Artículos
La privatización de la conciencia y la depredación y privatización del Estado son una constante en las pretensiones de las oligarquías y de las élites plutocráticas, cuando menos desde el siglo XX.
México, históricamente, cuenta con una afición futbolera que podría ubicarse entre las más involucradas, entregadas, hospitalarias e intensas del mundo. Así se observó en las copas mundiales de fútbol de 1970 y 1986.
El fútbol es un deporte/espectáculo históricamente vinculado al vuelco de las masas y a la expresión desaforada de sus emociones en el estadio o ante la pantalla.
El fútbol no es un espectáculo/negocio aséptico y alejado de las estructuras de poder que medran de la proyección mediática y del prestigio que estos eventos propician entre las élites políticas y empresariales/financieras.
La violencia consustancial al crimen organizado no es como en las películas que retratan el comportamiento de mafiosos que se enfrentan entre ellos o con las autoridades policiales.
El capitalismo es, en esencia, un sistema económico que se reproduce a través de la violencia. Son violentas sus formas de acumulación de capital y sus estructuras de poder, dominación y riqueza fundamentadas en la explotación laboral y en la exclusión social. Para mantenerlas, incentiva la violencia criminal, no como patología exógena, sino como estrategia consustancial a la valorización de capital y a la reproducción de la desigualdad y la pobreza.
El crimen organizado, al ser parte de los andamiajes de los procesos de acumulación de capital, ni de lejos es un fenómeno que se circunscriba a las escalas territoriales nacionales.
El crimen organizado no es una anomalía del capitalismo ni una distorsión o una desviación del orden social. Es parte consustancial de ambos, los estimula y los reproduce en sus fundamentos.


