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A propósito de la sumisión

Fuentes: Rebelión

Un joven francés del siglo XVI, Etienne de la Boetie (1530-1563), concejal del Ayuntamiento de Burdeos y amigo de su alcalde Michel de Montaigne, se preguntaba a los 18 años en su Discours de la servitude volontaire (1548): cómo es posible que tantas personas, aldeas, ciudades y naciones se sometan de vez en cuando a […]

Un joven francés del siglo XVI, Etienne de la Boetie (1530-1563), concejal del Ayuntamiento de Burdeos y amigo de su alcalde Michel de Montaigne, se preguntaba a los 18 años en su Discours de la servitude volontaire (1548): cómo es posible que tantas personas, aldeas, ciudades y naciones se sometan de vez en cuando a un solo tirano, que no tiene más poder que el que se le dé, que no puede causar más males que los que ellos le permitan.

Y este joven discurría así: Por su naturaleza, el ser humano es y quiere ser libre. Pero, al mismo tiempo, esta naturaleza hace que conserve hábitos que le han sido implantados a través de la educación. Todas las cosas para las que ha sido educado y a las que se han habituado le parecen naturales. Sin embargo, sólo admitimos como innatas las cualidades derivadas de su naturaleza sencilla y no modificada. Por eso se llega a la conclusión de que la principal razón de la sumisión es el hábito. A las personas les pasa lo que a los caballos fogosos, que al principio muerden la brida y poco tiempo después juegan con ella. Se encabritan al enjaezarlos y luego se pavonean orgullosos bajo la silla. Exactamente igual hacen los hombres. Dicen que siempre han estado sometidos, que sus padres y abuelos también fueron siervos, y que, por eso, se sienten obligados a soportar el mal, sí, hasta lo recrean en su imaginación. De ese modo justifican y refuerzan cada vez más el derecho de posesión de sus tiranos.

Pero, en realidad, ni los años ni el transcurso del tiempo justifican ninguna injusticia, sólo la amplían. Siempre hay unos pocos que, más dispuestos que los demás, sienten el yugo y procuran sacudírselo de encima. Estos jamás se conforman con la sumisión. Igual que Ulises jamás perdía de vista el humo de su hogar, también ellos se ven impulsados en lo más recóndito de su ser a no perder de vista sus derecho naturales los de sus antepasados. Estas personas de pensamiento limpio y mente clara tienen ojos que ven más que el pueblo común. El pueblo sólo ve lo que está al alcance de su nariz. No utilizan los acontecimientos pasados para juzgar el presente y valorar el futuro.

No son siempre más que cuatro o cinco cómplices los que arropan al déspota, no son más que cuatro o cinco listos los que mantienen en jaque al país, no más de cinco o seis los que regalan el oído del tirano, y a menudo acuden voluntariamente antes de que él los llame para que sean cómplices de sus maldades, para participar en sus diversiones, para hacer de rufianes de sus placeres, de beneficiarios de sus rapiñas. Estas cinco o seis criaturas inferiores adiestran perfectamente a su señor en los intereses de su propio grupo, de tal modo que el déspota ya no comete sus infamias por su propia maldad sino por la maldad común. Estos seis dominan a su vez a seiscientos que se benefician de este orden de cosas. Y estos seiscientos tienen a mano seis mil que colocan como gobernadores de las provincias y administradores de los impuestos y de la hacienda pública. En estos puestos, estas criaturas inferiores pueden dar rienda suelta a su codicia y a su crueldad, mientras les plazca a las criaturas superiores. Si los subalternos cometen delitos no pueden rehuir por sí solos los tribunales. Por eso permanecen siempre a la sombra y bajo la protección de sus mandantes. Tras ellos trota, pues, un séquito inmenso.

Quien quiera entretenerse y desenredar este ovillo no encontrará a seis, ni a seis mil, sino a seis millones, unidos todos ellos por un solo hilo al déspota. El tirano se sirve de ellos como Júpiter, que, según Homero, se vanagloriaba de tener sujetos a todos los dioses y podía atraérselos tan sólo con tirar de la cadena. Lo mismo ocurrió cuando Julio César aumentó enormemente el número de miembros del Senado romano. Se crearon nuevos puestos y empleos. Se afirmaba que estos nuevos puestos reformarían la justicia. Pero en realidad sirvieron para reforzar el dogmatismo.

Se confirma así que, en última instancia, el sistema de la tiranía beneficia con sus favores y prebendas a tantas personas como las que cada vez ansían ardientemente la libertad.