural de reconocer sus propios límites antes del hundimiento. El sistema sigue produciendo la ficción de la normalidad mientras el vacío se expande bajo sus pies. Y quizá por eso la escena, en su gracia infantil, resulta tan perturbadora y tan próxima: porque expresa con una claridad meridiana la lógica absurda de una civilización que continúa corriendo por pura inercia, aunque ya haya comenzado a caer.

El Correcaminos, un ave real terrestre de rápidos desplazamientos natural de la zona geográfica en la que transcurre la animación, encarna la ilusión del progreso: siempre veloz, siempre inalcanzable, alejándose, solo reconocible por su grito vacío, “Beep-Beep”, que sirve de constante estímulo para una persecución destinada al fracaso. El Coyote, en cambio, es la encarnación perfecta del sujeto moderno: hambriento, ansioso, racional pero también irracional e impulsivo, obstinado en alcanzar su objeto de deseo mediante la tecnología y la mercancía. Sus instrumentos —los artefactos producidos y comercializados por la corporación empresarial Acme Corporation— son las prótesis tecnológicas del capitalismo: cohetes, catapultas, dinamita, redes, trampas. En el momento de la verdad ninguno funciona, todos fallan, volviéndose contra el Coyote. Y, sin embargo, tras cada fracaso, el Coyote se levanta, se sacude el polvo, los residuos o las cenizas y vuelve a correr para dar caza a su esquivo objeto.

Bien podría interpretarse, desde los tiempos actuales, que cada caída del Coyote es una crisis histórica del sistema que alimenta su delirio. Como sucedió en 1929, 1973, 1979 y 2008, el capitalismo se precipita, se golpea, se recompone y vuelve a intentarlo. La obstinación suicida es su modo de vida. Y el paisaje donde todo sucede —el desierto del suroeste estadounidense— es más que un fondo. Es el símbolo perfecto del mundo que el progreso deja atrás: un espacio desnudo, sin agua ni sombra, donde la persecución se ha vuelto infinita, árida y estéril. Ese desierto, frontera y vacío, resume el destino del capitalismo tardío: la expansión hacia la nada.

Chuck Jones impuso a su serie una regla: el Correcaminos nunca daña al Coyote, y el Coyote nunca lo atrapa. Toda su desgracia proviene de sí mismo. Así también sucede con la modernidad industrial: su violencia no le llega desde fuera, sino de su propia fe en la tecnología, de su compulsión a capturar, dominar y consumir la naturaleza. El capitalismo se hunde por su incapacidad de aprender de los desastres que, como evocó Benjamin con el Ángel de la Historia, no dejan de acumularse. Pero nada se aprende, y el Coyote-Sujeto Moderno revive precariamente, y vuelve a dejarse arrastrar por una pasión libidinal siempre enloquecida, violenta y rabiosa.

El Ángel de la Historia se detiene

Quizá hoy podría ampliarse la metáfora benjaminiana de su tesis IX. La montaña de ruinas que el ángel contemplaba en 1940 no ha dejado de crecer durante ocho décadas. Las guerras, los genocidios, la devastación ecológica, la soledad, la desigualdad, la pobreza: cada catástrofe ha añadido una nueva capa de escombros a la historia. Lo que en su tiempo era acumulación se ha convertido en saturación. La montaña de ruinas se ha hecho tan alta, tan pesada, que comienza a hundirse. Y cuando la montaña cae, el viento del progreso comienza a extinguirse y a dejar de soplar.

De hecho, el huracán que empujaba al ángel ya había ido perdiendo fuerza conforme la montaña de ruinas crecía. Y ahora el glorioso futuro industrial se clausura. El siglo XX ya lo había manifestado claramente, pero lo que llevamos de siglo XXI ha demostrado con creces que el progreso no era un ascenso, sino un ciclo aniquilador que giraba amenazadoramente sobre sí mismo. Por eso llega un momento en que, provocado el colapso, la tormenta se agota, el aire parece menos enrarecido, y el ángel —por primera vez— puede detenerse y utilizar sus alas. Ya no lo arrastra la poderosa corriente, muy debilitada: ahora desciende lentamente, intentando acompañar compasivamente el hundimiento de la civilización. Su vuelo deja de verse entorpecido por el vendaval del progreso para convertirse en una caída calculadamente controlada, en un tierno gesto de cuidado.

En ese mismo instante, como ya hemos señalado, el Coyote corre suspendido sobre el vacío. Ha gastado todos sus recursos, ha agotado la energía, el suelo, el agua, la paciencia. Corre en el aire, sostenido por la interiorización del deseo siempre insatisfecho. Durante un tiempo, todo parece continuar igual: la economía crece, los centros comerciales están llenos, las pantallas brillan, se estrenan nuevas series, proliferan los festivales, los trenes llegan y parten, las industrias producen, las universidades fingen funcionar. Pero ya no existe un sostén real. Es el tiempo de la hipernormalización del colapso, la prórroga crepuscular en la que el mundo continúa por puro impulso residual, antes de desplomarse.

La diferencia es que esta vez el Coyote no podrá levantarse del fondo del abismo con el siguiente artefacto capitalista marca Acme, llámese energías renovables, biotecnologías, inteligencia artificial, fusión nuclear, computación cuántica, desarrollo sostenible, Green New Deal o cohetes espaciales. Ya ha fundido por completo su propio arsenal, incluso para sobrevivir un poco más “como siempre”. Eso ya no es posible. Solo podría hacerlo si escuchara al Ángel de la Historia detenido a su lado moviendo por fin sus alas, si reconociera que el Correcaminos siempre fue una vana y mortífera ilusión. El Coyote tendría entonces que renunciar a la persecución, aceptar la caída, despedirse y transformar el desastre en aprendizaje. La catástrofe ya ha ocurrido: lo que resta es cómo caer adecuadamente. El Ángel de la Historia, que antes era arrastrado por la tormenta, ahora intenta sostenernos en el aire y acompañarnos en la caída. Su tarea no es reconstruir el pasado ni prolongar el futuro, sino amortiguar nuestro descenso, rescatar fragmentos de la montaña de ruinas derruida y dispersa en múltiples direcciones, dar forma a una redención posible para el futuro. Entre los escombros del mundo derrumbado todavía persiste una débil posibilidad de “recomponer los fragmentos”, es decir, de abrir un horizonte de regeneración.

El desierto que enmarca todo el relato nos recuerda que toda carrera hacia el infinito tiene un límite tangible. Allí el Coyote comprende que ya no hay un Correcaminos a la vista, y allí mismo se anuncia el final de su demencial aventura. Pero también allí puede posarse, finalmente, el Ángel de la Historia, para tocar definitivamente tierra cuando el huracán del progreso, ya casi una brisa ligera, haya cesado por completo. Su vuelo descendente quizá constituya la última promesa: que el hundimiento no sea únicamente destrucción, sino también metamorfosis; que de la montaña de los escombros pueda surgir, si ello aún es posible, una nueva manera de encarar la vida atravesando el desierto.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.