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Si bien la tecnología no es neutral, es de llamar la atención que su control está en función de quienes concentran el poder y la riqueza. Ni las universidades, ni los gobiernos nacionales, ni las asociaciones civiles o los organismos internacionales cuentan con el enorme poder de mercado que caracteriza a las corporaciones tecnológicas.
Moneda de curso común en América Latina es la recepción mecánica y acrítica de algún académico o economista proveniente de Europa y, particularmente, de los Estados Unidos.
Las revoluciones tecnológicas tienden, históricamente, a trastocar las formas en que se organiza el proceso económico y la sociedad en su conjunto.
Existe una correspondencia multidireccional entre el despojo del pensamiento crítico –entendido como la posibilidad de cuestionar y trastocar la realidad y lo establecido– y la irradiación de la desinfodemia digital. El triunfo reciente de la post-verdad coincide plenamente con el retraimiento de los procesos cognitivos, la entronización de las emociones y con la inoculación del odio en la nueva plaza pública. Es el terreno de la lucha en torno a la construcción de significaciones, así como del relativo a la apropiación y privatización de la conciencia


