La Copa Mundial de la FIFA 2026 no solo es un torneo de fútbol más, sino que es una arena donde se disputan las significaciones en torno al ocio y el entretenimiento, así como las concepciones en torno a este deporte durante el resto de la primera mitad del siglo XXI. Es el Mundial que cerrará un ciclo tecnológico hegemónico experimentado desde los años cincuenta del siglo XX, e inaugurará otro con sus múltiples repercusiones.
El de 2026 es el Mundial de Fútbol que hará de la televisión lineal una reliquia histórica; algo que de manera acelerada pasará a formar parte del pasado. Si Suiza 1954 fue el primer Mundial transmitido por televisión –con imagen en blanco y negro– y México 1970 fue el Mundial de la televisión a color, 2026 es el Mundial que experimenta el salto tecnológico hacia las plataformas streaming, con todo lo que ello supone de positivo o negativo. Entonces, lo que observamos es la disputa en torno a quién controlará la pantalla de cada ser humano vinculado directa o indirectamente al fútbol.
Mientras en España, solo 33 de los 104 partidos se transmitirán por Televisión Española (RTVE) –organismo público que pagó 55 millones de euros por esa cantidad de encuentros–, en México sólo 32 verán la luz por televisión abierta. El resto, en el caso del país ibérico se transmitirán por DAZN y, en el caso de México, por VIX Premium. Mientras que en Brasil los 104 partidos se transmiten por la plataforma CazéTV y por su canal de YouTube encabezados por el influencers Casimiro Miguel y que aspira a llevar el Mundial a grupo demográfico de los jóvenes (https://shre.ink/j6bj). El aficionado, entonces, tiene que incorporarse al espectro digital y realizar la suscripción a alguna de esas plataformas que monopolizan la señal. Ello, en sí, representa un cambio cualitativo no solo tecnológico, sino también cultural.
El fútbol se caracteriza por la simultaneidad, por el valor de la imagen en tiempo real. En ese sentido, es un deporte para transmitirse por televisión lineal porque el partido y la sincronización global de las emociones de las audiencias solo son relevantes en el momento en que ocurren. Miles de millones de seres humanos se vinculan instantáneamente a la pantalla justo en el momento en que se realiza el partido. Después del partido no existe tal efecto, sino que toda emoción se desvanece.
De los 11 mil millones de dólares que la FIFA proyecta recaudar como ganancias para el ciclo mundialista 2023-2026, 4 mil millones de dólares provienen de los derechos de transmisión por televisión o streaming –36% más respecto a Qatar 2022–. Sin embargo, la apuesta de la FIFA no es por la transmisión vía cable coaxial, sino vía Internet satelital y las multiplataforma. Muestra de ello es su incursión en la plataforma de YouTube, asumiéndola no solo como un repositorio de resúmenes, sino para la transmisión de los 10 primeros minutos de los partidos en vivo, para la creación de contenido y para vincular al fútbol con las nuevas generaciones.
La transmisión de los partidos mundialistas es, en esencia, fragmentada, parcial y de alto coste. Supone exclusividad en las transmisiones. Privilegia la publicidad invasiva en extremo y es el deleite de las marcas globales, los fondos de inversión y los gobiernos que aspiran a un escaparate y a conquistar la atención de los miles de millones de aficionados detrás de la pantalla y que, en sí mismos, son el producto a comercializar por la FIFA, las confederaciones regionales y las federaciones nacionales.
El poder del fútbol estriba en su capacidad para sintetizar emociones, energía, pasiones, espectáculo y negocio al mismo tiempo. El fútbol no se limita al partido en el estadio, sino que encierra rituales fuera de la cancha protagonizados por la afición o las hinchadas, al extremo de paralizar ciudades o países enteros. La simultaneidad emocional de las masas es un fenómeno perfectamente estudiado desde la FIFA y desde las cadenas de televisión y plataformas streaming. Entonces se trata de controlar y expropiar lo que esos miles de millones de seres humanos sienten y cómo lo sienten en tiempo real y a escala planetaria. En ello radica el meollo de los derechos de transmisión. De ahí que el Mundial le pertenezca a los intereses que puedan pagar más por su transmisión, y no más a la televisión convencional y abierta. Este cambio tecnológico tendrá importante consecuencias culturales aún por verse.
Con la ampliación de la Copa Mundial a 48 selecciones nacionales y a 104 partidos, no solo se amplía el calendario, sino que se expande el mercado, se integra un mayor número de patrocinadores en los respectivos países, y los medios dispuestos a pagar por los derechos de transmisión también se incrementan. 48 selecciones significan 48 mercados con contratos de transmisión multimillonarios asegurados; además de amplios mercados potenciales como India y China, pese a que sus selecciones nacionales no clasifiquen al torneo, ni sus respectivos Estados acepten la imposición de la FIFA en cuanto a precios de los derechos de transmisión.
El cambio en el patrón de negocios estriba en que no solo se vende fútbol como espectáculo en un partido, sino que se comercializa “el disfrute de una experiencia”; el ser parte del momento preciso en que ocurren los hechos deportivos que serán registrados en la memoria colectiva. Se vende una forma de sentir masiva, sea en el estadio o en la pantalla. Y esa forma de sentir tiene que ser en tiempo real y sincronizada a escala planetaria. Incluso se habla de “experiencias personalizadas” en el estadio, las cuales son atendidas a través de los paquetes hospitality dirigidos a ejecutivos de empresas, personajes VIP y turista de alto poder adquisitivo.
Cabe destacar que con los tiempos fuera o la “hydration break” se transforma la concepción en torno al fútbol; se pierde la fluidez del juego y se interrumpe su ritmo. El partido se fragmenta en cuatro tiempos y obliga a cada equipo, en su regreso a la cancha, a replantear el partido y la táctica de juego. Cambia también la concepción y la percepción sobre el tiempo al comprimirse o achicarse entre el inicio del tiempo reglamentario y la pausa a los 22-25 minutos. El tiempo, con la llamada pausa de hidratación, se torna evanescente, se evapora y se extravía en los sponsor y la publicidad. De nueva cuenta, el sacrificado es el aficionado que, tanto en el estadio como en la pantalla, es sometido al vértigo de la empresa y a su exacerbado afán de lucro y ganancia, pese a que el Presidente de la FIFA asegure que la pausa de hidratación se adoptó por criterios estrictamente deportivos y que su entidad no gana con ello. En última instancia, lo que se impone es la lógica del capitalismo deportivo a ultranza practicado en los Estados Unidos en el fútbol americano, el beisbol y en el basquetbol.
Son tres minutos los que interrumpen el juego, y la publicidad se extiende hasta por dos minutos según el criterio de cada televisora en los respectivos países. Los especialistas en publicidad estiman que a lo largo de 104 partidos se moverían hasta 250 millones de dólares por el pago de anuncios a las empresas que cuentan con los derechos de transmisión del mundial. Los interesados no solo en las pausas de hidratación, sino en el conjunto de la publicidad que torna ilimitados los alcances comerciales de un Mundial como el de 2026 son empresas dedicadas al ramo automotriz, de las bebidas –azucaradas y alcohólicas– y la alimentación -especialmente junk food– de los servicios de telefonía y demás telecomunicaciones, de servicios bancarios, las apuestas deportivas, la ropa y los accesorios deportivos, la tecnología, de los hidrocarburos, de la aviación comercial, entre otros rubros.
Estas empresas patrocinadoras del Mundial de fútbol tienen como finalidad incorporarse a los dividendos de los flujos de turismo masivo, lograr su proyección a través de plataformas streaming y redes sociodigitales, y aprovechar la “buena imagen internacional” que brinda un macro-evento deportivo como éste.
Otro cambio sustancial en la actual Copa Mundial de la FIFA y que marcha a la par de la maquinaria generadora de beneficios masivos es el formato de la competencia. De 32 equipos y 64 partidos–-formato adoptado desde Francia 1998– se transitó a 48 selecciones y a 104 encuentros. La finalidad inmediata es la ampliación de mercados potenciales en aquellas Confederaciones como la africana, a asiática y la CONCACAF; a su vez, esos dirigentes nacionales suponen votos cautivos para la reelección de la actual Presidencia de la FIFA y para la futura designación de sedes mundialistas. Sin embargo, la calidad del actual Mundial puede ser puesta en duda y se pierde el carácter excepcional de la competencia al reunir a lo más granado o selecto del fútbol cada cuatro años, luego de un competido ciclo mundialista al que únicamente calificaban 24 o, a lo sumo, 32 selecciones nacionales. 48 combinados nacionales devalúan el torneo en términos de la calidad, al tiempo que se pierde exclusividad y excepcionalidad al acceder al Mundial equipos que no se enfrentan a la competencia y al rigor en sus confederaciones. Aunque multiplican las ganancias en todo sentido (entradas a estadios, derechos de transmisión, mayor escaparate para patrocinios) y amplían los escenarios para mayores emociones patrióticas –que no necesariamente futbolísticas– y para el despliegue de más identidades deportivas.
La espontaneidad del fútbol es puesta en predicamento por el endurecimiento de los reglamentos aplicados en la cancha y por el abuso en el uso de la tecnología durante los partidos. Se trata de medidas tecnocráticas tomadas por los hombres de pantaloncillo largo desde sus confortables oficinas. Es el caso del Video Assistant Referee (VAR) –adoptado desde el Mundial Rusia 2018– y su uso abusivo hasta para jugadas mínimas, o bien, la reincidencia en errores arbitrales pese al empleo de esta tecnología. En cuanto a los reglamentos, el fútbol es sofocado con las normas del fuera de juego, que sancionan hasta el adelanto de un dedo o una uña del jugador atacante. Es de mencionar que estos reglamentos asfixiantes y el abuso de la tecnología están acabando con la magia y la fascinación del deporte-rey.
Una de las últimas medidas introducida por la FIFA en el Mundial 2026 es la expulsión directa de algún jugador que se cubra la boca al dirigirse a un contrario. Supone redoblar los mecanismos de vigilancia y control en la cancha; asumir a los jugadores como autómatas a los cuales se les pretende suprimir el vértigo de las jugadas, la confrontación propia de la intensidad del partido y de la rivalidad, el juego de palabras, el juego psicológico y el pique emocional. Parte del juego consiste en que los jugadores pretendan imponer su personalidad y su temperamento al adversario. Esas actitudes encumbraron hasta el firmamento a múltiples estrellas del balompié. Parte del carácter inédito del fútbol radica en la ebullición que se suscita en el terreno de juego como parte de la espontaneidad, y no la tecno-vigilancia y el control sobre la palabra y la efervescencia que ésta genera en la cancha.
Por último pero no al último, cabe sugerir que el fútbol –cuando menos en las últimas dos décadas– deambula atrapado en el resultadismo propio de la racionalidad tecnocrática y de la meritocracia que caracterizan al capitalismo contemporáneo regido por el fundamentalismo de mercado. Hoy día predomina la táctica y la posesión del balón por encima de la magia, la gambeta y la creatividad en la cancha. Se llegó al extremo de anteponer el resultado a costa de “jugar como sea” y sacrificar el funcionamiento; importa ganar sin reparar en las formas y en el fondo; importa sólo ganar aunque ello suponga sepultar al fútbol en su esencia, en aquello que despertó ilusiones y emociones en la afición. Se perfila así, desde lustros atrás, un fútbol predecible, donde importa que los jugadores impongan su físico y el juego táctico que inhibe la creatividad con el balón. De ahí que lejos quedó el fútbol de Pelé, Garrincha, Eusebio, George Best, Johan Cruyff, Michel Platini, Diego Armando Maradona, entre otros, y que despertó esperanza entre millones de aficionados.
Entre el cambio tecnológico y los cambios en el fútbol como deporte y en las reglas que le circundan, subyacen paralelismos respecto a la forma en que se organiza el capitalismo contemporáneo. Esos paralelismos no es sencillo observarlos e interpretarlos en medio de la pasión colectiva y de las emociones simultáneas experimentadas por las masas. Los cambios observados en este manuscrito –más que tecnológicos, propios del modelo de negocio, o deportivos– son ante todo culturales y –sin ánimo de exagerar– hasta civilizatorios. Estar conscientes de dichas transformaciones y de la manera en que el capitalismo coloniza y expolia al fútbol, no implica que las masas se priven de disfrutarlo, de emocionarse y sentir pasión. Solo se trata de observar al fútbol como un fenómeno que no se circunscribe únicamente a la cancha, sino que tiene múltiples implicaciones sociales.
Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor, y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos. Twitter: @isaacepunam
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