Recomiendo:
1

Argentina

¿El neoliberalismo cultural comienza su principio final?

Fuentes: Rebelión

“Proclamo, desde mi más profunda convicción, que la recuperación de la educación cooperativa es el primer acto de la disputa por la hegemonía cultural de nuestro tiempo” J.Y.

Hay acontecimientos políticos que, por su aparente sencillez, anuncian transformaciones mucho más profundas de lo que a primera vista parece. Las palabras pronunciadas por el gobernador de San Luis-Argentina-, Claudio Poggi, durante la apertura del XXVII Encuentro Nacional de Cooperativas y Mutuales Escolares, constituyen uno de esos hechos. (https://elchorrillero.com/nota/2026/07/02/638317-queremos-recuperar-el-tiempo-perdido-poggi-ratifico-el-impulso-al-cooperativismo-escolar-en-san-luis/amp/)

Cuando afirmó: «Queremos recuperar el tiempo perdido, los 25 años que no hicimos esto», en referencia a la ausencia de políticas sostenidas de educación cooperativa en la provincia, no realizó solamente un anuncio de gestión. Emitió, consciente o inconscientemente, un juicio histórico sobre un cuarto de siglo de política educativa.

Y esa afirmación merece ser analizada en toda su dimensión.

Si durante veinticinco años no se promovió sistemáticamente la educación cooperativa y hoy ese período es definido como «tiempo perdido», entonces la conclusión resulta ineludible: la exclusión de la educación cooperativa de las aulas fue un error de política educativa.

Pero el asunto no termina allí.

La educación nunca constituye un fenómeno aislado. Es el espacio donde toda sociedad reproduce, disputa o transforma su cultura. Allí se forman las subjetividades, los valores, las formas de comprender la economía, la democracia y las relaciones humanas.

Por eso, cuando un gobierno decide reinstalar la educación cooperativa como herramienta pedagógica, no está incorporando un contenido curricular más. Está poniendo en discusión una determinada concepción de sociedad.

Durante décadas predominó una matriz cultural que exaltó la competencia por encima de la cooperación, el individualismo sobre la construcción colectiva, la eficiencia administrativa por encima de la formación integral de ciudadanos. En ese contexto, la educación cooperativa fue desplazada, minimizada o directamente invisibilizada.

No porque hubiera fracasado. Fue excluida por decisión política.

Paradójicamente, hoy es un gobernador quien reconoce que esa omisión significó perder veinticinco años.

El dato posee una enorme trascendencia política.

No estamos ante una simple rectificación administrativa. Estamos frente al reconocimiento de que una parte importante del sistema educativo dejó de transmitir valores fundamentales como la ayuda mutua, la responsabilidad compartida, la gestión democrática, la solidaridad organizada y la participación consciente.

Resulta todavía más significativo que Poggi haya fundamentado su decisión a partir de los efectos pedagógicos observados en las cooperativas escolares: estudiantes que aprenden a organizarse, a respetar diferentes responsabilidades, a trabajar asociativamente y a construir proyectos comunes.

Es decir, los argumentos utilizados para defender la educación cooperativa no son económicos. Son profundamente culturales. Y allí reside la verdadera novedad política.

Los grandes paradigmas históricos no desaparecen de un día para otro. Comienzan a perder legitimidad cuando dejan de ofrecer respuestas satisfactorias y se ven obligados a recuperar precisamente aquello que antes habían relegado.

Eso parece estar ocurriendo.

Cuando desde el propio Estado se admite que fue un error haber marginado la educación cooperativa, se abre una grieta en la arquitectura cultural que durante décadas subordinó la educación a los criterios del individualismo competitivo.

Por eso sostengo que este hecho excede ampliamente las fronteras de San Luis.

Nos encontramos ante un acontecimiento político cuyo significado trasciende una provincia y reabre una discusión nacional acerca del sentido mismo de la educación.

No afirmo que el neoliberalismo cultural haya desaparecido. Sería una simplificación.

Lo que sostengo es algo distinto y, quizás, más trascendente: ha comenzado a reconocer como necesarias aquellas herramientas pedagógicas que durante años ignoró o relegó. Y cuando un paradigma necesita rehabilitar aquello que combatió o despreció para responder a las nuevas demandas sociales, ya no se encuentra en expansión.

Ha comenzado su retroceso.

Por eso la recuperación de la educación cooperativa no constituye únicamente una buena noticia para docentes, estudiantes o cooperativistas.

Representa el síntoma visible de una transformación cultural que empieza a abrirse paso en el campo educativo y que, como toda transformación histórica, probablemente se proyectará hacia el conjunto de la sociedad.

Sí. Comenzó.

Y como ocurre con todas las grandes transformaciones históricas, comenzó allí donde verdaderamente se construye el futuro de un pueblo: en la educación.

¡En la fraternidad, un abrazo cooperativo!

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.