Tanto en tan poco tiempo. Ni siquiera es diferente a lo de ayer o a lo de mañana, y aun así cada día puede sentirse peor. Un joven de 20 años, empleado de un supermercado, es asesinado por un grupo de delincuentes que asaltan el lugar y roban 200 dólares.
Los cuerpos de ocho hombres jóvenes que habían desaparecido días atrás son encontrados dentro de sacos de yute al borde de una carretera. No tenían antecedentes penales. Sus familiares dicen que eran agricultores. Las autopsias revelan que recibieron disparos en la cabeza.
Las cárceles de Ecuador son el escenario de un holocausto. Lo muestran las cifras y las fotografías que recoge el reportaje Encerrados para morir, escrito por la valiente periodista Karol E Noroña. Cuenta la investigación que en 2025 murieron 1200 personas privadas de la libertad: tres cada día, una cada siete horas. Muchas de esas muertes ni siquiera fueron notificadas a los familiares, quienes al ya no tener noticias de los detenidos empezaron a buscarlos en cementerios e hicieron lo que pudieron para recuperar los cuerpos y así evitar que terminaran en fosas comunes.
Hacer lo que se puede es siempre hacer muy poco, porque de todas formas nada alcanza. Es una madre que tiene que pedir dinero en la calle para pagar 10, 30, 50 dólares diarios para que las bandas que controlan la alimentación al interior de las prisiones decidan si le dan de comer a su hijo, que es un esqueleto que agoniza, como todos los detenidos que se ven en las fotografías. Nada alcanza, el hijo muere debido a, entre otras razones, desnutrición crónica. El hambre es un arma de aniquilación. Un exdirector de prisiones cree que, además, es una estrategia para que cuando llegue un brote de violencia o de enfermedad, esos cuerpos casi inertes ya no tengan fuerzas para defenderse y terminen de morir.
Efectivamente, la enfermedad llega y hace su trabajo. Los casos de tuberculosis se cuadruplicaron en los últimos dos años, o sea, desde la declaratoria de conflicto armado interno. “A la tuberculosis se la llama ‘la enfermedad de la pobreza’. Lo que activa al bacilo —que podría dormir en nuestro cuerpo sin síntomas— es la desnutrición crónica, el hacinamiento, la baja de defensas. Es decir, la falta de condiciones sociales para vivir dignamente. En ese sentido, las cárceles son el peor contexto posible”, dice una especialista del Ministerio de Salud.
En 2021, el que había sido el año más crítico en cuanto a violencia carcelaria, año de motines y masacres difundidas en redes sociales, hubo 497 muertes. Hoy matan más el hambre y la enfermedad. Todas las fuentes de la investigación apuntan a que el principal responsable del aumento de muertes es el SNAI, o sea, el Estado. En nombre de ese Estado, el comandante de las Fuerzas Armadas ofrece disculpas públicas por el asesinato a manos de militares de los cuatro niños de las Malvinas. Un año y medio después de que Josué Arroyo, Ismael Arroyo, Steven Medina y Nehemías Arboleda fueran torturados, asesinados, incinerados y enterrados, y de que ministros del gobierno de Daniel Noboa montaran una campaña de desprestigio para hacer pasar a los niños por delincuentes, al Estado no le ha quedado más que acoger la orden de la Corte Constitucional y pedir disculpas. O más bien perdón, porque en términos jurídicos y políticos la disculpa suele operar como un reconocimiento institucional del ultraje causado, mientras que el perdón admite una culpa y asume públicamente la responsabilidad por un daño comprobado. Cuando no hay nada más que ofrecer, es en esas minucias del lenguaje burocrático donde se juega la posibilidad de la reparación. Los ministros que difamaron a los niños, sus familias y su entorno social, y que incluso amenazaron a jueces, periodistas y activistas que exigían justicia por el caso, no han dicho una palabra. Menos lo ha hecho el presidente de la República. Pese a eso, los padres de los niños han aceptado lo poco que el Estado ha querido darles. “Yo los perdono de todo corazón. No los puedo juzgar porque el único que juzga se llama Dios”, dijo Ismael Arroyo, padre de Ismael y Josué. “Acepto la disculpa pública, porque yo no soy Dios para juzgar. Solamente Dios puede juzgar a esos varones que le hicieron esto a nuestros hijos”, dijo Silvana Lajones, madre de Steven.
Es evidente que esa convención establecida por normas de la política, ese artificio dialéctico leído por obligación, es insuficiente, pero es de suponer que, amparados en su fe cristiana, los padres y las madres logran aceptarlo porque es la única forma de reparar su corazón y sobrellevar la vida. Un concepto implícito en una tragedia que necesita perdón es el sentido de comunidad.
El Estado ecuatoriano jamás les proporcionó algo así a los padres y madres de las víctimas, y aun así ellos han sido capaces de ofrecércelo al resto de familiares que siguen buscando a sus desaparecidos. “Quisiera que no se vuelva a repetir con ningún otro niño. A las chicas que tienen sus familiares perdidos, estoy con ustedes”, dijo Johana Arboleda, madre de Nehemías. En ese escenario de fatal incompletud, siguen esperando lo que es más importante: la verdad.
Ha muerto la artista franco-iraní Marjane Satrapi. “De tristeza”, han dicho sus familiares. Pese al prestigio y la admiración de los que gozaba, la autora de la monumental novela gráfica Persépolis lidiaba con un fuego interior que terminó de consumirla. En esta morgue llamada Ecuador, abúlica y asfixiada por tanta muerte violenta, una muerte por tristeza pareciera una licencia de la literatura. Pero lejos está de ser un recurso ficcional porque quizá la abulia que sentimos es en sí misma una muerte por tristeza. Convivimos con un fuego interior que nos viene consumiendo el espíritu. Acaso ya solo falta que muera el cuerpo.


