«El cooperativismo no es solo una forma de organizar la economía, es una forma de disputar el poder político y el sentido de la justicia social.»
«Nacidas de la rebeldía trabajadora, las cooperativas corren el riesgo de olvidar que su verdadera rentabilidad se mide en la transformación de la sociedad, no en la acumulación del mercado.»
«El objetivo final de la cooperación es sustituir el principio de la competencia por el de la ayuda mutua.» (Charles Gide)
El cooperativismo no nació para competir en el mercado de forma prolija. Nació para desafiarlo. Surgió como una reacción política colectiva contra los abusos de un sistema que acumula la riqueza en pocas manos. Sin embargo, hoy vemos cómo muchas cooperativas caen en la trampa del éxito puramente financiero.
Al encerrarse en los números y alejarse de la política, estas organizaciones pierden el filo que las hace peligrosas para el modelo de la eterna mentira democrática.
Las cooperativas se vuelven eficientes, sí, pero socialmente inofensivas. Claramente, al alejarse de la política, las cooperativas pierden su capacidad de transformar la sociedad de la desigualdad e injusticia social.
La trampa del éxito financiero
Esta deriva economicista tiene un costo altísimo. Cuando una cooperativa renuncia a dar debates políticos, acepta de forma automática las reglas del juego que imponen los más fuertes. Deja de discutir las causas de la desigualdad para conformarse con administrar las consecuencias.
La solidaridad de sus fundadores se achica y se convierte en un beneficio exclusivo para los socios que pagan la cuota. Así, la cooperativa pasa de ser un motor de cambio social a ser, simplemente, una empresa convencional con un formato más simpático.
Más allá del balance contable
“Cuando una cooperativa se reduce a un buen balance contable, se vuelve invisible para las luchas populares e inofensiva para el sistema”
Gestionar bien los recursos es obligatorio para sobrevivir, pero la supervivencia no puede ser el único fin.
Para transformar la realidad se necesita disputar el sentido del trabajo, de la propiedad y de la distribución del poder. Eso no se logra solo con balances contables en orden. Se logra participando en el debate público, tejiendo alianzas con otros movimientos populares y exigiendo políticas que protejan a los de abajo.
Recuperar la voz política
El cooperativismo que renuncia a la militancia política se condena a la irrelevancia histórica. Si las cooperativas quieren volver a ser la herramienta de transformación social para la que fueron creadas, deben recuperar su voz política.
El verdadero triunfo de la economía social no es demostrar que puede jugar bajo las reglas del capitalismo, sino demostrar que es capaz de cambiarlas.
El llamado a la expansión constante
«La solidaridad cooperativa que se encierra entre cuatro paredes y no se traduce en acción política colectiva, termina siendo solo caridad privada organizada.»
Para lograr ser un movimiento cooperativo transformador, es urgente despertar nuevamente la conciencia colectiva y recordar el verdadero horizonte del movimiento. No se trata de crear pequeñas islas de bienestar individuales, sino de activar el principio de «expansión constante».
Como bien señalaba G. J. D. C. Goedhart, expresidente de la Alianza Cooperativa Internacional (ACI), la meta final de este esfuerzo es «construir lenta, pero ininterrumpidamente, un mundo con una nueva moral y un mejor sistema de sociedad».
La eficiencia económica debe ser el motor, pero la política y la transformación moral deben seguir siendo el horizonte alcanzable en la medida de nuestros esfuerzos redoblados. Es hora de que el cooperativismo vuelva a marchar con paso firme hacia ese futuro.
¡En la fraternidad, un abrazo cooperativo!
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