«El que conoce a los demás es sabio. El que se conoce a sí mismo está iluminado» (Lao Tsé)
«¡Me tiene podrido la apatía política, carajo!». La frase no es un simple exabrupto de café, es el grito ahogado de quien ve a una Argentina que parece mirar su propio desguace con los brazos cruzados. Esta indiferencia colectiva que hoy nos anestesia no es un fenómeno casual de las redes sociales ni un brote de desgano generacional. Tiene una raíz profunda, una fecha de inicio clara y un proceso sistemático que nos trajo hasta acá.
Para entender el vacío actual hay que mirar hacia atrás. En 1955, el golpe militar que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón no solo interrumpió un orden constitucional, inauguró el desmantelamiento planificado del desarrollo industrial y cultural de la nación. Allí comenzó el retroceso. Se atacó la soberanía política, la independencia económica y la justicia social, y se persiguió el pensamiento crítico, sembrando la semilla de una degradación a largo plazo.
Hoy el gobierno de Javier Milei no representa una novedad absoluta, sino la perfección de ese viejo mecanismo de demolición. Lo que antes requería botas y fusiles, hoy se ejecuta mediante el imperio de la acción devastadora del mercado extremo y la motosierra estatal. El desguace de las industrias, el ahogo a la ciencia, el ataque a la cultura y la destrucción de los lazos solidarios aceleran nuestro regreso forzado a la periferia colonial. Volvemos a ser un país periférico por diseño.
Sin embargo, el daño más grave no se mide solo en los índices de pobreza o en las fábricas que cierran. El impacto más devastador es psicológico y cultural. Siete décadas de retrocesos constantes y promesas rotas terminaron por colonizar las conciencias. Se ha construido, mayoritariamente, una mente subdesarrollada en el pueblo. Es la mentalidad de la resignación, el sálvese quien pueda y la aceptación de que el destino de grandeza nos queda grande.
El resultado de esa mente subdesarrollada es, precisamente, esta apatía que indigna. Una sociedad anestesiada que, en lugar de rebelarse ante el desierto que le proponen, simplemente se sienta a esperar. Esperar un milagro, esperar que el mercado derrame algo, esperar que pase el temporal.
La apatía no es neutralidad; es la victoria cultural del proyecto de sometimiento. Romper esa anestesia, volver a gritar y recuperar la capacidad de indignarse es el primer paso indispensable. Si no reaccionamos ahora, seguiremos siendo los espectadores pasivos de nuestra propia extinción como proyecto de país.
Hacia una praxeología cooperaria: La acción colectiva frente al desguace
Este concepto te permite explicar que la única forma de romper la «mente subdesarrollada» y la apatía son mediante la acción humana organizada y compartida (cooperaria), transformando el descontento individual en una fuerza política real.
Por tanto, frente a este escenario, el análisis político no puede quedarse en la mera queja, exige una praxeología cooperaria, es decir, entender la política desde la lógica de la acción humana asociada y solidaria. Si el plan de desguace triunfa aislando a los individuos y sumiéndolos en el egoísmo e individualismo, la única respuesta capaz de quebrar la mente subdesarrollada es la acción colectiva organizada.
No se trata de esperar un salvador, sino de reactivar la práctica del cooperar cotidiano en el territorio, el sindicato y la universidad. Solo cuando la comunidad recupera la conciencia de su propio poder transformador a través del hacer conjunto, la apatía cede y el proyecto de subordinación nacional empieza a tambalear.
¡En la fraternidad, un abrazo cooperativo!
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