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China

A la deriva en el mar de la globalización

Fuentes: IPS

El gobierno chino prefirió un perfil bajo en la pasada conferencia ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) realizada en su patio trasero, la «región administrativa especial» de Hong Kong.

Los negociadores chinos no realizaron declaraciones a la prensa ni durante ni después de la conferencia de la OMC, celebrada entre el 13 y el 18 de este mes, y de las 1.100 organizaciones no gubernamentales y entidades empresariales asistentes, apenas cinco eran de ese país.

Esto no significa que el país más poblado del mundo, con 1.300 millones de habitantes, no ejerza un tremendo impacto en la economía global, ni que él mismo pueda escapar a los vientos de la globalización.

Fay Yee Chen, de 40 años, viajó más de 18 horas para llegar hasta Hong Kong. Trabajadora de la industria de la vestimenta, actualmente desempleada, fue una entre un puñado de inmigrantes residentes en el estado estadounidense de California presentes en la reunión de la OMC con el respaldo de la Asociación Progresista China de San Francisco.

«La globalización y el comercio global impactaron fuertemente en la economía de (la ciudad californiana de) San Francisco donde muchas fábricas de vestimenta y de artefactos electrónicos cerraron y fueron trasladadas a otros países», dijo.

Según Fay, la cantidad de puestos de trabajo en la industria de la vestimenta en esa ciudad cayó de 24.000 cuando ella emigró a Estados Unidos, en 1998, a menos 2.000 en la actualidad.

«Esto hace muy difícil para los nuevos inmigrantes que vienen a Estados Unidos encontrar trabajo», dice. «Muchos están desempleados. La vida para los trabajadores de bajos ingresos es cada día más dura en San Francisco».

Fay se mudó a Estados Unidos para estar cerca de su familia, que había emigrado antes. Casi inmediatamente consiguió empleo como costurera. Cuando al año siguiente la fábrica cerró, trabajó en la planta de ensamblaje de un fabricante de artículos electrónicos. Pero pronto esa compañía también puso fin a sus actividades.

«Ahora vivo en una pequeña pensión», dice. «Durante todo este año, mis únicos ingresos fueron los cheques del seguro de desempleo. Mi madre y mi hermana también fueron víctimas del colapso de la industria de la vestimenta debido a la globalización».

Desde que George W. Bush llegó a la Presidencia de Estados Unidos en 2001, más de 350.000 trabajadores del sector de la vestimenta perdieron sus empleos, y seguramente desaparezcan otros 400.000 puestos antes que termine la década.

Alex Tom, de la Asociación Progresista China, dice que en San Francisco algunos de los obreros despedidos tuvieron la suerte de conseguir trabajo como personal de limpieza en hoteles (un sector muy sindicalizado y fuerte), pero la mayoría sigue en el seguro de desempleo.

«Muchos están probando reciclarse y aprender otro oficio, pero pretender encontrar trabajo en esta nueva realidad económica no es muy realista», afrima.

Según Tom, la globalización llevó a las autoridades locales a favorecer la creación de empleos muy calificados y con salarios altos, los cuales se han vuelto abundantes en California en la medida en que la economía global crece. Pero estas políticas no ayudan para nada a los inmigrantes recién llegados, apunta.

«La industria de la biotecnología, el desarrollo de tecnologías limpias y otras actividades en las que se pagan altos salarios están muy bien, pero si uno solamente genera empleos calificados que no son para los obreros, estos nunca van a conseguir trabajo».

En su opinión, la mayoría de las soluciones a estos problemas son locales. Por ejemplo, Tom está cabildeando para que el concejo deliberante de San Francisco apruebe una resolución que otorgue preferencias en los contratos con el gobierno municipal a las empresas con fábricas en la ciudad.

La Asociación Progresista China también realizó numerosas manifestaciones frente a las tiendas de Gap, una cadena nacional de venta de ropa, con sede en San Francisco, para que esta firma, muy cuidadosa de su imagen, mantenga algunas de sus instalaciones industriales en esa ciudad.

Irónicamente, muchos de los puestos de trabajo manual que se pierden en San Francisco aparecen en China, el país del que proceden Fay y tantos otros trabajadores de la vestimenta actualmente desempleados.

Con el fin de los aranceles a la industria de la vestimenta en diciembre de 2004 en todo el mundo, China se hizo de 50 por ciento del mercado mundial, debido a sus bajos precios, casi sin competencia.

Ya en 2002 había quitado a México el título de mayor proveedor de prendas de vestir de Estados Unidos.

Sólo en el primer semestre de este año, los embarques textiles de China a Estados Unidos crecieron 61 por ciento respecto del mismo período del año pasado, según Washington.

No obstante, Fay dice que cuando habla por teléfono con sus familiares en la meridional ciudad de Guangzhou (antes conocida como Cantón), ellos le cuentan que la vida no ha mejorado a pesar del fabuloso crecimiento de la economía china.

«Una de las cosas que nota mi familia es que en China los ricos son cada vez más ricos, pero para la gente de 40 años, o aun mayores, es muy difícil encontrar trabajo en la nueva China», afirma.

«Tanto mi hermano como su esposa son mayores de 40. Mi hermano solía trabajar en un hotel, pero desde que éste cerró, no ha podido encontrar ningún otro trabajo». Ahora la familia debe subsistir con lo que la esposa gana como niñera, agrega.

Según un informe del Foro Internacional sobre la Globalización, una organización no gubernamental con sede en San Francisco, el 10 por ciento más rico de China se queda con 45 por ciento del ingreso nacional, mientras el 10 por ciento más pobre recibe apenas 1,4 por ciento.

El informe señala que entre 1996 y 2003 China perdió 15 millones de empleos sólo en el sector manufacturero, cuando desmanteló su red nacional de fábricas estatales.

«En las empresas del Estado, los trabajadores gozaban de un empleo de por vida, atención médica, educación y muchos otros beneficios sociales», dice el estudio.

«Ahora, bajo el mantra de la competencia comercial, los trabajadores chinos trabajan muchas más horas, tienen salarios más bajos en cuanto a su poder de compra y menores beneficios sociales, y sufren muchos más accidentes laborales que antes», indica el texto.

Al finalizar la era maoísta, en 1978, casi toda la población urbana de China tenía acceso a la salud pública, y 85 por ciento de los habitantes de las áreas rurales estaban cubiertos por alguna clase de cuidados médicos colectivos, señala el documento del Foro sobre Globalización.

Hoy en día, en cambio, sólo 50 por ciento de la población urbana y apenas unos pocos en las zonas rurales tienen cobertura médica.

Todos estos problemas resultaban obvios para la pequeña delegación que fue autorizada a viajar desde China a Hong Kong para asistir a la conferencia de la OMC.

Yang es un artesano joyero de 40 años que sufre de una forma aguda de sarcoidosis, una rara enfermedad pulmonar.

En 1992, debió separarse de su esposa y dos hijos para aceptar un trabajo en una fábrica de Shunchen, en el noreste del país.

«Yo trabajaba en la sección donde se cortan las piedras preciosas. No había ventilación ni ningún mecanismo de protección. El lugar era pequeño y éramos muchos. La nube de polvo que salía de las gemas era muy densa. Así fue cómo contraje sarcoidosis», relata.

Cuando otros empleados empezaron a enfermar, el dueño de la fábrica decidió cerrarla.

No había pasado un año, cuando el mismo empresario abrió un establecimiento similar en otra ciudad y con otra plantilla de trabajadores. Cuando estos se enfermaron, volvió a cerrar su fábrica.

En 2004, la misma persona abrió una tercera fábrica, para la exportación, que funciona hasta ahora.

«Hay una gran brecha en el acceso a la salud en China», afirma Yang. «Los ricos son muy ricos y los pobres son muy pobres. Por ejemplo, en mi familia, yo soy el único hijo y ahora que estoy enfermo no puedo trabajar y no puedo mantener a mis padres».

La situación mejoraría si las condiciones de trabajo fueran más saludables, si hubiera medidas de prevención de accidentes laborales, y si existiera un sistema de compensación económica para los trabajadores que sufren accidentes de trabajo, opina Yang.

Pero es precisamente porque no existen ni se exigen esas protecciones y beneficios sociales que empresas exportadoras como las de San Francisco se instalan ahora en China.