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El fútbol es una manifestación más de la sociedad y del mundo que construimos y nos toca vivir. Es un espectáculo/negocio que condensa a la perfección las dimensiones simbólico/culturales y las formas en que se organiza el capitalismo contemporáneo.
La Copa Mundial de la FIFA 2026 no solo es un torneo de fútbol más, sino que es una arena donde se disputan las significaciones en torno al ocio y el entretenimiento, así como las concepciones en torno a este deporte durante el resto de la primera mitad del siglo XXI. Es el Mundial que cerrará un ciclo tecnológico hegemónico experimentado desde los años cincuenta del siglo XX, e inaugurará otro con sus múltiples repercusiones.
La Copa Mundial de la FIFA 2026 fue inaugurada en la Ciudad de México el pasado 11 de junio del año en curso, y con ello se confirmó una de las tendencias observables desde meses atrás: el intenso proceso de elitización e hípermercantilización del espectáculo/negocio dado por el fútbol/corporación, con la consecuente gentrificación y marginación del aficionado tradicional.
Si bien la Copa Mundial de la FIFA es, históricamente, un negocio privado altamente rentable, que aprovecha la pasión de las aficiones y el despliegue en un aparato global de comercialización que de manera sincronizada actúa sin mecanismos reguladores de su condición monopolística, no por ello deja de exponerse a tropiezos y a problemáticas imprevistas como parte de la misma voracidad de quienes organizan la justa mundialista.
La gravitación de los procesos de globalización, especialmente en su vertiente económica conducida por el mantra del fundamentalismo de mercado, hacen suponer a los puristas que la iniciativa privada funciona con eficiencia sin la interferencia del Estado en el proceso económico.
Existe una contradicción central en torno –y subyacente– al fútbol contemporáneo: por un lado, el fútbol a lo largo del tiempo se erigió entre los sectores populares como un territorio de disputa respecto a las significaciones y la construcción de sentido y de identidades entre las colectividades.
La Las élites tecnoaristocráticas se asumen a sí mismas como asignadas para gobernar a las sociedades contemporáneas.
La privatización de la conciencia y la depredación y privatización del Estado son una constante en las pretensiones de las oligarquías y de las élites plutocráticas, cuando menos desde el siglo XX.


