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El fútbol ante la crítica y la rapacidad de lo «políticamente correcto»

Fuentes: Rebelión

El fútbol es una manifestación más de la sociedad y del mundo que construimos y nos toca vivir. Es un espectáculo/negocio que condensa a la perfección las dimensiones simbólico/culturales y las formas en que se organiza el capitalismo contemporáneo.

Por más diáfano y alejado de la praxis política que se precien el fútbol, sus jugadores y sus dirigentes, la realidad es que forma parte de estructuras de poder y dominación que se corresponden con un todo más amplio relacionado con los sistemas políticos nacionales y con la conflictiva geopolítica; de ahí que sea un fenómeno social eminentemente político.

A su vez, el fútbol reproduce estructuras de poder diferenciadas que en su génesis se encuentran arraigadas o soterradas en la vida cotidiana de las sociedades. El fútbol es, en esencia, una praxis política por varias razones: es parte de las estructuras de poder, dominación y riqueza; es también parte de procesos de acumulación de capital; a su vez, atiza el nacionalismo y los regionalismos; moviliza a escala global a miles de millones de seres humanos bajo una lógica imperial centrada en el espectáculo; conforma rasgos de la cultura popular; y fomenta una ideología meritocrática regida por la competitividad, el triunfo exacerbado y la marginación del derrotado. Reproduce, en última instancia, una racionalidad dicotómica, con la cual no pocas veces son exacerbados los ánimos de las masas.

La normalidad dentro del futbol como espectáculo/negocio es que sus protagonistas no emiten –por lo general– opiniones sobre temas extrafutbolísticos. Existe una especie de pacto implícito en el mundo de fútbol que lleva a que no pocos de sus protagonistas guarden silencio sobre temas del momento relacionados con el acontecer de sus sociedades y del mundo. Se apela a que el futbolista solo se dedique a jugar, a que guarde cierta neutralidad y no haga pronunciamientos políticos. Aunque existen excepciones: la más fácil de reconocer sería la postura política del FC Barcelona antes de convertirse en una máquina global que factura miles de millones de euros y que dejara de ser “Més que un club”. En antaño, esta entidad deportiva encarnó valores democráticos y de abierta crítica al centralismo monárquico y franquista. Con su bandera inclinada al catalanismo, reivindicó la identidad y los derechos territoriales catalanes. Sus contribuciones a la lucha por la autonomía datan desde 1918, cuando se suma abiertamente al movimiento catalanista. A su vez, el club también reivindicó la Segunda República Española en los años treinta del siglo XX.

En el plano individual, sobresale Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, “el Doctor Sócrates”. Quien fue un brillante futbolista brasileño de los años setenta y ochenta que comprendió al fútbol como una abierta acción política y reconoció el poder que supone para un deportista de élite posar con sus dotes en un escenario de masivo impacto en la sociedad. Sócrates, quien se graduó como Doctor en Medicina en 1977, mostró constantes pronunciamientos contra las injusticias y la dictadura militar brasileña. Durante el Mundial de México 86 Sócrates lució cintas alrededor de la cabeza con leyendas contra la violencia, los bombardeos militares –en aquel año el perpetrado por Estados Unidos contra Libia–, y, en general, contra la opresión de los pueblos. Voraz lector, Sócrates no otorgó concesiones a los poderes establecidos, e incluso impulsó y practicó el autogobierno en su club Corinthians, donde incluso los empleados tomaban decisiones y votaban en paridad respecto a todos los aspectos del club. Esa “democracia corinthiana” propugnó por los procesos electorales en Brasil y criticó también a la dictadura militar. Sócrates fue el ejemplo de futbolista que logró una simpatía masiva gracias a su proclividad a la acción colectiva.

Diego Armando Maradona fue un ídolo popular no solo por sus jugadas en la cancha y el espectáculo constante que irradiaban sus piernas, sino por enarbolar causas que afectan directamente la vida de millones de seres humanos. Reivindicó a los jóvenes argentinos que lucharon y murieron en la guerra de la Malvinas; al tiempo que en distintos momentos se manifestó en contra del imperialismo estadounidense y de la corrupción, opacidad y rapacidad de la FIFA. Para Maradona fue crucial situar al futbolista como un trabajador creador de riqueza y sujeto de derechos, y como parte medular o central de un espectáculo/negocio de alcances globales. Si Maradona pervivió como un referente popular fue porque jamás olvidó sus orígenes populares y reivindicó causas propias de las mayorías vulnerables. Su postura antiimperialista también fue de llamar la atención; al tiempo que supo jugar con los símbolos y exponerlos ante los poderes fácticos, principalmente ante los monopolios televisivos. Contradictoria como fue su carrera y, sobre todo, su vida, del tamaño de sus posturas políticas fue el castigo que cernieron los poderosos sobre Maradona.

Sin embargo, en medio de hípermercantilización del fútbol esas posturas políticas abiertas de jugadores como los mencionados, no existen más. Hoy día, si bien existen manifestaciones esporádicas de los jugadores respecto a Palestina, Ucrania o más, en realidad son voces o gestos que se pierden en medio de la trivialidad, la pose y el espectáculo fugaz. 

El perfil de jugador que predomina en lustros recientes cambió radicalmente respecto a los jugadores de los años setenta y ochenta, donde si bien no abundaban voces abiertamente críticas, las pocas que se hacían escuchar retumbaron más allá de los estadios. Hoy día el mundo del fútbol no inoportuna al mundo del poder, donde evidentemente ambos terminan entrelazados y fusionados por la hípermercantilización. Los mismos valores del mercado terminan por colonizar las escasas expresiones políticas de jugadores, entrenadores y directivos cuando éstas llegan a manifestarse. Lo que suele predominar en el fútbol es el silencio, incluso respecto a las propias condiciones de exclusión y de dominación que al interior del gremio prevalecen. Es de llamar la atención que los jugadores no logren construir un sindicato de alcances mundiales que reivindique derechos, incluidos los políticos. 

Los futbolistas actuales no se sienten vinculados a las clases populares ni un arraigo a ese mismo sentido de clase, porque infinidad de ellos son millonarios y lejos están de los sueños y aspiraciones de los sectores trabajadores. Su carácter, por lo regular, es el de seres individualistas, hedonistas, egoístas y refractarios. De ahí el carácter superficial y sin sentido de sus expresiones o gestos políticos cuando los llegan a mostrar públicamente. Esa superficialidad se corresponde perfectamente con la comercialización de las poses y de las muestras de disidencia que devienen en episodios del propio espectáculo abiertamente organizado, gestionado y teatralizado hasta en los detalles más mínimos. Pesa en todo ello el el papel y los intereses de patrocinadores, promotores deportivos y asesores de imagen.

Ni siquiera el grueso de los futbolistas son capaces de manifestarse contra dinámicas obstructoras del juego en la cancha como los tiempos fuera o las pausas de hidratación; una medida abiertamente publicitaria adoptada en la Copa Mundial 2026. Mucho menos, más allá de expresiones vagas, aisladas, superficiales, selectivas y esporádicas, tienen interés en mostrar posturas abiertamente críticas respecto a las condiciones del mundo contemporáneo. Cuando apelan a la paz, a la lucha contra el racismo, u otras causas –inofensivas, por cierto–, más que una resistencia, lo mostrado por clubes, selecciones nacionales o jugadores no es más que una coreografía bien ensayada que es asimilada creativamente por el discurso oficial. Se mantienen en los márgenes del lenguaje políticamente correcto. Que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo asistieran recientemente a la Casa Blanca habla justo de ese alineamiento del futbolista con el poder y de la simbiosis entre ambos; de tal modo que los deportistas se promocionan más como una marca comercial, que como referentes de las necesidades populares. Aunque es de destacar el gesto de Cristiano Ronaldo en el Mundial de Qatar 2022 haciendo a un lado, durante una conferencia de prensa, productos de una marca refresquera.

Un caso excepcional en el fútbol contemporáneo es el del entrenador Marcelo Bielsa. Coloquialmente apodado como “El Loco”, Bielsa recurre a una sofisticada retórica que cuestiona, al menos durante los últimos años, desde el carácter excluyente del espectáculo/negocio impulsado por el fútbol, hasta el exceso de comercialización en torno a este deporte masivo. En este Mundial 2026, el Maestro Bielsa se resistió a posar “como modelo” para la fotografía oficial o el “photocall de la FIFA”. Se mostró con el rostro agachado, con las manos en los bolsillos del pantalón y sin disposición a complacer a quienes solicitaron y difundieron las fotografías. Fue más allá: cuestionó los tiempos fuera a los 22-25 minutos y enfatizó en los intereses comerciales que se anteponen a lo deportivo. 

Indirectamente se generó un ambiente hostil durante las primeras semanas del Mundial hacia Marcelo Bielsa. Más allá de sus errores tácticos y de planteo de los juegos que dirigió durante el torneo, se evidenció una “maquinaria infernal” perfectamente aceitada para mostrarlo públicamente como un inadaptado social, como un tirano del vestidor, como un “filósofo” (en el sentido despectivo) porque les hablaba a los jugadores uruguayos de algo más que de fútbol y de temas que les suponía una capacidad mínima para razonar.

Otro caso se suscitó con la Selección de Irán y las vejaciones por parte de las autoridades de los Estados Unidos y la complicidad de la FIFA. Su capitán, Medhi Taremi, cuestionó el desastre en la organización del Mundial. El seleccionado nacional se enfrentó a dificultades en la consecución de la visa para ingresar a territorio estadounidense, así como en la permanencia en este país durante su participación en la justa mundialista –tras cada partido disputado debían trasladarse a Tijuana, México y allí establecer con concentración–. A su vez, el jugador denunció el deseo de los organizadores para que Irán se fuese lo más pronto posible del torneo. Y así fue: en su último partido frente a Egipto les anularon un gol en jugada polémica hacia el final del tiempo reglamentario, quedando en suspenso su clasificación, misma que se tornó imposible por el curioso empate a tres goles entre Austria y Argelia. Lo observado por el gremio futbolístico que participa en el Mundial fue la total indiferencia e indolencia ante la situación expuesta por el jugador iraní.

Lo que es posible observar es que el lenguaje políticamente correcto se impone como una guillotina que opaca la capacidad de razonamiento y cuestionamiento, el ejercicio del pensamiento crítico en cualquiera de sus formas dentro del  fútbol. Quien escapa de la lógica sectaria de lo políticamente correcto es marginado, segregado y ninguneado en el maremagum atizado desde los mass media y las redes sociodigitales. Sutilmente se despliegan en los márgenes del fútbol mecanismos neofascistas que pretenden estandarizar las formas de pensar de jugadores, entrenadores, líderes de opinión, comentaristas y aficionados. Lo que también se observa es que en el escenario del capitalismo digital es aceptable la crítica mientras no contravenga la lógica de los procesos de acumulación y ponga en predicamento las estructuras de poder, pero cuando el ejercicio de ese pensamiento crítico es más incómodo que lo medianamente tolerado, ya no resulta conveniente ventilarlo públicamente. El fútbol contemporáneo es una evidencia de ello.

 Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos. Twitter: @isaacepunam

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.