“Las flores van muy lejos, las exportan a distintos países, dan muchas vueltas y, al final, mientras ellas dan vueltas y son exhibidas, uno va cayendo cada día en una enfermedad hasta que a uno le llega la muerte por culpa de ellas”.
Mariela era trabajadora de Bogotá Flowers, en Colombia. Ingresó a la empresa a los 14 años. Dos años después comenzó a padecer dolor de cabeza y un cansancio intenso, por lo que decidió ir al seguro en donde le dijeron que solo tenía pereza. Después de casi un mes acudió a un médico particular que le diagnosticó leucemia.
Elena comenzó a trabajar en la misma empresa a los 16 años. Cuatro meses después, mientras deshierbaba un surco, se agachó y “las pepitas” le tocaron el rostro. Por la noche mientras leía un libro, se dio cuenta que su vista no era la misma: había quedado ciega de un ojo.
Sus historias fueron registradas por Marta Rodríguez y Jorge Silva en Amor, mujeres y flores, quienes renovaron el cine documental en Colombia y América Latina al poner su cámara al servicio de luchas indígenas, campesinas y obreras.
Los cineastas acercaron el lente de su cámara a las condiciones laborales de las mujeres en la floricultura, quienes padecieron abortos, cáncer, epilepsia, enfermedades respiratorias y otras derivadas de la exposición a pesticidas, fungicidas y otros productos químicos utilizados en el proceso de producción. Pero Rodríguez y Silva no se limitaron a exponer las condiciones laborales. Su cámara también entra en los hogares y muestra la pobreza, el peso del trabajo doméstico y el machismo, que muchas de las trabajadoras padecen en su vida cotidiana.
El documental Amor, Mujeres y Flores se estrenó en 1988. En aquellos años Colombia ya se había consolidado como uno de los principales exportadores de flores del mundo. La Sabana de Bogotá ofreció las condiciones ambientales y geográficas idóneas para el desarrollo de la floricultura, pero también mano de obra barata, predominantemente de mujeres y niñas quienes estaban detrás del éxito exportador laborando en condiciones extremadamente precarias.
Mientras en Europa, Japón y Estados Unidos se exhibía la belleza de la flor colombiana, en la Sabana de Bogotá miles de mujeres eran sobreexplotadas para abastecer esos mercados. Se estima que la industria floricultora empleaba a alrededor de 70 mil trabajadoras, expuestas cotidianamente a sustancias químicas que provocaron problemas de salud e incluso la muerte de muchas de ellas.
El documental va más allá de su día a día y de los impactos en su salud. Documenta también una parte de su lucha. Las trabajadoras, al reconocerse unas a otras como parte de una misma clase, comenzaron a organizarse y a exigir sus derechos. “Yo sé que no se va a lograr de la noche a la mañana, pero algún día se verá que nace un día distinto a todos los que hemos vivido”. Narró una obrera en el documental.
La organización de las trabajadoras condujo a la afiliación al sindicato Sintraflowers, y posterior a ello crecieron las represalias patronales escalando el conflicto hasta desembocar en una huelga. En respuesta, la empresa decidió no pagar y despedir a las trabajadoras, quienes no se amedrentaron y en respuesta asumieron la dirección de la empresa.
Las mujeres demostraron que podían mantener en funcionamiento la empresa, y que eran ellas quienes realmente producían la riqueza de la que se apropiaban los propietarios. Pero esta demostración de conciencia y fuerza chocó inmediatamente con los intereses empresariales. La respuesta no se hizo esperar, el ejército entró con fusiles y gases a sacar a las trabajadoras. Estado y empresa se aliaron para quebrar la organización obrera.
“Esto no fue una derrota, esta lucha apenas comienza”, narró Amelia, una líder sindical.
La experiencia de las trabajadoras organizadas en Sintraflowers demuestra el valor de la organización y del sindicato como una herramienta para exigir el respeto a los derechos laborales y a la dignidad del trabajador, pero también descubre las limitaciones frente a la acción conjunta del Estado y las empresas.
Casi cuatro décadas después de su estreno, Amor, mujeres y flores sigue exponiendo la contradicción entre el éxito de una industria y las condiciones de vida de las trabajadoras que la hicieron posible. Verlo hoy no solo permite recuperar la memoria de aquellas luchas, sino también cuestionar un modo de producción cuyas contradicciones permanecen vigentes. Por eso, Amor, mujeres y flores sigue siendo un documental imprescindible.
Fuente original: https://informadorobrero.com/amor-mujeres-y-flores-un-documental-sobre-la-explotacion-y-la-resistencia-obrera/
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


