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Brasil y Nero

Fuentes: Alai

Ando de cabeza con la coyuntura brasileña. En la economía los índices parecen un columpio. Los investigadores caminan en arenas movedizas. El Banco Central, ante el dólar se parece a mi abuelo con su perro Nero. Encerrado en el patio de la casa, se inquietaba cuando se aproximaba alguna visita. Los ladridos anunciaban la apertura […]

Ando de cabeza con la coyuntura brasileña. En la economía los índices parecen un columpio. Los investigadores caminan en arenas movedizas. El Banco Central, ante el dólar se parece a mi abuelo con su perro Nero. Encerrado en el patio de la casa, se inquietaba cuando se aproximaba alguna visita. Los ladridos anunciaban la apertura del portón. Y tan pronto como mi abuelo había dado la bienvenida al visitante, el Nero, enfurecido, se liberaba del collar que le ataba a la perrera y se dirigía hacia el extraño. Mi abuelo, se deshacía en disculpas, mientras le golpeaba. Pero la tregua era breve, pues de nuevo regresaba el Nero, acelerado, gruñendo, avanzando hacia el extraño que le despertaba recelo.

El dólar sube, el Banco Central se empeña en bajarlo, los inversores extranjeros dan señales de abandonar el barco Brasil, y el gobierno quiere retenerlos a costa de regalías y discursos optimistas.

Tal como denunció el papa Francisco, si la Bolsa cae, se enciende en las élites la alarma de la inquietud. El oro transformado en polvo de momia. Como consecuencia, si aumenta la miseria, ¿a quién le importa, excepto a los que no tienen acciones y sufren el hambre? Dos puntos menos en la Bolsa causan más preocupación en los medios que dos mil personas llevadas a la muerte cada día por falta de nutrientes básicos.

Mientras la economía navega al soplo de vientos imprevistos, el gobierno se arma de medidas «contracíclicas» a fin de mantener sujeto al dragón de la inflación. Igual que mi abuelo se esforzaba con el perro Nero. «Diga no a cualquier falta de delicadeza. Podría ser la gota de agua», advierte Chico Buarque. Con el ojo puesto en las elecciones del 2014, el Norte que imanta la brújula Brasil.

Hasta mayo todo parecía estar bajo control, con altos índices de aprobación alimentando el ego del gobierno. Hasta que las calles se llenaron de manifestantes. La nación, acostada en cuna espléndida, despertó.

¿Ha habido mejorías en diez años de gobierno del PT? Sin duda. Ahí están los índices de desarrollo humano de los municipios, divulgados por el IPEA; la caída significativa del costo de la canasta básica; el aumento de la renta y de la longevidad de los brasileños.

Vean nuestras calles: atestadas de vehículos facilitados por los créditos abundantes y por prestaciones que a poco llegan hasta el juicio final. Esto parecía el país de Alicia, una maravilla. La exoneración de la línea blanca permitió a gran número de familias de renta baja adquirir frigorífico, cocina, lavadora y otros electrodomésticos.

En el interior del Nordeste el asno cedió su lugar a la moto, y en la Amazonía el remo al motor de popa. Cual ave fénix libre de las cenizas de la pobreza, al brasileño le nacieron alas y alcanzó mejores condiciones de vida. Los aeropuertos, repletos, perdieron el encanto del espacio reservado a la élite. Zapatillas de dedos se ven en las salas de espera y, fuera del país, el comercio aprende media docena de palabras en portugués para recibir adecuadamente a los turistas que cada semestre dejan millones de dólares en las tiendas de los mercados.

¿Alicia se transformó en bruja? ¿qué pasó? Si todo iba bien, ¿por qué tantas protestas? El gobierno subestimó el sentido crítico del pueblo. No creó canales de diálogo con los movimientos sociales (tolerados, pero no valorados), ni con su base aliada. De repente se vio al Nero, insatisfecho, soltar sus ataduras.

¿Qué quiere la gente? Sencillo, querido Watson. En los países desarrollados, como Inglaterra, Holanda y Suecia, primero el gobierno le aseguró a la población bienes colectivos, como el transporte, la educación y la salud. La «línea pública» precedió a la línea blanca. En el Brasil se fue por el camino contrario. Tenemos frigoríficos, pero hay que tener cuidado de no beber mucha agua helada. Podría irritar la garganta y causar ronquera. El SUS, nuestro sistema público de salud, tiene la misma (des)igualdad de nuestros buses urbanos, y los planes privados de salud equivalen a una matrícula mensual en una escuela particular.

El gobierno alegaba falta de recursos para atender las demandas de bienes colectivos. El pueblo, paciente, lo creyó. Hasta que el país se transformó en un inmenso parque deportivo: Copa de Confederaciones, Copa del Mundo, Olimpíadas y Paraolimpíadas. Como en el cuento infantil de «Juan y la mata de frijol», estadios fabulosos surgieron como por encanto. Incluso el Maracaná mereció una reforma, para satisfacción de las empresas constructoras. Y, claro, ya no queda dinero para ampliar el metro, mejorar la educación y dar un buen servicio de salud.

El rey está desnudo y su base aliada ahora no sabe con qué ropa se presentará a las elecciones del 2014. El gobierno federal vacila, o mejor, oscila entre permanecer como rehén de la promiscua alianza consagrada por el «toma aquí, cede allá» y las reformas de estructuras -política, fiscal, agraria, etc.- por las que clama la nación hace ya un siglo y como respuesta apenas escucha promesas que nunca se hacen realidad.

Peor que una pandilla de vándalos por las calles destrozando el patrimonio público y privado es utilizar recursos públicos para aumentar la ganancia insaciable de la especulación financiera y de los que maman las tetas del Estado gracias a licitaciones amañadas y a las obras faraónicas en las que la corrupción campea libremente sin que los ojos de la fiscalización se enteren ni el brazo de la justicia la alcance.

Frei Betto es escritor, autor de «Aldea del silencio», entre otros libros. www.freibetto.org
Fuente original: http://alainet.org/active/66709