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Ateismo y conocimiento

Fuentes: Rebelión

En un artículo publicado no hace mucho en Rebelión (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=113774), aludía yo al hecho de que, como ateo, había advertido que resultaba un interlocutor incómodo para los creyentes, no porque militásemos en campos opuestos, sino porque yo sabía -sé– de la doctrina y la historia de su religión, de teología y exégesis bíblica, de historia […]

En un artículo publicado no hace mucho en Rebelión (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=113774), aludía yo al hecho de que, como ateo, había advertido que resultaba un interlocutor incómodo para los creyentes, no porque militásemos en campos opuestos, sino porque yo sabía -sé– de la doctrina y la historia de su religión, de teología y exégesis bíblica, de historia comparada de las religiones, más que ellos. Me quedo corto: porque la verdad es que yo sé mucho de esas materias y ellos no saben absolutamente nada. O apenas cuatro latiguillos sobre la libertad (¿?) y la inescrutabilidad de los designios divinos, etc. que les inculcan desde el púlpito.

Nada.

Curiosamente, en los Estados Unidos han realizado casi por el mismo tiempo una encuesta sobre el tema, cuyos resultados me ha hecho llegar un amigo. De ellos se desprende que quienes mejor conocimiento tienen de la religión y la teología son los ateos y los agnósticos. Los fieles no saben casi nada o nada. Sus lagunas son enormes y sus errores, de bulto. Pondré un solo ejemplo: casi la totalidad de los protestantes encuestados no supo identificar a Martín Lutero como la figura impulsora de la Reforma. En las conclusiones, Alan Cooperman, director del sondeo para el Foro Pew, escribió respecto a los ateos: «Son personas que piensan mucho acerca de la religión y se preocupan por saber». Yo creo que el proceso es inverso y sus motivaciones y consecuencias, más profundas.

En el terreno que estamos contemplando, no considero intelectualmente honrado a quien nunca ponga a prueba una fe que es, como mucho, cultural. Los ateos, por lo general, son personas que sí han sometido su posición intelectual frente a la religión a análisis.

Para mí, la razón de la actitud de los ateos de nuestro área cultural (en otras, puede haber ateos de nacimiento) está muy clara. Y es muy razonable. Un ateo -me guío por mi experiencia personal- es alguien que, habiendo sido creyente desde niño por razones culturales, a una determinada edad se plantea seriamente, por honradez intelectual, la razón de sus creencias, analiza, compara, valora… Puedo asegurar que es el camino más cierto para llegar al ateismo, rechazando cualquier apelación a la trascendencia, pues, llevando a cabo esas tareas que exigen la razón y la consecuencia, se encuentran tal cantidad de sofismas, contradicciones, falsedades, mentiras y bobadas que ningún adulto serio puede digerir. Ya ven: para Coopelman, la actitud era, primero ateismo y después pensar en la religión y deseo de saber. El proceso, como dije, es el inverso: primero deseo de conocer la verdad y consiguiente estudio y análisis y, como consecuencia de los resultados, profesión de ateismo.

Tengo un amigo, que, cuando le dicen de alguien que es ateo, suele exclamar: ¡Toma, como todo el que piensa!

Como he dicho, la gente que se dice de fe no se ha instruido nada ni en Teología, ni en Exégesis bíblica ni en Historia de la Iglesia. Ni, mucho menos, ha razonado. Así, claro, no descubre ninguna de las tremendas aporías ni contradicciones que existen, porque, naturalmente, no piensa. Yo me encontré con los primeros escollos a los cuatro o cinco años. Mi formación ha sido toda en colegios religiosos: las monjas de Cristo Rey (una congregación francesa), los Salesianos y los Maristas (ingreso y todo el bachillerato) Los escollos principales fueron éstos.

–Me decían que tenía que amar a Dios sobre todas las cosas. Esto me producía verdadera zozobra, porque yo quería a mi madre infinitamente más y a Dios, la verdad, muy poco, más bien nada. Cómo se puede querer a quien no se conoce ni de vista.

–Me ponían como ejemplo de fe a un fulano como Abraham, que, antes de que lo detuviera el ángel, ya había matado a su hijo en su corazón.

–Por otra parte, me decía a mí mismo que si el Niño Jesús era tan bueno y tan poderoso, por qué dejaba que nos muriésemos.

Si estos problemas me atormentaban, imagínense los pensamientos que me acosaron conforme crecía e iba conociendo la realidad del mundo y de la propia religión, sus miembros, sus dirigentes y sus textos.

La primera «cualidad» que tienen los creyentes es que quieren creer -se sentirían desamparados se no tuvieran una apelación a alguien supremo y todopoderoso–, y por eso se tragan todo cuanto les echen. La verdad y el razonamiento no les importa. Lo que quieren es que le digan lo que quieren oír. Y enarbolan la fe, como si la fe generara alguna realidad. Y si se les hace ver cualquier contradicción o inconsecuencia, o cierran los oídos o se remiten mentalmente a su párroco, quien seguramente tendrá la solución.

¿Qué católico se ha preguntado que cómo es posible que de la Virgen, a la que tan exagerada importancia se da en la predicación diga el propio evangelio que tenía cuatro hijos, además de Jesús: Santiago, José, Simón y Judas (Santiago, «el hermano del Señor», como lo nombra la Escritura, llegó a ser jefe de la Iglesia de Jerusalén) y varias hermanas.

¿Qué católico sabe que esa Virgen María ni siquiera aparece en los documentos más antiguos del cristianismo? Su aparición es muy tardía ¿Qué católico ha reparado en que en ninguna de las tres grandes cristologías neotestamentarias -Pablo, Juan y Hebreos–, las bases doctrinales del cristianismo, para nada se habla de ninguna virgen, ni de anuncios arcangélicos, ni consiguientemente de anunciaciones? Esto quiere decir que el mensaje cristiano se puede formular sin ella. Entonces ¿a qué tantos santuarios, tanta procesiones, tantos cánticos. Mi respuesta es que este personaje, que es más producto de la poesía y la pintura religiosa que de una doctrina fundamentada, embelesa y embobece más a las masas de fieles que el difuso Ser Supremo, que apenas ha suscitado obras de arte.

Al paso diré que la Iglesia sigue atribuyendo la epístola a los hebreos a Pablo, porque le conviene para hacer coherente lo incoherente, cuando está archidemostrado que no es suya.

En último término, lo que cabe decir en la discusión ateismo/creencia es que Dios no es evidente. Ni siquiera vislumbrable desde muy lejos. Y que la actitud del ateo de negar es la más lógica y seria. Ya los filósofos megáricos decían que, en principio, toda negación es verdadera. Es a los creyentes a quienes corresponde la prueba. Y es imposible que nadie pruebe la existencia de quien nunca se ha manifestado, por tanto, a quien nadie ha visto ni indirectamente. Sorprende la cantidad de voluminosos tomos que se han escrito sobre un ser así, describiendo su forma, señalando sus características, cualidades e intenciones. Frente a la ciencia, la simple creencia no tiene nada que hacer ni que decir. Werner Heisemberg, el formulador de ese «principio de incertidumbre que, con la relatividad, ha cambiado la imagen del universo, aniquilando el paradigma de Newton, decía que «quienes más vemos, no vemos nada». Stephen Hawkings, por su parte, ha escrito en su último libro que, en el universo tal como lo conocemos, no hay lugar para ningún Dios.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.