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Algo de verdad sobre la devaluación en Argentina

Fuentes: Rebelión

De nuevo, los editoriales se han apresurado a la lectura catastrofista de la devaluación del peso argentino en los últimos días. Sin matices, y abusando de la práctica cada vez más común del atajo argumentativo, el maniqueísmo se ha apoderado del mainstream opinante en materia económica. Pocos se han puesto a analizar de cerca lo […]


De nuevo, los editoriales se han apresurado a la lectura catastrofista de la devaluación del peso argentino en los últimos días. Sin matices, y abusando de la práctica cada vez más común del atajo argumentativo, el maniqueísmo se ha apoderado del mainstream opinante en materia económica. Pocos se han puesto a analizar de cerca lo que ha sucedido en las entrañas de un complejo mercado cambiario dentro de una economía política argentina siempre en disputa. El común denominador ha sido, es y sigue siendo, alarmar sobre el «derrumbe de la economía argentina». Seguidamente, se ha comparado, sin complejos, con el devenir de la devaluación generalizada de otras economías emergentes, como el caso de Brasil, Colombia o Chile en América latina. Pero no satisfechos con este salto mortal, envuelven el análisis a partir de una renovada corriente mediática basada en que las economías emergentes están sufriendo la decisión de la Reserva Federal de los Estados Unidos de comenzar a retirar las medidas de estímulo (acabar con la relajación cuantitativa de los últimos años pos crisis financiera que permitió emitir mucho papel-dólar). Esto implica que la tasa de interés (a largo plazo) en Estados Unidos suba de inmediato -porque se hará más caro el dinero ya que no habrá más emisión de moneda- siendo este destino más atractivo para el capital financiero internacional. Dicho de otro modo, el capital saldría corriendo de los países emergentes para buscar de nuevo refugio en el dólar, con una tasa de interés más retribuida en los Estados Unidos. Por ello, según la ortodoxia dominante, los países emergentes (India, Turquía y Sudáfrica) han reaccionado con un incremento del tipo de interés para atraer a esos capitales golondrinas. Lo extraño de este panorama explicativo es que han tratado por igual a todos los países, muy propio de esos que sí creen que sólo hay una herramienta analítica y un objetivo económico válido para todos los países. No llegan a entender que por ejemplo en Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador tienen sus propios retos, y sus propios instrumentos que no siguen dogmas neoliberales, y que se reinventan permanentemente dentro del progresismo posneoliberal latinoamericano.

Comparar con tanta ligereza el fenómeno -cierto- de la salida de capitales de Brasil o India en dirección hacia los Estados Unidos y lo sucedido en Argentina solamente se explica por desconocimiento o por una práctica malitencionada. Sea como fuese, lo real es que Argentina no fue un receptor de este tipo de capitales en la última década kirchnerista. De hecho, es precisamente la queja de los adalides del modelo neoliberal en estos años pasados proclamando por activa y por pasiva que «la política de los K no atrae capital extranjero». Esta reiterada demanda de déficit de capital extranjero no puede ser obviada para -ahora sí- decir que el capital se vuela. En Argentina, los dólares se van o no llegan por otras razones que se procurarán explicar en las próximas líneas. Para aquellos economistas del establishment internacional que escriben de Argentina sin saber ni siquiera cuál es la conformación social-económica-cultural-política, por favor, presten un poco de atención a las próximas líneas.

El año pasado, Argentina cerró un balance comercial superavitario, como así viene sucediendo en la década pasada del gobierno kirchnerista. Las exportaciones siguen siendo superiores a las importaciones, pero el ritmo de crecimiento de unas y otras es distinto. El año pasado, las exportaciones siguieron creciendo, pero menos que otros años. ¿Por qué? Porque todos los organismos internacionales ratifican que la demanda mundial cae como producto de esta nueva crisis sistémica del capitalismo. Pero además, por un lado, a los países emergentes le urgen industrializar para evitar dependencia importadora (véase lo acordado en China en el último encuentro del Partido Comunista); por otro lado, en los países enriquecidos también desean detener el proceso de desindustrialización de los años anteriores (como Estados Unidos y buena parte de la Unión Europea) y volverán al viejo modelo de sustitución de importaciones. A esto, hay que sumar que algunos países de la periferia europea, y de las economías asiáticas, buscan en las exportaciones el único camino para acelerar su crecimiento (véase España que lo único que ha mejorado en estos años ha sido su patrón exportador). Estos tres factores explican que las exportaciones argentinas no crezcan como años anteriores. En relación a las importaciones, éstas siguen teniendo un ritmo cada vez más creciente en Argentina motivado por una demanda interna fuerte gracias a las políticas redistributivas implementadas, y además, por una demanda interna de insumos intermedios -muy vinculados a industrias con alto componente tecnológico- necesarios para el proceso de reindustrialización. Todo ello explica que este año 2013, las importaciones crecieran al 8% y las exportaciones lo hicieran al 3%.

Esto es sólo una causa estructural de lo que sucede con la salida y llegada de dólares. Hay muchas más. Ocurre que hay 8 millones de toneladas de granos, mayormente soja, sin liquidar. Esto equivale a 3.500 millones de dólares que podrían ingresar al país pero no lo hacen porque los exportadores han decidido realizar un paro exportador pensando que así pueden chantajear para obtener una devaluación que les favorezca. Y de camino, como nunca les viene mal, desestabilizan la macroeconómica cambiaria debido a esta no entrada prevista de dólares derivada de esa operación comercial. Bajo esta nueva versión, reeditan el conflicto del campo (de la resolución 125 que modificaba las retenciones sobre las exportaciones) buscando poner en jaque al gobierno que pone en jaque, en versión de golpe de mercado a cámara lenta. Este paro exportador provoca que no se ingresen al fisco casi 1.400 millones de dólares. La prensa internacional, pero también la nacional que replica lo que dice la internacional aunque hable de su propio país a miles de kilómetros de distancia, opta por decir que lo que pasa en Argentina es por la Reserva Federal de los Estados Unidos al igual que pasa en India y Turquía. Incluso otros, aprovechando que el mundo está lleno de coincidencias, se dedican a gritar a bombo y platillo que Argentina y Venezuela tienen el mismo problema de colapso cambiario. Tampoco son capaces de darse cuenta de que son dos economías en las que los dólares vienen por vías diferentes: en Venezuela, PDVSA es el sector público que exporta petróleo, y en Argentina, por el contrario, el traedor de dólares es el sector privado. No sólo eso, sino que Venezuela cuenta con un tipo de cambio fijo, con dos tipos en la actualidad, uno preferencial para la mayoría de los bienes (80%) y otro para el resto (incluido las remesas de utilidades neta de la inversión extranjera) y en Argentina hay un sistema de cambio flexible, con flotación administrada por participación del gobierno en el mercado cambiario, que determina un único tipo de cambio.

En Argentina, lo que ha sucedido en este remake «campo contra pueblo» es que en enero del año pasado se había liquidado el 97% de la cosecha de soja, mientras que en la actualidad sólo alcanza un 83%, pero no por falta de compradores. Ahora bien, el problema central es que el campo no es un sujeto democratizado: sólo el 6% de los productores concentra el 54% de la producción. En el caso de la soja, las diez primeras cerealeras del país explican el 96% de las ventas al exterior. Hete aquí el quid de la cuestión; en Argentina sí se ha redistribuido la riqueza, pero aún resta mucho en materia de distribución primaria del ingreso. Esta no democratización de este poder económico se paga en democracia. Y esta vez, se paga con una devaluación forzosa que además viene orquestada con una operación bursátil especulativa. Shell compró 3 kilos de tomates a precio de 8,40 pesos cuando costaban algo menos de 7,20. ¿Por qué? Porque es conocedor de que la bolsa es así, no obedece a principios éticos sino a la máxima tasa de ganancia posible. Unos pueden argumentar que se hizo sólo para forzar el precio final del dólar hasta casi 8 puntos, y además obligó al estado argentino a participar gastando dólares; otros dirán que compró estos 3 kilos (millones de dólares) a 8,40 porque antes había comprado muchos más kilos a menos de 7, y entonces, cuando el nuevo precio se instalara en 8, se podría vender el resto de kilos de tomates teniendo sustanciales ganancias. Ambas cosas serán ciertas; pero el resultado es que esta operación se hace en sintonía fina con el resto de situaciones ya comentadas. Es lo malo que tiene seguir confiando en un sistema bursátil que aún tiene mucho de regulación de la vieja dictadura argentina. Por ello, esto vuelve a enseñarnos que los acertados cambios a favor del pueblo gracias a muchas políticas económicas necesitan también de transformaciones de ciertas estructuras heredades del neoliberalismo. Rectificar ha de ser de sabios, y aún se está a tiempo de evitar esas prácticas buitres con una gran reforma del sistema financiero en Argentina.

Otro factor que parece no haber sido tenido en cuenta es la deuda heredada del neoliberalismo que aún se tiene que pagar a pesar del canje reestructuración iniciada en 2005. Más que se tiene que pagar, es que se ha decidido pagar. Por ende, esto implica que la amortización de la deuda merma dólares disponibles para el desarrollo social inclusivo que procura este actual gobierno. A modo de ejemplo, sólo en un día, el Banco Central tuvo que hacer frente a 250 millones de dólares. De esta forma, la caída acumulada en todo el mes de enero sumaba 2342 millones de dólares. Y para explicar mejor esto, un dato: en el 2013, el 70% de la caída de divisas corresponde a pago de la deuda. De hecho, en la década kirchenerista, se pagaron 43.000 millones de dólares que permitió bajar de una deuda del 160% del PIB al actual 42%.

A toda esta restricción externa, se suma el mercado ilegal de dólares, que no se pierde esta fiesta de desestabilización. Este es un mercado que carece de racionalidad económica y sí posee, en cambio, una absoluta racionalidad política. Siempre pasa igual: antes de las elecciones presidenciales de 2011, se disparó el tipo de cambio ilegal (llamado blue); en las elecciones legislativas de hace meses, se elevó el ilegal; y ahora, en este momento de tensión externa, de nuevo, crece la tasa de cambio ilegal. A esta ilegalidad se le suma otra, la fuga de capitales, que puede ser por pagos en exportaciones que nunca ingresan al país, por salidas a través de operaciones financieras sofisticadas con títulos públicos (que se estiman que han supuesto 30.000 millones de dólares), y por tantos otros motivos. Todos esos episodios explican 62.000 millones de dólares de fuga desde el 2007 hasta la actualidad.

Esto fue lo que pasó, y no lo que dicen los medios tan hegemónicos que no son capaces de explicar heterogeneidades nacionales. La consecuencia es que la restricción externa-interna del dólar aprieta, tanto en lo macroeconómico como en lo político porque es el caldo de cultivo para que el mediático trastorno obsesivo compulsivo por el dólar haga su trabajo de desgaste. Así, si en 2011 sus reservas en dólares suponían un monto de más de 50.000 millones de dólares, actualmente esa cifra está por algo por debajo de 30.000 y 29.000 millones, cantidad más que suficiente para atender más de los 3 meses de precaución establecidos por la cautela de la ortodoxia dominante. Y también suficientes para apostar por reabrir la posibilidad de adquirir moneda extranjera para atesorar, con la intención de que este coste cortoplacista de pérdida de dólares sea compensado por la eliminación de un tipo de cambio ilegal tan elevado. No obstante, someter a racionalidad económica el tipo de cambio ilegal es querer pensar demasiado bien del comportamiento de los especuladores. De todas formas, sí tiene algo de positivo esta medida en lo político: calmar la ansiedad-dólar sin un elevado coste económico. Por ahora, el sistema de la AFIP validó a 277.541 individuos, y los bancos efectivizaron operaciones por 68,3 millones de dólares en 127 mil transacciones. El importe no es tan alto, y sí permite amortiguar parcialmente esos «deseos de dólar». Pero en el otro lado, está su inconveniente: el gobierno da muestras de que no pudo acabar con el mito del dólar (Argentina es el país que tiene el mayor volumen de dólares per cápita detrás sólo de los Estados Unidos). Ya no será posible -hacia delante- procurar instalar en el imaginario que la moneda única de la economía argentina es el peso argentino, lo que indudablemente supone mermar la soberanía de la política económica. Las expectativas, después del mensaje (que habilita atesorar divisa), serán tanto en pesos como en dólares. Así que esta medida tranquiliza pero a la vez perpetúa está dinámica de una Argentina ciertamente bimonetizada que hará complicado des-dolarizar algunos sectores como el inmobiliario.

La devaluación consentida, como así llamaría a esta devaluación inducida pero aceptada, hasta llegar al actual tipo de cambio, es fruto de una disputa de economía política propia de Argentina, en la que el campo vuelve a ganar. Ahora queda por ver si esta puja distributiva afecta a la pérdida de la mayoría trabajadora. La devaluación podría aumentar los precios por la vía del encarecimiento de productos importados (bienes finales o insumos intermedios para la reindustrialización). Frente a ello, el gobierno tiene diferentes opciones: a) que la política de precios cuidados sea efectiva, y b) si los precios al final suben, será necesario entonces un incremento de salario nominal que permita seguir la política de aumento de poder adquisitivo real. Sin embargo, el gobierno tiene también otras opciones más radicales ante estas injusticias: c) reformar cuanto antes un sistema financiero y bursátil que permite aún poner en peligro la soberanía económica del país, d) una política de comercio exterior que cree una empresa pública que sea la responsable de gestionar la venta de ciertas mercancías del agro.

Hasta el momento, el gobierno kirchenerista ha garantizado una década ganada para las mayorías sin afectar mucho a la década ganada para un poder económico fuertemente concentrado; en los próximos días, o meses, habrá que esperar ver si el gobierno sigue contrarrestando las maniobras especulativas con respuestas parciales o se atreve a modificar ciertos pilares del régimen de acumulación histórico de la Argentina. No hay que olvidar que esto, de evaporar dólares, es algo que sucedió con Alfonsín en 1989, sin recursos para controlar el tipo de cambio, que provocó la hiperinflación perfecta para que sirviera de excusa del deseado ajuste neoliberal.

Por ello, toca estar muy atentos, y no dejar que todo se explique sin fundamento, o como si se tratase de una cuestión meteorológica. Todo lo contado -y seguro que mucho más- es lo que ayuda a conocer más sobre la verdad que explica aquello que acaece en Argentina, su devaluación y la nueva medida que permite atesorar dólares. La restricción externa afecta. Aunque en Argentina, la restricción interna sigue siendo aún más determinante.

Alfredo Serrano Mancilla (@alfreserramanci) es Doctor en Economía, Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG)

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